viernes, 29 de abril de 2011

Todo pasa y todo queda

Son las 5.30 de la mañana, no me levanté antes porque no quiero despertar a nadie. Salgo sigiloso de la habitación de ese hotel de 450 cuartos, lleno de turistas de los más diversos rincones del mundo. París está frío. Es extraño, ayer hacía calor.

Camino silencioso por el pasillo hacia el ascensor, no quiero despertar a nadie y que luego me insulten en un idioma que no conozco. Ayer confundí una indicación, y un parisino me insultó en francés y se sulfuró cuando por toda respuesta simplemente le sonreí. Él no podría entender que sus palabras me parecieron tan melódicas y dulces. Me acordé de la prehistoria y de la Mademoiselle, la profesora de francés de secundaria. Seguramente ella estaría encantada. ¿Habrá viajado alguna vez a Francia? Se lo merecía.

Me dirijo al ascensor. El edificio de 450 habitaciones está lleno de pasillos que dan hacia un patio interior, tiene una arquitectura extraña, mezcla de no sé qué escuela de sincretismo que abundan en la falta de ideas.

Veo en la semioscuridad del reciento a alguien que está en el primer piso y que me mira insistentemente, seguramente preguntándose qué hará levantado un turista a esa hora. Cuando llego al primer piso me sigue mirando, noto que en su mirada hay cierto fastidio y apenas me acerco tira un cigarro que tiene en la mano, lo hace con rabia, no entiendo su molestia sino hasta cuando me acerco un poco más a la puerta por la que ha entrado y que tiene un gran cartel que declara que está prohibido fumar en todo el edificio. Me rio de la situación y me lo encuentro en la entrada. Es el conserje, que seguramente ha pasado la noche en vela, o mejor dicho velando el sueño ajeno.

Lo saludo en inglés y me responde en francés. Le sonrío y me devuelve una mirada fría. Le pido la clave para internet y me la da indicándome en un inglés precario que no me instale en el restaurant.

Luego me siento en el mismo lugar donde estuve anoche junto a una pareja rusa y a un japonés. El conserje me aborda molesto y me habla en francés indicándome que me vaya a un pequeño lugar amoblado con mesas pequeñas y sillones incómodos.

―No gracias ―le respondo en español― aquí estoy mejor.

El hombre levanta los brazos fastidiado mientras dice:

―Spanish, English, French, ufff… ―y se va.

Me rio. Si él no ha tenido la cortesía de hablarme en algún idioma que entienda porque tendría que yo contestarle igual. Allí me quedo. Es la madrugada. Todo el mundo duerme, menos mi gruñón recepcionista que alcanzo a ver de reojo que está nuevamente en el patio con un cigarrillo en la boca. Amanece y me recibe la proverbial falta de cordialidad parisina, en eso al menos el día promete ser típico.

Me voy hasta el metro que está cerca del hotel. He decidido estar todo el día en el Museo del Louvre. Es una experiencia con la cual he soñado desde niño. Calculo mal la estación y me bajo en Champs Elysées Clamenceau, sin embargo, no está mal. Estoy en los Campos Eliseos frente al Arco del Triunfo. Comienzo a caminar extasiado. Sonrío mientras lo hago. Seguramente deben pensar que algún loco se escapó del manicomio ese día.

Camino intentando absorber cada detalle. Calculo que debe haber varios kilómetros hacia el Louvre, pero no me parecen muchos, estoy disfrutando. De pronto me doy vuelta y miro al fondo el arco del triunfo y se me viene a la mente la imagen de los ejércitos nazis avanzando por la calle. Me invade un sentimiento de empatía por los franceses, ¿qué habrán sentido? Al instante me estoy recriminando a mí mismo por esa asociación. Por qué pensar en los nazis y no en las fuerzas aliadas entrando por el mismo lugar. En fin, es parte de lo que soy, a veces mis pensamientos van más aprisa de lo que puedo evitar.

Sigo caminando. La distancia es larga. Paso por los que alguna vez fueron los antiguos bosques del palacio. Cuando llego al segundo arco del triunfo, que los franceses dicen que es el auténtico, el que realmente usó Napoleón, me sumerjo en una riada de gente de todos los colores y lenguas. La mayoría camina en dirección al Louvre.

Cuando veo por primera vez el palacio me inunda una sensación de alegría. No me lo imaginaba que fuera tan grande, El Escorial, el antiguo palacio del rey de España, me parece insignificante con toda su majestuosidad. Algo hay en el Louvre que me resulta más atractivo. Nuevamente se me viene un pensamiento a la mente, sin que lo pueda evitar, pienso en los cientos de esclavos y muertos de hambre que sufrieron lo indecible para edificar esa hermosa construcción. Paseo mi vista por el horizonte hasta encontrarme con la horrible pirámide que rompe la armonía de la arquitectura. ¿A qué alucinado se la habrá ocurrido eso? Es como desopilante, rompe el equilibrio arquitectónico, es como una mezcla culinaria, que a alguien le resulta apetecible, pero que a los demás le sabe horrible.

Me acerco y constato que hay una fila para ingresar de al menos 1000 personas, unas cuatro o cinco cuadras. Comienzo a caminar armado de paciencia hasta el final de aquella línea de personas multilingües. Estoy en Europa, no en Chile ni en Perú, así que puedo estar seguro que ningún sinvergüenza se colará antes haciéndose el amigo, a menos claro, que por esas casualidades haya algún sudamericano allí aparte de mí. Me armo de paciencia. Enciendo el Ipod, que a estas alturas es mi amigo, el que va a todas partes conmigo. Comienzo a escuchar a Richard Clayderman y me dispongo a esperar. Se nos acerca una chica francesa, uniformada, con una piocha en el pecho que señala que es funcionara del Museo y nos muestra un cartel que apenas alcanzo a leer porque me he quedado embobado mirando su cara, es hermosa, parece artista de cine, ¿qué hace ahí? Leo el cartel que dice en al menos ocho idiomas: “El tiempo de espera para entrar al Museo es de al menos una hora”.

Saco el libro de Federico Moccia que compré en Madrid: “Tres metros sobre el cielo”. Quiero averiguar porque el libro lleva más de un millón de copias vendidas, y se ha convertido en un autor de culto entre adolescentes italianos. A decir verdad, voy por la mitad y aún no estoy seguro de la razón del éxito. Media hora después estoy en la entrada del Museo. La fila ha avanzado mucho más rápido de lo informado. ¡Claro!, pienso para mí mismo, no hay ningún argentino, boliviano ni peruano, ni sudamericano colándose antes.

Comienzo mi paseo. Tengo decidido ver lo que más pueda. Comienzo con la exposición oriental, con los egipcios. Quedo impresionado. Me acompaña la voz de la Mercedes Sosa, de pronto siento que estoy en una especie de cuadro surrealista o en alguno de Tzara del dadaísmo. La voz de la negra en mis oídos con su voz grave y profunda y al lado gente de todos los colores. Veo a personas de la India o Pakistán, veo a otros que parecen alemanes o rusos. Me concentro en la gente. Los japoneses, disciplinados y silenciosos, avanzan lentamente deteniéndose en cada objeto y fieles a su estilo cada uno con una cámara de última generación. En eso aparece una profesora con media docena de niños, le siguen como polluelos, cada uno con una libreta en la mano, van escuchando sus explicaciones. Me habría encantado ir a la escuela y que la maestra me dijera:

―Mañana hablaremos de Egipto así que haremos la clase en el Louvre.

Los franceses y los niños entran gratis, no como el resto de los mortales que pagan religiosamente su entrada de 10 euros. Con los miles que entran diariamente es un negocio redondo. Me pongo a calcular mentalmente lo que podría ser el ingreso diario, me quedo lelo.

Estoy procesando como siempre. Mi mente yendo de un lado a otro, cuando en ese momento entra gesticulando y hablando muy fuerte una persona que a todas luces es árabe, parece palestino. He visto a otros de su pueblo y son similares. Grandilocuentes, habladores, todos se enteran de su presencia. Los japoneses gentiles o cuidadosos les dejan el paso libre. No se detienen, sólo caminan y hablan fuerte, no están interesados en cultura egipcia.

Me fijo en una pareja rumana. No sé el idioma, pero hay situaciones que no necesitan palabras. Su compañera lo fotografía a él que posa como si fuera modelo. Ella pacientemente aprieta el obturador una y otra vez. Da risa, él se cree un adonis, pero eso quedó hace rato en la historia.

Camino lentamente. Me han dicho que el Louvre necesitaría al menos seis meses, con todos sus minutos, sin dormir ni comer, para poder observar todos los objetos que tiene. Por algo es el museo más grande del mundo. Al paso que voy demoraré tres años en visitarlo. De pronto me ha entrado una extraña calma. No es por los sarcófagos ni por las momias. Caigo en la cuenta que estoy ante una historia que no merecería tantos flashes de cámaras sino un poco más de respeto. ¿Dónde se fue el pueblo extraordinario que hizo ese arte tan bello y diferente? Estoy sumergido en belleza, aún cuando haya sido para enfrentar la muerte.

Me acerco a un joven norteamericano y le pido que me saque una foto frente a una de las estatuas egipcias. Él asiente, mira con cuidado, se da todo el tiempo del mundo y aprieta el obturador. He decidido pedirle a niños y adolescentes que me saquen fotos con mi cámara. Pasársela a algún adulto es arriesgarse a perder valiosos minutos en explicaciones. La mayoría de los mayores de 40 son analfabetos tecnológicos, pero los niños y adolescentes de hoy saben exactamente qué hacer ante cualquier aparato electrónico. Capaz que los japoneses inventaron algún gen electrónico microscópico que han logrado que se clone y adhiera a cada feto que nace. Me río de mi teoría de conspiración, tan común hoy en algunos círculos.

Me encuentro escuchando a Los Nocheros, puse el Ipod en aleatorio, para no perder tiempo. Es una mezcla extraña, los escucho frente a un sarcófago egipcio, me siento raro.

A estas alturas ya he tomado un litro de agua y me dan ganas de ir al baño. Me acerco a una de las guardias que están ubicadas en lugares estratégicos y le pregunto por un “toilette”, lo pronuncio bien (trato de hacerlo bien, me acuerdo con risa que en un país que visité le decían tualete). La mujer me indica un lugar, le entiendo que es bajo un arco, cuando llego encuentro una fila enorme. Sigo buscando. ¿Cómo no va a haber otro baño? La exposición pasa a segundo plano. Hay algo más importante que hacer. Mi búsqueda adquiere carácter de urgencia. No quiero pasar ningún bochorno. Alguna vez leí que el Louvre tenía cientos de habitaciones, pero ningún baño. ¿Para qué? Para eso estaban los siervos (por no llamarlos esclavos), que llevaban los nobles desechos biológicos en bacinicas que terminaban en las famosas acequias parisinas, al parecer la historia no ha cambiado mucho, salvo que no hay ningún siervo por allí para ayudarme. Camino rápido, la urgencia va en aumento. Cuando al fin doy con un baño hay una fila de unas 20 personas, a juzgar por sus caras serias y el joven que está delante de mí que se come las uñas disimuladamente, todos están en la misma, aguantando, apretando el esfínter, no queriendo dejar mal a su país. Comienzo a escuchar una canción de Ed Ames, a ver si con su voz melodiosa me olvido por un instante de la tortura que estoy viviendo. Pero por más que cambio las piernas de lugar y doy pequeños saltitos como si tuviera frío, no lo logro, la canción tampoco me ayuda mucho, y el mirar la puerta del baño tampoco, pareciera que la mente juega con nosotros. Cuando tenemos ganas de ir al baño, el mirar la puerta parece que nos aviva la necesidad. Cuando llega mi turno entro corriendo. Lo primero que veo es que todos los urinarios están cubiertos con plástico y en francés escrito: “En reparaciones”. Veo al final un baño para personas minusválidas abierto. Sin pensarlo dos veces entro y ¡qué alivio! ¡qué respiro para el alma! Tengo una sonrisa estúpida en la cara, pero un tremendo orgullo. He salvado la dignidad de Chile y Argentina, los dos pasaportes que ando trayendo en mi bolso. ¡Miles de turistas de todo el mundo! ¡Miles de prostáticos, a juzgar por la edad de cientos de las visitas! ¡Pero señores! ¡Pongan baños! Con toda la plata que ganan, ¿cómo es posible? Cuando me estoy secando las manos miro el reloj y me doy cuenta que ya son las 3 de la tarde. No me había dado cuenta. Llevo cinco horas caminando. Con razón me duelen tanto los pies y tengo tanta hambre.

Cerca de donde están los baños está la zona de restaurantes, allí mismo, al interior del museo. Me formo en una larga fila, a esas alturas ya es costumbre. Como sé que no hay ningún sudamericano a la vista, sé con certeza que la fila avanzará correctamente sin colados adelante. Cuando llega la hora de elegir no hay muchas opciones. Me conformo con una ensalada, papas, unas alitas de pollo y un postre parecido al pie de limón, sólo que tiene durazno. Pido un té verde frío y light. Prefiero irme por lo seguro. En ocasiones he elegido platos con nombres raros y me he llevado sorpresas desagradables. Me dispongo a comer las alitas de pollo, pensando que es más de lo mismo, pero cuando comienzo a comer me llevo una sorpresa de las buenas. Tienen un sabor exquisito. Está cocinado con hierbas, no reconozco ninguna. Los franceses, fiel a su estilo, hacen de la comida un arte. No podía ser de otro modo. Mientras como y escucho la música de John Denver, comienzo a escribir esta historia que comenzó en la madrugada y que terminaré más tarde.

Luego del almuerzo me dirijo a la sala donde está la reina de las pinturas: “La Gioconda”, más conocida como la Mona Lisa. No soy el único, una riada de gente va al mismo lugar. Cuando llego al lugar el espectáculo es sofocante. Cientos de personas apretujadas frente a la pintura para verla sólo un instante. La tienen tras un cristal antibalas y encima de algo que parece un altar, con un separador de madera primorosamente construido. Todo está insertado en una pared de piedra que no llega al techo. La construcción en sí misma es toda una obra de arte. Me decepciono un poco. Estuve en una exposición itinerante sobre Leonardo Da Vinci, en Lima, Perú y disfruté más, en fin, todo sea por decir que vi el original, sólo a unos metros de mi cara. Todo tiene un carácter surraelista. Miles de personas, en los más diversos idiomas rendidos frente a esa pequeña y gran obra de arte. Tal vez han escuchado miles de historias, algunos adolescentes con cara de aburridos, no tienen idea de la razón de tanto jaleo. ¿Qué pensaría Leonardo Da Vinci al saber que su obra ha sido tratada de ese modo. Misteriosamente en ese momento comienzo a escuchar en mi Ipod la canción “Los momentos”, de Eduardo Gatti, y me parece que es justo para ese instante. Me entra una extraña nostalgia, tal como me ocurre cuando escucho algunas piezas musicales como el Bolero de Rabel que me trae recuerdos inolvidables, de otros instantes, que a veces parecen siglos.

Luego me voy a ver a la Venus de Milo, tengo ganas de conocerla, de saber por qué tanta alharaca con dicha estatua. A estas alturas no estoy para recorrer todo, sino para elegir aquello que siempre he querido admirar. Cuando la veo me quedo mudo. Es amor a primera vista. La veo, me ve y nos enamoramos. ¡Qué hermosa escultura! El escultor cuando la hizo debe haber estado enamorado, no se puede construir algo tan bello sólo por amor al arte. Es mucho más alta de lo que imaginaba. Sus formas clásicas revelan una armonía extraordinaria. Su rostro apacible es una invitación a la reflexión estética. Escucho una suave melodía de Nana Mouskouri, no podía ser de otro modo, es la música perfecta para ese momento. 

De allí continuo hasta el patio de las esculturas. Hay un espacio gigantesco dedicado a cientos de esculturas, de los diferentes periodos. Me río con algunas damas que se fotografían frente a algunas esculturas hermosas, donde los adonis están desnudos, mostrando sus testículos y penes, con total inocencia. No estoy seguro que las señoras que se fotografían frente a esos esculturales cuerpos sean así de ingenuas. Me sonrío cuando un poco más allá, entrando a estatuas de la Edad Media, veo el mismo estilo renacentista, sin embargo, en vez de mostrar la anatomía completa éstos están cubiertos con hojas, o con un manta, o con algo que cubre sus partes pudendas. La escultura señala el derrotero de la humanidad.

De pronto caigo en la cuenta que me estoy comportando como los japoneses, sacándole fotos a cuanta estatua ven. Pienso que cualquier libro puede contener mejores fotografías que las mías. Me dirijo a una librería que he visto hace un momento y busco una guía oficial del Louvre, y las hay en todos los idiomas, infaltable el Español. Es un libro en papel couche de más de mil páginas, con fotografías profesionales. Guardo mi cámara. El resto del paseo lo dedico a observar sin fotografiar y de vez en cuando mirando mi guía.

Dan las 8 de la tarde. Es hora de irse. No he visto ni la cuarta parte. Salgo bajo esa pirámide ridícula y veo que está lloviendo. Paris anochece. Tengo una sensación de alegría extraña. Comienzo a escuchar a Armik, la guitarra flamenca me acompaña. Pienso que no podía ser de otro modo, parece que mi Ipod sabe dónde estoy. Me devuelvo por donde he venido, no quiero mojarme. He visto un letrero dentro del Louvre que indica que hay una estación de metro allí mismo. Voy caminando y de pronto, entro a otro palacio, uno moderno, es un shopping de primer mundo, lleno de tiendas sofisticadas. Veo una tienda de Apple, no podía faltar. Entro, quiero saber sobre el Ipad 2, quiero ver si es tan estupendo como he escuchado. Es otra obra de arte, tal vez en algunos años, esté en algún museo para que alguien abobado como yo la observe, nostálgico. Mi paseo culmina en otro lugar de artistas. Escucho a Jean Manuel Serrat, “todo pasa y todo queda, pero la vida es pasar, caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Los versos de Machado son perfectos para terminar el día. He estado ocho horas en un lugar hermoso, y no he visto casi nada. Es un homenaje al ser humano, a los que sueñan, los que crean, los que inventan, los que no se conforman con la mediocridad, los que siempre aspiran a más. El Louvre cuenta la historia de los soñadores, los que alguna vez trataron de locos y que hoy admiramos como genios. Me sumerjo en el metro de Paris, mañana buscaré a Rodin.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

domingo, 24 de abril de 2011

La muerte de un hijo, el dolor más extremo

Dedicado a la memoria de Arturo Darynel Velasco 

Hace algunos días ha muerto un amigo. Se ha apagado una sonrisa. Hemos llorado su partida. Aún retumban en nuestro recuerdo su risa contagiosa y su amor incondicional. Esta semana el dolor me ha hecho llorar varias veces.

Era sólo un niño, pero me cautivó desde el momento en que lo conocí. No olvido una de sus frases célebres, mientras jugábamos con sus padres y tíos a las imitaciones: “Yo soy un cerebrito, por eso mi grupo va a ganar”.

Darynel
No puedo imaginar el dolor que deben estar sintiendo sus padres. Sólo pensar en ellos se me nubla la vista y se me llenan los ojos de lágrimas. Nunca un hijo debería partir antes que sus padres. Es un dolor que parte la existencia. Es el sufrimiento más desgarrador que puede sufrir algún ser humano.

Nunca perdí a un hijo, pero si perdí a un hermano, a un hermano que crié como si fuera mi hijo, porque me adoptó como padre cuando nuestro progenitor no estuvo con nosotros, fui su hermano-padre, así que en parte puedo entender. Sé lo que se siente al ver a un ser querido dejar de respirar. Fui la última persona que besó su frente cuando con el mayor dolor que he sentido alguna vez, lo vestimos y lo pusimos dentro del féretro. Dirigí su funeral y lloro su partida aún hoy, después de 16 años. Porque como dijera el dramaturgo Bernard Shaw: 
Los muertos recién desaparecen con la muerte de sus deudos, y por lo tanto son estos, quienes deben continuar siendo su pensamiento y su recordada memoria.
Cuando viene la muerte, sobreviene uno de los momentos más difíciles en la vida de una persona. Es el momento de los cuestionamientos y de las preguntas. El instante cuando toda la construcción ideológica que hemos construido a lo largo de nuestra vida es sometida a la prueba más difícil que pueda enfrentar un ser humano.

Cuando murió Joel Josué, mi hermano menor, no sabía todo lo que sé ahora respecto a la muerte, por lo tanto, mi enfrentamiento a ese momento no fue el mejor. La vida nos va formando y ese instante fue para mí un momento decisivo de aprendizaje. Algunas de las cosas que aprendí:

La forma en que los padres viven la muerte de sus hijos 

El sentirse responsables

Los padres nos sentimos responsables de proteger y cuidar a nuestros hijos, por eso cuando uno de ellos muere el primer sentimiento que sobreviene es el de culpabilidad y una gran sensación de fracaso. Sea cual sea la causa de la muerte, lo primero que hacen los progenitores es sentir que fallaron, que algo no hicieron bien, que deberían haber hecho algo para evitar que sucediera lo que ocurrió.

Sin embargo, por mucho que la persona se sienta culpable, ese sentimiento no ayuda, en especial a quienes sobreviven al hijo. Culparse a sí mismo no revive al hijo que ha partido.

Como señala un autor:
Haber sobrevivido a un hijo es sentido, a veces, como falta de amor parental; dejar de penar, es sentido como falta de lealtad, traición o abandono al hijo muerto. 
Por esa razón es tan importante elaborar el duelo, para que ese sentimiento pase y no provoque un daño que a veces puede ser más complejo que el dolor por la ausencia.

Rabia y desolación por sobrevivir

Paradojalmente, uno de los sentimientos más comunes de los padres en el contexto de la muerte de un hijo es una profunda ira por no haber partido primero. Muchos padres sienten la muerte de un hijo como una injusticia. Es común escuchar frases que dicen: “Ningún hijo debería morir primero que sus padres, eso no es natural”.

Pero, no hay explicación para muchas cosas, y sentir rabia y desolación ante la partida de un hijo, no ayuda a superar el momento desgarrador que se vive.

Ubicarse en el dolor

Cuando muere un esposo o esposa se es “viudo o viuda”. ¿Qué se es cuando se muere un hijo? ¿Cómo ubicar el dolor en el contexto de ser padres? Es una pregunta que provoca no sólo desazón sino que obliga a replantearse toda la vida.

¿Quién está preparado para la pérdida de un hijo? Sigmund Freud alguna vez escribió:
Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte. 
Pero, ¿es posible eso? ¿Cómo llenar el vacío? O como dijera Mafalda en uno de sus comic: "Y ahora, ¿cómo lleno el hueco que tengo en el pecho?"

El dolor es aún más dramático cuando nos enfrentamos a la muerte de manera abrupta, sin que la esperemos. Cuando se está al lado de un enfermo terminal, su agonía es nuestra preparación. Cuando parte un hijo de pronto, es como perder un brazo o una pierna de un momento a otro. Como diría uno de mis escritores preferidos José Luis Martín Descalzo, con toda razón, en su libro Razones para vivir:

La muerte inesperada de un ser querido reduce a cenizas un corazón.
Ubicarse a sí mismo en el dolor es una de las pruebas máximas que nos exige la pérdida de un ser tan querido como un hijo. Con la muerte de un hijo mueren sueños, ilusiones, y se cae abruptamente en la cuenta de que nada ya va a ser lo mismo. Cada año, en el cumpleaños del que partió, se volverá a sentir la pérdida, inevitablemente el recuerdo será doloroso.

La forma en que la pareja vive la muerte de un hijo 

Es común que la pareja enfrente serios problemas matrimoniales luego de la pérdida de un hijo. Las razones son varias, y no dejan de ser complejas en sí mismas, por las implicaciones que tiene.

La forma de vivir el dolor

En primer lugar, un elemento altamente subjetivo se instala en la relación. El dolor no se vive de la misma manera ni se expresa de la misma forma. Muchas personas sienten que su pareja no está sintiendo el dolor de manera suficiente o en el polo contrario, que está exagerando su sufrimiento.

En este sentido, es preciso ponderar las cosas. Ningún ser humano vive el sufrimiento de la misma manera que otra persona. Cuando calificamos el dolor ajeno entramos en un campo minado. No podemos entender los sentimientos de angustia y sufrimiento de otra persona, por muy esposo o esposa que sea. El dolor tiene siempre un componente individual, subjetivo, intransferible.

Las parejas deben aprender a respetar sus dolores mutuos y la manera de vivirlo y expresarlo, porque de otra manera, tendrán que enfrentar el gran problema de tener que vivir no sólo el duelo de la pérdida de un hijo, sino el desgarro de un conflicto matrimonial.

Sincronización del dolor

Los seres humanos somos personas complejas, contradictorias y difícilmente alguien actué igual que otra persona en situaciones tan dolorosas como la muerte de un hijo.

Es común que, tal como vimos, los padres vivan el dolor de manera diferente, pero también, es habitual que lo vivan en momentos distintos.

En el primer momento uno de ellos tiende a ser el fuerte y el que protege y consuela. Por lo tanto, no se da permiso a sí mismo para vivir el dolor con la misma intensidad que el otro, pero, a medida que pasa el tiempo. Uno de ellos comienza a sanar la herida y dar paso a la cicatriz, pero el otro, puede comenzar a revivir el hecho y expresar el dolor, como no lo hizo antes. Esta falta de sincronización a veces es causal de conflictos de pareja, porque el que está sanando no entiende que el otro esté en un momento distinto al que el otro está viviendo.

Por lo tanto, lo correcto es lo mismo que hemos dicho en el punto anterior, no juzgar, no interpretar, sólo acompañar y entender, que hay dolores que tenemos que vivir, y que nadie, por ninguna razón lo puede vivir por nosotros.

El culparse mutuamente

Por otro lado, es también común que muchas parejas caigan en situaciones de reproches y culpas, producto del dolor que sienten, y porque los seres humanos, siempre buscamos culpabilizar a otros de lo que nos pasa, y es siempre más sencillo culpar a quien está más cerca.

Es común en el contexto de la muerte de un hijo escuchar frases tales como “deberías haber hecho…”, “tendrías que haber…”, “por culpa tuya…”, “si hubieras sido…”, etc., frases todas dichas en el contexto de una situación dolorosa, lo que hace que las personas no piensen adecuadamente y se dejen llevar por el dolor más que por la razón. Cuestionar lo que el otro hizo o dejó de hacer, simplemente, no ayuda.

Ninguna persona equilibrada quiere la muerte de un hijo. Nadie en su sano juicio actúa de manera tal de provocar la muerte de un hijo, por lo tanto, dichas frases y actitudes de culpar al otro en vez de ayudar a superar la crisis, lo único que hacen es ahondarla.

Como señala de manera bella la periodista catalana Mercè Castro Puig:

La culpa, la que sea, es siempre un callejón sin salida, oscuro, en el que, irremediablemente, nos estrellamos. Como un parásito, se adueña de nuestra mente hasta que enfermamos. Con la culpa como compañera de viaje es imposible avanzar porque nos remite siempre al pasado. Somos humanos y eso no es un tópico es una realidad. Y los humanos ni tenemos superpoderes ni podemos evitar lo inevitable. Y son muchas las veces que nos equivocamos, dudamos, divagamos, incluso somos capaces de atrincheramos en la culpa sin ser responsables de nada… Los errores, sean ciertos o imaginarios, forman parte de nuestra condición, son inevitables, lo bueno, lo que nos acerca a la luz es reflexionar y perdonarnos tantas veces como sea necesario.
Alteración del deseo

Muchas parejas, en el contexto de la muerte, ven alteradas sus vidas de una manera dramática. Una de las facetas que a veces no se aborda y que se tiende a obviar como innecesaria es la vida sexual.

En este contexto ocurren dos fenómenos, en sí mismos complejos y desconcertantes. Algunas personas en el contexto del sufrimiento aumentan su apetencia sexual, lo que suele ser chocante para aquellos que les ocurre exactamente lo contrario.

Hay varones y mujeres que pierden el deseo sexual, en parte, porque se sienten culpables de sentir placer o buscar algún tipo de retribución sensual, en el contexto de la pérdida de un ser amado. Por eso, cuando algunos ven que su pareja, le sucede todo lo contrario, que busca precisamente la vida sexual como un medio de evasión o porque es su manera de olvidar por algún momento el dolor que está sintiendo, se sienten traicionados o culpables.

En el mismo contexto anterior. Cada persona vive su dolor de manera diferente y expresa sus apetencias también de forma distinta. Entenderlo, conversarlo, respetarlo, es primordial, para evitar conflictos y sufrimientos anexos al dolor que ya se está sintiendo.

Negación

La mente en su complejidad a veces inventa caminos para evadir el dolor, uno de los senderos más transitados por los dolientes que pierden a un hijo es la negación. No enfrentan el hecho ineludible de que el hijo ya no está. Por lo tanto, se centran tanto en el dolor, que caen en juegos de negación.

Hay personas que siguen preparando comida para el que partió, que hablan con el que no está, que se ocupan de tareas que el hijo que no está hacía, etc. Todo eso, de algún modo, es negar el hecho de que la muerte cuando viene es definitiva.

Olvidarse de ser pareja

El psiquiatra Carlos Bianchi, señala que:

Cuando la pareja es dramáticamente conmovida por la muerte de un hijo, es comprensible que cada uno de los padres esté sumergido en su propio dolor y que la relación de pareja no esté, en ese momento, en el primer lugar de sus preocupaciones.
Las parejas que se olvidan de ser pareja en medio de su dolor, no logran entender que cuando el funeral pase, cuando los pésames ya no estén, que cuando los amigos se marchen, cuando los familiares ya no estén, sólo se tendrán el uno al otro. Por lo tanto, es imperioso acompañarse y servir de apoyo uno al otro. Lo necesitarán para más adelante, cuando vengan momentos de desánimo, que son normales, pero que se viven mejor cuando la pareja está presente no sólo en cuerpo sino activamente.

Cuando el dolor se maneja de manera adecuada, puede ayudar a la pareja a afianzarse mutuamente. Cuando es lo contrario, se corre el peligro de llevar al cementerio no sólo al hijo, sino al matrimonio.

Asumirse como víctima

Muchas personas, actúan como si su dolor fuera más intenso que el de su pareja. Lamentablemente, por una cultura centrada en la madre, esto suele ocurrir con más frecuencia con mujeres que actúan como si ellas fueran las únicas que sufren o que su dolor fuera más importante, por ser madres.

Eso es absurdo, injusto y dolorosamente cruel con la pareja. Todo padre sufre el dolor de un hijo, y comparar el dolor, o actuar como víctima no ayuda, al contrario, daña y provoca dolores innecesarios en otros.

Lo que hay que entender y que en el dolor se olvida 

El dolor no se puede vivir solo

Cuesta entender, especialmente a varones, que el dolor no se debe vivir solo. Que es importante y sano, tener un hombro sobre el cual llorar. Carlos Bianchi dice:
El peor de los duelos es el duelo solitario.
Tiene toda la razón, porque un duelo solitario no sólo aísla más, sino que impide que el dolor de paso a la sanidad y la cicatriz.

Los seres humanos, por nuestra configuración mental y social, necesitamos de otros para sobrevivir los momentos difíciles. Por eso que aislarse en el dolor, sólo lo acrecienta.

Es preciso tener a alguien con quien llorar. Una persona que sea capaz de escuchar nuestras angustias, temores, rabias y frustraciones. Sin ayuda de otro, el dolor tiende a enquistarse y produce un daño grave en la vida del individuo.

No hacer un monumento al dolor

Una actitud cultural común, es construir monumentos al dolor. Quedarse estancado en el sufrimiento y no darse permiso a sí mismo para continuar viviendo. Muchos recurren a este artilugio mental por una “fidelidad” mal entendida al que ha partido.

Muchas personas no sólo ven alterada su vida con la muerte de un hijo, sino que detienen su existencia cuando eso ocurre. Actuar de ese modo, no ayuda en absoluto a nadie, al contrario, produce a la larga más pesar.

Por duro que suene, la vida continúa. Hacer del dolor un monumento, sólo contribuye a que la herida quede permanentemente abierta. Las heridas tiene que cerrarse y dejar el paso a la cicatriz, que siempre estará, pero ya no provocándonos el dolor desgarrador del primer momento.

Muchas personas al morir un hijo caen en un proceso destructivo porque al hacer un monumento de su dolor, caen en actitudes negativas como censurar la risa, las bromas y aún la actitud positiva de su cónyuge, considerando que no está “sufriendo lo suficiente”, olvidándose que la vida tiene que continuar y que quedarse estancado, sólo contribuye a mayor sufrimiento.

Entender que cada persona tiene un ritmo y una forma de vivir su dolor

Muchas parejas que pierden hijos se olvidan de construir nexos que no los destruyan. El dolor es tan grande que no aprender a respetar los ritmos y formas de vivir el dolor.

Es preciso ser cautos, en lo que se dice, y en la forma en que se valora lo que el otro siente, para no caer en excesos al juzgar o condenar a la pareja porque está viviendo su dolor de una determinada forma.

El dolor debe expresarse, no guardarse en el armario y cerrarlo con llave para no dejarlo fluir. Es preciso que los sentimientos de dolor se expresen “antes de que se conviertan en una amargura negra, en una roca tan pesada que nos impida volver a la vida”, como dice la periodista Mercè Castro Puig, quien sufrió la pérdida de un hijo.

Los hermanos que sobreviven

Muchos padres, ante la pérdida de un hijo, cometen el error de olvidar u obviar el dolor de los hermanos.

No sólo los padres pierden a un hijo. Los hijos que sobreviven pierden a un hermano, un amigo, un compañero o un confidente. Como lo expresa el poema de Guillermo González, titulado “Carta a un hermano que ya no está”:
Cómo puedo hablar contigo / Cómo puedo decirte lo que siento / Cómo el silencio de tu ausencia me duele / el silencio de tu dolor me hiere.
Cuando los padres se concentran tanto en su dolor y dejan de lado a sus hijos que quedan, entonces, a menudo provocan un daño tan grande, que se necesitan a veces décadas para sanar, no la pérdida de un hermano, sino la ausencia de los padres que en su dolor, olvidan ser padres de los que quedan.

Cuando el dolor no se maneja de manera adecuada los hijos que sobreviven comienzan a experimentar emociones contradictorias, como sentimientos de culpa por el dolor de sus padres y sentir que tal vez deberían haber muerto ellos y no sus hermanos. Sentimiento que es altamente destructivo y que no ayuda a superar el dolor de manera sana.

Los padres no deben aislarse en su dolor. No deben permitirse dejar a sus otros hijos lejos de sus vidas en esos momentos. Por último, si no saben manejar la situación, deberían pedir ayuda, para que sus hijos que sobreviven no experimenten sentimientos y emociones que simplemente los dañen más, por la pérdida de su hermano.

Las familias superan mejor el dolor cuando padres e hijos están juntos en el duelo y en el proceso de sanar la herida y dar paso a la cicatriz.

Escuchar con empatía, llorar juntos, y entender los ritmos de dolor distintos de cada persona, es lo que ayuda a que el proceso de sanar, sea más efectivo y constructivo.

Creer no implica dejar de sufrir 

Una reflexión aparte merecen los creyentes. Muchas personas religiosas optan por el peligroso camino de sentirse culpables porque sufren o de reprimir sus emociones porque supuestamente al tener esperanza no deberían sentir dolor.

Una cosa es creer, otra muy distinta es sufrir. Muchos olvidan que Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. Expresar dolor y sufrir, no implican no creer, sino simplemente revelan que las personas son humanas, y que no pueden dejar de sentir.

Creer no invalida el sufrir. Creer no es impedimento para llorar. Se puede llorar, y seguir creyendo que “Cristo es la resurrección y la vida”. Una cosa no quita la otra.

Llorar, expresar dolor, aún molestia, no significa que una persona renuncie a su fe. Es absolutamente normal y necesaria la expresión del dolor.

Cuando cristianos bien intencionados pero mal enfocados, pretenden que alguien que sufre la pérdida de un ser amado no exprese su dolor, no sólo actúan con crueldad, sino con falta de sentido común.

La no expresión del dolor, tarde o temprano provoca más problemas que beneficios.

La comunidad cristiana está para apoyar, acompañar, abrazar, ayudar, colaborar, no para juzgar ni convertirse en árbitros de los sentimientos de otros.

Sufrir no implica estar en camino de descreimiento, al contrario, es simplemente la constatación de que se es humano, ni más ni menos.

Superar el duelo 

Vivir el duelo es necesario, con todas sus etapas. Lo negativo es no superar el duelo. Quedarse en el dolor, vivirlo como si fuera la terminación de la vida. No hay un período cronológico establecido para el duelo, ponerle tiempo es absurdo, lo único sano es entender que el duelo es un proceso que debe vivirse, no hay otra forma de enfrentarlo que vivirlo. Debe vivirse al ritmo de cada uno. No se puede hacer una maratón con el dolor, cada persona debe caminar ese sendero al ritmo que su asimilación se lo permita.

Se sabe que el duelo se ha superado cuando la herida da paso a una cicatriz. Sabemos que existe, entendemos que está allí como un recuerdo de la pérdida, pero ya no nos causa el dolor desgarrador que nos causaba antes.

Se supera el duelo cuando estamos dispuestos a planificar la vida y a abrirnos a nuevas relaciones y vínculos, incluyendo la decisión de tener otro hijo, cuando es posible, o de ver la existencia con una mirada más positiva, cuando ya no se está en condiciones de emprender nuevamente el camino de la paternidad. Los hijos son insustituibles, ningún otro ser humano puede reemplazar al que ha partido, sin embargo, abrirnos a la vida, es en muchos sentidos, entender que la vida continua y no se detiene, que detenerse es morir estando vivos.

Me gusta pensar que la noche, por más negra, oscura o tétrica que pueda parecer, siempre da lugar al sol, que termina por mostrarnos un nuevo amanecer, con todas sus luces y sombras, pero una nueva oportunidad al fin.

Ganarle a la muerte, es mirar la vida y el nuevo día con esperanza. Entender que el dolor no puede destruirnos, que podemos emprender el camino de la existencia, cada día, con nuevas fuerzas y con el sentimiento de que no hay nada tan difícil que nos pueda destruir, si no queremos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 2 de abril de 2011

Tan cerca y tan lejos

―Tenemos que salir después de las 7 de la mañana, antes es peligroso.

Con esa frase percibo la primera voz de alerta en relación a lo que ocurre, en la otrora, tranquila Nueva León, en el norte de México.

En la tarde anterior he estado alojando en casa de un amigo y me ha hablado de un tiroteo que ha ocurrido a escasos metros de su casa. La escuela de la hija está a tres cuadras de la casa, pero ellos no la dejan ir caminando. Se respira un aire de inseguridad. Se desconfía de todos.

Salimos en dirección a Monterrey, vamos tranquilos, hay muchos vehículos en el camino, de pronto, en una zona de baja velocidad nos para un policía municipal. Nos dice que vamos a exceso de velocidad en zona escolar. Le decimos que no es cierto, que vamos bien, y que además, no hay ningún letrero que indique que hay un colegio cerca. Nos indica a sus espaldas y sólo vemos casas y nada más. Comienza una larga perorata acerca de que tendremos que pagar 1.200 pesos mexicanos y tendremos que ir a pagar a la delegación. Mi compañero se baja de la camioneta y me dice:

―¡Quieren una mordida! –Eufemismo mexicano para referirse a la coima o soborno.

Va hacia la parte posterior del vehículo, conversa con el pseudo-policía, y luego viene y me dice:

―Tienes 50 pesos, no tengo sencillo y no quiero darle más. Al final, termina “pagando” 150 pesos por una infracción que nunca existió.

Al avanzar y esperar que su enojo se calme le pregunto:

―¿Por qué pagaste?

―Porque estos tipos son tan peligrosos que son capaces de dispararte y acusarte de narcotraficante.

Seguimos, con un trago amargo. Llegamos a Reynosa, estamos a una cuadra de entrar a la aduana que separa a México de EE.UU. y suena una bocina detrás de nosotros. Una camioneta de policía municipal, otro más.

Se baja otro policía mafioso y con prepotencia le dice a mi amigo:

―¡Qué no oye la bocina! Vengo hace rato detrás de usted.

Eso es falso. Hemos venido mirando hacia atrás. Venimos lentos porque no queremos pasarnos de la puerta que conduce al puente internacional. Con su manera prepotente y aprendida de memoria nos aborda oliendo que somos extranjeros y nos dice:

―El vehículo quedará retenido durante 36 horas y usted tendrá que pagar una multa de 4000 pesos. La ley lo dice.

―¿Qué delito cometimos?

―Dio una vuelta demasiado rápida en una zona de baja velocidad.

―Eso no es cierto. Venimos lento precisamente porque estamos buscando la entrada para el puente internacional.

Comienza a intimidar, finalmente dice, les voy a hacer un favor, paguen al menos la mitad de la multa, es decir, 2000 pesos. Mi amigo rápidamente le dice:

―No tengo más que 300 pesos.

―No, es muy poco, 600 sería más razonable.

Mi amigo se mantiene firme y le dice no tengo más.

Nos queda mirando y de pronto, en un movimiento rápido simplemente le arrebata los 300 pesos y se va raudo dejándonos los documentos que no nos quería entregar.

Entramos a la aduana, con un sabor amargo. Dos veces en el día estafados por quienes deberían protegernos.

Pagamos el peaje y entramos al puente internacional, lugar donde se supone sólo se entra con autorización especial, pero de pronto nos vemos inundados por decenas de personas que están al lado de los vehículos. Mendigos, vendedores y lavadores de parabrisas. Se acercan dos personas, un adulto y un joven, y sin que podamos decir nada comienzan como si nada, como si fuera lo más normal del mundo a limpiar el parabrisas. Mi amigo resignado comienza a buscar algunas monedas en su bolsillo y le digo:

―¿Por qué les vas a pagar si no se lo pediste?

Él me mira con una sonrisa resignado y me dice:

―Si no les doy nada, alguno de ellos va a pasar por el lado del vehículo y me va a rayar el auto con un clavo o una piedra. Sale más barato darle una moneda.  

Dicho esto uno de ellos se acerca y simplemente extiende la mano, no pregunta, no dice nada, es un trato tácito: O me pagas o te rayo el auto.

Los hombres se van y de pronto sentimos que detrás alguien está limpiando el vidrio trasero. Termina y se acerca y golpea la ventana. Mi amigo sólo atina a decir:

―Ya limpiaron.

―Págame, ellos limpiaron adelante, no atrás.

Mi amigo no dice nada y entrega una moneda. Hemos sido asaltados por tercera vez en el día, por limpiadores de vidrios que más parecen maleantes extorsionadores, que individuos que prestan un servicio, que por lo demás, es innecesario en vehículos que tienen limpia parabrisas.

Estamos en silencio. Asimilando los robos del día, pensando en todas las historias que hemos platicado en el trayecto. De los secuestros, extorsiones, asesinatos, de los narcos y de quienes le apoyan, de las muchas personas que están prácticamente secuestradas en su propio país sin poder hacer nada frente a autoridades corruptas, delincuentes organizados y tantas situaciones que simplemente tornan la vida cada vez más difícil a quienes quieren vivir en paz.

México es un extraordinario país. Con bellezas y riquezas naturales dignas de una superpotencia, sin embargo, la riqueza está distribuida de una manera tan poco equitativa que resulta complejo evaluar lo que realmente ocurre detrás de tanta pobreza.

El pueblo mexicano es cálido, acogedor, confiable, amistoso, alegre, creativo, trabajador, esforzado, por eso sorprende que una sociedad con esas características esté secuestrada por bandas de delincuentes que tienen una guerra fratricida entre ellos, y donde la población civil es la que paga las consecuencias, como diría el eufemismo de Bush, “daños colaterales”.

Voy pensando en eso, cuando mi amigo me saca de mis cavilaciones y me dice, como reflexionando en voz alta:

―¡Que extraordinario! Tan cerca está la frontera, y cuando pasemos es otra realidad, otra cosa, todo diferente.

Avanzamos, pasamos la frontera y nos adentramos en McAllen, Texas, y de verdad, es otra cosa. Orden, limpieza, avenidas amplias, silencio, no hay basura, no hay mendigos, ni pitazos, y eso que se ven muchos mexicanos, incluso los oficiales de la frontera a todas luces son descendientes de sus vecinos a quienes ahora controlan. No le temo a la policía, más bien, la miro con respeto. No vemos militares con ametralladoras por ningún lado, de hecho, no vemos a un sólo policía en todo el día.

Tengo que hacer un trámite. Entro al banco, un agente se levanta sonriente, me da la mano, saluda de igual modo a mi amigo, y en perfecto español se ofrece a atendernos. Le digo la razón por la cual estoy allí y me dedica dos horas completas. Atiende todas mis preguntas. Soluciona el problema que tengo. Me ayuda más allá de lo que esperaba y salgo contento, pensando que estamos tan cerca, pero a la vez, tan lejos.

No soy ingenuo, EE.UU. también tiene problemas internos graves, no quiero tapar el sol con un dedo, simplemente quiero constatar un hecho. Es otra la realidad, otro el enfoque. Al pasar la aduana mi amigo me advierte que debo llevar 6 dólares exactos para pagar el permiso temporal que te dan (aún cuando tengo una visa múltiple por diez años), y al pasar me cuenta que hace un tiempo el tenía que pagar 24 dólares, pero no tenía justo, sino 25 y le dijo al aduanero:

―No importa, quédese con el dólar. ―El hombre le respondió.

―No corresponde quedarme con ningún dólar. Consiga sencillo.

Estuve todo el día en esa ciudad fronteriza norteamericana. Al regresar a México, estoy nervioso. Temo que nos encontremos con más policías corruptos, o que lleguemos de noche y seamos interceptados por algún grupo de narcos que por esa zona abundan y como serpientes merodean en las noches que es cuando hacen sus transportes.

Tenemos que llegar temprano, mi amigo me dejará en un hotel, cerca del aeropuerto y él viajará aún una hora para llegar a su casa. Tomamos un camino por el cual se ahorra tiempo, pero no hay suficientes letreros para saber por dónde ir. Llegamos a una gasolinera y mi amigo se baja a preguntarle a un hombre, bien vestido, que está en una camioneta. Tiene un sombrero como los que usa la gente de las haciendas. Le dice que buscamos el aeropuerto y él nos dice que lo sigamos, que él va en esa dirección.

Lo seguimos, son 30 kilómetros, en más de alguna oportunidad se nos pasa por la cabeza que podría ser una trampa. Cuando se está en medio de lobos se sospecha hasta de la sombra. Llegamos a un peaje, el hombre se baja, viene hasta nuestro vehículo y nos dice que él seguirá de largo, pero que a dos kilómetros hay un desvío y un letrero que dice aeropuerto. Le agradecemos y el hombre se va.

―El Señor nos envió un ángel ―dice mi amigo.

Yo pensé, es posible, en medio del caos siempre hay ángeles, personas que deciden ser diferentes, que optan por traer paz en medio del conflicto, por hacer la diferencia entre lo que es correcto e incorrecto. Si definitivamente, aquel hermano mexicano, decidió portarse como un ángel, una persona que hace la diferencia, tal como millones de personas en este hermoso país que son honestas, pacíficas, trabajadoras y sanas, ante un puñado de inadaptados que han secuestrado la paz de toda una sociedad.

Tan cerca, y tan lejos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 19 de marzo de 2011

Con lágrimas de gratitud

El agradecimiento sólo es posible cuando se entiende la magnitud de lo recibido. Mientras eso no ocurre transitamos por la vida como si no tuviéramos que retribuir nada, tranquilos en nuestra inconsciencia.

Por otro lado, es preciso entender que los acontecimientos que nos ocurren son neutros, somos nosotros los que le asignamos sentido. Ese hecho es importante para entender algunos de los relatos de los evangelios.

Las mismas escenas tienen diferentes interpretaciones. Como un calidoscopio, hay múltiples formas de observar el relato.

Lucas señala que:
Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los secaba con sus cabellos; y besaba sus pies y los ungía con el perfume (Lucas 7: 37-38).
Lucas no menciona el nombre, tal vez por prudencia o porque no era necesario comunicarlo para el grupo de personas que él estaba escribiendo. Sin embargo, Juan señala que ella es María, la hermana de Marta y Lázaro (Jn. 12:1-7).

Ha venido a la fiesta desde lejos. No está viviendo en la ciudad. No sólo ha visto a su hermano resucitar, sino que ha sido librada por Jesús del pecado, Lucas la califica de pecadora, las posibilidades son muchas, puede estar viviendo en una relación adúltera o simplemente haberse convertido en prostituta. No lo sabemos con certeza.

Ella está agradecida de Jesús, así que trae un vaso de nardo, un perfume líquido muy caro. El nardo tenía un olor penetrante, lo común era que lo importasen de la India. La planta de cuyas raíces se extrae ese aromático perfume procede de la India, crece en las altiplanicies de pastoreo de los Himalayas, a una altura que oscila entre 3 y 5 mil metros. El nardo era un artículo comercial desde tiempos muy antiguos.

Era costumbre mantener el ungüento de nardo en recipientes de alabastro sellados, y sólo se los abría en ocasiones muy especiales o para los ricos. El nardo fragante con que María ungió los pies de Jesús representaba el salario de casi un año de un obrero de la época (Jn. 12:3).

Agradecer en vida

Unge a Cristo en su cabeza y pies. Luego llora a sus pies. Quiso pasar inadvertida, pero, el perfume la delató. Advirtió las críticas y sintió que podría ser dejada en ridículo o que su hermana la acusaría de derrochadora.

Decidió agradecer a Jesús en vida, a diferencia de otros como Nicodemo y José de Arimatea que prodigaron su amor a Cristo después de muerto.

En esto hay una lección de María para todos nosotros. Muchas son las personas que llevan flores y recuerdos caros a los muertos. Lloran y expresan palabras de amor y cariño a un cuerpo sin vida. La ternura, el aprecio y los vocablos llenos de cariño son prodigados a una persona que no ve ni oye. ¡Cuán diferente hubiera sido la situación si las mismas expresiones de cariño y bondad hubiesen sido dichas cuando la persona vivía!

Es triste que esperemos una visita al cementerio para agradecer cuán importante han sido las personas para nosotros. María decidió hacer algo distinto. Agradeció a Jesús en vida, cuando era posible que él pudiera apreciar su cariño.

La importancia de agradecer

La otra lección de María es que simplemente fue agradecida. No esperó, agradeció cuando podía hacerlo. Nos cuesta entender que no agradecemos lo suficiente porque no apreciamos las bendiciones que recibimos. Al contrario, la mayoría de las oraciones de los cristianos se convierten en lamentaciones, clamores y petitorios y nos olvidamos de las palabras de Pablo que dice: 
No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias (Fil. 4:6).
Agradecer no es algo que se enseñe, o somos agradecidos o no lo somos.

Alguien escribió:
Doy gracias por la basura que tengo que limpiar después de una fiesta, porque significa que estoy rodeado de amigos.
Doy gracias por los impuestos que tengo que pagar, porque significa que tengo trabajo.
Doy gracias por la ropa que me queda chica, porque significa que tengo suficiente para comer.
Doy gracias por el pasto que tengo que cortar, las ventanas que tengo que limpiar y las cosas que tengo que arreglar, porque significa que tengo un hogar.
Doy gracias por todas las quejas que escucho acerca del gobierno porque significa que tenemos libertad de expresión.
Doy gracias por el espacio vacío que encuentro al fondo del estacionamiento porque significa que puedo caminar.
Doy gracias por la cuenta abultada del gas porque significa que tengo calefacción.
Doy gracias por el que canta al lado mío desentonando horriblemente porque significa que puedo oír.
Doy gracias por las pilas de ropa para lavar y planchar porque significa que tengo ropa para usar.
Doy gracias por el cansancio que siento al final del día porque significa que ha sido un día productivo.
Doy gracias por la alarma que suena temprano en la mañana porque significa que estoy vivo.
En otras palabras, todo es cuestión de perspectiva. No agradecemos suficiente porque no tenemos la perspectiva correcta.

La mente del que maquina

Lucas agrega lo que ocurre en la mente del que ha invitado a la fiesta:
Cuando vio esto el fariseo que lo había convidado, dijo para sí: ‘Si este fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, porque es pecadora’. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: ―Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: ―Di, Maestro. ―Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos lo amará más? Respondiendo Simón, dijo: ―Pienso que aquel a quien perdonó más. Él le dijo: ―Rectamente has juzgado” (Lucas 7:39-48).
Simón, un fariseo que ha sido sanado de lepra debería estar profundamente agradecido de Jesús, sin embargo, en su mente sólo puede ver lo que está ocurriendo con una mujer que supuestamente no es digna.

Cuando ve la acción de María maquina en su mente y duda de Jesús porque se deja tocar por alguien que para él es despreciable. Lo que no admite es que él precisamente ha sido el causante de la ruina moral de María.

Con la historia de los dos deudores Cristo quiso mostrarle qué él era más deudor porque tenía mayor responsabilidad en las acciones de la mujer que ella misma. Jesús enumeró las oportunidades que tuvo Simón de expresar agradecimiento a Jesús pero que no realizó.

Simón se conmovió por el gesto de no ser condenado en público por Jesucristo. Habría sido muy fácil para Jesús dejarlo en evidencia y mostrar a los demás la hipocresía de Simón, por eso Cristo agrega:
Entonces, mirando a la mujer, dijo a Simón: ―¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; pero ella ha regado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso; pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; pero ella ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: ―Tus pecados te son perdonados (Lucas 7:44-49).
El perdón incondicional

Jesús reconoce los esfuerzos de todos los seres humanos. Miró a María y pidió que la dejaran de molestar. Lo mismo que hace con todos los que han sido perdonados. Invita a los demás a que no juzguen y no condenen.

Jesús sabía que ella estaba turbada y apenada. Entendía claramente que mediante el acto de llevar ese perfume y hacer esa demostración pública ella estaba agradeciendo y escuchar las palabras de Jesús que la redimiesen.

Anunció que todo el mundo siempre recordaría el gesto de María. Hizo alusión a que un pequeño gesto de agradecimiento siempre produce grandes resultados. 

La mente del hipócrita

Pero no sólo Simón maquinaba en su mente, también lo hacía uno de sus discípulos, el tesorero del grupo, el hombre en que todos confiaban, el comerciante que se había unido a los apóstoles.
Dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que lo había de entregar: ―¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se les dio a los pobres? Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: ―Déjala, para el día de mi sepultura ha guardado esto (Juan 12:4-7).
Judas comienza a murmurar en contra del acto de María, considera que todo aquello es un desperdicio. Sin embargo, lo que nadie sabía, excepto Jesús, es que era un ladrón.

Judas hasta ese momento aún no había comprendido la misión de Jesús. Por otro lado, solía medir a las personas en función de los beneficios que pudiese obtener. María representaba un desperdicio porque no podía robar lo que ella derramaba sobre Cristo.

Los que contemplan sin entender

Mateo, siendo testigo directo de todo lo que ocurre, no sólo deja en evidencia que Judas piensa mal, también lo hacen el resto de los discípulos. Probablemente por la influencia de Judas, o porque tenían motivos similares. Lo cierto es que dice:
Al ver esto, los discípulos se enojaron y dijeron: ―¿Para qué este desperdicio?, pues esto podía haberse vendido a buen precio y haberse dado a los pobres (Mateo 26:8-9).
Los discípulos que contemplaban la escena no entendían nada. Estaban absortos en sus prejuicios e ideas tergiversadas.

Si hubiesen entendido lo que Jesús ya les había anunciado, que iría a Jerusalén a morir y comprendieran el don de la salvación que Jesús les daría, ningún obsequio les hubiera parecido mínimo.

Lo triste es que el esfuerzo de Cristo hasta ese momento aún no era comprendido. Vivía entre los seres humanos, y sus allegados más cercanos aún no entendían y ni siquiera estaban dispuestos a agradecer. ¡Pobres ciegos que se niegan a ver!

Si realmente hubiesen entendido nada lo considerarían demasiado costoso como para expresar agradecimiento a Cristo. Ningún acto de abnegación o sacrificio personal les hubiera parecido demasiado si entendiesen con claridad lo que Jesús estaba soportando y lo que tendría que pasar al ir a Jerusalén. Los prejuicios nublan la razón y nos hacen decir cosas que después nos avergüenzan. Seguramente cuando más tarde los discípulos analizaban su actitud en esta y otras ocasiones, deben haberse sentido muy mal.

Cuando se da sin esperar nada a cambio

María no fue pidiendo dádivas, sólo tomó una decisión, dar lo más valioso que tenía y expresarlo cuando fuera tiempo. Recibió mucho más de lo que hizo. Lo que recibimos es una respuesta a lo que damos. Probablemente recibimos menos por estar concentrados en nuestras dificultades y no en dar sin esperar nada a cambio.

Hubo una vez un agricultor de apellido Fleming que mientras trabajaba en su campo vio a lo lejos un niño aterrorizado, gritando y luchando; tratando de liberarse de un gran hoyo lleno de lodo en el cual había caído y no podía salir. El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.

El próximo día, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés. Un noble, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.

―Yo quiero recompensarlo ―dijo el noble inglés. ―Usted salvó la vida de mi hijo.

―No, no puedo aceptar una recompensa por lo que hice, ―respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta.

En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.

―¿Es ese su hijo? ―preguntó el noble inglés.

―Si, ―respondió el agricultor lleno de orgullo.

―Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso. ―El agricultor que no tenía ninguna opción para educar a su hijo aceptó.

Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, y se convirtió en uno de los médicos más conocidos a nivel mundial, el mismo rey lo nombró Sir Alexander Fleming, por haber descubierto la penicilina.

Algunos años después, el hijo del noble inglés, se enfermó de pulmonía. Gracias a la penicilina y al gesto de su padre, fue salvado por segunda vez.

El nombre del hombre que educó a Alexander Fleming fue Randolph Churchill. El nombre de su hijo Sir Winston Churchill.

Nunca sabemos lo que vamos a recibir por lo que damos. Si tuviéramos otra actitud, probablemente viviríamos de otra forma.

Conclusión

Dios sabe cuánto esfuerzo hacemos para vivir cada día. No necesitamos convertir nuestra experiencia religiosa en una larga y penosa plegaria lastimera. Dios entiende perfectamente lo que nos ocurre. Podemos ir a él contentos de que somos comprendidos.

Por otro lado, cuan agradecidos seamos con Dios dependerá de cuan conscientes estemos de sus bondades. Dios no espera grandes gestos ostentosos, sino una vida consistente en agradecimiento. Todos podemos ser agradecidos si nos lo proponemos.

Nuestras oraciones deben estar cargadas de gratitud. Nuestra vida debe ser una permanente acción de gratitud. Sin duda, tendremos toda la eternidad para agradecer, pero seremos más felices si empezamos hoy y dejamos los pasillos lastimeros de la autocompasión y acudimos a Jesús sin temor.

María fue, así como estaba, cubierta de vergüenza, señalada, apuntada, atribulada por la culpa que sentía, estigmatizada, maltratada, fue, no para pedir clemencia, no para pedir que Jesús intercediera para que la trataran diferente.

En otra ocasión había estado a los pies de Jesús aprendiendo, ahora fue, sólo para agradecerle lo que él haría. Ella entendió antes que nadie que Jesús bajaría a Jerusalén y moriría por ella y todos los pecadores. Lo que hizo fue un gesto de amor. Una respuesta al amor incondicional del maestro. ¡Qué gran lección!

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 18 de marzo de 2011

Diferente

Todos somos diferentes, pero nos encanta asimilarnos, acomodarnos, conformarnos. Somos distintos, individuos, pero nos gusta amoldarnos como gelatinas que temen ser diferentes, un poco por el miedo a la inercia y a salir de la cáscara que muestre nuestro verdadero rostro.

No existe persona igual a otra, por mucho que se parezca, ni aún los gemelos son idénticos. No obstante, en la práctica cotidiana, la mayoría de las personas le teme en demasía aparecer como diferente a la manada.

Opinar sin levantar olas

Para no parecer distinto, la mayoría de las personas tiende a acomodarse a la opinión mayoritaria, y aunque en lo íntimo en algún momento discrepe, por “mantener la armonía” (viejo resabio de cobardía), simplemente callará, se quedará en el silencio cómplice de la “mayoría silenciosa”, la de aquellos que por no alterar la comodidad de los acontecimientos cotidianos opta por el mutismo. La “mayoría” que en tiempos de crisis, confusión ética y autoritarismo, simplemente elige callar.

Martin Niemöller (1892–1984) fue un pastor luterano alemán, uno de sus poemas ha sido repetido y recitado muchas veces para recordarnos el peligro de callar cuando hay que hablar.

“Cuando los nazis detuvieron a los comunistas,
yo me callé;
es que yo no era comunista.

Cuando los nazis encarcelaron a los socialistas,
yo me callé;
es que yo no era socialista.

Cuando detuvieron a los sindicalistas,
yo me callé;
es que yo no era sindicalista.

Cuando detuvieron a los judíos,
yo me callé;
es que yo no era judío.

Cuando me detuvieron a mí,
ya no quedaba nadie
que pudiera protestar”.

Sólo los que creen en sí mismos hablan cuando el resto calla. Son los que le temen más que a la vida, el perder su propia dignidad y sentir que se han fallado a sí mismos perdiendo la capacidad de reacción.

Armonía en la diversidad

Hace algunos días planté rosas. Una a una puse las plantas ordenadas frente a mi casa. Ahora, están comenzando a salir los botones y he descubierto con alegría que tengo cuatro rosales y son todos de diferentes colores. Ya me lo había dicho la señora indígena que me las vendió, pero no le creí, he sido engañado demasiadas veces por gente con cara de ángel, así que esperé a ver que los rosales florecieran. Debo encontrar a la mujer otra vez en el “tiangis” (expresión del dialecto local que designa a la feria dominical), le pediré disculpas por pensar mal y le compraré más rosas.

Son rosas, pero cada una es distinta. En el conjunto forman armonía, pero son diferentes. La armonía supone unidad en la diversidad.

El otro día me extasié escuchando una orquesta juvenil, realmente interpretaron de una manera hermosa una pieza de música, pero, cada uno tocaba un instrumento distinto, pero, en el conjunto formaban una armonía. La diversidad actuando unida les otorgaba belleza.

En esto de no respetar las diferencias existe gente que cree que el ideal es uniformidad, que todos piensen igual, que las opiniones sean reducidas a un mínimo común denominador. Vieja y antigua práctica de déspotas y dictadores. Que “todos piensen igual para que nadie piense”.

La verdadera unidad se sustenta en el respeto al diferente, al que tiene una opinión divergente, en intentar formar una armonía con las posiciones distintas, sin descalificar a nadie y buscando el entendimiento.

La verdad, vieja piedra dictatorial 

Creo en la verdad, pero no creo que los seres humanos sean dueños de ella. Salvo Dios, nadie tiene el monopolio de la verdad, todas nuestras certezas son apenas pequeños destellos de cualquier verdad que queramos evocar.

Cuando alguien pretende que “su verdad” no sea discutida, analizada, discrepada, está simplemente creando una tiranía de “su verdad”.

Antonio Machado el poeta español escribió un pequeño poema que dice:

“¿Tu verdad? No, la verdad
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela".

Toda verdad que alguna persona tenga es sólo una certeza provisoria que se convierte en un grano más cuando la unimos a otras verdades que otros han descubierto.

Defender una posición como si fuera la última que no admite discusión ni análisis, es simplemente volver al oscurantismo medieval que sostenía que la tierra era el centro del universo, aún cuando las evidencias decían lo contrario.

La búsqueda permanente 

Un individuo que sepa quién es, que entienda que el diferente, que anhele verdad, sólo es un buscador permanente de certezas. Cada vez que concluye algo sabe que es sólo un descanso en el peregrinar de nuevas certezas que muestren nuevos horizontes.

Sólo cuando salimos de “mi verdad” y “tu verdad” podemos dialogar, pensar juntos, analizar con humildad nuestras perspectivas con afán de descubrimiento y gozándonos con la alegría de encontrar esas piedras preciosas que se encuentran enterradas y que sólo el investigador atento puede hallar.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

martes, 8 de marzo de 2011

Día internacional de la discriminación

Oficialmente es el Día Internacional de la Mujer, sin embargo, como todos los mecanismos que el ser humano crea para calmar su conciencia, este día simplemente deja en evidencia la profunda diferencia que existe entre varones y mujeres.

Mery Alin Núñez Thomann
Originalmente se denominaba el “día internacional de la mujer trabajadora”, lo que era peor, como si no existiera una mujer que no sea trabajadora. La mayoría de las mujeres labora las ocho horas laborales normales y las horas adicionales que ocupan para atender sus casas, mientras sus machos ―llámese hijos y maridos― que bien podrían llamarse “aspirantes a cuervos” y “zánganos puertas adentro”, simplemente se sientan a descansar y a mirar, como ellas corren de un lado a otro para cuidar niños, preparar comida, hacer el aseo, lavar ropa, remendar, planchar, ayudar en las tareas escolares, etc.

Hay muchos varones que son la excepción a la regla y colaboran. Han entendido que ser padre también implica ayudar y acompañar. Que las mujeres no deben llevar solas la carga. Siguen el principio simple de “el que ensucia limpia”, y no esperan un pedido o una súplica, simplemente cuando hay que limpiar limpia, cuando hay que cuidar cuida, cuando hay que cocinar cocina, cuando hay que lavar lava, cuando es preciso arreglar algo sólo lo arregla, y así sucesivamente. No es un niño al que hay que atender y cuidar como si fuera un infante.


La mayoría, simplemente dan por hecho que sus mujeres tienen que limpiar, lavar, planchar, cocinar, asear y ellos, sólo serán espectadores de la doble jornada de las mujeres.

Mery Alin, Mery, Katy
Femicicio y violencia

Una de cada tres mujeres es o será maltratada por varones de su entorno, llámese padres, hermanos, tíos, suegros o esposos.

En EE.UU., un país que suele dar cátedras de ética al mundo, cada 12 segundos una mujer es maltratada.

Según un dato que arroja Wikipedia en el artículo “femicidio”: “Las mujeres entre los 15 y los 44 años tienen una mayor probabilidad de ser mutiladas o asesinadas por hombres que de morir de cáncer, malaria, accidentes de tráfico o guerra combinados”. Las estadísticas suelen ser frías y sin nombre, no sangran ni lloran, pero sólo pensar en este dato es como para llorar.

Muchos varones dan por sentado que pegarle o maltratar a una mujer es simplemente un derecho, algo en lo cual nadie debería meterse. Sin embargo, eso obedece a una cultura de la violencia selectiva contra la mujer que no admite un análisis serio.

Pégale a la pared

Hace unos días escuché la canción del cantante mexicano Reily:

Tengo madre, tengo hermana, tengo primas, tengo tías, tuve nana
Tengo amigas, vecinas y una novia que me ama,
Tuve una esposa y dos abuelas
Mi sobrina Carolina es la princesa,
de este cuento que nunca se va a terminar

Las mujeres son el alma de la vida,
la caricia más perfecta, son el aire
Las mujeres son la luz de medio día,
la razón de que este mundo no se acabe

Y aunque a veces nos aturden todo el día,
son valientes y no merecen un cobarde
Soy un hombre y me duelen sus heridas,
nunca olvido aquel consejo de mi padre
Pégale a la pared, pégale a la pared,
pero nunca a una mujer, nunca, nunca a una mujer

Tienes madre y lo que sigue,
no lo repito por que sonaría igualito
No soy un santo ni quiero cantarte un sermón,

Solo te pido tu respeto
Somos hombres y ellas no son un objeto,
que te cuesta llorar y pedirles perdón
O me vas a decir que te falta valor,

las mujeres son el alma de la vida
La caricia más perfecta son el aire,
las mujeres son la luz de medio día

La razón de que este mundo no se acabe,
y aunque a veces nos aturden todo el día
Son valientes y no merecen un cobarde,
soy un hombre y me dueles sus heridas
Nunca olvido aquel consejo de mi padre,

pégale a la pared, pégale a la pared
Pero nunca a una mujer, nunca,
nunca a una mujer,
Pégale a la pared

Deberían poner en cada puerta, en cada refrigerador, en cada pared que un varón mira: “Pégale a la pared”, “patea piedras”, “grítale al viento”, pero no a una mujer, ni a nadie, porque la violencia es la renuncia a la humanidad, la constatación de que somos seres que necesitamos vivir en paz para existir con sentido.

Los días simbólicos que no sirven

El día internacional de la mujer se celebra desde el año 1911, es decir, más de 100 años, recordando una vez al año que nacemos de mujer, que hemos sido alimentados por pechos de mujer, que son ellas las que nos han dado los primeros pasos y los alientos que nos continúan manteniendo hasta el día de hoy, sin embargo, esos días simbólicos sólo sirven para los discursos de los políticos que son especialistas en decir y no hacer, en adular sin actuar, en hablar sin importarles nada más que sus propios bolsillos (estoy generalizando, pero me cuesta encontrar las excepciones).

No creo en estos símbolos vacuos. Creería más cuando empecemos a crear escuelas sin diferencias de género, leyes que efectivamente conserven la paridad entre los géneros, iglesias y discursos de religiosos que no sigan discriminando basándose erradamente en la religión, hogares donde prime la relación de colaboración y no el servilismo, etc.

Es preciso educar. A varones y mujeres para que entiendan la necesidad de vivir sin los constantes guiños a la discriminación.

Estadísticas de terror

Una muestra de que no sucede mucho con estos esfuerzos y discursos que duran un día es que:

·         Cada 18 segundos una mujer es maltratada en algún lugar del mundo, según el último informe de las Naciones Unidas.
·         Una de cada cinco mujeres en el mundo es víctima de maltrato al interior de sus hogares según datos de la Organización Mundial de la Salud.
·         En ningún país del mundo la mujer tiene el mismo estatus ni oportunidades que los varones, por muchos que nos jactemos que somos civilizados.
·         La principal causa de muerte en las mujeres de 14 a 44 años en el mundo, es la violencia doméstica.
·         Según un informe de la UNIFEM: “Al menos una de cada tres mujeres en todo el mundo ha sido golpeada, coaccionada sexualmente o ha sufrido otro tipo de abuso en su vida (siendo el culpable de los abusos generalmente un conocido)”.
·         El Banco Mundial establece que la violencia contra la mujer es la “causa de muerte e incapacidad entre las mujeres en edad de procrear tan seria como el cáncer y una causa de mala salud más frecuente que los accidentes de tráfico y la malaria juntos”.
·         Sólo 45 países en el mundo tienen una legislación específica sobre violencia doméstica que pretende proteger, al menos en el papel, a la mujer.
·         La mayoría de las mujeres sufren de desigualdad laboral, a mismos trabajos con los varones, reciben entre un 30 y 45% menos de salario que los varones en labores similares.

Religiosos y la mujer

Paradojalmente, uno de los referentes más discriminatorios en relación a la mujer son las religiones. No sólo el mundo musulmán, sino también el ámbito cristiano.

La mayoría de las congregaciones religiosas cristianas no aceptan entre sus líderes a mujeres. En casi todos los grupos religiosos cristianos los que dirigen las directrices morales, éticas y religiosas son varones. En casi todos los seminarios teológicos cristianos a nivel mundial, son los varones mayoritariamente los que enseñan y los que aprenden.

Siendo que los cristianos son seguidores de Jesús, quien con su actitud y conducta revolucionó la forma de tratar a la mujer de su tiempo, y estableció un modelo para todas las culturas y todos los tiempos, aún hay mucha tarea que realizar para enseñar a los varones a no torcer las Escrituras para dar mensajes discriminatorios. Aún hay líderes religiosos que esperan que las mujeres se mantengan en silencio, sean sumisas, acepten el maltrato y la discriminación como directriz divina, y que no enseñen. Se las trata con paternalismo, asistencialismo y creyendo que son más débiles por lo tanto hay que “protegerlas”, “cuidarlas” y “guiarlas”, todos conceptos sexistas que nada tienen que ver con una religión sana y con un Dios que “no hace acepción de personas”.

Conclusión

No me gusta el Día internacional de la mujer, porque sólo sirve para recordar la discriminación. Alguien podrá decir: “Algo es algo”.

Sin embargo, no me conformo, quisiera más. Una educación no sexista. Iglesias paritarias. Sociedades de respeto. Empresas con igualdad en base a mérito y no sexo, etc.

Es probable que sea soñador. Pero, no puedo evitarlo. No quiero dejar de creer en las utopías. Tal vez algún día mi hija será tratada exclusivamente por ser persona, y no porque es mujer. Nadie mirará a mi esposa como alguien que debe depender. Ni nadie tratará a mi madre como una anciana que como mujer no tiene mucho que aportar. ¿Será mucho pedir una iglesia, una escuela, una universidad, una sociedad, sin diferencias de género?

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.