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sábado, 19 de marzo de 2011

Con lágrimas de gratitud

El agradecimiento sólo es posible cuando se entiende la magnitud de lo recibido. Mientras eso no ocurre transitamos por la vida como si no tuviéramos que retribuir nada, tranquilos en nuestra inconsciencia.

Por otro lado, es preciso entender que los acontecimientos que nos ocurren son neutros, somos nosotros los que le asignamos sentido. Ese hecho es importante para entender algunos de los relatos de los evangelios.

Las mismas escenas tienen diferentes interpretaciones. Como un calidoscopio, hay múltiples formas de observar el relato.

Lucas señala que:
Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los secaba con sus cabellos; y besaba sus pies y los ungía con el perfume (Lucas 7: 37-38).
Lucas no menciona el nombre, tal vez por prudencia o porque no era necesario comunicarlo para el grupo de personas que él estaba escribiendo. Sin embargo, Juan señala que ella es María, la hermana de Marta y Lázaro (Jn. 12:1-7).

Ha venido a la fiesta desde lejos. No está viviendo en la ciudad. No sólo ha visto a su hermano resucitar, sino que ha sido librada por Jesús del pecado, Lucas la califica de pecadora, las posibilidades son muchas, puede estar viviendo en una relación adúltera o simplemente haberse convertido en prostituta. No lo sabemos con certeza.

Ella está agradecida de Jesús, así que trae un vaso de nardo, un perfume líquido muy caro. El nardo tenía un olor penetrante, lo común era que lo importasen de la India. La planta de cuyas raíces se extrae ese aromático perfume procede de la India, crece en las altiplanicies de pastoreo de los Himalayas, a una altura que oscila entre 3 y 5 mil metros. El nardo era un artículo comercial desde tiempos muy antiguos.

Era costumbre mantener el ungüento de nardo en recipientes de alabastro sellados, y sólo se los abría en ocasiones muy especiales o para los ricos. El nardo fragante con que María ungió los pies de Jesús representaba el salario de casi un año de un obrero de la época (Jn. 12:3).

Agradecer en vida

Unge a Cristo en su cabeza y pies. Luego llora a sus pies. Quiso pasar inadvertida, pero, el perfume la delató. Advirtió las críticas y sintió que podría ser dejada en ridículo o que su hermana la acusaría de derrochadora.

Decidió agradecer a Jesús en vida, a diferencia de otros como Nicodemo y José de Arimatea que prodigaron su amor a Cristo después de muerto.

En esto hay una lección de María para todos nosotros. Muchas son las personas que llevan flores y recuerdos caros a los muertos. Lloran y expresan palabras de amor y cariño a un cuerpo sin vida. La ternura, el aprecio y los vocablos llenos de cariño son prodigados a una persona que no ve ni oye. ¡Cuán diferente hubiera sido la situación si las mismas expresiones de cariño y bondad hubiesen sido dichas cuando la persona vivía!

Es triste que esperemos una visita al cementerio para agradecer cuán importante han sido las personas para nosotros. María decidió hacer algo distinto. Agradeció a Jesús en vida, cuando era posible que él pudiera apreciar su cariño.

La importancia de agradecer

La otra lección de María es que simplemente fue agradecida. No esperó, agradeció cuando podía hacerlo. Nos cuesta entender que no agradecemos lo suficiente porque no apreciamos las bendiciones que recibimos. Al contrario, la mayoría de las oraciones de los cristianos se convierten en lamentaciones, clamores y petitorios y nos olvidamos de las palabras de Pablo que dice: 
No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias (Fil. 4:6).
Agradecer no es algo que se enseñe, o somos agradecidos o no lo somos.

Alguien escribió:
Doy gracias por la basura que tengo que limpiar después de una fiesta, porque significa que estoy rodeado de amigos.
Doy gracias por los impuestos que tengo que pagar, porque significa que tengo trabajo.
Doy gracias por la ropa que me queda chica, porque significa que tengo suficiente para comer.
Doy gracias por el pasto que tengo que cortar, las ventanas que tengo que limpiar y las cosas que tengo que arreglar, porque significa que tengo un hogar.
Doy gracias por todas las quejas que escucho acerca del gobierno porque significa que tenemos libertad de expresión.
Doy gracias por el espacio vacío que encuentro al fondo del estacionamiento porque significa que puedo caminar.
Doy gracias por la cuenta abultada del gas porque significa que tengo calefacción.
Doy gracias por el que canta al lado mío desentonando horriblemente porque significa que puedo oír.
Doy gracias por las pilas de ropa para lavar y planchar porque significa que tengo ropa para usar.
Doy gracias por el cansancio que siento al final del día porque significa que ha sido un día productivo.
Doy gracias por la alarma que suena temprano en la mañana porque significa que estoy vivo.
En otras palabras, todo es cuestión de perspectiva. No agradecemos suficiente porque no tenemos la perspectiva correcta.

La mente del que maquina

Lucas agrega lo que ocurre en la mente del que ha invitado a la fiesta:
Cuando vio esto el fariseo que lo había convidado, dijo para sí: ‘Si este fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, porque es pecadora’. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: ―Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: ―Di, Maestro. ―Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos lo amará más? Respondiendo Simón, dijo: ―Pienso que aquel a quien perdonó más. Él le dijo: ―Rectamente has juzgado” (Lucas 7:39-48).
Simón, un fariseo que ha sido sanado de lepra debería estar profundamente agradecido de Jesús, sin embargo, en su mente sólo puede ver lo que está ocurriendo con una mujer que supuestamente no es digna.

Cuando ve la acción de María maquina en su mente y duda de Jesús porque se deja tocar por alguien que para él es despreciable. Lo que no admite es que él precisamente ha sido el causante de la ruina moral de María.

Con la historia de los dos deudores Cristo quiso mostrarle qué él era más deudor porque tenía mayor responsabilidad en las acciones de la mujer que ella misma. Jesús enumeró las oportunidades que tuvo Simón de expresar agradecimiento a Jesús pero que no realizó.

Simón se conmovió por el gesto de no ser condenado en público por Jesucristo. Habría sido muy fácil para Jesús dejarlo en evidencia y mostrar a los demás la hipocresía de Simón, por eso Cristo agrega:
Entonces, mirando a la mujer, dijo a Simón: ―¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; pero ella ha regado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso; pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; pero ella ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: ―Tus pecados te son perdonados (Lucas 7:44-49).
El perdón incondicional

Jesús reconoce los esfuerzos de todos los seres humanos. Miró a María y pidió que la dejaran de molestar. Lo mismo que hace con todos los que han sido perdonados. Invita a los demás a que no juzguen y no condenen.

Jesús sabía que ella estaba turbada y apenada. Entendía claramente que mediante el acto de llevar ese perfume y hacer esa demostración pública ella estaba agradeciendo y escuchar las palabras de Jesús que la redimiesen.

Anunció que todo el mundo siempre recordaría el gesto de María. Hizo alusión a que un pequeño gesto de agradecimiento siempre produce grandes resultados. 

La mente del hipócrita

Pero no sólo Simón maquinaba en su mente, también lo hacía uno de sus discípulos, el tesorero del grupo, el hombre en que todos confiaban, el comerciante que se había unido a los apóstoles.
Dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que lo había de entregar: ―¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se les dio a los pobres? Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: ―Déjala, para el día de mi sepultura ha guardado esto (Juan 12:4-7).
Judas comienza a murmurar en contra del acto de María, considera que todo aquello es un desperdicio. Sin embargo, lo que nadie sabía, excepto Jesús, es que era un ladrón.

Judas hasta ese momento aún no había comprendido la misión de Jesús. Por otro lado, solía medir a las personas en función de los beneficios que pudiese obtener. María representaba un desperdicio porque no podía robar lo que ella derramaba sobre Cristo.

Los que contemplan sin entender

Mateo, siendo testigo directo de todo lo que ocurre, no sólo deja en evidencia que Judas piensa mal, también lo hacen el resto de los discípulos. Probablemente por la influencia de Judas, o porque tenían motivos similares. Lo cierto es que dice:
Al ver esto, los discípulos se enojaron y dijeron: ―¿Para qué este desperdicio?, pues esto podía haberse vendido a buen precio y haberse dado a los pobres (Mateo 26:8-9).
Los discípulos que contemplaban la escena no entendían nada. Estaban absortos en sus prejuicios e ideas tergiversadas.

Si hubiesen entendido lo que Jesús ya les había anunciado, que iría a Jerusalén a morir y comprendieran el don de la salvación que Jesús les daría, ningún obsequio les hubiera parecido mínimo.

Lo triste es que el esfuerzo de Cristo hasta ese momento aún no era comprendido. Vivía entre los seres humanos, y sus allegados más cercanos aún no entendían y ni siquiera estaban dispuestos a agradecer. ¡Pobres ciegos que se niegan a ver!

Si realmente hubiesen entendido nada lo considerarían demasiado costoso como para expresar agradecimiento a Cristo. Ningún acto de abnegación o sacrificio personal les hubiera parecido demasiado si entendiesen con claridad lo que Jesús estaba soportando y lo que tendría que pasar al ir a Jerusalén. Los prejuicios nublan la razón y nos hacen decir cosas que después nos avergüenzan. Seguramente cuando más tarde los discípulos analizaban su actitud en esta y otras ocasiones, deben haberse sentido muy mal.

Cuando se da sin esperar nada a cambio

María no fue pidiendo dádivas, sólo tomó una decisión, dar lo más valioso que tenía y expresarlo cuando fuera tiempo. Recibió mucho más de lo que hizo. Lo que recibimos es una respuesta a lo que damos. Probablemente recibimos menos por estar concentrados en nuestras dificultades y no en dar sin esperar nada a cambio.

Hubo una vez un agricultor de apellido Fleming que mientras trabajaba en su campo vio a lo lejos un niño aterrorizado, gritando y luchando; tratando de liberarse de un gran hoyo lleno de lodo en el cual había caído y no podía salir. El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.

El próximo día, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés. Un noble, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.

―Yo quiero recompensarlo ―dijo el noble inglés. ―Usted salvó la vida de mi hijo.

―No, no puedo aceptar una recompensa por lo que hice, ―respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta.

En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.

―¿Es ese su hijo? ―preguntó el noble inglés.

―Si, ―respondió el agricultor lleno de orgullo.

―Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso. ―El agricultor que no tenía ninguna opción para educar a su hijo aceptó.

Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, y se convirtió en uno de los médicos más conocidos a nivel mundial, el mismo rey lo nombró Sir Alexander Fleming, por haber descubierto la penicilina.

Algunos años después, el hijo del noble inglés, se enfermó de pulmonía. Gracias a la penicilina y al gesto de su padre, fue salvado por segunda vez.

El nombre del hombre que educó a Alexander Fleming fue Randolph Churchill. El nombre de su hijo Sir Winston Churchill.

Nunca sabemos lo que vamos a recibir por lo que damos. Si tuviéramos otra actitud, probablemente viviríamos de otra forma.

Conclusión

Dios sabe cuánto esfuerzo hacemos para vivir cada día. No necesitamos convertir nuestra experiencia religiosa en una larga y penosa plegaria lastimera. Dios entiende perfectamente lo que nos ocurre. Podemos ir a él contentos de que somos comprendidos.

Por otro lado, cuan agradecidos seamos con Dios dependerá de cuan conscientes estemos de sus bondades. Dios no espera grandes gestos ostentosos, sino una vida consistente en agradecimiento. Todos podemos ser agradecidos si nos lo proponemos.

Nuestras oraciones deben estar cargadas de gratitud. Nuestra vida debe ser una permanente acción de gratitud. Sin duda, tendremos toda la eternidad para agradecer, pero seremos más felices si empezamos hoy y dejamos los pasillos lastimeros de la autocompasión y acudimos a Jesús sin temor.

María fue, así como estaba, cubierta de vergüenza, señalada, apuntada, atribulada por la culpa que sentía, estigmatizada, maltratada, fue, no para pedir clemencia, no para pedir que Jesús intercediera para que la trataran diferente.

En otra ocasión había estado a los pies de Jesús aprendiendo, ahora fue, sólo para agradecerle lo que él haría. Ella entendió antes que nadie que Jesús bajaría a Jerusalén y moriría por ella y todos los pecadores. Lo que hizo fue un gesto de amor. Una respuesta al amor incondicional del maestro. ¡Qué gran lección!

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Oración en acción

Hace algunos años leí la historia de una mujer joven, que quedó viuda de una manera imprevista. Cuando se pierde a un familiar en un accidente o por algo inesperado, el dolor suele ser más fuerte, porque no les da tiempo a las personas para prepararse anímicamente, para la situación. Distinto es cuando las personas se enfrentan a una enfermedad terminal o de largo tiempo, porque les da la oportunidad de conversar, dialogar con la persona que está sufriendo y en ese sentido, les ayuda a enfocarse y saldar heridas, pedir perdón y dejar las cosas a cuenta.

Llegó toda la avalancha de situaciones que ocurren cuando hay un funeral: Trámites, atención de parientes que vienen de lejos, hacer arreglos con la iglesia y el pastor, etc. Cosas que nunca debería hacer una persona que está sufriendo, pero, que normalmente no nos damos cuenta y dejamos que lo haga.

Ella vivió esos días como sonámbula. En realidad, en muchos sentidos, los borró de su mente.

Cuando ya habían pasado los meses, en algún momento, pensó en algo que no se había detenido, era tanto su dolor, que simplemente no se había dado cuenta. Se preguntó a sí misma:

―¿Quién hizo comida en esos días? ¿Quién atendió a mi hija? [Su hija en ese momento tenía cuatro años].

Llamó a su hermana para preguntarle, porque definitivamente lo había borrado de su mente. Su hermana simplemente le dijo:

―Pues, la hermana Isabel, la de tu iglesia. Ella vino y se hizo cargo.

Ella lo había olvidado por completo, eso es normal, porque el dolor emocional produce ese efecto. Ese mismo día visitó a la hermana Isabel que se alegró mucho de verla. Fue a darle las gracias y a pedirle perdón por no haber ido antes.

Mientras iba a visitarla, recordó lo que su hermana le había dicho:

―Estábamos todos tan concentrados en tu dolor, tan tristes por lo que había pasado, que todos estábamos como sonámbulos. Pero ese día llegó la hermana Isabel, llegó, como otras personas, la mayoría venía a decir palabras de consuelo y se iba, otros hacían largas oraciones por ti, que en realidad te agotaban más, pero ella llegó, y sin decir nada, tomó a mi sobrina y se la llevó al patio a jugar, luego la hizo dormir, la llevó a su habitación. Sin decir nada, se fue a la cocina y antes que nos diéramos cuenta preparó la mesa y nos invitó a comer. Todos fuimos obedientes, mi mamá, mi papá, tus suegros, incluso te llevó comida a ti. Luego, cuando me ofrecí a ayudarla, me dijo que fuera a estar contigo, y ella se hizo cargo. En la tarde llegó con comida preparada y así lo hizo por una semana, venía con alguna de sus hijas, ayudaba y se iba, siempre en silencio, siempre sin entrometerse, como un ángel silencioso que hace su trabajo y se marcha.

La oración no es sólo palabras

En momentos de dolor, la mayoría de los cristianos ora. Eso es loable, es necesario porque necesitamos el poder de Dios para que nos fortalezca en momentos de aflicción. Pero cuando la oración es sólo palabras, entonces, pierde su poder.

Orar es no sólo hablar con Dios, sino conversar con él mientras nos ponemos en acción, especialmente cuando es otra la persona que sufre.

Ir a la casa de un enfermo a ofrecer sólo palabras, no es consuelo. Ir al hogar de alguien que está viviendo la pérdida de un ser querido y no hacer nada, no sirve.

Jesús dijo:
"Al orar, no hablen sólo por hablar como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras” (Mt. 6:7). 
Creo que los “gentiles” aún no aprenden la lección. Se dedican a hablar, pero no hacen mucho.

Fe en acción 

Santiago, con la asertividad y franqueza que le caracteriza dice:
“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse’, pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (Stgo. 2:14-17). 
Parafraseando a Santiago y pensando en la oración podríamos decir: “Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que ora, si no hace nada? ¿Acaso podrás salvarlo esa oración? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen de alimento diario, y uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse’, yo voy a orar por ustedes, pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la oración por sí sola, si no va acompañada de acción, está muerta”.

Algunos han caído en la oración contemplativa. Esa impersonal y a la distancia. Esa que dice frente a alguien que está sufriendo: “Voy a orar por ti”, y eso calma su conciencia, pero no hace nada. Eso no sirve, es simplemente un paliativo religioso que para lo único que sirve es para calmar conciencias que ya no tienen conciencia.

No digo que no hay que orar, pero hay que cambiar el enfoque. Orar con un enfermo durante dos horas, enferma más al enfermo. Orar con el enfermo, dos minutos para darle consuelo, y luego arremangarse y sanar sus heridas, o preparar su comida, o alentarlo cantándolo, o ayudarlo para que vaya al baño, o tomar sus ropas sucias y lavarlas, hace mucho más por el enfermo que la mera palabrería.

Muchas oraciones tienen este matiz: “Dios ayúdalo, yo estoy muy ocupado con otras cosas, así que me voy a mi casa a hacer lo que tengo que hacer, así que te lo encargo”… Estoy cargando un poco las tintas, pero ese es el sabor que me queda con la famosa frase: “Voy a orar por ti”. Mejor sería decir, oraré contigo y voy a hacer todo lo posible para ayudarte.

Fe en acción es lo que necesitamos. Oración de acción, no palabras, para palabras tenemos a los políticos, a los demagogos y a los religiosos que perdieron el rumbo.

Jesús dijo: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt. 9:13). En otras palabras, dejen de hacer acciones formales, cultos formales, palabras de circunstancia, palabrería y muestren misericordia, actúen, no hablen. Lo diría de otra forma: “Quiero acción, no sólo oraciones y palabras”.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 3 de mayo de 2010

Chat con Dios

Dios: Hola, ¿cómo estás?

Humano: Enojado contigo.

Dios: ¿Por qué? ¿Qué te he hecho?

Humano: Eso precisamente, ¡no has hecho nada!

Dios: Explícate porque no te entiendo.

Humano: Hubo un terremoto y no hiciste nada.

Dios: ¿Cómo sabes que no hice nada?

Humano: Se cayeron muchas casas y la gente está sufriendo, algunos murieron.  ¿Dónde estabas?

Dios: ¿Dónde crees?


Humano: No sé, si hubieras estado no habría pasado.

Dios: Lástima que tengas esa opinión de mi.

Humano: No sólo yo, también algunos amigos que conozco, incluso una amiga mía también está enojada contigo porque está enferma y tú no haces nada.

Dios: No me aflige que estén enojados, sino que no me crean.

Humano: ¡Qué quieres que te creamos!

Dios: Que nunca los he dejado solos.

Humano: No te creo.

Dios: Si lo sé, pero créeme, sé perfectamente lo que está pasando.

Humano: ¿Y por qué no haces nada?

Dios: Hago mucho, sólo que no hago propaganda.

Humano: Y por qué no, ¿hasta las gallinas cacarean cuando ponen un huevo?

Dios: Yo no soy así, pero créeme, estoy con todos los que sufren, mucho más de lo que ellos imaginan.

Humano: ¿Y por qué no haces algo?

Dios: Hay cosas que no puedo hacer, no sería justo.

Humano: ¿Para quién no sería justo? ¿Para ti?

Dios: No para todos. Los seres humanos son libres. Hay decisiones que no me competen. Los cree libres.

Humano: Si pero podrías intervenir de vez en cuando.

Dios: Siempre lo hago pero sin que las personas vean afectadas su libertad.

Humano: No logro entender eso, me parece una posición cómoda.

Dios: No creas, es la posición más incómoda del mundo. Tengo todo el poder para intervenir cuando quiera, pero he creado a un ser humano capaz de elegir, el día en que intervenga dejará de ser justo.

Humano: Pero, ¿por qué permites que la gente se enferme?

Dios: Eso no es responsabilidad mía, es consecuencia de las decisiones de los seres humanos.

Humano: ¿Y qué culpa tiene un niño?

Dios: Ninguna, pero volvemos a lo mismo. No puedo intervenir anulando la capacidad humana de elegir.

Humano: Me resulta confuso.

Dios: Si lo sé, por eso fue mi hijo, precisamente para hacer algo que nadie pidió.

Humano: ¿Qué cosa?

Dios: Morir, sacrificarse, asumir lo que le corresponde al ser humano, para que sean libres de elegir, para que eligiendo a Jesús opten por la vida, la que realmente importa.

Humano: ¿Cómo que la que realmente importa? Toda vida importa.

Dios: No en realidad. La vida que tú vives hoy no es exactamente la vida que tengo en mente, sino la vida de abundancia, y esa no será posible nunca en tu mundo, sólo es posible en mi mundo.

Humano: ¿Cómo que tu mundo? Esto es todo lo que hay.

Dios: No, yo tengo para ustedes un nuevo mundo, una realidad que ni te imaginas.

Humano: El saberlo no quita mi enojo.

Dios: No te pido que dejes tu enojo, sino que me creas. Ya hice lo que tenía que hacer. Jesús fue y está ahora conmigo, esperando que ustedes vengan.

Humano: ¿Cómo que vengan? Yo quisiera ir, pero Jesús no viene.

Dios: Él está en camino y antes de lo que imaginas estará por allá en ese mundo que tanto te preocupa.

Humano: Me aflige que la gente sufra.

Dios: A mí también. Nunca ha sido el plan que las personas sufran. Yo sufro con cada uno que sufre, tengo el panorama completo ante mí todos los días.

Humano: ¡Quiero discutir contigo! ¡A veces me dan ganas de gritarte!

Dios: Hazlo, a mi no me afecta, si eso te ayuda, adelante. Sólo te pido que creas, no que te guardes tus sentimientos.

Humano: Es que quiero entender.

Dios: Para eso te hará falta la eternidad, y ni aún lograrás entender todo.

Humano: ¡Pero yo quiero entender ahora!

Dios: Lo que necesitas entender es que es preciso que creas.

Humano: Tal vez mis expectativas son demasiado altas.

Dios: Tal vez no me escuchas lo suficiente.

Humano: El enojo no me deja escucharte.

Dios: Escúchame aunque estés enojado, cuando comiences a creer, entonces, el enojo pasará y podrás descansar.

Humano: En realidad, ¿no te enojas conmigo por estoy molesto contigo?

Dios: No, tu enojo no me aflige, me aflige que no creas.

Humano: Si, ya lo dijiste, suenas repetitivo.

Dios: No dejaré de repetirlo. Te amo profundamente a ti y a los demás. A todos y cada uno de los seres humanos. Te amo más de lo que alcanzas a comprender.

Dios: ¿????

Dios: ¿Qué pasa?

Dios: ¿¿¿¿¿¿????

Humano: Estoy emocionado.

Dios: ¿Por qué?

Humano: Me cuesta trabajo creer que me amas si estoy enojado contigo.

Dios: Créeme, sólo quiero que creas.

Humano: ¿Qué quieres que crea?

Dios: Que te amo.

Humano: mmmmmm

Dios: Sólo creyendo tendrás posibilidades de entender.

Humano: ¿Creer pese a mi enojo? Eso es nuevo para mí.

Dios: Quisiera que creas que estoy dispuesto a abrazarte y estar contigo en todo momento, que nunca te he abandonado a ti ni a nadie. Que llegará un día que intervendré totalmente, pero será por voluntad de ustedes, no por imposición.

Humano: Quiero creer. ¡Ayúdame!

Dios: Eso es suficiente. Es una pequeña luz. Abrázate a ella.

Humano: Eso intento.

Dios: No dejes de hacerlo.

Humano: ¿Y después? ¿Cuándo venga otro temblor?

Dios: Sigue creyendo. No provoco los temblores ni los terremotos ni la muerte, pero allí estoy a tu lado para darte consuelo esperando que creas, para que en algún momento todo esto acabe.

Humano: Tengo que irme, pero quiero seguir hablando contigo.

Dios: Cuando quieras. Tengo el chat abierto siempre para ti.

Humano: Es bueno saberlo. Voy a meditar en lo que me has dicho.

Dios: Ok, aquí estoy cuando quieras.

Humano: Ok.

lunes, 19 de abril de 2010

Jesús nos muestra al padre: Análisis de la oración modelo

Dos factores condicionan nuestra relación con Dios: la idea que tenemos sobre la divinidad y el concepto que hemos desarrollado sobre nosotros mismos. La mente humana funciona bajo leyes estrictas. Somos lo que pensamos. Todos hemos desarrollado alguna idea respecto a Dios y, sin duda, todo ser humano piensa algo de sí mismo. Para orar, es vital que entendamos quién es Dios y quiénes somos nosotros en contraste con la Deidad. Cristo enseñó una oración modelo que a menudo usamos para explicar cómo orar; pocas veces, sin embargo, nos detenemos a pensar que lo que en realidad hay en dicha invocación es una revelación de Dios en siete facetas distintas.

Dios el padre

La plegaria comienza diciendo "Padre nuestro" (Mat. 6: 9). Evidentemente aquí encontramos dos cuestiones básicas: Cristo quiere que entendamos a Dios como Padre y, por contraste, que sepamos que somos hijos. Jesús no está hablando del padre a la manera occidental, sino del padre que entendían quienes estaban escuchándolo en ese momento.



En la cultura antigua, ser padre significaba estar investido de una dignidad que lo hacía merecer respeto. Los hijos estaban no sólo al cuidado del progenitor, sino que eran considerados su posesión y podía disponer de ellos a voluntad. Si Dios es nuestro Padre no debemos preocuparnos. Él sabe lo que necesitamos y procurará ayudarnos en todo porque sus motivos se basan en la relación filial que tiene con nosotros; no somos extraños para él sino sus hijos, de ahí la exclamación de Juan: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamado hijos de Dios" (1 Juan 3: 1). No necesitamos convencerlo, por eso las «vanas repeticiones» (Mat. 6: 7) son innecesarias; un Padre que ama siempre escucha a sus hijos.

Dios el santo

La siguiente revelación que Jesús nos hace es que el nombre de Dios debe ser santificado. Lo que nos está diciendo es que cuando nos acercamos al trono de la gracia, estamos yendo en procura de alguien cuya santidad para nosotros es incomprensible porque somos distintos y diametralmente opuestos. Lo que está implícito es que debemos reconocer la santidad de Dios precisamente porque nosotros no somos santos. Nuestros motivos, acciones y pensamientos están contaminados de pecado. Por otra parte, el reconocimiento explícito de la santidad de Dios implica aceptar que él obra siempre por motivos santos. Muchas veces actuamos como si Dios nos manipulase o fuese un engreído y egoísta, incluso, llegamos a creer que Dios obra de un modo arbitrario e injusto. Cuando decimos esto no estamos comprendiendo al Dios que tenemos. Todo lo que Dios hace tiene un solo sello, su santidad. Nada va a hacer Dios que no sea correcto y justo.

Dios el rey

A continuación Cristo dice: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad" (Mat. 6: 10). Hoy nos cuesta entender esto en el contexto de reyes que sólo son figuras simbólicas sin gran poder y con conductas personales éticamente reprobables. Sin embargo, los interlocutores de Jesús entendían perfectamente de lo que se está hablando. En tiempos de Cristo el único que podía alegar libertad, poder y posesión era el rey. Los súbditos no tenían derechos personales, ni siquiera eran dueños de decidir sobre sus propias vidas. Ser súbdito implicaba estar bajo la soberanía y el arbitrio del rey.

Si nos acercamos a Dios, debemos entender que él es nuestro Rey y nosotros sus súbditos. No nos acercamos a su trono de gracia para indicarle lo que debe hacer, sino para someternos a su voluntad

Dios el proveedor

Si entendemos lo anterior, es decir que somos hijos, pecadores y súbditos, justo ahora estamos en condiciones de pedir el pan. "El pan nuestro dánoslo hoy" es una forma de decir: “Dios, te necesitamos y dependemos de ti”. Dios tiene el poder de darnos el “pan” que necesitamos. Pero él es el Padre, el Rey y el Santo que sabe qué, cuánto y cuándo lo necesitamos. Nos acercamos a él no para pedir el pan, sino para reconocer cuánto necesitamos de su protección y cuidado. Nunca desampara Dios a sus hijos y, aunque cueste entenderlo, aun el hambre en ocasiones puede ser parte de la protección de Dios para nuestras vidas.

Dios el perdonador

Cuando pedimos a Dios que perdone nuestras faltas, se comprende que él tiene el poder para hacerlo; además, damos por hecho que estamos dispuestos a hacer lo mismo con aquéllos que están a nuestro lado y nos han agredido. Dios nos perdona porque es nuestro Padre y Rey y porque además es Santo. Muchas veces trasmitimos la idea errónea de que Dios se aleja de nosotros cada vez que cometemos algún acto deleznable; pero, eso no es así. Dios siempre está con nosotros (Mat. 28: 20), invitándonos (Apoc. 3: 20) a que vayamos junto a él para cuidarnos, restaurar nuestras heridas y perdonar nuestros errores (Isa. 1: 18). Somos nosotros los que nos ponemos al margen de su gracia y nos alejamos de su amor.

Dios el salvador

Él no sólo nos perdona, también nos protege para que no volvamos a equivocarnos. Esa es la parte que olvidamos. Cuando Jesús dice: "y no nos metas en tentación" (Mat. 6: 13) no está diciendo que es Dios quien nos pone en situación de peligro moral y espiritual, sino todo lo contrario. Lo que está afirmando es que no somos capaces por nosotros mismos de superar el pecado y necesitamos de su gracia y de su poder para poder salir adelante. El engaño del enemigo es hacernos creer que Dios juega con nuestras vidas como si fuéramos maniquíes y nos tiende trampas para hacernos caer. Así actúa Satanás, no Dios. Los motivos de Dios son santos, nunca hará algo que pueda empañar la santidad de sus acciones. Por lo tanto, lo que Jesús nos dice es que, sin la protección del Padre, jamás podremos ser librados plenamente del mal

Dios el todopoderoso

El broche de oro es recordarnos que Dios, el Padre-Santo-Rey, tiene toda la soberanía, "el poder y la gloria" (Mat. 6: 13), él es Todopoderoso. Si acudimos a Dios no vamos ante algún dignatario suyo poder y soberanía son limitadas, nos presentamos ante el magno Creador, aquél que todo lo puede porque para él nada es imposible (Luc. 1: 37). No importa que cuitas o penas nos aquejen. Si estamos hundidos por el pecado, el sufrimiento o la soberbia. Si tenemos miedo ante peligros fortuitos reales o imaginarios. No importa qué sea, Dios tiene el poder para resolverlo. Sin embargo, si nos hemos acercado como hijos, pecadores y súbditos de su voluntad, entonces, entenderemos que él, Dios, tiene la última palabra y, como buen Padre, nos dará lo que sea mejor.

Conclusión

Muchas veces confundimos a Dios con un supermercado. Solemos ir a dicho lugar sólo para buscar lo que necesitamos; una vez que hemos encontrado nuestro producto, pagamos lo que llevamos y no volvemos a acordarnos de la existencia de dicho lugar hasta la próxima necesidad. Pero eso no es lo que hace un hijo que, además, se sabe pecador y que entiende que es súbdito. Se acerca continuamente a Dios para aprender como hijo, para ser iluminado por la santidad de Dios como lo hace quien sabe que es indigno de dicha santidad, y para obedecer y buscar la voluntad del Soberano. Si entendemos eso, entonces reconocemos que tenemos necesidad de subsistencia, de perdón y de protección. No dudamos de que nos responda, porque él es todopoderoso para hacerlo. Sin embargo, recurrimos a su voluntad, no a la nuestra.

Quien se acerca con este espíritu no duda de las acciones de Dios porque sabe que todo lo que hace es santo. Por lo tanto, Cristo nos dice que el Dios al que oramos tiene siete características y que cada vez que doblamos ante él nuestras rodillas debemos recordar que nosotros somos la antítesis:
  • Él es el Padre, nosotros los hijos.
  • Él es Santo, nosotros pecadores.
  • Él es Rey, nosotros súbditos.
  • Él provee, nosotros necesitamos.
  • Él nos da sanidad, nosotros estamos enfermos de pecado.
  • Él nos protege, nosotros no podemos hacerlo por nosotros mismos.
  • Él es el Todopoderoso, nosotros somos finitos y deficitarios.
¡Qué extraordinario es el Dios al que oramos!

martes, 13 de abril de 2010

La oración y la voluntad de Dios

Durante un campamento, mientras algunos descansaban bajo los árboles y otros retozaban alegremente, varios nos dispusimos a exprimir limones a fin de preparar un refresco. En eso estábamos, cuando alguien gritó:

–¡Se están ahogando!

Recordé que cinco jóvenes habían pedido permiso para ir al río. Corrimos al lugar y, sin medir las consecuencias, nos sumergimos en las frías aguas. Los otros acampantes, arrodillados, se pusieron a orar. Sin embargo, pese a todos nuestros esfuerzos, Josué, un joven estudiante de Teología, murió.

Seis años más tarde, cuando el incidente ya no tenía en mí el impacto emocional del principio, me encontré con un joven que había estado allí. A la sazón, había abandonado la iglesia y la fe en Dios. En el momento del drama era un púber que se asomaba a la adolescencia. Ahora era un estudiante universitario.


Siempre que me encontraba con alguno de los que compartimos la tragedia, inevitablemente recordábamos la triste experiencia.

–¿Sabes, Miguel?, desde aquel domingo comencé a dudar de Dios –dijo el joven.

–¿Por qué? –pregunté intrigado.

Y él respondió:

–Porque Dios no contestó nuestras oraciones y Josué se ahogó.

Dichas declaraciones nuevamente hicieron revivir en mí todos aquellos sentimientos que creía superados. Al final comencé a replantearme el sentido de la oración a la luz de la voluntad divina. En esta búsqueda e investigación reflexiva he llegado a algunas conclusiones.

Para tener un claro concepto de la oración, debemos tener una idea bíblica correcta acerca de Dios. Sin una comprensión adecuada del carácter divino, la oración carecerá de significado.

Por otra parte, tenemos la necesidad de entender qué es la voluntad de Dios.

¿Qué significa? ¿Qué implica? ¿Qué demanda? En este contexto, es fundamental comprendernos a nosotros mismos como seres humanos finitos y limitados, a fin de que, por contraste, podamos entender el propósito que tiene Dios al enseñarnos a comunicarnos con él mediante la oración.

Si la oración no responde a las necesidades reales del ser humano, y si no es expresada con un sentimiento equilibrado, como en el caso del drama que mencioné, a la postre puede convertirse en causa de frustración y rechazo de Dios.

El carácter de Dios

Al identificarse ante Moisés, Dios se presenta como «fuerte, misericordioso y piadoso» (Éxo. 34: 6). Isaías dice de él que es «santo» (Isa. 6: 3). Y Juan señala que «es amor» (1 Juan 4: 8). En otras palabras, la esencia divina se resume en el amor. Dios se ocupa de los hombres al precio de darse a sí mismo por nosotros (véase Juan 3: 16). Nos muestra su amor en el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesús (véase Rom. 5: 8), quien es la máxima revelación a sus hijos (véase Heb. 1: 2).

Sin embargo, con frecuencia olvidamos que Dios nos mira desde la eternidad y para la eternidad. Para Dios, lo más importante no es nuestro presente como tiempo finito, sino la proyección trascendente que el momento actual pueda tener para nuestra redención futura. Vivimos como en un laberinto sin conocer claramente la salida; en cambio, Dios no solo conoce el camino (véase Juan 14: 6) sino que hace lo posible para que nuestro peregrinar llegue a feliz término.

La voluntad divina

Penetrar en los misterios del actuar divino es una tarea inescrutable (véase Rom. 11: 33-35), es como intentar que todos los océanos entren en un vaso de cristal. Lo absoluto no cabe en lo limitado; esa es una verdad matemática.

¿Cuál es la voluntad divina? Pues simplemente que nos salvemos. A menudo nos complicamos con una serie de interrogantes queriendo que Dios nos dé respuestas exactas para nuestras perplejidades y, sin embargo, todo lo que necesitamos saber de Dios él ya lo ha dicho. Quiere que nos salvemos, y todo lo que permite o provoca en nosotros tiene como único fin que dicho objetivo se cumpla.

Para aceptar esto debemos creer. Si no lo aceptamos por fe, todo la acción divina nos parecerá locura, puesto que «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Cor. 2: 14).

Además de creer, debemos dar un siguiente paso: renunciar. Sin renuncia incondicional no podemos seguir al Señor adecuadamente (véase Mat. 16: 24). Si hemos aceptado convertirnos en siervos de Dios (véase Rom. 6: 17, 18), debemos dejar que él obre de acuerdo con su voluntad (véase Mat. 6: 10), entendiendo que siempre querrá y hará por nosotros lo mejor (véase Sal. 37: 5).

La naturaleza humana

En contraste con Dios, los seres humanos somos fácilmente contaminables por el mal. Cada aspecto de nuestro ser está manchado por el pecado (véase Rom. 7; Jer. 13: 23; Sal. 51: 5). Nuestra voluntad también está caída. Todo lo que hacemos tiende inevitablemente a alejarnos de Dios (véase Rom. 3: 12). Sin quererlo,

esta realidad muestra que muchas veces las oraciones son una mera exhibición de las limitaciones y del pecado que mora en nosotros. Nuestra vida tiene esperanza solo en sujeción a la voluntad total de Dios (véase Rom. 6: 16 y siguientes).

Teniendo esto en mente: ¿Qué es la oración?

Digamos primero qué no es:

1. Una lista de peticiones. "La plegaria no es una cuestión de presentarle a Dios nuestra lista de peticiones para que él lo satisfaga. La plegaria es primero y ante todo la experiencia de estar en presencia de Dios".[1]

2. Una manipulación de la voluntad de Dios. Todo intento de manejar el plan de acción de Dios no es oración, sino magia. La superchería funciona sobre el supuesto de que el hombre puede controlar a la Divinidad. Elena White afirma que "pretender que la oración sea contestada siempre en la forma que la deseamos y por la cosa particular que solicitamos, es presunción".[2]

Qué es:

1. Es adoración. La oración es un reconocimiento explícito de quién es Dios. En la oración reconocemos la grandeza divina.

2. Es un acto de confidencia, como abrir el corazón a un amigo para contarle nuestras perplejidades, no porque él las desconozca, sino porque nos hace bien saber que alguien nos escucha.

3. Es un acto de humillación que nos da la oportunidad de reconocer nuestra incapacidad en relación a su poder.

4. Es reconciliación al confesar nuestras faltas (véase Sal. 32).

5. Es pedir el Espíritu Santo para que obre en nosotros y nos dé consuelo, verdad, amor, paciencia, gozo, bondad, mansedumbre (véase Juan 14, 16 y Gál. 5: 22, 23).

6. Es pedir de acuerdo a su voluntad. Juan 15: 7 dice: "Pedid todo lo que queréis y os será hecho". ¡Aleluya!, exclamamos. Sin embargo, nos olvidamos del contexto. Inmediatamente antes de esta declaración, Jesús puso una condición: "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros", entonces, y solo entonces, podremos pedir, porque todo lo que pidamos estará conforme a la voluntad divina.

Dios tiene demasiado respeto por el ser humano como para intentar controlarnos mediante las situaciones críticas que nos toca vivir. Lo más sabio es confiar en él incondicionalmente. Dios desea nuestra salvación y nunca nos manipulará para tal efecto, siempre procurará que vayamos a él en busca de las mejores opciones y él hará lo mejor... si se lo permitimos, nunca de otra forma.
 

Referencias:

1. Harold Kushner, ¿Quién necesita a Dios? (Buenos Aires: Emecé, 1990), 153.

2. Elena G. de White, El camino a Cristo (Fénix, AR.: Inspiration Books, 1979), 69.

sábado, 10 de abril de 2010

El “silencio” de Dios

La mayoría de quienes han decidido no creer en Dios justifican su elección con preguntas como: “¿Por qué permite Dios tal cosa?” “¿Por qué guarda Dios silencio?” Los creyentes respondemos que Dios no causa el sufrimiento, sino que el mismo ser humano se mete en tales situaciones que después ha de arrostrar las consecuencias.

Un concepto que a muchos les cuesta entender es que Dios respeta absolutamente la voluntad humana hasta un punto que se nos escapa. Él no espera que los seres humanos actúen de acuerdo a su voluntad por decreto.



El problema se suscita cuando intentamos entender el modo de actuar de Dios. En nuestra presunción, pretendemos aclarar todos los misterios divinos, sin darnos cuenta de que eso es una tarea tan titánica e imposible como meter todo el océano en un solo vaso. La mente finita es incapaz de abarcar el infinito. Al no entenderlo, el hombre opta simplemente por expulsar a Dios…

El que se decide a creer confiará en Dios, entienda o no sus designios porque sabe que lo absoluto tiene razones que la razón humana no comprende, pero eso no invalida a Dios. Es justo esa supremacía lo que lo hace Dios.

Muchos cristianos se ven acosados por las dudas sembradas por los incrédulos y de pronto dejan el mundo de la fe... Quisieran volver a los tiempos del Antiguo Testamento, pararse frente al Sinaí y escuchar la voz de Dios, clara y profunda, diciendo lo que hay que hacer y los motivos de sus acciones. Incluso tras orar, muchos quisieran oír a Dios diciéndoles nítidamente al oído qué deben o no deben hacer. El deseo es natural. No hay nada malo en desear una respuesta audible de Dios. El problema se suscita cuando este anhelo se vuelve exigencia. Es entonces cuando comenzamos a transitar la frontera del escepticismo y actuamos con Dios como si él nos debiese algo. Como si estuviera obligado a actuar de acuerdo con nuestros deseos.

Cuando se entra en el camino de las exigencias olvidamos fácilmente quién es Dios y, por contraste, quiénes somos nosotros. Olvidamos la soberanía de Dios y su poder para decidir qué es mejor para nuestras vidas.

Cuando vienen las crisis y nos molesta no recibir respuestas rápidas a nuestras demandas, todo el andamiaje teológico que hemos construido se derrumba. Eso lleva a muchos a creer que Dios simplemente no escucha y que ha olvidado a sus hijos. De ahí a la incredulidad hay un paso.

Algunos creen que la relación con Dios es una especie de contrato en el que a cambio de ser cristianos Dios tiene que responder a todas nuestras demandas.

Pretender controlar las decisiones de Dios es tan infantil como efectuar una pataleta para lograr que mi padre me dé un caramelo. Dios no se deja intimidar por nuestras actitudes. Él no permite la manipulación porque él no manipula jamás.

En lugar de exigirle, haríamos bien en pararnos a pensar en todo lo que nos ha dado. Mirándonos a nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que le debemos más a él de lo que nos parece que él nos debe.

Dios escucha cada una de nuestras oraciones, siempre. Cuando se examina la conducta de Jesús, máxima revelación de

Dios, observamos algo sorprendente que nos da luz acerca de la forma en que Dios actúa. A menudo, ante las preguntas y exigencias de sus detractores, las respuestas de Cristo dejaban perplejos a todos...

Nicodemo le pregunta "cómo nacer de nuevo" y él le habla del viento. Cuando una mujer pretende discutir de judíos y samaritanos, Jesús le habla de su marido. Un hombre inquiere “¿Quién es mi prójimo?” y Cristo le cuenta una historia que probablemente todos conocían. Cuando Pilatos lo interroga, Jesús calla. En estas respuestas y silencios hay una forma de actuación divina que deberíamos aceptar.

Dios no ve lo que ve el ser humano. La visión divina abarca mucho más. Su mirada siempre está proyectada hacia la eternidad. Dios ve los motivos ocultos, las heridas secretas, los pensamientos disimulados, las intenciones dobles, el gesto enmascarado… Dios ve lo que nadie más ve.

Él sabía que Pilatos no necesitaba respuesta. Entendía que la mujer samaritana no necesitaba teología, sino curar sus heridas. Sabía que aquel escriba arrogante precisaba una respuesta dialéctica. Sabía que lo que Nicodemo necesitaba era doblegar su mente a la influencia del Espíritu Santo. Él sabe lo que hay detrás de tu oración, incluso aunque tú mismo no lo entiendas. ¿Por qué simplemente no le dejas a él que sea Dios? De todos modos siempre te va a contestar, aunque no sea exactamente como tú lo esperas, pero sin duda su respuesta será la mejor para ti… ¡Siempre!

jueves, 1 de abril de 2010

A Dios orando y con el mazo dando

El título de este artículo no es ni original ni nuevo. Es simplemente un adagio repetido durante muchas generaciones. Mi abuela solía repetirlo en casa.

Nos gusta creer que la oración responderá todas nuestras inquietudes, sin embargo, olvidamos que hay una dinámica en la oración que debe ir acompañada de una unión entre lo humano y lo divino que no comprometa la soberanía de Dios por un lado y la libertad humana por el otro.

Jack Riemer, un teólogo judío contemporáneo escribió:



"No podemos rogarte simplemente, oh Dios, que termines las guerras; sabemos que creaste el mundo de tal modo que el hombre debe encontrar su propio camino hacia la paz dentro de sí mismo y con su vecino.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con el hambre; ya nos has dado los recursos con los que se alimentaría todo el mundo si sólo los usáramos con sabiduría.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que destierres los prejuicios; ya nos has dado ojos con los que veríamos lo bueno en todos los hombres si sólo los usáramos correctamente

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con la desesperación; ya nos has dado el poder de derrumbar y reconstruir los barrios pobres y dar esperanzas si sólo usáramos nuestro poder con justicia.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con las enfermedades; ya nos has dado una mente clara con la cual buscar las curas y remedios, si sólo las usáramos en forma constructiva.

Por lo tanto, te rogamos, Oh Dios, nos des la fuerza, determinación y voluntad, para hacer en lugar de sólo rezar, para ser en lugar de sólo desear."[1]

Podemos estar o no de acuerdo con las ideas expresadas por este autor, pero al menos hay dos elementos que deberían hacernos pensar.
  • Dios no nos da lo que nosotros podemos generar por nosotros mismos. Hacerlo sería una acción irresponsable de Dios pues nos estaría enseñando a no ocupar los recursos que él mismo nos ha dado, y sucedería lo que sucede con quienes tienen todo, finalmente se quedan sin nada, por el despilfarro de lo que tienen o la ociosidad en el uso de lo que tienen.
  • En la oración se combinan dos elementos, la potencia de Dios por una parte y la indefensión nuestra. Eso quiere decir, que cuando nosotros hacemos lo posible Dios hace lo imposible, nunca a la inversa. Eso se esconde detrás de las palabras del apóstol Pablo que solía decir: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (1 Cor. 10:10). Lo que es lo mismo que decir, llego a ser poderoso cuando he llegado al límite de mis fuerzas, en ese momento, interviene Dios y actúa.
    He sido profesor universitario por muchos años y en todo este tiempo he visto a decenas de jóvenes fracasar por su desidia. Ciertamente oraron, pero, estaban esperando que Dios hiciese todo, mientras ellos se quedaban sentados sin hacer nada.

     Mientras he sido pastor de iglesia en más de una ocasión he visto a alguien desfallecer en medio de la oración, esperando que Dios haga por él lo que él ciertamente puede hacer por sí mismo.

     Dios envió a Abram desde su tierra a un lugar extraño, y le dijo simplemente "Levántate, recorre la tierra a su largo y a su ancho, porque a ti te la daré" y entonces, el patriarca “removió su tienda, y fue a vivir en el encinar de Mamre, que está en Hebrón.” (Gn 13:17-18). Podría haberse quedado tranquilo esperando que Dios hiciese todo. Total, el problema era de Dios. Pero, él hizo su parte. En la Biblia en 113 ocasiones se repite la misma expresión “levántate”. En varias ocasiones Jesús, antes de sanar a alguien le dijo simplemente “levántate”.

    Hoy nos hace falta pensar en el levántate. Levanta la frente y camina. Orar a Dios para que resuelva problemas que nosotros podemos enfrentar no sólo es absurdo, sino que nos convierte en niños mimados.

    “El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina seductora de la fe sin obras. No es fe pretender, el favor del cielo sin cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida. Es presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de las Sagradas Escrituras”.[2] ¿Y qué dicen las Sagradas Escrituras? Pues, que en la unión de lo divino y la humano está el secreto para una vida victoriosa. Del mismo modo “algunos han profesado tener mucha fe en Dios, dones especiales y extraordinarias respuestas a sus oraciones aunque no haya evidencia de todo ello. Han creído que la presunción es fe. La oración de fe nunca se pierde; pero pretender que siempre será respondida de la misma manera y en relación con el motivo particular que estamos esperando, es presunción.”[3]

    Si pedimos a Dios, debemos entender quién es Dios. Algunas de nuestras oraciones suenan a mandatos o imperiosos pedidos de un niño consentido.

    Tenemos una muy buena amiga que es soltera. Es inteligente y bella, una persona cristiana, pero, está sola, y por lo visto, va a seguir así. Ella ora, ora y ora. Y suele decir que cuando Dios le responda su oración el que quiera casarse con ella va a ir a buscarla a su propia casa. Aparte de orar no hace ninguna otra cosa. Nunca participa de actividades sociales. No asiste a campamentos o congresos de jóvenes. Su vida gira en torno a la iglesia (los cultos formales) y su trabajo. ¡Cuántos hay así! Esperan que Dios haga por ellos lo que no se animan nunca a comenzar.

    Cuenta la historia que Thomas Carlyle (1795-1881), el gran escritor inglés luego de terminar una de sus obras capitales se la prestó a un amigo para que la leyera. Pero, la sirvienta de su amigo, echó la obra al fuego para encender la chimenea. Cuando Carlyle se enteró no se desanimó ni se vino abajo como alguno podría esperar. Tampoco se dirigió a Dios en una oración suplicante de ayuda o a buscar un milagro, simplemente, al otro día se puso a escribir de nuevo y, al cabo de un tiempo de lenta escritura a mano, logró terminar su obra.

    ¿Qué espera Dios de nosotros? Pues, que confiemos en él y que hagamos por nosotros mismos lo que nos corresponde hacer. Te falta trabajo, haz de la búsqueda de trabajo un trabajo y el resto déjaselo al Señor. Estás enfermo, consulta a un médico y el resto déjaselo al Señor.

    Orar es descansar en Dios. Pero, se descansa en el Señor cuando hemos hecho lo que nos corresponde hacer. Cuando un agricultor se hace cargo de un campo no se arrodilla a orar y luego espera calmado a que la tierra produzca su fruto. Primero desbroza, luego ara, finalmente planta la semilla, luego cuida las plantas, y finalmente, le pide a Dios que lo dirija en todo el proceso para hacer bien su trabajo y lo acompañe a hacerlo.

    A Dios orando y con el mazo dando, de otra forma, la oración sólo sirve de monólogo y paliativo psicológico.

    [1] Harold Kushner, Cuando la gente buena sufre (Buenos Aires: Emecé, 1994), 152-153.
    [2] Elena G. de White, Dios nos cuida (Coral Gables, MI.: Apia, 1992), 318.
    [3] Elena G. de White, Mente, carácter y personalidad (Buenos Aires: ACES, 1977), 2:554.

    martes, 2 de marzo de 2010

    La teología de la presunción

    Cada vez que ocurre un desastre natural surgen voces desde el cristianismo enseñando conceptos equivocados no sólo acerca de las situaciones extremas, sino dando además nociones erróneas acerca de la providencia, de Dios, de la oración y de otros aspectos de la religión.

    La presunción

    La actitud presuntuosa supone que tiene el capital de la oración y que Dios está a su servicio particular. Hace unos días leí que alguien, a propósito del terremoto de Chile escribió: "Dios no falla, mi familia está bien".

    Me quedé impactado, por la soberbia de la expresión, pero también por la actitud poco sabia al decir tamaña tontería.

    Si Dios no falla porque su familia está bien, ¿qué de las otras familias que están sufriendo? ¿No alcanza la misericordia divina para ellos?



    Si se sigue por esa línea de pensamiento, entonces Dios dejará de ser grande el día que a su familia le pase algo, como evidentemente es posible de acuerdo a la ley de probabilidades.

    Esa teología va ligada a la presunción que supone que Dios contestará las oraciones de las personas sólo y exclusivamente porque las hacemos, sin ningún otro tipo de consideración.

    En muchos sentidos es una teología que niega la posibilidad que ocurran desastres o situaciones conflictivas.

    Teología desde la soberbia

    La actitud soberbia siempre supone una negación de la realidad. En muchos sentidos es una teología oscurantista que pretende que la tierra es el centro del universo. Trasladada a la experiencia particular, pretende que la divinidad está al servicio del individuo, y no al revés.

    Cuando alguien dice "a los hijos de Dios no les ocurre nada malo", es simplemente, la ingenuidad soberbia de quien se niega a ver la realidad. ¿Acaso no murieron miles de cristianos en Haiti cuando ocurrió el terremoto en enero pasado, o miles de cristianos en los Tsunami que azotaron el sudeste asiático hace algunos años?

    Sostener esa idea es desconocer que Dios no tiene el control de todo, que hay elementos que Dios no maneja y que tienen que ver con la voluntad humana (muchos de los desastres ocurren por responsabilidad humana).

    Si aceptamos la idea que a los hijos de Dios no les ocurre nada, entonces, cómo explicar los miles de cristianos que murieron en campos de concentración, los cientos de cristianos perseguidos y asesinados por las dictaduras genocidas de latinoamerica que sembraron la barbarie en Chile, Argentina, Brasil, Perú, Paraguay y otros países. ¿Cómo entender que en este mismo instante estén muriendo cristianos en países árabes o musulmanes sólo por la intolerancia religiosa?

    Cuando ocurrió la tragedia de Ruanda, le escuché a un devoto cristiano, espiritual pero equivocado decir: "Gracias a Dios nosotros fuimos protegidos, pero muchos de nuestros hermanos fueron masacrados". ¡Cómo es eso! ¿Dios tiene hijos predilectos? Más aún cuando el que hablaba expresó que ellos se salvaron porque el ejército belga rescató sólo a los extranjeros y dejó a todos los ruandeses.  Es decir, si entiendo bien lo que estaba diciendo: "Dios envió a los militares de Bélgica con la misión de rescatar a blancos, rubios, de ojos verdes y azules, y educados en universidades occidentales. Que los africanos, negros, pobres, ignorantes, se mueran". Como conclusión al absurdo, Dios sería racista y colonialista. A ese extremo se llega con líneas de pensamientos gobernados por la soberbia.

    La oración presuntuosa

    En estos días lo que más escucho es: "Gracias a Dios, contestó mis oraciones, mi familia está bien"; "estamos orando por ustedes para que Dios los proteja" (¡por favor, el terremoto ya fue!); "Dios es maravilloso porque íbamos a viajar a Concepción, pero algo nos detuvo" (y del resto, ¿no pudo Dios acaso decirles algo al oido?).

    Recuerdo los días en que mi hermano menor, Joel Josué, a los treinta años enfermó de cáncer. En medio de su dolor se acercaron cristianos bien intencionados llenos de oraciones presuntuosas para decirle que Dios los escuchaba a ellos y se iba a sanar. Uno llegó a decirle que él no se sanaba porque no tenía suficiente fe o había pecado escondido en su familia.  Las últimas semanas, antes que muriera, empezamos a impedir que algunos religiosos lo visitaran. Sus "consejos" y "oraciones" simplemente lo dejaban peor.

    La oración presuntuosa me recuerda al fariseo mencionado por Cristo en Lucas 18 que oraba comparándose con el publicano. Su oración llena de soberbia suponía que tenía derecho a ser escuchada por todo lo que hacía por Dios.

    Hoy no lo decimos con esa misma tesitura, pero si hemos impregnado el ambiente cristianos de oraciones desde la sospecha. "Si Dios me contestó es porque de algún modo yo estoy en mejores condiciones que otros". Sólo pensarlo es herético y sólo entenderlo así es no comprender para nada la visión de Dios respecto al significado de la oración.

    La oración que falta

    Probablemente muchos cristianos, honestamente no entienden que lo que se precisa es una oración que lleve otro componente, y es salir del quietismo estático y comenzar a caminar. La oración sin acción es presunción. Es suponer que el deber es de Dios y yo estoy eximido con sólo pedírselo.

    Una oración de fe es una oración que lleva a hacer mi parte y no dejarse caer estático en los brazos de Dios sin hacer lo que nos corresponde:

    • Antes de hacer el milagro de la transformación del vino, Cristo pidió que trajeran agua. Ellos podían juntar agua, pero no podían hacer que ésta se convirtiera en jugo de uva, esa era tarea de Dios.
    • Antes de resucitar a Lázaro, Cristo pidió que quitaran la roca que tapaba la entrada de la tumba. Esa era tarea de ellos, podían hacerlo, pero no tenían la facultad de dar nuevamente vida a Lázaro.
    • Antes de que el ciego Bartimeo viera, Cristo lo envió cerro abajo al estanque de Betesda a lavarse los ojos. La caminata y el hundir las manos en el agua era algo que él podía hacer, lo demás era tarea de Dios.
    • Antes de separar el río Jordán los sacerdotes tuvieron que avanzar y poner sus pies en el agua. Si no avanzaban el milagro no se producía.
    • Antes de que saliera agua de la roca Moisés debía tocarla con su vara, no porque la vara tuviera poder, sino porque de esa manera mostraba la confianza en la acción de Dios.
    Podríamos seguir con muchos otros ejemplos. La idea bíblica es clara. La oración que no va acompañada de acción se convierte en presunción.  Orar por otros es tan importante como hacer la parte que nos corresponde. Quedarnos quietos orando y viendo que ellos, los que sufren se las arreglen solos, es sentarse a mirar desde la periferia, tranquilos por las "bendiciones que nosotros gozamos". La vieja perspectiva del egoísmo, mientras yo esté bien no hay problema.

    La oración que Dios quiere

    Nos gusta hablar del "pedir y se os dará", hemos manipulado de tal manera dicho versículo que no nos damos el trabajo de leer el contexto en su dimensión real, tanto textual como cultural. Cristo le hablaba a profesionales de la presunción, a gente que había hecho de la religión lo que algunos hoy han hecho de ella, un campo fértil para la soberbia, la exhibición de falsa espiritualidad, el maltrato religioso, la manipulación con textos fuera de contexto, las predicaciones vacías de realidad (teología para jirafas como decía un querido amigo).

    En Lucas 11 sabiamente el médico, inspirado por Dios y fiel a la investigación que realizó, da todo el contexto de los dichos de Jesús, no como Mateo que simplemente los menciona al pasar sin señalar todo lo que Jesús dijo. Después de haberles enseñado la llamada "oración modelo" sigue hablando para que entiendan con claridad sus palabras, y no se dejen llevar por la presunción de sus cotemporáneos fariseos. En ese momento les dice: "Así que yo les digo: Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre" (Lc. 11:9-10). 

    Basados en ese texto simplemente las personas piden de todo, desde alivio para un dolor de muelas hasta un auto cero kilómetros, pasando por casas, trabajos, esposos(as), etc. Nos sentimos con derecho a pedir, así sin más, no obstante, no leemos lo que dice el contexto puesto que a continuación Jesús señala con toda claridad:

    "Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!" (Lucas 11:13)

    ¡Pedir el Espíritu Santo! ¡Qué diferencia con la presunción! Ese sólo versículo cambia todo el sentido de la oración. 

    No se pide el Espíritu Santo para manipularlo, sería como querer controlar con nuestra voz al viento. Se lo solicita al entender cuál es nuestra condición. Se lo pide cuando aceptamos la necesidad que tenemos de guía dirección y sabiduría. Sólo el Espíritu de Dios puede dar a las personas una perspectiva diferente de la realidad, incluido los desastres naturales que sin duda no proceden de la mano de Dios.

    Conclusión

    Se necesita un pueblo transformado por la gracia, que deje a un lado actitudes presuntuosas que no ayudan a nadie. Hace poco un amigo no creyente me espetó algo que leyó en Facebook sobre la supuesta bendición de Dios sobre los cristianos olvidando a los no creyentes. Sólo atiné a responderle: "Perdónalos, no saben lo que dicen, aún no leen que Dios no hace acepción de personas y que hace llover sobre justos e injustos".