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viernes, 18 de marzo de 2011

Diferente

Todos somos diferentes, pero nos encanta asimilarnos, acomodarnos, conformarnos. Somos distintos, individuos, pero nos gusta amoldarnos como gelatinas que temen ser diferentes, un poco por el miedo a la inercia y a salir de la cáscara que muestre nuestro verdadero rostro.

No existe persona igual a otra, por mucho que se parezca, ni aún los gemelos son idénticos. No obstante, en la práctica cotidiana, la mayoría de las personas le teme en demasía aparecer como diferente a la manada.

Opinar sin levantar olas

Para no parecer distinto, la mayoría de las personas tiende a acomodarse a la opinión mayoritaria, y aunque en lo íntimo en algún momento discrepe, por “mantener la armonía” (viejo resabio de cobardía), simplemente callará, se quedará en el silencio cómplice de la “mayoría silenciosa”, la de aquellos que por no alterar la comodidad de los acontecimientos cotidianos opta por el mutismo. La “mayoría” que en tiempos de crisis, confusión ética y autoritarismo, simplemente elige callar.

Martin Niemöller (1892–1984) fue un pastor luterano alemán, uno de sus poemas ha sido repetido y recitado muchas veces para recordarnos el peligro de callar cuando hay que hablar.

“Cuando los nazis detuvieron a los comunistas,
yo me callé;
es que yo no era comunista.

Cuando los nazis encarcelaron a los socialistas,
yo me callé;
es que yo no era socialista.

Cuando detuvieron a los sindicalistas,
yo me callé;
es que yo no era sindicalista.

Cuando detuvieron a los judíos,
yo me callé;
es que yo no era judío.

Cuando me detuvieron a mí,
ya no quedaba nadie
que pudiera protestar”.

Sólo los que creen en sí mismos hablan cuando el resto calla. Son los que le temen más que a la vida, el perder su propia dignidad y sentir que se han fallado a sí mismos perdiendo la capacidad de reacción.

Armonía en la diversidad

Hace algunos días planté rosas. Una a una puse las plantas ordenadas frente a mi casa. Ahora, están comenzando a salir los botones y he descubierto con alegría que tengo cuatro rosales y son todos de diferentes colores. Ya me lo había dicho la señora indígena que me las vendió, pero no le creí, he sido engañado demasiadas veces por gente con cara de ángel, así que esperé a ver que los rosales florecieran. Debo encontrar a la mujer otra vez en el “tiangis” (expresión del dialecto local que designa a la feria dominical), le pediré disculpas por pensar mal y le compraré más rosas.

Son rosas, pero cada una es distinta. En el conjunto forman armonía, pero son diferentes. La armonía supone unidad en la diversidad.

El otro día me extasié escuchando una orquesta juvenil, realmente interpretaron de una manera hermosa una pieza de música, pero, cada uno tocaba un instrumento distinto, pero, en el conjunto formaban una armonía. La diversidad actuando unida les otorgaba belleza.

En esto de no respetar las diferencias existe gente que cree que el ideal es uniformidad, que todos piensen igual, que las opiniones sean reducidas a un mínimo común denominador. Vieja y antigua práctica de déspotas y dictadores. Que “todos piensen igual para que nadie piense”.

La verdadera unidad se sustenta en el respeto al diferente, al que tiene una opinión divergente, en intentar formar una armonía con las posiciones distintas, sin descalificar a nadie y buscando el entendimiento.

La verdad, vieja piedra dictatorial 

Creo en la verdad, pero no creo que los seres humanos sean dueños de ella. Salvo Dios, nadie tiene el monopolio de la verdad, todas nuestras certezas son apenas pequeños destellos de cualquier verdad que queramos evocar.

Cuando alguien pretende que “su verdad” no sea discutida, analizada, discrepada, está simplemente creando una tiranía de “su verdad”.

Antonio Machado el poeta español escribió un pequeño poema que dice:

“¿Tu verdad? No, la verdad
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela".

Toda verdad que alguna persona tenga es sólo una certeza provisoria que se convierte en un grano más cuando la unimos a otras verdades que otros han descubierto.

Defender una posición como si fuera la última que no admite discusión ni análisis, es simplemente volver al oscurantismo medieval que sostenía que la tierra era el centro del universo, aún cuando las evidencias decían lo contrario.

La búsqueda permanente 

Un individuo que sepa quién es, que entienda que el diferente, que anhele verdad, sólo es un buscador permanente de certezas. Cada vez que concluye algo sabe que es sólo un descanso en el peregrinar de nuevas certezas que muestren nuevos horizontes.

Sólo cuando salimos de “mi verdad” y “tu verdad” podemos dialogar, pensar juntos, analizar con humildad nuestras perspectivas con afán de descubrimiento y gozándonos con la alegría de encontrar esas piedras preciosas que se encuentran enterradas y que sólo el investigador atento puede hallar.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

domingo, 9 de enero de 2011

Políticamente correcto

De partida, no soy “políticamente correcto”. Digo lo que pienso, lo expreso, lo escribo, lo defiendo, y suelo incomodar con mis opiniones a todos aquellos que pretenden que ser religioso o académico consiste en ser acrítico y neutral. Pues, soy crítico por naturaleza y estoy comprometido con lo que creo, al grado de poner en riesgo mi estabilidad laboral y el “respeto” de los políticos que están constantemente interesados por ser “políticamente correctos”.


Definición de una moda monstruosa 

Ser políticamente correcto consiste en decir lo que se quiere escuchar, sin comprometerse con ninguna línea de pensamiento que pueda causar ofensa, incomodidad o desagrado a algún grupo en particular. Es la mentira disfrazada de diplomacia. Es la forma de actuar del mundo religioso en general y del político en particular.

Una persona “políticamente correcta” actúa de acuerdo a un patrón social caracterizado por la sobriedad en el decir y en el actuar, al grado de disimular sus verdaderos pensamientos y esconder sus creencias más profundas. Mantiene una posición neutra que no incomoda a nadie.

La persona “políticamente correcta” huye de la divergencia para aparentar normalidad y el estar integrada a su entorno, de esa manera presenta una “imagen” de sobriedad y silencio, porque no hay nada que incomode más a los políticos que alguien “políticamente incorrecto”.

Los que son “políticamente correctos” son tibios en sus opiniones, que es lo mismo que decir, que no se comprometen públicamente con nada ni con nadie, se limitan a sonreírle a Dios y al diablo, porque de esa manera supuestamente nadie puede decir de qué bando son.

Para no faltarle el respeto a sus interlocutores o no entrar en conflictos sociales, no expresan de manera frontal ningún desacuerdo, sólo se limitan a asentir, a unos le dicen “crucifícale” y a otros les dicen del mismo personaje “es el hijo de Dios”, al final, “quedan bien con todos” y en el fondo, con nadie.

Una persona “políticamente correcta” evita el conflicto a como dé lugar. Evita palabras que suenen mal a oídos de su interlocutor, no hace calificativos de ningún tipo a menos que sea para expresar panegíricos al político de turno, no da evidencias de disparidad ni divergencia, piensa muy bien lo que dice para no sonar comprometido con nada, sus conversaciones son aquellas que no lo obligan a emitir opinión. En algún momento ser políticamente correcto se pensó como una manera de mantener posiciones contrarias en conciliación, sin embargo, con el uso se convirtió en una manera de ser, en no comprometerse con ninguna idea, para mantener una imagen de neutralidad, como si eso fuera posible.

Si realmente fuéramos políticamente correctos

Sin embargo, los que pretenden ser “políticamente correctos”, no logran percibir la aporía en la que se meten.

Si se va al sentido más primigenio de la política, pensando en Aristóteles y los genios que la pensaron originalmente, la política consistía en vivir conforme a las leyes y buscar el bien común de la sociedad. Por eso Platón invitaba a que se unieran a la política para los cargos públicos aquellos que fueran moralmente los más virtuosos, es decir, los sabios. Lástima que la política llegó a manos de individuos como Maquiavelo, Hobbes y otros que la convirtieron en un medio para lograr fines, sin importar el derecho, la verdad y la honestidad.

Por otro lado, la búsqueda de lo correcto implica desde el punto de vista ético, establecer un comportamiento basado en principios universales de validez inapelable. Es vivir en función de la virtud y la verdad.

Por esa razón, lo que hoy se llama “políticamente correcto”, es simplemente un engendro más de los políticos que sólo utilizan a otros para lograr sus fines de poder. En suma, lo “políticamente correcto”, por definición, es “políticamente incorrecto”, puesto que ser políticamente correcto invita a la simulación, la mentira, el encubrimiento, la falta de trasparencia, la corrupción, el engaño, las medias verdades, el chisme, la sospecha, la desconfianza, y todos los males asociados a no ser virtuoso de manera plena.

La mentalidad de borrego 

Lo que mueve a muchos a ser “políticamente correctos” es simplemente la mentalidad de borrego. El estar pendiente del qué dirán para no perder privilegios de ningún tipo.

Un borrego no piensa, otro realiza el trabajo de guiarlo, adoctrinarlo, mandarlo, orientarlo, y decirle qué pensar. Un borrego es un buen borrego, cuando obedece sin chistar, no tiene labios para hablar, ni cabeza para elucubrar, simplemente sigue.

En todas las organizaciones, los que tienen el poder, buscan a borregos a quienes gobernar. No les interesan los que piensan, los que opinan, los que tienen divergencias, los que comunican, etc. Por eso, en todas las dictaduras, los primeros perseguidos siempre son los intelectuales y quienes se atreven a expresar opinión propia. Entre borregos no hay lugar para la “libertad de cátedra”, “el libre pensamiento”, “la opinión personal”, “la conciencia individual”, y otras libertades que corresponden por derecho a todos, menos a los borregos.

Son los políticos los que enseñan a ser “políticamente correctos”, especialmente a quienes quieren manipular y gobernar sin alteraciones de ningún tipo.

La fauna política no emite opiniones que puedan incomodar. Sólo se limitan a sonreír y mantener bien afilados los serruchos y los cuchillos, para utilizarlos en el momento oportuno. Para toda otra ocasión, sonríen, dan la mano, conversan de trivialidades, y cuando se suben a un bote, un remo es de Dios y otro del diablo.

Jesús, el modelo de lo “políticamente incorrecto” 

Jesucristo tuvo un pésimo asesor de imagen. Si fuera a una de las actuales escuelas de diplomacia reprobaría todos los cursos. Ha sido el personaje más políticamente incorrecto que ha existido.

Se atrevió a llamar “zorra” (Lc. 13:31-32) a Herodes, el hombre con más poder en su tiempo, el gobernante títere de Roma, el que podía matarlo sólo con chistar los dedos, y no se lo dijo a cualquiera sino a los fariseos, a quienes sabía que irían enseguida a contarle al rey.

Les dijo públicamente y sin ningún tipo de anestesia de vocabulario a los religiosos de su tiempo, a quienes tenían el poder, a los que ostentaban la máxima jerarquía de su tiempo: “Sepulcros blanqueados”, “serpientes”, “generación de víboras”, “guías ciegos”, “hipócritas”. Cualquiera de los políticos que abundan en las organizaciones religiosas y gubernamentales se habría horrorizado al escucharlo y seguramente habrían denostado al asesor de imagen que no le ayudaba a Jesús a ser más precavido con sus palabras.

Se rodeo de asesores que eran lo peor de su tiempo: Un terrorista del grupo revolucionario de los zelotes, un publicano considerado ladrón profesional, un grupo de pescadores que a ojos de los líderes eran ignorantes de tomo y lomo, un comerciante que levantaba sospechas, si hoy lo hubiera aconsejado algunos de los políticos de las iglesias le habría dicho: “No te juntes con esa gente, no te dará una buena imagen”.

En vez de visitar a los dignatarios, a quienes ostentaban el poder, en vez de ir a besar las manos de los tiranos y los religiosos envanecidos por su soberbia, fue a la casa de Zaqueo, un publicano; a la casa de Simón, un leproso despreciado por sus pares; y a los hogares de los más humildes y despreciados, aquellos que no importaban, porque sus votos no eran nada para el poder.

Cuando debería haber estado en reuniones con los que mandaban, estaba en la plaza rodeado de prostitutas, ladrones, mendigos, pobres y la escoria de su tiempo, aquellos que no tenían lugar en la mesa de los grandes. Aquellos que por definición debían ser escondidos y alejados. Ningún político de su tiempo accedería a acercarse a esa chusma, pero Jesús lo hizo, porque no temía ser políticamente incorrecto.

Su discurso no fue conciliador, fue al contrario, un discurso comprometido, audaz, temerario, directo, explosivo, irónico, fuerte, espinoso, enérgico, políticamente imprudente, mordaz, autoritativo, es decir, fue todo lo que no debe ser la oratoria de una persona “políticamente correcta”.

Conclusión 

En días como los que vivimos, es imprescindible que se analice qué tipo de vida queremos llevar. Una vida sin compromiso, es al final, una veleta que el viento lleva para cualquier lugar. No se puede ser cristiano neutral, no se puede seguir a Jesús y pretender ser políticamente correcto, algo no funciona cuando buscamos caerle bien a todo el mundo, es imposible que le gustemos a todos, ni Jesús lo logró.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

jueves, 1 de julio de 2010

Situaciones que no entiendo

A través de mi vida he procurado entender. Vaciar de sin sentido los enigmas que me acosan a diario. Admiro a quienes viven como si tuvieran todas las respuestas, cuando algunos otros tenemos más preguntas que resolver que certezas de las cuales dar cuenta.

Hace algunos días le contaba a una amiga que no creo en el viejo y manoseado concepto de “los temperamentos”, popularizado por Tim LaHaye en la década de 1970. Lo considero un horóscopo absurdo y amfibológico que convierte a un sin número de personas en esclavas de sus determinismos. Ella reaccionó diciendo:

—Pero si alguna vez te escuché que los enseñabas.

—Sí —respondí— pero ya no, crecí, maduré, cambié, entendí que ese concepto a la larga hace daño.

Ella me quedó mirando decepcionada y sólo atinó a decir:

—No te entiendo.

Y lo expresó con un gesto de resignación, como si le hubiese quebrado una cajita de cristal.

A mí en cambio, me llena de esperanza cuando alguien declara sin vergüenza que algo no entiende, que ha cambiado de opinión, que está buscando una mejor respuesta, que no se ha quedado pegado en la opinión “políticamente correcta”. A mis ojos, eso lo convierte en una persona normal, en alguien capaz de construir y no quedarse en eufemismos de los que suelen pavonearse algunos diciendo que entienden cuando lo que viven es de una simpleza supina, que raya en la tontería y la estulticia.

A manera de autoreflexión y encuentro con mis propios dilemas internos algunos de los dilemas que me acosan por estos días:

No entiendo la indiferencia y apatía de quienes llamándose amigos no están cuando se los necesita. No puedo evitar compararlos con las meretrices que sólo buscan beneficios fingiendo cariño.

No entiendo a quienes se presentan como clérigos y siervos de la divinidad, pero actúan como empleados de una multinacional donde los otros, el alter, las personas son simplemente números que exhibir o estadísticas para obtener réditos. Asociarlos con mercaderes de la muerte es lo primero que se me viene a la mente.

No logro entender plenamente, aún cuando leo, estudio y escucho con atención cuanta teoría aparece en el horizonte a quienes diciendo amar, maltratan, destruyen, violentan, controlan, humillan y quiebran a sus seres supuestamente amados. Se me ocurre que son como cocodrilos que lloran antes de deglutir a sus víctimas.

No entiendo, por más que trato, a quienes llamándose padres o madres, actúan como verdugos, torturadores y dictadores. No logro comprender cómo no perciben el daño que con su conducta hacen a la vida de cientos de hijos e hijas que padecen dicho infierno. Son como aves de rapiña que se comen a sus propias crías.

Definitivamente no entiendo a los políticos que están enquistados en las organizaciones civiles, religiosas, empresariales y cívicas que no dudan en disimular, mentir, ocultar, fingir y sonreír con hipocresía con tal de mantenerse en ese palo encebado que llaman “poder”. Al pensar en ellos se me viene la imagen de chacales que no dudan en devorar a sus propios hijos con tal de sobrevivir.

No entiendo a los empresarios que destruyen la tierra, que por su avaricia no dudan en hacer del entorno un basurero. No comprenden que así todos terminamos asfixiados de podredumbre.

No entiendo a quienes se enajenan de la vida olvidando el pasado y la historia.

No entiendo a los religiosos que maltratan a quienes deberían servir.

No entiendo a los hijos que olvidan a sus padres.

No entiendo a las parejas que algún día dijeron amar y luego destilan odio y rencor, sin separarse amigablemente, en honor a su alegría pasada.

No entiendo la religión de las formas vacías de sentido y llenas de legalismos destructivos.

No entiendo a quienes no abren un libro para alimentar su mente. Sus cerebros se me ocurren que son largos pasadizos de oscuridad y polvo.

No entiendo a quienes a nombre de Dios (con el nombre que le den), mutilan, destruyen, abandonan, aterrorizan y ponen bombas.

Hay tantas cosas que no entiendo, pero me consuelo a mi mismo diciendo que tengo vida por delante para entender, no sé hasta cuando.

Seguramente los que leen este blog tienen otras inquietudes, y podrían agregar más “no entiendo”, que puedan ayudarnos a todos, a tener un poco de luz al final del túnel.

La verdad se construye no con dogmas ni discursos pontificales, sino como el escultor que va dando forma al granito, pero las manos del que esculpe está formada por la perspectiva de muchos, no sólo por la del artista.