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domingo, 24 de abril de 2011

La muerte de un hijo, el dolor más extremo

Dedicado a la memoria de Arturo Darynel Velasco 

Hace algunos días ha muerto un amigo. Se ha apagado una sonrisa. Hemos llorado su partida. Aún retumban en nuestro recuerdo su risa contagiosa y su amor incondicional. Esta semana el dolor me ha hecho llorar varias veces.

Era sólo un niño, pero me cautivó desde el momento en que lo conocí. No olvido una de sus frases célebres, mientras jugábamos con sus padres y tíos a las imitaciones: “Yo soy un cerebrito, por eso mi grupo va a ganar”.

Darynel
No puedo imaginar el dolor que deben estar sintiendo sus padres. Sólo pensar en ellos se me nubla la vista y se me llenan los ojos de lágrimas. Nunca un hijo debería partir antes que sus padres. Es un dolor que parte la existencia. Es el sufrimiento más desgarrador que puede sufrir algún ser humano.

Nunca perdí a un hijo, pero si perdí a un hermano, a un hermano que crié como si fuera mi hijo, porque me adoptó como padre cuando nuestro progenitor no estuvo con nosotros, fui su hermano-padre, así que en parte puedo entender. Sé lo que se siente al ver a un ser querido dejar de respirar. Fui la última persona que besó su frente cuando con el mayor dolor que he sentido alguna vez, lo vestimos y lo pusimos dentro del féretro. Dirigí su funeral y lloro su partida aún hoy, después de 16 años. Porque como dijera el dramaturgo Bernard Shaw: 
Los muertos recién desaparecen con la muerte de sus deudos, y por lo tanto son estos, quienes deben continuar siendo su pensamiento y su recordada memoria.
Cuando viene la muerte, sobreviene uno de los momentos más difíciles en la vida de una persona. Es el momento de los cuestionamientos y de las preguntas. El instante cuando toda la construcción ideológica que hemos construido a lo largo de nuestra vida es sometida a la prueba más difícil que pueda enfrentar un ser humano.

Cuando murió Joel Josué, mi hermano menor, no sabía todo lo que sé ahora respecto a la muerte, por lo tanto, mi enfrentamiento a ese momento no fue el mejor. La vida nos va formando y ese instante fue para mí un momento decisivo de aprendizaje. Algunas de las cosas que aprendí:

La forma en que los padres viven la muerte de sus hijos 

El sentirse responsables

Los padres nos sentimos responsables de proteger y cuidar a nuestros hijos, por eso cuando uno de ellos muere el primer sentimiento que sobreviene es el de culpabilidad y una gran sensación de fracaso. Sea cual sea la causa de la muerte, lo primero que hacen los progenitores es sentir que fallaron, que algo no hicieron bien, que deberían haber hecho algo para evitar que sucediera lo que ocurrió.

Sin embargo, por mucho que la persona se sienta culpable, ese sentimiento no ayuda, en especial a quienes sobreviven al hijo. Culparse a sí mismo no revive al hijo que ha partido.

Como señala un autor:
Haber sobrevivido a un hijo es sentido, a veces, como falta de amor parental; dejar de penar, es sentido como falta de lealtad, traición o abandono al hijo muerto. 
Por esa razón es tan importante elaborar el duelo, para que ese sentimiento pase y no provoque un daño que a veces puede ser más complejo que el dolor por la ausencia.

Rabia y desolación por sobrevivir

Paradojalmente, uno de los sentimientos más comunes de los padres en el contexto de la muerte de un hijo es una profunda ira por no haber partido primero. Muchos padres sienten la muerte de un hijo como una injusticia. Es común escuchar frases que dicen: “Ningún hijo debería morir primero que sus padres, eso no es natural”.

Pero, no hay explicación para muchas cosas, y sentir rabia y desolación ante la partida de un hijo, no ayuda a superar el momento desgarrador que se vive.

Ubicarse en el dolor

Cuando muere un esposo o esposa se es “viudo o viuda”. ¿Qué se es cuando se muere un hijo? ¿Cómo ubicar el dolor en el contexto de ser padres? Es una pregunta que provoca no sólo desazón sino que obliga a replantearse toda la vida.

¿Quién está preparado para la pérdida de un hijo? Sigmund Freud alguna vez escribió:
Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte. 
Pero, ¿es posible eso? ¿Cómo llenar el vacío? O como dijera Mafalda en uno de sus comic: "Y ahora, ¿cómo lleno el hueco que tengo en el pecho?"

El dolor es aún más dramático cuando nos enfrentamos a la muerte de manera abrupta, sin que la esperemos. Cuando se está al lado de un enfermo terminal, su agonía es nuestra preparación. Cuando parte un hijo de pronto, es como perder un brazo o una pierna de un momento a otro. Como diría uno de mis escritores preferidos José Luis Martín Descalzo, con toda razón, en su libro Razones para vivir:

La muerte inesperada de un ser querido reduce a cenizas un corazón.
Ubicarse a sí mismo en el dolor es una de las pruebas máximas que nos exige la pérdida de un ser tan querido como un hijo. Con la muerte de un hijo mueren sueños, ilusiones, y se cae abruptamente en la cuenta de que nada ya va a ser lo mismo. Cada año, en el cumpleaños del que partió, se volverá a sentir la pérdida, inevitablemente el recuerdo será doloroso.

La forma en que la pareja vive la muerte de un hijo 

Es común que la pareja enfrente serios problemas matrimoniales luego de la pérdida de un hijo. Las razones son varias, y no dejan de ser complejas en sí mismas, por las implicaciones que tiene.

La forma de vivir el dolor

En primer lugar, un elemento altamente subjetivo se instala en la relación. El dolor no se vive de la misma manera ni se expresa de la misma forma. Muchas personas sienten que su pareja no está sintiendo el dolor de manera suficiente o en el polo contrario, que está exagerando su sufrimiento.

En este sentido, es preciso ponderar las cosas. Ningún ser humano vive el sufrimiento de la misma manera que otra persona. Cuando calificamos el dolor ajeno entramos en un campo minado. No podemos entender los sentimientos de angustia y sufrimiento de otra persona, por muy esposo o esposa que sea. El dolor tiene siempre un componente individual, subjetivo, intransferible.

Las parejas deben aprender a respetar sus dolores mutuos y la manera de vivirlo y expresarlo, porque de otra manera, tendrán que enfrentar el gran problema de tener que vivir no sólo el duelo de la pérdida de un hijo, sino el desgarro de un conflicto matrimonial.

Sincronización del dolor

Los seres humanos somos personas complejas, contradictorias y difícilmente alguien actué igual que otra persona en situaciones tan dolorosas como la muerte de un hijo.

Es común que, tal como vimos, los padres vivan el dolor de manera diferente, pero también, es habitual que lo vivan en momentos distintos.

En el primer momento uno de ellos tiende a ser el fuerte y el que protege y consuela. Por lo tanto, no se da permiso a sí mismo para vivir el dolor con la misma intensidad que el otro, pero, a medida que pasa el tiempo. Uno de ellos comienza a sanar la herida y dar paso a la cicatriz, pero el otro, puede comenzar a revivir el hecho y expresar el dolor, como no lo hizo antes. Esta falta de sincronización a veces es causal de conflictos de pareja, porque el que está sanando no entiende que el otro esté en un momento distinto al que el otro está viviendo.

Por lo tanto, lo correcto es lo mismo que hemos dicho en el punto anterior, no juzgar, no interpretar, sólo acompañar y entender, que hay dolores que tenemos que vivir, y que nadie, por ninguna razón lo puede vivir por nosotros.

El culparse mutuamente

Por otro lado, es también común que muchas parejas caigan en situaciones de reproches y culpas, producto del dolor que sienten, y porque los seres humanos, siempre buscamos culpabilizar a otros de lo que nos pasa, y es siempre más sencillo culpar a quien está más cerca.

Es común en el contexto de la muerte de un hijo escuchar frases tales como “deberías haber hecho…”, “tendrías que haber…”, “por culpa tuya…”, “si hubieras sido…”, etc., frases todas dichas en el contexto de una situación dolorosa, lo que hace que las personas no piensen adecuadamente y se dejen llevar por el dolor más que por la razón. Cuestionar lo que el otro hizo o dejó de hacer, simplemente, no ayuda.

Ninguna persona equilibrada quiere la muerte de un hijo. Nadie en su sano juicio actúa de manera tal de provocar la muerte de un hijo, por lo tanto, dichas frases y actitudes de culpar al otro en vez de ayudar a superar la crisis, lo único que hacen es ahondarla.

Como señala de manera bella la periodista catalana Mercè Castro Puig:

La culpa, la que sea, es siempre un callejón sin salida, oscuro, en el que, irremediablemente, nos estrellamos. Como un parásito, se adueña de nuestra mente hasta que enfermamos. Con la culpa como compañera de viaje es imposible avanzar porque nos remite siempre al pasado. Somos humanos y eso no es un tópico es una realidad. Y los humanos ni tenemos superpoderes ni podemos evitar lo inevitable. Y son muchas las veces que nos equivocamos, dudamos, divagamos, incluso somos capaces de atrincheramos en la culpa sin ser responsables de nada… Los errores, sean ciertos o imaginarios, forman parte de nuestra condición, son inevitables, lo bueno, lo que nos acerca a la luz es reflexionar y perdonarnos tantas veces como sea necesario.
Alteración del deseo

Muchas parejas, en el contexto de la muerte, ven alteradas sus vidas de una manera dramática. Una de las facetas que a veces no se aborda y que se tiende a obviar como innecesaria es la vida sexual.

En este contexto ocurren dos fenómenos, en sí mismos complejos y desconcertantes. Algunas personas en el contexto del sufrimiento aumentan su apetencia sexual, lo que suele ser chocante para aquellos que les ocurre exactamente lo contrario.

Hay varones y mujeres que pierden el deseo sexual, en parte, porque se sienten culpables de sentir placer o buscar algún tipo de retribución sensual, en el contexto de la pérdida de un ser amado. Por eso, cuando algunos ven que su pareja, le sucede todo lo contrario, que busca precisamente la vida sexual como un medio de evasión o porque es su manera de olvidar por algún momento el dolor que está sintiendo, se sienten traicionados o culpables.

En el mismo contexto anterior. Cada persona vive su dolor de manera diferente y expresa sus apetencias también de forma distinta. Entenderlo, conversarlo, respetarlo, es primordial, para evitar conflictos y sufrimientos anexos al dolor que ya se está sintiendo.

Negación

La mente en su complejidad a veces inventa caminos para evadir el dolor, uno de los senderos más transitados por los dolientes que pierden a un hijo es la negación. No enfrentan el hecho ineludible de que el hijo ya no está. Por lo tanto, se centran tanto en el dolor, que caen en juegos de negación.

Hay personas que siguen preparando comida para el que partió, que hablan con el que no está, que se ocupan de tareas que el hijo que no está hacía, etc. Todo eso, de algún modo, es negar el hecho de que la muerte cuando viene es definitiva.

Olvidarse de ser pareja

El psiquiatra Carlos Bianchi, señala que:

Cuando la pareja es dramáticamente conmovida por la muerte de un hijo, es comprensible que cada uno de los padres esté sumergido en su propio dolor y que la relación de pareja no esté, en ese momento, en el primer lugar de sus preocupaciones.
Las parejas que se olvidan de ser pareja en medio de su dolor, no logran entender que cuando el funeral pase, cuando los pésames ya no estén, que cuando los amigos se marchen, cuando los familiares ya no estén, sólo se tendrán el uno al otro. Por lo tanto, es imperioso acompañarse y servir de apoyo uno al otro. Lo necesitarán para más adelante, cuando vengan momentos de desánimo, que son normales, pero que se viven mejor cuando la pareja está presente no sólo en cuerpo sino activamente.

Cuando el dolor se maneja de manera adecuada, puede ayudar a la pareja a afianzarse mutuamente. Cuando es lo contrario, se corre el peligro de llevar al cementerio no sólo al hijo, sino al matrimonio.

Asumirse como víctima

Muchas personas, actúan como si su dolor fuera más intenso que el de su pareja. Lamentablemente, por una cultura centrada en la madre, esto suele ocurrir con más frecuencia con mujeres que actúan como si ellas fueran las únicas que sufren o que su dolor fuera más importante, por ser madres.

Eso es absurdo, injusto y dolorosamente cruel con la pareja. Todo padre sufre el dolor de un hijo, y comparar el dolor, o actuar como víctima no ayuda, al contrario, daña y provoca dolores innecesarios en otros.

Lo que hay que entender y que en el dolor se olvida 

El dolor no se puede vivir solo

Cuesta entender, especialmente a varones, que el dolor no se debe vivir solo. Que es importante y sano, tener un hombro sobre el cual llorar. Carlos Bianchi dice:
El peor de los duelos es el duelo solitario.
Tiene toda la razón, porque un duelo solitario no sólo aísla más, sino que impide que el dolor de paso a la sanidad y la cicatriz.

Los seres humanos, por nuestra configuración mental y social, necesitamos de otros para sobrevivir los momentos difíciles. Por eso que aislarse en el dolor, sólo lo acrecienta.

Es preciso tener a alguien con quien llorar. Una persona que sea capaz de escuchar nuestras angustias, temores, rabias y frustraciones. Sin ayuda de otro, el dolor tiende a enquistarse y produce un daño grave en la vida del individuo.

No hacer un monumento al dolor

Una actitud cultural común, es construir monumentos al dolor. Quedarse estancado en el sufrimiento y no darse permiso a sí mismo para continuar viviendo. Muchos recurren a este artilugio mental por una “fidelidad” mal entendida al que ha partido.

Muchas personas no sólo ven alterada su vida con la muerte de un hijo, sino que detienen su existencia cuando eso ocurre. Actuar de ese modo, no ayuda en absoluto a nadie, al contrario, produce a la larga más pesar.

Por duro que suene, la vida continúa. Hacer del dolor un monumento, sólo contribuye a que la herida quede permanentemente abierta. Las heridas tiene que cerrarse y dejar el paso a la cicatriz, que siempre estará, pero ya no provocándonos el dolor desgarrador del primer momento.

Muchas personas al morir un hijo caen en un proceso destructivo porque al hacer un monumento de su dolor, caen en actitudes negativas como censurar la risa, las bromas y aún la actitud positiva de su cónyuge, considerando que no está “sufriendo lo suficiente”, olvidándose que la vida tiene que continuar y que quedarse estancado, sólo contribuye a mayor sufrimiento.

Entender que cada persona tiene un ritmo y una forma de vivir su dolor

Muchas parejas que pierden hijos se olvidan de construir nexos que no los destruyan. El dolor es tan grande que no aprender a respetar los ritmos y formas de vivir el dolor.

Es preciso ser cautos, en lo que se dice, y en la forma en que se valora lo que el otro siente, para no caer en excesos al juzgar o condenar a la pareja porque está viviendo su dolor de una determinada forma.

El dolor debe expresarse, no guardarse en el armario y cerrarlo con llave para no dejarlo fluir. Es preciso que los sentimientos de dolor se expresen “antes de que se conviertan en una amargura negra, en una roca tan pesada que nos impida volver a la vida”, como dice la periodista Mercè Castro Puig, quien sufrió la pérdida de un hijo.

Los hermanos que sobreviven

Muchos padres, ante la pérdida de un hijo, cometen el error de olvidar u obviar el dolor de los hermanos.

No sólo los padres pierden a un hijo. Los hijos que sobreviven pierden a un hermano, un amigo, un compañero o un confidente. Como lo expresa el poema de Guillermo González, titulado “Carta a un hermano que ya no está”:
Cómo puedo hablar contigo / Cómo puedo decirte lo que siento / Cómo el silencio de tu ausencia me duele / el silencio de tu dolor me hiere.
Cuando los padres se concentran tanto en su dolor y dejan de lado a sus hijos que quedan, entonces, a menudo provocan un daño tan grande, que se necesitan a veces décadas para sanar, no la pérdida de un hermano, sino la ausencia de los padres que en su dolor, olvidan ser padres de los que quedan.

Cuando el dolor no se maneja de manera adecuada los hijos que sobreviven comienzan a experimentar emociones contradictorias, como sentimientos de culpa por el dolor de sus padres y sentir que tal vez deberían haber muerto ellos y no sus hermanos. Sentimiento que es altamente destructivo y que no ayuda a superar el dolor de manera sana.

Los padres no deben aislarse en su dolor. No deben permitirse dejar a sus otros hijos lejos de sus vidas en esos momentos. Por último, si no saben manejar la situación, deberían pedir ayuda, para que sus hijos que sobreviven no experimenten sentimientos y emociones que simplemente los dañen más, por la pérdida de su hermano.

Las familias superan mejor el dolor cuando padres e hijos están juntos en el duelo y en el proceso de sanar la herida y dar paso a la cicatriz.

Escuchar con empatía, llorar juntos, y entender los ritmos de dolor distintos de cada persona, es lo que ayuda a que el proceso de sanar, sea más efectivo y constructivo.

Creer no implica dejar de sufrir 

Una reflexión aparte merecen los creyentes. Muchas personas religiosas optan por el peligroso camino de sentirse culpables porque sufren o de reprimir sus emociones porque supuestamente al tener esperanza no deberían sentir dolor.

Una cosa es creer, otra muy distinta es sufrir. Muchos olvidan que Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. Expresar dolor y sufrir, no implican no creer, sino simplemente revelan que las personas son humanas, y que no pueden dejar de sentir.

Creer no invalida el sufrir. Creer no es impedimento para llorar. Se puede llorar, y seguir creyendo que “Cristo es la resurrección y la vida”. Una cosa no quita la otra.

Llorar, expresar dolor, aún molestia, no significa que una persona renuncie a su fe. Es absolutamente normal y necesaria la expresión del dolor.

Cuando cristianos bien intencionados pero mal enfocados, pretenden que alguien que sufre la pérdida de un ser amado no exprese su dolor, no sólo actúan con crueldad, sino con falta de sentido común.

La no expresión del dolor, tarde o temprano provoca más problemas que beneficios.

La comunidad cristiana está para apoyar, acompañar, abrazar, ayudar, colaborar, no para juzgar ni convertirse en árbitros de los sentimientos de otros.

Sufrir no implica estar en camino de descreimiento, al contrario, es simplemente la constatación de que se es humano, ni más ni menos.

Superar el duelo 

Vivir el duelo es necesario, con todas sus etapas. Lo negativo es no superar el duelo. Quedarse en el dolor, vivirlo como si fuera la terminación de la vida. No hay un período cronológico establecido para el duelo, ponerle tiempo es absurdo, lo único sano es entender que el duelo es un proceso que debe vivirse, no hay otra forma de enfrentarlo que vivirlo. Debe vivirse al ritmo de cada uno. No se puede hacer una maratón con el dolor, cada persona debe caminar ese sendero al ritmo que su asimilación se lo permita.

Se sabe que el duelo se ha superado cuando la herida da paso a una cicatriz. Sabemos que existe, entendemos que está allí como un recuerdo de la pérdida, pero ya no nos causa el dolor desgarrador que nos causaba antes.

Se supera el duelo cuando estamos dispuestos a planificar la vida y a abrirnos a nuevas relaciones y vínculos, incluyendo la decisión de tener otro hijo, cuando es posible, o de ver la existencia con una mirada más positiva, cuando ya no se está en condiciones de emprender nuevamente el camino de la paternidad. Los hijos son insustituibles, ningún otro ser humano puede reemplazar al que ha partido, sin embargo, abrirnos a la vida, es en muchos sentidos, entender que la vida continua y no se detiene, que detenerse es morir estando vivos.

Me gusta pensar que la noche, por más negra, oscura o tétrica que pueda parecer, siempre da lugar al sol, que termina por mostrarnos un nuevo amanecer, con todas sus luces y sombras, pero una nueva oportunidad al fin.

Ganarle a la muerte, es mirar la vida y el nuevo día con esperanza. Entender que el dolor no puede destruirnos, que podemos emprender el camino de la existencia, cada día, con nuevas fuerzas y con el sentimiento de que no hay nada tan difícil que nos pueda destruir, si no queremos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 31 de enero de 2011

La noche avanza inexorable

¿Cuándo sabes que estás envejeciendo? Hay detalles que de pronto pasas por alto, pero están allí para recordarte que no eres de hierro, que tal como la noche sigue al día, la hora avanza inexorable sin que lo puedas evitar. El Superman que llevamos dentro algún día se llena de arrugas.

El día que mi hija me dijo, con su cara preciosa y con una sonrisa de oreja a oreja:

―Papi me voy a casar.

Ese día envejecí diez años, no porque me entristeciera, sino porque enseguida comprendí que después del matrimonio vendrían nietos que en algún momento me dirían:

―¡Abuelooooo! ¡Abuelitoooo!


Menos mal que mi hija ha tenido la decencia y la compasión de retardar ese momento, para darme la ilusión, al menos por un tiempo de que no estoy tan viejo.

El sábado salí a caminar, no mucho, algunos kilómetros, y como hago siempre, con entusiasmo, mirando los árboles, sintiendo el fluir del aire entre las ramas, oyendo la cadencia del río rozando las rocas y el piar de las aves. Fue una buena tarde, pensé que había hecho un buen intento, que había logrado bajar la montaña y luego retornar, y entero, y venía riéndome de mi mismo al pensar que debería haberlo pensado mejor al bajar por ese camino porque tenía que regresar y cuesta arriba. Pero llegué, feliz, sudoroso, con la frente en alto, sin jadear y creyéndome un victorioso, pero mi aspirante a nuera, Katy, me bajó a la cruda realidad con una sola pregunta:

―¿A dónde fueron a caminar?

E ingenuo y jactancioso respondí:

―¡Hasta la cueva que está bajo el puente!

―Uff, ¡ahí no más! Nosotros fuimos hasta la cima, río arriba, y luego bajamos por la ladera de la montaña, ¡llegamos con un hambre!... ―y siguió hablando mientras me reía para adentro diciéndome a mi mismo: ¿Pensar que yo creí que había hecho un gran camino? Allí envejecí otros cinco años…

La vida se va, inexorable, ¿qué nos queda? Pues, muchas cosas, algunas que no podemos discernir con claridad y otras que están frente a nuestros ojos sin que podamos evitarlo.

Soy de la generación que está viendo como sus profesores están muriendo, este año se fue un querido maestro que amé profundamente como mentor. Mis padres pronto partirán, ya mi madre compró su mausoleo y ha planificado varios de los detalles de su funeral, incluyendo su féretro, y no es que sea una mujer macabra, ni nada por el estilo, es práctica, y esa es la virtud que más he admirado de ella toda la vida. Creo que he adquirido al menos un porcentaje de su practicidad porque hoy le di detalles a mi hijo de cómo quería que me trataran cuando me muera: Quiero que me incineren y que mis cenizas las echen al mar, me quedó mirando como diciendo:

―¡Estarás muerto! ¿Qué sabes qué haremos?

Como adiviné lo que pensaba le dije:

―Dejaré un testamento legal para que alguien lo haga ―y nos pusimos a reír.

Edgardo, un viejo amigo, a quien quiero mucho, mi mejor compañero de colportaje, condiscípulo, con el que discutí durante dos veranos, pero a quien llegué a apreciar como mi hermano, está enfermo, grave, con una enfermedad de la cual no hay garantías. Nos separan miles de kilómetros, yo en México y él en el Sanatorio Alemán de Concepción, Chile, cuando supe del lugar en dónde está, pensé: ¡Qué ironía! Siempre he relacionado ese hospital con una de las cosas más bellas que me ha ocurrido en la vida, aparte de la llegada de Mery Alin, mi hija amada, que es el nacimiento de Alexis Joel, otro de los regalos del cielo para mi vida, hace 21 años, en ese mismo establecimiento. Si Edgardo parte, ese lugar ya no tendrá para mí el mismo sentido, lo asociaré a la vida y a la despedida, porque la muerte para los creyentes es sólo eso, un ¡hasta luego!, ¡nos vemos pronto! Pensando en Edgardo, envejecí otros cinco años…

Mis amigos están enfermando… y envejeciendo. Como me dio tanta nostalgia pensar en Edgardo me puse a hacer zapping en Facebook, ¡si!, ¡para eso sirve también!, ocupé dos horas, desde las cuatro de la mañana, para ir de amigo en amigo, pero concentrándome en sus hijos. Supe que Michael, el hijo de un amigo que lleva mi nombre, ya es todo un hombre, que otro, ya es gerente de una empresa, que el hijo de una exnovia es estudiante de medicina, encontré a ex amigos, a ex compañeros de colegio, a ex vecinos, a ex ex ex ex… Recordando, mirando, añorando, envejecí otros cinco años… y sentí el tic tac de mi reloj… aunque es de cuarzo y su sonido no lo percibe nadie.

Cuando iba conduciendo mi vehículo cuesta arriba, por las hermosas montañas de Chiapas, llenas de árboles, de pinos centenarios y conversando con mi hijo, pensé: ¿Qué puede ser más hermoso que viajar acompañado de alguien que amas y a quien le gusta tu compañía? ¿Qué conversación maravillosa? Escuchar sus sueños, observar sus ojos radiantes, llenos de la luz que da la esperanza. Hablamos del amor, de la tristeza, de la soledad, del matrimonio que está programando, de las aventuras que da la existencia, de la alegría que da saber que la vida avanza… y llegamos a casa, tres horas después… pero que parecieron apenas unos momentos, y ¿saben qué? ¡De pronto renací!... recuperé los años que perdí en estos días, porque la esperanza hace que la vida continúe, hasta el último segundo y aunque mis huesos cansados me dicen que ya no estoy para ir a la cima de la montaña, de todos modos, mi corazón continúa latiendo y sólo escuchar a un joven de 21 años soñar, me hizo mirar la vida desde otra perspectiva.

Edgardo, querido amigo, tu sufrimiento es mi dolor, pero la vida continua, los hijos llevan la antorcha, los sueños no mueren… alguien por ahí sabe que eres su padre, que has sido esposo, amante, amigo, compañero, guía... que no importa lo que ocurra, mientras alguien nos recuerde, la vida sigue. Por último, nuestras obras nos sobrevivirán y continuaremos vivos en la memoria de otro.

Son las 23.30 de la noche, mi día comenzó a las cuatro de la mañana, pero ¿saben?, tengo en mis ojos el brillo de la esperanza, y eso es más importante que cualquier otra cosa. Confío en estar lo suficientemente vivo para algún día mirar la puesta de sol frente al mar y sentir el arrullo de las olas mientras sorbo a sorbo bebo el amor, el cariño, la complicidad de una buena conversación, y la sensación de que la vida no acaba sino hasta el último segundo, y hasta que llegue ese momento, hay que celebrarlo a fondo. ¡Viva la vida! ¡Vida que vive hasta el último momento! Porque tal como decía un viejo y querido panadero: Se acaba hasta cuando se acaba.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 26 de abril de 2010

La vida sigue igual

El domingo iba a ser un día especial, me dirigí al centro de la ciudad de Melbourne, en el estado de Victoria, con dos amigos para participar por primera vez en mi vida, de la principal fiesta nacional de Australia, ANZAC Day (Australian and New Zealand Army Corps). El día en que Australia y Nueva Zelanda recuerdan su participación conjunta en diversas conflagraciones mundiales, rememoran a los caídos en batalla y dan homenaje a los que participaron.

Es una fiesta nacional. Comienza con un memorial que se realiza al despuntar el día en todas las ciudades de Australia. Se hacen recuerdos frente a fogatas y hay muchas palabras de circunstancia. Es un momento de recogimiento y también de dolor para quienes han perdido a algún ser querido.


Luego, se realizan homenajes, inauguraciones y el momento especial, en todos los rincones del país, es el desfile de los veteranos que aún permanecen vivos y el homenaje de hijos o familiares que desfilan en honor de los que ya han partido, muchos de ellos con fotografías en sus manos. Pasan muchos ancianos acompañados de jóvenes y todos lucen orgullosos las medallas que han obtenido. Todo se hace al estilo australiano, con orden, puntualidad y buen gusto. No hay nada que esté fuera de lugar, todo se hace con regularidad flemática, propia de la herencia inglesa de este pueblo tan especial.

Marchan los escuadrones ordenados por los años de servicio, desde los más antiguos hasta los más cercanos. Son acompañados por bandas militares o de estudiantes de secundaria, algunas tradicionales y otras con gaitas. Todo es un ambiente de fiesta y jolgorio. La gente aplaude mientras pasan los antiguos soldados vestidos con los uniformes que usaron antaño, muchos de ellos en sillas de ruedas.

Entre medio de los grupos de escuadrones que marchan con banderas y pabellones que señalan el año en que participaron, la rama militar a la que pertenecieron, el nombre de los países donde participaron, pasan también vehículos de la época. Autos, camionetas y camiones.

Estamos viendo a uno de esos grupos, a un contingente de ancianos que marchan gallardos, todos vestidos con sacos azules y pantalones plomos, van marchando en silencio y sonriendo tranquilos mientras la multitud los aplaude. Están frente a nosotros, a tan sólo unos tres o cuatro pasos, cuando de pronto el camión que viene detrás de ellos, un viejo vehículo de la segunda guerra mundial cargado de los más ancianos que no pueden caminar se precipita a toda velocidad en contra del grupo de ancianos que marchan. La gente comienza a gritar. La chica que está a mi lado grita de tal modo que me estremece. Son apenas unos segundos, el camión se detiene contra una reja de fierro. En el camino quedan una veintena de ancianos. Vemos al camión arrastrar a unos y aplastar a otros.

 Todo se paraliza. Por un instante es como si no estuviera ocurriendo. De pronto comienzan a correr personas de todos lados. Unos jóvenes que están a mi lado saltan la valla para ayudar. Junto a dos personas más corremos las vallas que están frente a nosotros para que avancen un grupo de paramédicos que están a nuestras espaldas en una ambulancia y vienen corriendo. Llegan dos policías. Comienzan a gritar pidiendo médicos o enfermeras en la multitud. En minutos hay una gran cantidad de gente atendiendo a los ancianos. En cuestión de minutos han llegado cinco a seis ambulancias y un montón de policías, enfermeros, gente de primeros auxilios, paramédicos, y médicos y enfermeras que comienzan a prestar su ayuda mientras llega más socorro.

Siguiendo el espíritu australiano no hay estridencias ni alarmas innecesarias. Algunos militares y boyscouts organizaron a la gente que está mirando, les piden cortésmente que se alejen o simplemente se retiren. Nadie dice nada. Mucha gente llora al ver la tragedia. Mientras los paramédicos y la gente encargada hacen su trabajo me quedo mirando a un grupo que está frente al camión. Me acerco un poco y allí veo al anciano que conducía el camión y que minutos antes lo he visto descender de la cabina del mismo. Está llorando y en estado de schock. Una mujer policía le hace algunas preguntas mientras él mueve la cabeza sin entender. Varios le toman las manos, le dan palmadas en la espalda para reconfortarlo, pero él no se conforma, llora amargamente mientras apunta alguna incoherencia en dirección al camión.

Llegan los medios de comunicación y con un respeto que me deja asombrado no irrumpen en la escena, se dedican a filmar desde lejos mientras algunos periodistas intentan entrevistar a algún testigo. Hay un gran silencio mientras la policía da órdenes y algunos médicos piden implementos a los paramédicos.

En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, la fiesta se ha convertido en tragedia. Mis amigos y yo nos hemos quedado como todos, mudos, en silencio, paralizados, sin atrevernos a decir nada. Estamos ensimismados. Por mi mente pasan miles de pensamientos. Me acuerdo de mis seres queridos, pienso en la fragilidad de la vida, no puedo evitar el nudo que siento en la garganta. Se me han llenado los ojos de lágrimas de manera involuntaria. Pienso en las familias de esos ancianos que yacen boca abajo, mientras los médicos intentan reanimarlos. Se me viene a la mente la alegría que hace unos instantes tenían en sus labios y ahora, veo a quienes han sobrevivido que miran a cierta distancia apoyándose unos a otros, con los rostros demacrados, algunos lloran, otros miran impotentes a sus amigos que yacen en el suelo. Sobrevivieron a una guerra, ahora luchan por la vida en tiempos de paz.

La policía nos invita a retirarnos para dejar pasar a las ambulancias que deben partir a los hospitales. Nos extraña que no suban a los ancianos a las camillas enseguida. Se dan el trabajo de hacer las cosas bien, de inmovilizarlos, de darles los auxilios adecuados, de vendarles, y de darles la mayor seguridad posible.

Estamos parados frente a la Galería Nacional de Arte de Victoria, el segundo lugar al que iríamos después del desfile. Hacia allá nos dirigimos. Hay una exposición original de retratos de grandes artistas Picasso, Munch, Rubens, etc. Me encanta el arte, la pintura y la creatividad, pero no puedo disfrutar. Camino por aquellos pasillos como sonámbulo. No puedo sacar de mi mente la imagen que acabo de ver. Vienen los gritos de la jovencita que estaba a mi lado una y otra vez, y el cuadro del camión pasando por encima de los ancianos se repite vez tras vez. Mis compañeros viven algo similar. No estamos mucho rato en aquel museo, donde pensábamos estar el resto del día.

Luego caminamos y entramos a una galería comercial y vemos a una gran cantidad de personas en los bares y restaurantes de pie y en silencio. Nos acercamos y observamos el inicio de un juego de futbol australiano en la televisión y se está haciendo un minuto de silencio, no sólo por los caídos en tantos años, sino por los ancianos que seguramente en ese momento están en algún hospital. Un militar, también anciano, está tocando la trompeta con el llamado a silencio.

Sin embargo, a medida que camino, otro espectáculo comienza a aflorar. Cientos de personas que caminan riéndose, padres con sus hijos, amigos, grupos de turistas extranjeros, nos acercamos a una feria que vende arte y está llena de gente que compra, que ríe, vemos a algunos acróbatas y artistas callejeros, y luego al llegar al lugar de los restaurantes miles de personas comiendo animadamente, de pronto, tengo otro espíritu y la imagen de la tragedia que me atormenta cede a otro sentimiento y en ese momento, sin poder evitarlo, me acuerdo de la canción de Julio Iglesias, “La vida sigue igual”. La busco en mi Ipod, que me acompaña para todos lados, a ver si la tengo y allí está. Comienzo a escucharla y de pronto su letra adquiere otro significado. El resto del día la canción me acompaña, aunque ya no la escuche, su letra me viene una y otra vez a la mente. “La vida sigue igual”… aunque unos sufran y otros lloren, el show tiene que continuar como dicen en el teatro y en el circo.

Estoy con pena. Pienso en la fragilidad de la vida y en la fuerza que adquieren las palabras en medio de una tragedia.

La canción fue grabada por Julio Iglesias el año 1968 y dice:

"Unos que nacen otros morirán
Unos que ríen otros lloran
Agua sin cauce rio sin mar
Penas y glorias, guerras y paz

Siempre hay por qué vivir
Por qué luchar
Siempre hay por quien sufrir
Y a quien amar

Al final las obras quedan
Las gentes se van
Otros que vienen las continuarán
La vida sigue igual

Pocos amigos que son de verdad
Cuantos te halagan si triunfando estás
Y si fracasas bien comprenderás
Los buenos quedan los demás se van

Siempre hay por qué vivir
Por qué luchar
Siempre hay por quien sufrir
Y a quien amar

Al final las obras quedan
Las gentes se van
Otros que vienen las continuarán
La vida sigue igual".

Al otro día, en la mañana salgo a caminar y correr como hago todas las mañanas. Voy con el Ipod, mi eterno acompañante, y escucho una vez más la canción. Sin embargo, entra a mi mente una frase que el día de ayer en medio de la tragedia no le he prestado atención: “Siempre hay por qué vivir, por qué luchar”. Eso me reanima. Saludo a todos los caminantes que están a esa hora alrededor de la laguna donde suelo hacer mis ejercicios. Decido que el día tiene que tener otro sabor, que no hay nada que pueda hacer respecto a los ancianos, pero si puedo, elegir la actitud que debo tomar.

Luego de la caminata me invitan a visitar la costa. Hacia allá nos vamos. Al subir al auto, otra cosa comienza a suceder. Entro escuchando la misma canción que se ha convertido en obsesión. Al lado del conductor del moderno Toyota deportivo en el que vamos a ir hay instalado un visor de videos. El chofer pone el concierto Vivere: Live en Tuscany de Andrea Bocelli, nos vamos escuchando y viendo, mientras dura el viaje de una hora y media hasta el lugar donde vamos. Siento con fuerza las palabras de la canción que vuelven a adquirir otro significado, diferente a la pena que siento: “Siempre hay por qué vivir, por qué luchar”. Me relajo, escucho la música, disfruto con los amigos de Bocelli que han venido a acompañarlo para participar junto al él en el concierto, disfruto especialmente la música de Kenny G, Sara Brighman, Laura Pausini y el pianista chino Lang Lang.  Es un canto a la vida. La música es nuestro cable a tierra. La manera de celebrar la alegría de vivir.

En ese momento reafirmo mirar las cosas de otra forma. Quiero disfrutar el día. Quiero sentir que la vida tiene otro sabor.

Paseamos por la playa, hundo mis pies en la arena, disfruto del paisaje majestuoso del mar que roza la costa. Me encanta ver las casas a la orilla, con cierta envidia y con alegría por sus diversas tonalidades y formas. Todo exquisitamente adornado. En varias ocasiones pienso en los ancianos y sus familias, en cómo estarán. Mi compañero toma su Iphone y busca en un diario las noticias y allí nos enteramos que finalmente siete de ellos han quedado internados en el hospital, cinco fuera de peligro y dos con graves secuelas esperando su recuperación en cuidados intensivos.

Al mediodía me invitan a un restaurant italiano, pido un plato de spaggettis vegetarianos, disfruto lentamente la comida y la alegría de quienes están a nuestro lado. Es un día feriado, un día de fiesta y de compartir con la familia. Pienso en los míos, tan lejos y a la vez tan cerca con el teléfono e Internet.

Al regresar me espera una pareja quienes me han pedido consejería. Los escucho en silencio y sus aflicciones me parecen tan pequeñas comparadas con el dolor de quienes en ese momento están postrados en el hospital, pero así es siempre, lo que a uno le parece una nimiedad para otro es el universo entero.

A la hora de la cena vemos las noticias en la televisión. El accidente es la noticia del día. Periodistas detallan desde distintos ángulos lo que ha pasado. Entrevistan a sobrevivientes, a testigos y a dos ancianos que están hospitalizados y que están en condiciones de hablar. Uno de ellos se emociona hasta las lágrimas. Sale el tema de Dios y les digo a mis anfitriones que Dios no tiene nada que ver en el asunto. Dios no mata ni provoca accidentes. Dios no se complace con el sufrimiento ni lo provoca. Esa teología es no sólo falsa, sino cruel. Ellos me escuchan en silencio, hacen preguntas, dialogamos, al final parecen entender. Me quedo pensando si realmente han entendido, porque la fuerza de la tradición es tan grande que preferimos culpar a Dios de todo, eximiéndonos de responsabilidad, eso siempre resulta más fácil.

Cuando terminamos vuelvo a mi habitación y escucho por última vez en el día el canto: “La vida sigue igual”. Me acuesto pensando que en realidad, nunca la vida sigue igual, que yo no soy el mismo de ayer, que he aprendido lecciones profundas, y que las imágenes que he visto difícilmente se van a borrar de mi mente. No Julio, “la vida no sigue igual”, el cambio es nuestro compañero más férreo. Siempre algo sucede que nos saca de nuestra habitual conformidad. Con ese pensamiento me duermo. Mañana será otro día.

sábado, 2 de mayo de 2009

Saludo a la muerte

Una amiga está muriendo. Y no puedo dejar de pensar en que la muerte nos ronda a cada instante.

La semana pasada dije unas palabras de aliento en el funeral de un gran amigo, nos conocimos poco, hablamos mucho. Era como mi abuelo. Un hombre pequeño de estatura pero grande de corazón. Llegué a amarlo como se ama a alguien que se ha tenido siempre. El Dr. Eleodoro Rodriguez, el "viejito", como lo llamaba cariñosamente, partió. Ya no está. Ayer vi a su viuda caminando sola, algo dificil de entender para quienes los vimos siempre juntos. Sentí un gran pesar sólo al verla, pero también me embargó una gran alegría. Por un momento palpé la contradicción de la vida. Tristeza por la partida. Alegría por el ejemplo y la osadía de mantenerse tantos años como matrimonio.

No nos recuperábamos aún del impacto de esa muerte, cuando supimos que en un accidente había muerto otro amigo, el Dr. Enrique Traiyer, en Europa, mientras conducía en dirección a un evento religioso-académico.



Anoche supe que una amiga nos está dejando. El cáncer carcome su cuerpo. Lo que pensé es que no tuve la oportunidad de despedirme ni de Eleodoro ni de Enrique. Lamento tener que despedir a los amigos en el cementerio. Quisiera haberme despedido de ellos en una fiesta, mientras tenían la oportunidad de escuchar cuan importantes eran para nosotros.

Ojalá cambiáramos nuestra actitud y comenzáramos a celebrar las bondades de los vivos, mientras los tenemos, y no decir esas palabras elocuentes, llenas de sentimiento y emoción que decimos frente a un féretro silente, cuando ya los que amamos no nos pueden escuchar.

Desde aquí, te saludo muerte, pero por sobre todo, le doy loas a la vida, y a la existencia de los amigos que hemos amado. Quisiera que dijéramos a nuestros amigos cuán importantes son para nosotros, ahora, cuando nos pueden escuchar, cuando pueden sentir nuestro aliento y nuestras palabras.

En el cementerio, nuestras palabras llegan tarde.

Flores para los vivos, no para los muertos.