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jueves, 14 de julio de 2011

Restauración

Dr. Miguel Ángel Núñez

Cada vez me planteo más si creemos en la redención, la gracia y el perdón, especialmente con el que se equivoca. En muchas ocasiones tratamos al que yerra como un paria que no tiene derecho a una segunda oportunidad, como si aquellos que no han vivido la experiencia del error fueran jueces y justicieros.

Al leer el libro de los periodistas Fred Cornforth y Tim Lale, Diez que se fueron[1] que narra la historia de personas que estuvieron en la iglesia y que por diversas razones se fueron, lo que queda es un sabor amargo. Por ejemplo:


  • Lindsey, tiene 30 años, dejó la iglesia en el año 1978: El periodista le pregunta: “¿La visitó alguien de la iglesia cuando usted dejó de asistir a ella? –No” (p. 22). Sin palabras. 
  • James, de 30 años también, abandonó la iglesia en 1987: La pregunta es¿Qué hechos lo llevaron a abandonar la iglesia?: Él cuenta: “mi matrimonio terminó en un divorcio […] Cuando las cosas comenzaron a andar mal en casa acudí a la iglesia en busca de ayuda, pero no encontré allí ninguna estrategia de asistencia para matrimonios en crisis. Mi único y gran reproche a la iglesia fue mi clamor desesperado en procura de ayuda. Un clamor que nadie respondió. Nadie me visitó. Nadie me llamó. […] En la iglesia, nadie preguntó qué necesitábamos. Sólo les interesaba saber si era culpa mía o de mi esposa” (p. 31). Siempre el tema de la culpa está presente, como si nos interesáramos más en saber a quién apedrear que a quién redimir. 
  • Jackie, de 20 años, dejó la iglesia en 1991: Fuma desde el momento de más compromiso con la iglesia. Vivió un profundo estado de depresión. Ante una pregunta del periodista responde: “si volviera a la iglesia en estas condiciones viviría constantemente con el temor de ser descubierta y rechazada. Me llena de zozobra pensar que si los hermanos me descubren borrarán mi nombre de los registros de la iglesia. Una vez vi cómo borraban a un muchacho. Lo trataron tan duramente. No quiero que eso ocurra conmigo” (p. 40). Y a eso le llaman falsamente “disciplina eclesiástica”, yo le llamo “terrorismo Jomeini. 
  • Ellen, de 20 años, dejó la iglesia en 1989: “Quienes a lo largo de mi vida me hicieron sentir el deseo de llevar una vida espiritual y de tener una relación personal con Dios no fueron personas que me predicaron ni me juzgaron, sino gente que me demostró amor y preocupación, y esas cosas resultaron visibles en sus vidas” (p. 106). Gracias a Dios, muestra el camino verdadero de quienes entienden que la gracia es superior a la ley, siempre. 
El sentido de la restauración

La restauración de alguien que ha cometido un error es tan necesaria como el buscar la salvación para que el que no cree. Confundir esta premisa es no entender el sentido de la salvación.

Aunque la caída de una persona y el abandono de la fe parece ser un hecho puntual, la realidad es que es un proceso complejo en cada persona. Del mismo modo la restauración de quien cae es un asunto complicado y le compete a toda la iglesia participar. No se trata de condena, sino de gracia.

Un consejo paulino

Pablo se estableció en Galacia mientras se restablecía de una dolencia. Mientras estuvo en ese lugar les enseñó a los nuevos conversos el evangelio y los dejó regocijándose de la nueva fe que habían aprendido. Tras su partida, una secta de cristianos judíos proveniente de Jerusalén infiltró a la iglesia de Galacia.

A consecuencia de esta influencia sus miembros adoptaron una actitud intolerante en relación a quienes no estaban viviendo a la altura de las normas que ellos pretendían. La iglesia se dividió y ambos bandos comenzaron a criticarse y condenar abiertamente.[2]

El consejo paulino supone que es imposible evitar que una persona una vez que conoció a Cristo cometa pecado. A veces creemos que la conversión nos deja inmunes al pecado. Pocas veces entendemos que la santificación es un proceso que lleva toda la vida.

En muchas ocasiones, nos encontramos con un problema de tolerancia. Somos más flexibles con alguien que no es del pueblo de Dios. Pero las buenas personas también resbalan. Olvidarlo es peligroso, no sólo para la comunión de la iglesia, sino para la ayuda que se puede dar al que necesita de la gracia.

El pecado

El consejo paulino comienza diciendo: “hermanos, si alguien es sorprendido en pecado” (Gál. 6:1). La versión de Serafín de Ausejo de 1975 traduce “desliz moral”.

La expresión griega para “sorprendido” es “prolemthe” y viene de "prolambano”, en su forma pasiva sugiere que alguien a sido “sobrepasado por una situación” o “entrampado” por algo.[3]

Olvidamos que el pecado es como una telaraña y que es una trampa. Precisamente ese sentido no solemos darle. No todo pecador es un hipócrita empedernido y engañador. Puede que sus intenciones hayan sido buenas, pero, el pecado lo superó.

La palabra que utiliza Pablo para “pecado” en este versículo es "paraptomati" que viene de “paráptóma” que hace referencia a un “resbalón” que podría dar cualquiera.[4]

El deber de la restauración

A continuación Pablo agrega: “Ustedes que son espirituales deben restaurarlo” (Gál. 6:1). Algunos sugieren que en la expresión “espirituales” Pablo está siendo irónico,[5] y sarcástico[6] y es posible considerando las personas a las que se dirigía.


Otro autor sugiere que el título “espirituales” era autoasignado[7] por un grupo de hermanos de Galacia, de allí la ironía de Pablo.

Lo real es que el sentido de “espirituales” está ligado a Ga. 5:18 los que “son guiados por el Espíritu”. Ser espiritual no es llamarse a sí mismo “espiritual” sino tener una relación estrecha con Jesús lo cual implica estar llenos de los dones del Espíritu.

Por esa razón, la reacción apropiada de una persona “espiritual” con un pecador, es ofrecerle la restauración. Sin embargo, es necesario entender que la restauración es un proceso.

La palabra “restauración” viene del griego “katartizo” y la palabra hace hincapié no en el castigo sino en la cura. La expresión era utilizada por los médicos en tiempos de Pablo para referirse “al entablillamiento de una articulación o un hueso dislocados”.[8] Eso implica que restaurar es recomponer, no maltratar. Es el sentido que la Biblia presenta con la misma expresión en: Mt 4:21 y Mr 1:19 “reparación de redes”; Heb 13:21 “capacitación” (NVI);[9] 1 Cor 1:10 “recuperar la armonía”.


Pablo no está diciendo que está de acuerdo con el pecado, pero cree en la necesidad de cubrir con el evangelio al pecador. El que cae necesita ayuda para salir del pozo. Cuando más es necesario aplicar la regla de oro es cuando alguien ha caído.

Elena de White señala: “Con frecuencia hay que decir claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su error para que se reforme. Pero no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos justificarnos. Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina sensibilidad. Lo único que puede valernos en esto es el amor que fluye del que sufrió en el Calvario”.[10]

Tendemos a evaluar a las personas por sus peores momentos. De hecho, cuando nos acordamos de alguien a menudo vienen a nuestra mente los errores antes que las victorias. Ralph Waldo Emerson escribió alguna vez: “cada persona tiene el derecho de ser evaluada por sus mejores momentos”.

La actitud del restaurador

Pablo es taxativo al señalar cuál debe ser la actitud del que restaura: “con una actitud humilde” (Gál. 6:1). Sin duda la “humildad” es fruto de la acción del Espíritu Santo (Gál. 5:23).

Muchos cristianos, que honestamente están intentando vivir una vida cristiana a la altura de los ideales de Cristo tienden a juzgar duramente los errores de los demás. A los cristianos —en general— nos cuesta más lidiar con el pecador que con el pecado. A veces, la justicia reemplaza a la misericordia, lo cual nunca debería ser.

Cuando leí la historia de Donna Long no pude dejar de sentirme triste, ella cuenta, literalmente: “Mi padre, mi madre, mi hermana y yo asistimos a fines de la década del 70 a un Seminario de Revelaciones del Apocalipsis que un evangelista estaba dictando en nuestra ciudad. Mis padres y mi hermana aceptaron al Señor y desearon ser bautizados. Yo todavía no había llegado a conocer al Señor, pero la presión de mi familia y de la iglesia por bautizar una familia entera hizo que yo consintiera en dar ese paso.

Después de nuestro bautismo como familia, caímos en una rutina consistente en asistir a la iglesia alternando con algunas ausencias de tanto en tanto. No hace falta decir que nuestra vida y nuestras prácticas no siempre estaban en armonía con las normas de la iglesia. Durante uno de los períodos en los que no asistíamos a la iglesia, los ancianos de la iglesia vinieron a visitarnos. Me di cuenta de que algo andaba mal cuando rehusaron tomar asiento o aceptar cualquier hospitalidad. Dijeron que venían de parte de la junta de la iglesia.

Dijeron que la junta de la iglesia había votado nuestra exclusión de la lista de miembros pues nuestra asistencia irregular y otras actividades que no representaban correctamente las normas de la iglesia eran una mala influencia para otros miembros de la iglesia. Dijeron que dábamos a la comunidad una mala impresión acerca de la Iglesia Adventista. Dijeron que existía la posibilidad de que fuéramos aceptados nuevamente como miembros de la iglesia si cambiábamos completamente y llegábamos a ser mejores cristianos.

Nunca olvidaré ese día ni la intensidad de mis pensamientos y sentimientos. Podía sentir el calor de las lágrimas que brotaban de mis ojos. Corrí a mi habitación reprimiendo aquellas lágrimas. Aquellos hombres representaban a Dios para mí; eran la voz de Dios. Puesto que ellos me rechazaron, Dios también me había rechazado sin duda. Dirigí mi ira hacia Dios, y todavía recuerdo el dolor que experimenté cuando le di la espalda”.[11]

¿Cuándo recibimos esa ordenanza? ¿Quiénes somos para maltratar a otros? ¿Quién le ha dado autoridad a algunos para hacer sentir mal a quienes deberían estar recibiendo un bálsamo de misericordia, especialmente si se equivocan?

Una advertencia

Para quienes tenían en Galacia una actitud poco humilde y tendían a juzgar Pablo les escribió: “Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado” (Gál. 6:1).

En muchas ocasiones nos olvidamos que no debemos juzgar, no sabemos qué nos va a ocurrir en el futuro. Es muy fácil olvidar que también podemos equivocarnos. Todos somos vulnerables.

Algunos son muy duros con los errores de otros, y por eso, no logran entender la actitud de algunos cuando son ellos los que se equivocan. Erwin Gane dice: “Las personas que han caído en pecado están sujetas muy a menudo a ser marginadas socialmente, condenadas a recibir cartas ofensivas, críticas acerbas y a la ley del desprecio”.[12] ¿Dónde está el Señor en esa actitud? ¿Quiénes somos para juzgar?

Si hubiésemos tratado a Pedro o María Magdalena de la forma en que se trata a muchos que yerran probablemente tendríamos otra historia de sus vidas.

El camino correcto

Pablo agrega: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo” (Gál. 6:2). Lo que el apóstol está señalando sin lugar a dudas es que el deber de todo cristiano es ayudar a quien lo necesita. La “ley de Cristo” es sinónimo de compasión por los demás. Cuando alguien cae la misión del cristiano comprometido con el evangelio es ayudarlo a levantarse, no hundirlo más.

Como señala Elena de White: “Si Cristo es en nosotros ‘la esperanza de gloria’, no nos sentiremos inclinados a observar a los demás para revelar sus errores. En vez de procurar acusarlos y condenarlos, nuestro objeto será ayudarlos, beneficiarlos y salvarlos”.[13]

El camino de la presunción

Pablo conoce muy bien a quienes pretenden ser lo que no son, por eso les dice, “si alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo” (Gál. 6:3)

El autoengaño es el peor de los engaños. Pablo señala de una forma irónica el orgullo: “El que cree ser algo”. El mayor autoengaño es no entender quiénes somos. Dios no puede hacer nada por nosotros a menos que sintamos necesidad de su poder. La tendencia legalista es considerarse superior a otro. Como señala Marvin Moore: “el legalismo es una manifestación de la naturaleza pecaminosa, tanto como la glotonería, la ebriedad y la inmoralidad sexual”.[14]

El llamado al auto examen

Por esa razón Pablo llama a que “cada cual examine su propia conducta; y si tiene algo que presumir, que no se compare con nadie” (Gál. 6:4). El hecho es que la comparación siempre es subjetiva y proclive de error. Otras versiones en vez de “presumir”, traducen “vanagloriarse”.

Es la receta de Pablo para evitar que cometamos el error de tratar mal al que se equivoca: No compararnos con otros.

Hay una sencilla verdad que olvidamos: “Ninguna vida es igual a otra. Nadie vive los mismos problemas”. Como dijo alguien: “Nadie tiene derecho a juzgar a otra, a menos que camine diez leguas en sus zapatos”. Siempre que nos comparamos con otros a menudo emitimos un juicio distorsionado.

Hace algún tiempo conversé con un joven desfraternizado de la iglesia, al verlo tan desanimado le dije:

—Jesús te perdona —y él me respondió aún con más tristeza.

—Si eso lo sé, lo que me duele es que mis hermanos no me perdonen.

Hacerse cargo de sí mismo

Pablo, acertadamente concluye diciendo “que cada uno cargue con su propia responsabilidad” (Gál. 6:5). Cada uno tiene su propia responsabilidad consigo mismo y eso ya es suficiente. Hay tareas que son nuestras y de nadie más. Una de esas es la responsabilidad de enfrentar nuestros propios errores. Al convertirnos en jueces de otros perdemos la capacidad de ver nuestros propios yerros. Al no ver en qué nos convertimos terminamos siendo vulnerables a la posibilidad de caer.

Tenemos que aprender no sólo a no juzgar, sino a perdonar olvidando. Porque el problema con el perdón, es que tendemos a no olvidar. Me gusta lo que leí de la autora holandesa Corrie Ted Boom, Dios tira nuestros pecados al fondo del mar y pone un letrero que dice: “Prohibido pescar”.

La lección final

La iglesia nunca debería dar la impresión de ser una sociedad religiosa donde importen más las normas que las personas. Cuando las normas están por sobre las personas, entonces, la iglesia se anula a sí misma. Pierde su razón de ser, se convierte en una agencia de juzgadores y justicieros y pierde su razón de ser.

El mayor tesoro de la iglesia son las personas. Dios les concede tanto valor que Cristo murió por cada una de ellas. La sangre de Cristo es expiatoria. La labor de la iglesia es regar esa sangre expiatoria, nunca suprimirla en aras de juicios. La actitud puede más que la doctrina. Con las actitudes en muchas ocasiones se anulan las doctrinas. Como alguien dijera: “Tu forma de ser habla tan fuerte que no me permite ver lo que me quieres decir”.

Quisiera ver entre los cristianos con los que me relaciono más amor y compasión, que juicios y condenas, a veces, pierdo la esperanza que así sea.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin autorización del autor.


Referencias


[1] Fred Cornforth y Tim Lale, Diez que se fueron: La historia de diezpersonas que dejaron la iglesia y por qué lo hicieron (trad. Hugo Cotro;Buenos Aires: ACES, 2001).
[2] Marvin Moore, Evangelio versus legalismo: Cómo enfrentar la influencia insidiosa dellegalismo (Buenos Aires: ACES, 1994), 223.
[3] Richard N. Longenecker, Galatians (WBC; vol. 41; eds. David A. Hubbard y Glenn W. Barker;Dallas: Word Books, 1990), 272.
[4] William Barclay, Gálatas yEfesios (trad. Alberto Araujo; Barcelona: Editorial Clie, 1998), 78.
[5] Longenecker,Galatians,273.
[6] Raymond T. Stamm, “The Epistle tothe Galatians: Introduction and Exegesis”, TheInterpreter Bible (ed., George Arthur Buttrick; 12 vols.; New York:Abingdon Press, 1953), 10:574.
[7] C. K. Barrett, Freedom and Obligation: A Study of the Epistle to the Galatians,(Philadelphia: Westminster Press, 1985), 79.
[8] “Gálatas 6:1 – Restauradle”, ComentarioBíblico Adventista (ed. Francis Nichol; trad. Victor Ampuero Matta; 7vols.; Boise: Publicaciones Interamericanas, 1988), 6:983.
[9] Nueva Versión Internacional. Santa Biblia (Miami: SociedadBíblica Internacional, 1999).
[10] Elena de White, Deseado detodas las gentes (Buenos Aires: ACES, 1987), 408.
[11] Donna Long, Adventist Review Mayo 14, 1992, 11.
[12] Erwin Gane, Gálatas: Sendade liberación, (Buenos Aires: ACES, 1990), 123.
[13] Elena de White, Discursomaestro de Jesucristo  (Buenos Aires:ACES, 2009), 109.
[14] Moore, Evangelio versus legalismo, 225.



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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.

viernes, 8 de julio de 2011

Los judíos nuestros contemporáneos

Dr. Miguel Ángel Núñez

Cuando un religioso, de la religión o denominación que sea, utiliza expresiones como “yo si”, “él no”, “nosotros, el pueblo verdadero”, “ellos la religión popular falsa”, o cualquier otra expresión similar, asumen una lógica de exclusión. Sin darse cuenta, y probablemente, sin asumirlo de manera consiente, optan por una actitud de discriminación.


La lógica de la discriminación y la exclusión generan algunas conductas, que no son nuevas, siempre se han observado en los grupos religiosos excluyentes, tales como lo fueron los judíos fariseos en el pasado, y como lo son las religiones fundamentalistas en el presente. Algunas de dichas actitudes son:

Generar un lenguaje de juicio y condenación

Si asumo que el otro no es mi igual y si al mismo tiempo creo que el otro carece de la bendición divina, mi actitud dejará de ser caritativa y se convertirá en condenatoria. La Biblia señala que el único juez es Dios:
¡Dios mismo es el juez! (Sal. 50:6).
¿Quiénes somos nosotros para juzgar la conciencia y la convicción de otros? Eso lleva a una siguiente actitud.

Promover una actitud beligerante

Si me sé parte de los “elegidos”, entonces, es fácil caer en el triunfalismo y eso nos llevará inevitablemente a la beligerancia. Los judíos perdieron de vista su misión, al creerse más importantes que el resto de los mortales se convirtieron en beligerantes, se sintieron con libertad para maltratar a los “extranjeros” (todo aquel que no creyera en Jehová) y comenzaron a calificar de “gentiles” a todo no judío, expresión que proviene del hebreo “gôyim” y en griego “éthnos”, palabras que significan simplemente “naciones”, “gentes” o “pueblos”, pero que en el lenguaje peyorativo judío se convirtió en “paganos", "bárbaros", y comenzaron a menospreciarlas. Incluso, en tiempos de Jesús ya se aplicaba el término a cualquiera que no descendiera directamente de Abraham, aun cuando fuera judío.

Cómo entender esta actitud frente a un Dios que envió a dar testimonio a todas las “naciones”. El apóstol Pablo señaló que el pueblo de Israel tenía la misión de:
Dar a conocer cuál es la gloriosa riqueza de este misterio entre las naciones, que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria (Col 1:27).
¿Cómo dar a conocer a Cristo si se menosprecia a quién no cree de la misma manera en que nosotros creemos? La lógica de la exclusión no permite dar testimonio.




Perder perspectiva

La tercera actitud, ligada a lo anterior, es que la actitud triunfalista y cerrada, hace que se pierda perspectiva respecto a la realidad. Cuando se piensa que se es único y los demás están excluidos, entonces se pierde la capacidad de mirar la realidad de una manera ecuánime y ponderada.

Es un hecho de física y óptica elemental que si miramos a través de un orificio no veremos más que lo que el hueco nos permite ver. Si creo ser el elegido y pienso que los demás están excluidos, pecadores ajenos a la gracia de Dios, que tengo la exclusividad de la salvación, que soy el único portavoz válido de Dios, entonces no hago más que mirar a través de un orificio y muy pequeño.

Jesús dijo:
Tengo otras ovejas que no son de este redil, y también a ellas debo traerlas (Jn. 10:16).
Esta aseveración de Cristo tiene dos implicaciones:
  • ¿Cómo podemos estar seguros de ser parte del redil “oficial”? 
  • ¿Por qué excluir a otros si son parte del redil que también será traído por el pastor y por lo tanto también son hijos de Dios? 
En cualquier caso, el orgullo de ser parte del “redil oficial” o la “exclusión” para quienes no están conmigo, nos hacer perder perspectiva y de paso nos convierte en egoístas, orgullosos y vanidosos.

Generar normas sólo para mantener la identidad de “elegidos”

El asunto, en este punto, no es la “identidad de la salvación”, con las características propias de quienes son salvos:
  • Amor: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn. 13:35). El texto es genérico, no dice “amar sólo a los que van a mi iglesia y piensan como yo”, eso sería mostrar un espíritu sectario. 
  • Caridad: Cuando Jesús venga no va a dividir a las personas por sus ideas ni por las convicciones que tuvo, sino por las acciones que realizó. El evangelio es taxativo y no da lugar a otra interpretación: “Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron” (Mt. 25:42-43). No dice: “Porque fuiste a la iglesia todas las semanas, porque diste diezmo fielmente, porque no dejaste de estudiar tu Biblia”, Dios supone que todo eso, que es bueno, te llevará a tratar de manera caritativa a otros, incluso, a quien no piensa como tú. 
Cuando la “identidad cristiana” no se entiende, entonces se busca una “identidad denominacional” o “identidad triunfalista”. Se generan normas para mostrar cuán distintos somos de los demás, tal como hicieron los judíos, buscando justicia propia, al grado que convirtieron la religión en una carga opresiva, tan pesada y asfixiante que muchos enfermaron de cuerpo y alma por intentar vivir a la altura de los absurdos de dichas normas. Normas que fueron creadas no para dar gloria a Dios, sino para mostrar cuán “distintos somos de los otros, los gentiles, los paganos, los excluidos de la gracia”.

Muchas normas, carentes de lógica, absurdas en exposición y argumento, pero defendidas exclusivamente para mostrar la “diferencia”. Los judíos no se dieron cuenta que con aquella actitud lo que hacían era aislarse, quedarse sin interlocutores válidos y sin poder comunicarse, precisamente con aquellos que tenían que hablar. Eso lleva a la siguiente consecuencia:


Generar el síndrome de separación y sordera crónica

Si creo que tengo la “verdad” (en términos absolutos), así con mayúsculas y defendida con orgullo y arrogancia, sin plantearme ninguna posibilidad de errar o de variar en algún punto, entonces, los demás aparecerán como “equivocados”, “errados”, “trasnochados”, en suma, como excluidos, sin darles ninguna posibilidad de que tengan una idea positiva.

Con dicha actitud se generará aislamiento. ¿Quién quiere juntarse con alguien que tiene todas las respuestas y no quiere aprender?

Se provocará sordera crónica. Si tengo “la verdad”, ¿para qué escuchar a otros? ¿Cómo puede alguien enseñarme algo si lo sé todo?

Aislamiento y sordera, mal que padecían los judíos, que no vieron a Jesús aun cuando lo tenían frente a sus narices. Al estar aislados no pudieron ver lo que pasaba, no pudieron sopesar las evidencias, no escucharon.

El aislamiento impide ver más allá de las paredes de nuestros prejuicios. De esa forma dejamos además de escuchar a otros, porque los hemos descalificado, así que no podemos enriquecer nuestras vidas.

Qué contraste con algunos personajes bíblicos como Juan el Bautista que salía del desierto donde vivía para ir a las ciudades para relacionarse con la gente, para escucharles, para saber cómo pensaban, para luego volver y meditar para encontrar mejores formas de hablarles.

El aislamiento y la sordera generan otra actitud malsana, una falsa identidad.

Generar una falsa identidad

Quienes se consideran parte de un “único pueblo elegido”, al estilo judío, empiezan a creer que sólo hay gracia de Dios para ellos, y para ningún otro ser humano. Cuando se cae en dicha actitud se da un triste espectáculo intentando representar, inútilmente, a un Dios que no hace acepción de personas (Dt. 10:17; 2 Cr. 19:7; Lc. 20:21; Hch. 10:34).

¿Cómo podemos representar a un Dios que no hace acepción de personas y al mismo tiempo despreciar a quienes no piensan como nosotros? ¿Cómo podemos hablar de un Dios que no excluye si al mismo tiempo excluimos?

Ya quisiera ver la cara de sorpresa que se llevarán algunos en la tierra nueva (si es que dejan de ser sectarios), cuando vean llegar a las puertas de la nueva Jerusalén a aquellos que despreciaron y que excluyeron de la gracia. ¡Qué cara pondrán! Pagaría por ver.

El peligro de creerse únicos

La persona que al igual que los judíos, excluye a otros de la gracia, simplemente porque sus convicciones son distintas es peligrosa. Teniendo el poder actúa con violencia y saña con otros.

Es como Pedro, que saca su daga y le corta, sin piedad, la oreja a Malco, ¿para defender a Cristo? ¿Necesita Cristo que lo defienda? ¿Precisa Jesús de nuestra hostilidad hacia otros? ¿No es Dios acaso Dios de todos los que lo aceptan, aun cuando no sean del redil en donde yo estoy?

El ejemplo de Jesús

Jesús trató con bondad a la samaritana despreciada, que pertenecía a un grupo de judíos que tenían otras convicciones. Fue la bondad del maestro lo que despertó el corazón de dicha mujer y la llevó a convertirse en misionera entre su gente.

Trató con amor a los despreciados, que lo eran por causas religiosos. Los pobres, que se consideraba que estaban castigados por Dios; los enfermos que se suponía recibían una enfermedad de parte de Dios; las mujeres, que se consideraba que eran seres inferiores… todos ellos recibieron un trato bondadoso de Jesús.

Trató con bondad, con cariño y aún con muestras de tolerancia, que a ojos de los judíos debe haber sido pensado como una barbarie, a extranjeros considerados “gentiles”, incluso a romanos, que eran los opresores.

Nunca trató a un pecador con saña, ni con falta de bondad. No discutió con quienes creían tener la razón, sólo mostró el camino a seguir.

A los únicos que trató con dureza fue con los que excluían y menospreciaban a otros. Les dijo a los fariseos “generación de víboras”, “hipócritas”, “sepulcros blanqueados”, “ciegos, guías de ciegos”, y no disimuló su frustración frente a personas que supuestamente conocían a Dios, pero se habían convertido en los peores propagandistas del amor divino.

Es interesante que después de la resurrección los discípulos de Jesús se escondieron y la Biblia dice que:

Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos (Jn. 20:19).

¡Le tenían miedo al pueblo que había sido elegido para llevar el mensaje de salvación a la humanidad! ¡Temían a aquellos que decían tener toda la verdad y nada más que la verdad!

No quisiera que alguna vez alguien temiera verme aparecer ante su puerta.

Los judíos siguen siendo nuestros contemporáneos, lamentablemente, las mismas actitudes que se vieron en los días de Jesús aún permanecen en las conductas de muchos que se llaman seguidores de Jesús y que fueron llamados a comunicar las buenas de Salvación, que es a fin de cuentas anunciar que todos tienen posibilidad de salvación si aceptan a Jesús como salvador personal.

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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

miércoles, 15 de junio de 2011

Carta abierta a un lector intolerante

Apreciado amigo:

Tu carta me dejó sorprendido, no por su contenido, porque ya estoy acostumbrado al espíritu antagónico de quienes creen tener la razón y no aceptan una postura contraria, por más razonable que pueda parecer. Me quedé anonadado por tu actitud beligerante, por esa muestra de impiedad que hay en las palabras que usas. Tu carta, por cierto, es en “defensa de la verdad”, mi inquietud es ¿en qué momento la defensa de la verdad se convierte en una guerra contra otro? ¿Qué pasa por la mente de los inquisidores que cuando escuchan ideas contrarias a las suyas, simplemente, demudan el rostro y se convierten en “víboras para el hombre”, parafraseando la frase de Hobbes?

Debo confesarte que después de leer tu carta me quedé con miedo, un profundo y visceral temor a que algún día te conviertas en una persona con poder. No quisiera estar bajo el alero de tus decisiones intolerantes, seguramente si pudieras, me enviarías a la hoguera, tal como hicieron antaño algunos connotados personajes que creían que con eso le hacían un favor a la humanidad.

Los santos como tú me dan miedo. Me producen un gran conflicto en mi mente. Por una parte, sé que están haciendo una defensa honesta de sus creencias, lo que es notable y en muchos sentidos, encomiable, sin embargo, la forma, el espíritu, la actitud, la beligerancia: ¿Será que eso fue lo que nos enseñó el Maestro que nos envió a ser “mansos como palomas”? ¿Dónde quedó la mansedumbre y la humildad que Jesús nos invitó a vivir?

Recuerdo hace unos años, estaba entusiasmado con un artículo que acababa de leer de Jamis Londis. En ese momento estaba haciendo mis estudios de Maestría, y como investigador inquieto que he sido, el artículo de Londis que hablaba de las mentes amplias me tenía entusiasmado. Me acerqué a un profesor de la facultad y le alcancé a decir:

―Leí un artículo de James Londís.

Y sin darme tiempo para seguir me interrumpió con una cara de asco y me dijo:

―Ese es un liberal de porquería, debería pudrirse.

Me quedé estupefacto, un teólogo, pastor, y músico, tres ocupaciones que supuestamente deberían hacerlo sensible y abierto al diálogo, simplemente se habían tornado en una manera arbitraria y demagógica de ver la realidad. En ese momento pensé que en otras circunstancias él se habría ofrecido como gran inquisidor.

Un par de años después, estaba en mi cubículo en la biblioteca, leyendo, trabajando en mi tesis doctoral, cuando de pronto alguien golpeó violentamente mi puerta. El que estaba allí parado era el padre de aquel profesor que me había hablado en términos tan peyorativos de Londis. Le sonreí, pero él no lo hizo, y me espetó una diatriba de palabras que me dejaron sorprendido:

―¿Usted le habló al pastor X de que existe la posibilidad de matrimonios en la tierra nueva?

―Si ―le dije sin entender por qué tenía esa actitud.

Me miró con una cara de desprecio, esas miradas que no se pueden ocultar y que están llenas de odio, aunque se quieran disimular con palabras de circunstancia. Me dijo un montón de expresiones irrepetibles, sacó a relucir que él era un experto en ciencia y religión, que había dado conferencias en muchos países, y que jamás, jamás, había escuchado algo como lo que yo le había dicho a ese pobre hombre que había perdido a su esposa hace unos meses atrás y que ahora estaba devastado. No me dio tiempo para explicar, no pude emitir palabra. Luego se fue no sin antes advertirme con un dedo en mi cara que nadie tenía derecho a decir algo contrario a lo que él había creído por tanto tiempo. Ahí no me pude contener y me largué a reír, en su cara, sin poder evitarlo. Se dio media vuelta lleno de furia, y mientras se iba pensé, recordando al hijo:

―La intolerancia se enseña, no se adquiere por casualidad, es un proceso educativo que se traspasa de generación en generación.

Algún tiempo después tuve un diálogo con el nieto de este personaje, que ya para esas alturas de mi vida me resultaba monstruoso, por su forma de encarar la realidad y su manera tan drástica de tratar a todos los que se oponían a sus ideas. El joven, inteligente por supuesto, un día me hizo una pregunta, no recuerdo el tema, sólo evoco su actitud. Se quedó mudo, me miró largamente y me dijo:

―Eso no es lo que me han enseñado mi padre y mi abuelo.

―¿Qué quieres que te diga? Supongo que puedes utilizar tu cerebro por ti mismo.  ―Le respondí para ver si reaccionaba.

No sé si entendió mis palabras, sólo sé que confirmé nuevamente que la intolerancia se forma en un ambiente de represión ideológica, de imposición, de imposibilidad de análisis propio, de beligerancia y sospecha por todo aquel que tenga una idea ligeramente diferente a la que me he formado.

Apreciado amigo, no sé de qué familia vienes, ni en qué ambiente te criaste, pero sin duda, en algún momento te enseñaron a sospechar de las personas que tienen opiniones propias. Te hicieron creer que existe una sola verdad, irrefutable, y milagrosamente, te dijeron que las respuestas que te dieron eran las únicas posibles.

Siento romper tu ilusión, pero hay muchas maneras de mirar el sol. Aún la luna tiene un lado oscuro que no se ve, pero existe. Quien sostiene tener una verdad irrefutable y cree que nadie puede discutirla, simplemente, se olvida del principio de la inteligencia activa y de que el único absoluto es Dios. Cada vez que se sostienen “verdades irrefutables”, estamos ante la presencia del dogma, de pretensiones de infabilidad y del ambiente que hace posible la falta de respeto y la actitud de desprecio por los demás que piensan diferente.

La verdad es una sola, me dices en tu carta, y claro, coincido contigo, pero… sólo Dios la conoce de manera totalmente certera. Lo que tú y yo tenemos son, como dice la misma Escritura, “vislumbres de verdad”. No es “tú” verdad ni “mi” verdad la que importa, sino aprender a escuchar las diferentes perspectivas porque es en el conjunto de visiones, a veces aparentemente discordantes, donde está la verdad plena.

El dogma anula la facultad de pensar.
El dogma construye palacios a la vanidad intelectual.
El dogma impide el diálogo y el análisis de propuestas divergentes.
El dogma propicia un ambiente de guerra y beligerancia.
El dogma convierte en enemigos a quienes piensan diferente.
El dogma es la base para la falta de respeto y el desprecio a otros.
El dogma, tarde o temprano, elimina y anula la verdad.
El dogma no permite la indagación ni da lugar a la incertidumbre.
El dogma, en suma, es la forma más burda de negar el don divino de la inteligencia.

Apreciado amigo, siento que seas como eres. Me apena saber que estás matando tu capacidad de dialogar, pensar, reflexionar y buscar consensos en el camino del conocimiento de la verdad. Lo siento por ti, porque al descalificarme y tratarme de payaso, eres tú, el que ha perdido el rumbo y vaga por el desierto inhóspito de la arrogancia y la vanidad.  Siento no acompañarte, prefiero quedarme en el bosque de la disidencia, de los indagadores, de los que investigan, de los que dudan, de los que no están conformes con todas las respuestas, de los que siempre están buscando, porque ¿sabes?, por este camino encuentro muchos amigos, compañeros de ruta que no están cegados por el orgullo intelectual y están dispuestos a dialogar, conversar, y modificar sus ideas si de pronto alguien le da argumentos razonables para creer, por ese camino, es mucho más agradable vivir que por el desierto en el que lamentablemente te has sumergido.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

martes, 14 de junio de 2011

Roger Williams y la libertad de conciencia

Cada vez que se habla de religión surgen las reyertas en relación a lo que cree el otro, y sin dudarlo, algunos expresan pensamientos de intolerancia y exclusión digno de los más temibles inquisidores como Tomás de Torquemada, el célebre inquisidor español que hizo de la tortura y el asesinato un arte.

En dicho contexto, es bueno recordar a un hombre que a veces tendemos a olvidar, pero cuyos pensamientos siguen estando vigentes, y hoy, probablemente mucho más que en décadas pasadas.

En muchos sentidos Roger Williams sentó las bases del sistema jurídico contemporáneo que garantiza la libertad de conciencia y culto para todos los credos e ideas. Williams defendió la necesidad que se
garantice a todos los hombres y en todas las Naciones y países la permisión de todas las conciencias y sus cultos, sean paganos, judíos, turcos o anticristianos” (Roger Williams, El sangriento dogma de la persecución, 1644).[1]

Con estas palabras Williams marca una diferencia con los escritores de su tiempo, pide el mismo derecho para “todos” no sólo para algunos.

La huida por la libertad

Muchos de los primeros colonos de EE.UU. llegaron al Nuevo Mundo huyendo de las persecuciones religiosas que se producían en sus países. Fue una época oscura para los cristianos que pretendían vivir conforme a su conciencia.

El clima que persistía en Europa era de intolerancia. Cada facción religiosa pretendía que prevaleciese su propia ortodoxia religiosa, atacando a todas las demás como erróneas y heréticas. Si el asunto hubiese quedado en las palabras, habrían sido discusiones que se tomarían como alterados religiosos, el dilema es que muchos de los que tenían el poder imponían por las armas, el terror y la violencia su propia perspectiva religiosa. Lo mismo que ocurriría hoy si algunos religiosos radicales tuviesen el poder, no dudarían en imponer sus perspectivas de fe.

En 1660 la Iglesia Anglicana emitió la llamada Restauración que fue en la práctica una serie de leyes que lo único que hacían era legalizar la intolerancia hacia todo aquel que tuviera ideas contrarias a la religión oficial de Inglaterra.

En 1648 se había tratado de encontrar una solución a tanta persecución, muerte y derramamiento de sangre y se promulgó el Tratado de Westfalia, que lo único que hizo fue permitir que cada estado tuviese una religión oficial, pero, en el mismo era perseguido todo aquel que discrepara de lo oficial, lo que en la práctica significó lo mismo, pero con otro nombre.

En dicho contexto salieron los primeros colonos desde Europa en dirección a América. Primero en 1620, tres débiles navíos que llegaron a Plymouth, y en la década de 1630 otros tantos que llegaron directamente desde Inglaterra para fundar ciudades como Boston y Salem.

La ortodoxia del Nuevo Mundo

El problema fue que al llegar a América muchos olvidaron las razones por las cuales habían huido a esta nueva tierra. Muchos creyeron que para obtener el favor de Dios debían conservar la más estricta ortodoxia religiosa. Poco a poco se instaló la intolerancia con la misma fuerza y crueldad de la Europa que habían dejado atrás.

Se comenzó a castigar a los disidentes, a desterrar a quienes tenían ideas contrarias a la mayoría y a encarcelar y ejecutar a quienes proclamaban conceptos opuestos a la ortodoxia. La heterodoxia se calificó como delito. La intolerancia había vuelto en gloria y majestad.

El legado de Williams

Tal como señala la filósofa Martha C. Nussbaum, Williams presenta por primera vez el concepto de 
una paz civil basada en el respeto mutuo entre las personas que difieren en sus compromisos de conciencia”.[2]
Williams buscó conscientemente destacar la importancia de 
encontrar un modo de convivir, apoyado en el respeto mutuo, con las personas que uno cree que están equivocadas”.[3] 
Sus ideas permitieron concluir que cualquier imposición de una ortodoxia a la conciencia de quien fuese, equivaldría a, lo que Williams denominó, “violación del alma”.

Digresión para entender

Una idea tiene el valor de transformar el mundo. Sin embargo, en la época de Williams conceptos que hoy se consideran normales y deseables, eran simplemente tomados como sediciosos y atentatorios contra la comunidad.

La búsqueda interior e íntima de cada persona es uno de los elementos distintivos de la humanidad. Las leyes deben respetar la conciencia individual y las instituciones deben garantizar que nadie sea estigmatizado, rechazado, hostilizado, denigrado ni perseguido por sus ideas. A menos, claro, que dichos conceptos constituyan un atentado contra la vida y los derechos de otros.

Cuando alguien defiende “su verdad” denigrando, excluyendo, motejando, maltratando, violentando, persiguiendo, hostilizando o realizando cualquier acto similar, simplemente, está admitiendo la posibilidad de que en otro contexto, con el poder suficiente, otra persona haga lo mismo con sus ideas y conceptos, y por ende con sus personas. Ninguna verdad, de ningún tipo, ni la más sagrada, vale si para propugnarla se caen en juegos de atropello al derecho de los seres humanos de tener su propia conciencia y creer lo que quiera. En todo esto, el respeto mutuo es lo que prevalece y la equidad. El hacer por otros lo que desearía que hagan por mí.

Imponer la ortodoxia supone suprimir la capacidad de disentir y por ende, el ejercicio del libre pensamiento y la conciencia individual.

En ocasiones, tal como ocurrió antaño, algunos por un genuino interés en alejar a sus feligreses o comunidades del mal y de la “contaminación del mundo”, imponen la ortodoxia como la única vía, olvidando que de esa forma se esclaviza y se termina por anular lo más valioso que aporta el cristianismo: La libertad de conciencia.

Algunos antecedentes biográficos

Las ideas de Williams fueron la base para la formulación del pensamiento de John Locke que difundió las ideas de Williams, hasta llegar a los conceptos que se defienden hoy como fundamentos de la cultura y la convivencia.

Williams nació en Inglaterra en 1603 en una familia de ricos comerciantes. Creció cerca de Londres, en una zona donde a menudo solía quemarse en la hoguera a los disidentes. En 1627 se licenció en la Universidad de Cambridge. Tenía una gran facilidad para los idiomas llegando a dominar latín, griego, hebreo, inglés, francés y holandés. Se ordenó sacerdote de la Iglesia Anglicana y trabajó como capellán de un la casa de Sir William Masham.

En 1630 observó con consternación que se asesinó en la picota a un prominente reformista puritano. Al ver este macabro espectáculo decidió que no había lugar para él en Europa y emigro al Nuevo Mundo, pensando que allí tendría la paz para vivir conforme a su conciencia.

Llegó a la bahía de Massachusetts, donde al comienzo fue recibido con amabilidad, pero al constatar algunas de sus ideas poco a poco se ganó la enemistad de los colonos. Se convirtió en defensor de los indígenas, especialmente con las falsedades que utilizaban los protestantes para apropiarse de sus tierras.

Las autoridades de la colonia a la que había llegado decidieron detenerlo, pero advertido huyó y así da comienzo a la historia de Rhode Island, el lugar donde pudo plasmar sus ideas de respeto a la conciencia individual.

El pensamiento de Williams

Williams fundó sus ideas en algunos conceptos que había adquirido del pensamiento estoico que señalaba que 
todos los seres humanos tienen la misma dignidad en virtud de su capacidad interior de esfuerzo y elección morales, y de que todos los seres humanos, quienquiera que sean y dondequiera que estén, han de ser respetados por igual”.[4]
Lo primero que hizo al establecer la colonia de Rhode Island fue promulgar una ley sobre libertad religiosa, lo que atrajo a muchos que eran perseguidos en otros lugares del Nuevo Mundo. Mucho antes que incluso Inglaterra, en 1652 se promulgó la primera ley en Norteamérica que prohibía la esclavitud.

La idea fundamental de Williams es que todos los seres humanos tienen algo infinitamente valioso que merece ser respetado y en lo cual somos todos básicamente iguales: El derecho a la conciencia individual.

Las facultades morales o espirituales, llámesele “conciencia” o “dignidad humana”, merecen respeto irrestricto. Para que se desarrolle de manera normal y correcta se necesita espacio. En este sentido Williams manifiesta indignación porque 
alguien que habla con tanta ternura en pro de sí mismo tenga, sin embargo, tan poco respeto, clemencia o piedad por las convicciones de conciencia de otros Hombres”.[5] 
Eso implica que cualquier persona que pretenda respeto para sus convicciones, pero coaccione a otros o no respeto las convicciones ajenas, es simplemente una personas inconsistente y contradictoria, por decir lo menos.
Williams habla de “violación del alma” cuando se 
limita a una persona en sus creencias o sus prácticas (siempre que no esté infringiendo las leyes civiles o perjudicando a otros). Sé que es hacer daño a una persona, sea judío o gentil, perseguirle por profesar una doctrina o practicar un tipo de culto estrictamente religioso o espiritual, y que tal persona, cualquiera sea la fe que profesa o el culto que practica, y sea éste verdadero o falso, sufre persecución por su conciencia”.[6]

Conclusión

Cuando muchos cristianos amparados en una errónea defensa de su fe, denostan, motejan, maltratan, excluyen, discriminan, obligan, o aún peor, persiguen o violenta, están, con ese acto anulando los predicamentos de Cristo, el fundador del cristianismo que no persiguió nunca a nadie.

La religión y las creencias asociadas a lo religioso y espiritual, es un acto íntimo personal. Nadie tiene derecho a menospreciar a otro por sus creencias, por muy equivocadas que las considere. Se puede intentar persuadir, pero no es lícito bajo ningún sentido, disuadir ni amenazar, ni siquiera con algo impalpable como es la perdición y la condenación. Ni aún Dios excluye, y los ejemplos que se suelen dar de las Escrituras a menudo distorcionan el sentido original, el contexto y las intenciones de la Escritura.

Una religión, que entienda claramente el rol de lo que significa el ejercicio espiritual es totalmente contrario a la exclusión y la persecución. Sólo el díalogo, el tender puentes, la búsqueda de armonía y no de confrontación, el escuchar y permitir que el otro se exprese, podrá generar el ambiente  propicio para el respeto mutuo, base de cualquier acuerdo social y al fin, sin ese elemento, nadie podrá cumplir la misión que como religioso entiende como sustento de su accionar.


© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

[1] Todas las citas de los escritos de Roger Williams han sido extraídas de Martha C. Nussbaum, Libertad de conciencia: Contra los fanatismos (trad. Alberto E. Álvarez y Araceli Benítez; México: Tusquests Editores México, 2010), especialmente el capítulo 2.
[2] Ibid., 47.
[3] Ibid.
[4] Ibid., 55.
[5] Ibid., 63.
[6] Ibid., 63-64.

lunes, 13 de junio de 2011

Entrevista al inquisidor

Entrevistador (E.): Muy buenas tardes, ¿cuál es su nombre completo?

Gran inquisidor (GI): Tomás de Torquemada

E.: ¿Cuál es su cargo?

GI: Inquisidor General de Castilla y Aragón, además tengo el privilegio de ser el confesor de la Reina Isabel la Católica.

E.: ¿Me podría explicar cuál es su trabajo exactamente? Para que nuestros lectores lo puedan entender.

GI.: Muy simple, he recibido la orden de perseguir, expulsar y aniquilar a todos los herejes. Tengo que encontrarlos y sacarlos de sus madrigueras, para poder mantener la fe pura.

E.: ¿A qué se refiere con fe pura?

GI.: Me extraña que haga esa pregunta, por supuesto que es a la fe católica, la que enseña nuestra madre iglesia, la única, no hay lugar para otra verdad.

E.: Es decir no hay lugar para otra opción.

GI.: ¡Pero claro! Cuando Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla me nombraron, me dijeron que no me debía temblar la mano para aniquilar a los rebeldes que no están dispuestos a aceptar la doctrina verdadera de la iglesia.

E.: Pero, ¿dónde queda la libertad de conciencia?

GI.: Cuando eligen a favor de la doctrina verdadera, entonces, están eligiendo la salvación. Si eligen en contra de la doctrina verdadera, entonces, simplemente escogen su propia perdición. Nosotros no alteramos la libertad de conciencia, al contrario, simplemente les damos lo que han elegido.

E.: ¿Pero eso no anula la libertad?

GI.: ¡Claro que no! ¡Usted no entiende! Jesús dijo: “O están con nosotros o están en contra de nosotros”, así que no hay lugar para otra interpretación, o aceptan o se mueren.

E.: ¿Pero no estoy seguro que esas sean las palabras de Jesús o al menos, lo que quiso decir?

GI.: Lo que pasa, es que usted no está en nuestra perspectiva, le falta mucho que aprender, cuando uno tiene la verdad, entonces, sabe exactamente cuál es la voluntad de Dios, y en ese sentido, para nosotros no hay dudas. Lamentablemente, los legos como usted, les falta mucho para comprender.

E.: Perdone que insista Señor Inquisidor, pero, no estoy seguro que Jesús estaba hablando de alguna iglesia en particular.

GI.: Voy a hacer como que no escuché eso, porque está muy cerca de la herejía con esas preguntas. Hay una sola iglesia verdadera, una sola que tiene la verdad, eso significa que todo aquel que no tiene esa verdad, debe ser destruido. O con nosotros, o contra nosotros. No hay lugar para otra interpretación. ¡Tenga cuidado! ¡Por ese camino puede terminar muy mal! No es una amenaza, tómelo como una advertencia de amor.

E.: Muchas gracias, lo tendré en cuenta.

GI.: ¡Más le vale hijo! ¡Más le vale! No quisiera tener que tomar medidas para poder salvar su alma de la herejía.

E.: Bueno, ya que lo menciona. ¿Cuáles son los métodos de la inquisición para descubrir la herejía?

GI.: Pues es sencillo. El hereje se nota a la legua, por la forma de hablar, de vestir, de cantar, de expresarse, incluso de mirar. Lo que nosotros hacemos es mostrarle al hereje lo que él probablemente tampoco entiende o no ve. La herejía se cuela por las rendijas y en el momento en que menos lo pensamos, ya estamos en el sendero de la perdición.

E.: ¿Cómo es eso de que algunos no se dan cuenta de la herejía?

GI.: Pues simple, el pueblo, el común, los laicos especialmente, los que no tienen la formación de nosotros que hemos estudiado las Escrituras por años y que estamos preparados, no se dan cuenta, son como niños, ingenuos a las acechanzas del diablo. Nuestro deber es cuidarlos como a corderos. Tenemos que establecer con claridad qué leen, qué escuchan, qué ven, qué oyen… Muchos de ellos no se dan cuenta del peligro que corren, por eso, la Santa Iglesia tiene el deber de proteger a sus criaturas, a esos niños pequeños que aún no aprenden a valerse por sí mismos.

E.: ¿No es eso infantilizar al pueblo cristiano?

GI.: Mmm, me preocupas hijo, nuevamente vas en la línea de la herejía al plantear preguntas que rayan en lo incorrecto. ¡Infantilizar dices! ¡Pero si ya son infantiles! Lo único que hacemos nosotros es protegerlos, evitar que su pureza e ingenuidad sean pisoteadas por el lobo feroz de Satán que no respetaría lo que nosotros si hacemos, la pureza de su alma, la nobleza ingenua de su mente virgen a las ideas erróneas del enemigo. Son almas impolutas que hay que proteger para que el diablo no las haga errar, por eso que les indicamos qué leer, ver, oír, qué hacer… es la carga de responsabilidad que Dios ha dejado en nuestros hombros, para evitarles a ellos el dilema de tener que andar a cada rato teniendo que preguntarse qué es correcto y qué no es.

E.: ¿Qué métodos usan para erradicar la herejía?

GI.: Lo primero y más importante es hacer que confiesen su herejía, porque de otro modo, no hay salvación para sus almas. Así que usamos todos los medios a nuestro alcance para que confiesen su pecado.

E.: ¿Cómo hacen eso?

GI.: ¡Fácil! Castigamos sus cuerpos para liberar su alma. El cuerpo y la carne han de ser destruidos, para que de esa forma puedan ser sus almas liberadas y les demos la oportunidad de ser salvos.

E.: ¡Pero no le molesta ver sufrir a esa pobre gente!

GI.: ¿Por qué debería molestarme? Al contrario, soy feliz por mi labor y en la eternidad me lo agradecerán, porque al purgar su carne, con el castigo que divinamente les imponemos, salvamos sus almas, y preservamos la pureza de su almas ingenuas.

E.: No logro entender qué tiene que ver la tortura, la exclusión, la excomunión con purgar el alma o salvación. Nunca leí que Jesús invitara a torturar a alguien o a expulsarlo de la comunión de los otros creyentes.

GI.: ¿Estás insinuando que la Santa Iglesia se equivoca en su proceder? ¡Otra afirmación más en el camino de la herejía, ya estoy sospechando que puedes ser un infiltrado del enemigo.

E.: ¡No, su excelencia! ¡No!, lo único que hago es plantear dudas legítimas, nada más.

GI.: La duda nunca es legítima, dudar es una herramienta del diablo, hay que creer lo que la Santa Iglesia dice, cualquier manifestación de duda, es simplemente, un camino de sufrimiento y angustia. ¡Pobres de las almas que dudan de sus dirigentes! ¡Hay de aquellos que ponen en duda la labor de nosotros, los ungidos del Señor, mejor les sería que tomaran piedras y las ataran a su cuello, como dice nuestro santísimo Señor!

E.: ¿No dijo eso Jesús en otro contexto? Refiriéndose a….

GI.: ¡Qué sabes tú! Ignorante, ¿cuántos años estuviste en el Seminario? ¿Cómo me vas a enseñar a mí Tomás de Torquemada, nombrado por los novilísmos reyes de la corona española, confesor de la Reina. ¿Quién eres tú para poner en duda mis palabras?

E.: Seguramente nadie, pero creo que tengo derecho a preguntar.

GI.: ¡Qué derecho ni qué cuarto! Estás hablando conmigo sólo por mi misericordia, porque me he dignado a entablar un diálogo contigo, nada más, ¿qué te crees?

E.: Está bien excelencia, perdóneme si he puesto en duda algo, no ha sido mi intención, es sólo que a veces pienso que hay cosas que no entiendo.

GI.: ¡Déjate de pensar! ¡No pienses! Ese es tu primer error. Déjanos a nosotros, tus padres espirituales, que pensemos por ti. Deja a la Santa Iglesia que guie tu alma confundida a los pies del santísimo Señor. No preguntes, no indagues, no averigües, no investigues, no permitas que malos pensamientos ronden tu mente. Deja tu mente pura, genuinamente ingenua, para que en la pureza de tu mente, podamos guiarte en el gran barco de la iglesia. Nosotros, los sacerdotes, tus pastores, tenemos el timón del barco. Tú, relájate, descansa, sólo piensa que nosotros te guiaremos hasta los pies del magnífico Jesucristo. Esa tarea es nuestra, la tuya sólo creer, no pensar. ¿Entiendes?

E.: (Con un rostro confundido, sólo mueve la cabeza en señal de aceptación).

GI.: ¿Tienes alguna pregunta?

E.: En realidad tengo varias más, pero hay una que me inquieta en sobremanera. ¿Por qué a quienes han sido acusados de herejía, y luego de haber confesado incluso, los envían a la hoguera?

GI.: Muy simple, por dos razones, porque la Santa Palabra dice que el fuego purifica, así que nosotros los purificamos mediante el fuego para librar su alma. En realidad les hacemos un favor, los enviamos al paraíso antes de tiempo, no como nosotros, los pobres desdichados que tenemos que quedarnos aquí, deberían estar agradecidos de nosotros, por el favor que les hacemos. En segundo lugar, usamos ese método para que el pavor haga que otros se alejen de los caminos de la herejía, es un buen disuasivo, esas pobres almas, que nada saben, si entienden el miedo, así que mediante esa herramienta tan útil ellos pueden ser preservados para el día glorioso del Señor.

E.: Muchas gracias, ha sido muy iluminador.

GI.: De nada hijo, de nada. Me alegro que entres en la vía de la cordura y la verdad, que no es otra que la que la Iglesia pregona.


© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 11 de junio de 2011

Religión adolescente

Me gusta conversar con adolescentes, muchos de ellos tienen opiniones tan definidas que parecieran que nacieron sabiendo, lo que no admitirían aunque les apretaran el cuello es que muchas de sus opiniones no son más que el reflejo de lo que han recibido de sus padres y del medio ambiente donde se han criado, en general, es difícil encontrar originalidad en lo que opinan.

―El otro día me visitaron unos Testigos de Jehová ―me dice el adolescente― ellos están mal, ¿verdad? ¿Se van a perder?

―En realidad, no puedo decirte si se van a salvar o perder, no me corresponde ―le digo, no muy interesado en un tipo de conversación de ese tipo. Pero, la reacción que tiene me motiva a continuar, pues a continuación me dice:

―Es que ellos no tienen la verdad, por eso, Dios simplemente los va a condenar.

―¿De qué verdad hablas? ―le digo intrigado.

―La verdad pues ―me contesta un tanto impaciente― lo que enseñamos nosotros. Como no creen lo que nosotros creemos se van a perder.

―¿De dónde sacaste esa idea? ―le digo ahora interesado, con el fin de indagar más sobre su pensamiento.

―Bueno, eso es lo que he escuchado siempre. ¿Cómo Dios los va a salvar si no creen lo que nosotros creemos?

Me quedo mirándolo, quiero asegurarme que lo que me dice es por convicción y no por simple repetición. Le pregunto:

―¿De verdad crees que los que no creen como tú crees se van a perder?

―¡Claro! ¡Es lógico! ¿Cómo Dios los va a salvar? ¿Ellos no tienen la verdad? Usted debe pensar igual, por cierto.

Lo quedo mirando y simplemente sonrío y con su acento mexicano me dice:

―A poco que no cree en eso.

―No ―le digo― me parece una idea simplemente infantil y muy cruel.

―¿Cruel? ¿Por qué?

―Tú has tenido la oportunidad de conocer algo que otros no han conocido, ¿por qué tú deberías recibir un premio simplemente por algo que no elegiste? ¿Qué tal si la persona a la que te refieres no conoció nunca lo que tu conoces?

Se me queda mirando intrigado y me dice:

―Bueno, no es problema mío.

Pienso para mí: ¡Claro! La típica respuesta de un adolescente cegado por su propio egoísmo, a esa edad no existe nada más allá fuera de tu nariz.

Le respondo con la intención de hacerlo reflexionar:

―Ninguna religión, ni la tuya es perfecta en todos los sentidos. Todas las religiones tienen aspectos fuertes y otros débiles. No puedes condenar a alguien simplemente porque no conoce lo que tú conoces.

―Si, pero Dios no puede aceptar a las personas con ideas diferentes.

―En realidad, Dios no está tan preocupado de las ideas, sino de la coherencia. Al fin de cuentas, todo rayo de luz procede de la misma fuente. Lo que pretendo decirte es que no puedes ser juez de la religiosidad de otros.

―Pero tiene que haber una religión que sea verdadera.

―Si, pero no creo que esté a nuestro alcance encontrarla de manera plena. Creo que todas las iglesias tienen algo que enseñarnos. ―Procedo a referirle bondades del mundo pentecostal, mormón, testigo de Jehová, incluso le hablo por un momento de budistas y musulmanes.

Me mira intrigado, como queriendo interrumpir y me dice:

―Pero eso no es ecumenismo.

―No ―le digo― no te estoy diciendo que vamos a formar una religión universal donde hagamos una ensalada de credos, sino te estoy hablando de respeto. Cada persona tiene derecho a creer lo que quiere, y todos debemos aprender a respetar las ideas de otros, incluso si aún son contrarias a las que tú crees.

―No entiendo.

―Me doy cuenta ―le digo, un tanto frustrado.

―Mira ―digo a manera de ilustración― supón que vamos todos en un barco. Allí hay judíos, pentecostales, adventistas, mormones, budistas, musulmanes, etc. Todos están en el barco y quieren llegar al puerto. ¿Cómo se hace para llegar sin tener conflictos?

Me mira intrigado y me suelta:

―Bueno el capitán va a decidir qué religión se va a tener en el barco.

―Eso sería imposición, y no estaría bien. Desde el punto de vista ético, sería falta de respeto a la conciencia individual. Supón que el capitán sea proclive a los musulmanes, y entonces les dice a todos que en el resto del viaje está prohibido leer la Biblia, guardar el sábado o el domingo, y que tienen que orar tres veces al día en dirección a la ciudad sagrada del Profeta y respetar el viernes como día de reposo para Alá. ¿Cómo te sentirías?

―Pues mal, no me estaría respetando.

―Ahora ―a la inversa― supongamos que el capitán es pro-adventista y dice que el resto del viaje se guardará el sábado, se estudiará la lección de la escuela sabática y se leerá sólo la Biblia. ¿Cómo te sentirías?

El adolescente me mira, sonríe y contesta:

―Pues bien, si tenemos la verdad, eso estaría bien.

Bajo la cabeza frustrado y pienso para mí: ¡Adolescencia! ¡Qué cabeza dura!

―Pero no sería justo para los demás. Tú me has dicho que no estaría bien que a ti te impongan ser musulmán, pero tú estarías contento de imponer a otros el ser adventista, ¿no crees que eso es incorrecto?

Me mira en silencio y contesta:

―En realidad si, pero es que ellos no tienen la verdad.

―Tú verdad, pero tienen la verdad, la verdad que ellos han conocido y que creen honestamente y pretenden seguir con plena certeza.

―No me gusta pensar así.

―Claro ―le digo― porque eso exige que seas tolerante con otros, que no juzgues, que no condenes, que escuches, que puedas ponerte en el lugar de otra persona.

―¡Entonces! ¡Cuál es la mejor religión!

―En realidad, ninguna. Toda religión tiene aspectos positivos y negativos. Tú debes decidir en conciencia qué quieres para tú vida, así como no puedes exigir a otro a creer a la fuerza, nadie tiene el derecho de hacerte creer a la fuerza a ti. La comprensión de una persona es distinta a la otra. Si tú sientes que tienes una verdad superior, pues vívela, enséñala, pero no debes imponer ni pretender que otros están perdidos porque no creen lo que tú crees, porque eso es simplemente una visión parcial e injusta, por esa vía han muerto millones de personas bajo la intolerancia, la discriminación y el odio religioso. Ese no es el camino.

―¿Entonces no hay una religión verdadera? ―me dice intrigado.

―Creo que si hay mejores ideas que otras, pero eso es un asunto tan personal que no puedes convertirte en juez de nadie. Eso crea intolerancia y un mecanismo de discriminación. Si tú consideras que lo que crees es la verdad, vívela, se coherente, pero respeta el derecho de otras personas de creer de una manera distinta a ti.

―Si entiendo, pero ¿si alguien no actúa bien?

―Te acuerdas de la ilustración del barco ―le digo mientras el asiente― pues la función del capitán que puede ser el estado o la ley, es garantizar que el barco llegue a puerto y que en el camino todos sean respetados y tengan un espacio para vivir la religión que han elegido. Si alguien altera el bien común intentando que otros crean a la fuerza lo que él cree, o haciendo cosas que pongan en peligro el barco o la estabilidad de otros, en ese caso, el capitán debe poner orden porque está en juego el principio de la comunidad y de la estabilidad del barco. ¿Entiendes?

―Si ―me dice con una expresión de resignación, como si se hubiera quedado sin argumentos.

Charlamos un momento más y luego nos despedimos. Mientras él se iba pensé en tantos que simplemente viven una religión adolescente, que los hace actuar como justicieros intolerantes y agresivos con otros, simplemente porque en el fondo quieren tener el poder para imponer sus ideas a todo el mundo, sin percatarse que ese camino simplemente, tarde o temprano, lleva a la destrucción de todos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.