sábado, 11 de diciembre de 2010

Oración en acción

Hace algunos años leí la historia de una mujer joven, que quedó viuda de una manera imprevista. Cuando se pierde a un familiar en un accidente o por algo inesperado, el dolor suele ser más fuerte, porque no les da tiempo a las personas para prepararse anímicamente, para la situación. Distinto es cuando las personas se enfrentan a una enfermedad terminal o de largo tiempo, porque les da la oportunidad de conversar, dialogar con la persona que está sufriendo y en ese sentido, les ayuda a enfocarse y saldar heridas, pedir perdón y dejar las cosas a cuenta.

Llegó toda la avalancha de situaciones que ocurren cuando hay un funeral: Trámites, atención de parientes que vienen de lejos, hacer arreglos con la iglesia y el pastor, etc. Cosas que nunca debería hacer una persona que está sufriendo, pero, que normalmente no nos damos cuenta y dejamos que lo haga.

Ella vivió esos días como sonámbula. En realidad, en muchos sentidos, los borró de su mente.

Cuando ya habían pasado los meses, en algún momento, pensó en algo que no se había detenido, era tanto su dolor, que simplemente no se había dado cuenta. Se preguntó a sí misma:

―¿Quién hizo comida en esos días? ¿Quién atendió a mi hija? [Su hija en ese momento tenía cuatro años].

Llamó a su hermana para preguntarle, porque definitivamente lo había borrado de su mente. Su hermana simplemente le dijo:

―Pues, la hermana Isabel, la de tu iglesia. Ella vino y se hizo cargo.

Ella lo había olvidado por completo, eso es normal, porque el dolor emocional produce ese efecto. Ese mismo día visitó a la hermana Isabel que se alegró mucho de verla. Fue a darle las gracias y a pedirle perdón por no haber ido antes.

Mientras iba a visitarla, recordó lo que su hermana le había dicho:

―Estábamos todos tan concentrados en tu dolor, tan tristes por lo que había pasado, que todos estábamos como sonámbulos. Pero ese día llegó la hermana Isabel, llegó, como otras personas, la mayoría venía a decir palabras de consuelo y se iba, otros hacían largas oraciones por ti, que en realidad te agotaban más, pero ella llegó, y sin decir nada, tomó a mi sobrina y se la llevó al patio a jugar, luego la hizo dormir, la llevó a su habitación. Sin decir nada, se fue a la cocina y antes que nos diéramos cuenta preparó la mesa y nos invitó a comer. Todos fuimos obedientes, mi mamá, mi papá, tus suegros, incluso te llevó comida a ti. Luego, cuando me ofrecí a ayudarla, me dijo que fuera a estar contigo, y ella se hizo cargo. En la tarde llegó con comida preparada y así lo hizo por una semana, venía con alguna de sus hijas, ayudaba y se iba, siempre en silencio, siempre sin entrometerse, como un ángel silencioso que hace su trabajo y se marcha.

La oración no es sólo palabras

En momentos de dolor, la mayoría de los cristianos ora. Eso es loable, es necesario porque necesitamos el poder de Dios para que nos fortalezca en momentos de aflicción. Pero cuando la oración es sólo palabras, entonces, pierde su poder.

Orar es no sólo hablar con Dios, sino conversar con él mientras nos ponemos en acción, especialmente cuando es otra la persona que sufre.

Ir a la casa de un enfermo a ofrecer sólo palabras, no es consuelo. Ir al hogar de alguien que está viviendo la pérdida de un ser querido y no hacer nada, no sirve.

Jesús dijo:
"Al orar, no hablen sólo por hablar como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras” (Mt. 6:7). 
Creo que los “gentiles” aún no aprenden la lección. Se dedican a hablar, pero no hacen mucho.

Fe en acción 

Santiago, con la asertividad y franqueza que le caracteriza dice:
“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse’, pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (Stgo. 2:14-17). 
Parafraseando a Santiago y pensando en la oración podríamos decir: “Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que ora, si no hace nada? ¿Acaso podrás salvarlo esa oración? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen de alimento diario, y uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse’, yo voy a orar por ustedes, pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la oración por sí sola, si no va acompañada de acción, está muerta”.

Algunos han caído en la oración contemplativa. Esa impersonal y a la distancia. Esa que dice frente a alguien que está sufriendo: “Voy a orar por ti”, y eso calma su conciencia, pero no hace nada. Eso no sirve, es simplemente un paliativo religioso que para lo único que sirve es para calmar conciencias que ya no tienen conciencia.

No digo que no hay que orar, pero hay que cambiar el enfoque. Orar con un enfermo durante dos horas, enferma más al enfermo. Orar con el enfermo, dos minutos para darle consuelo, y luego arremangarse y sanar sus heridas, o preparar su comida, o alentarlo cantándolo, o ayudarlo para que vaya al baño, o tomar sus ropas sucias y lavarlas, hace mucho más por el enfermo que la mera palabrería.

Muchas oraciones tienen este matiz: “Dios ayúdalo, yo estoy muy ocupado con otras cosas, así que me voy a mi casa a hacer lo que tengo que hacer, así que te lo encargo”… Estoy cargando un poco las tintas, pero ese es el sabor que me queda con la famosa frase: “Voy a orar por ti”. Mejor sería decir, oraré contigo y voy a hacer todo lo posible para ayudarte.

Fe en acción es lo que necesitamos. Oración de acción, no palabras, para palabras tenemos a los políticos, a los demagogos y a los religiosos que perdieron el rumbo.

Jesús dijo: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt. 9:13). En otras palabras, dejen de hacer acciones formales, cultos formales, palabras de circunstancia, palabrería y muestren misericordia, actúen, no hablen. Lo diría de otra forma: “Quiero acción, no sólo oraciones y palabras”.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Bajo el espectro del miedo

Hace unos días, mientras leía el libro Mayada: Hija de Irak (Barcelona: Mondadori, 2004), escrito por Jean Sasson y que da cuenta de los horrores del gobierno de Saddam Hussein en su país, recordé de pronto un incidente que había enterrado en la memoria y que no había aflorado por años.



Cuando era adolescente, sin dinero, sin padre, sin nada más que mis sueños a cuestas, solía viajar entre Iquique y el sur de Chile, donde estaba el colegio donde estudiaba, pidiendo a los choferes que me llevaran, haciendo “dedo”, como se decía en esa época. El viaje de poco más de 2500 km. solía durar entre tres y cinco días, dependiendo de cómo me fuera en la ruta. Cuando había camioneros que se apiadaban y optaban por llevarme, si tenía suerte, podía hacer el viaje de un solo envión, de otro modo, me tocaba hacer escalas y estar horas en la carretera. Solía irme a las gasolineras y esperar que un camión se estacionara y allí hablaba personalmente con los choferes, a menudo me iba bien y podía embarcarme con mi mochila a cuestas.

Venía viajando de regreso a mi ciudad de origen, Iquique. Sin embargo, el camión que tomé iba hasta Arica, eso significaba quedarse en un pueblo dibujado en pleno desierto llamado Pozo Almonte y esperar que otro vehículo me llevara el tramo que me faltaba. Así que me resigné a llegar hasta allí, por alguna razón el camión se retrasó en la ruta y cuando llegué a Pozo Almonte eran las dos de la mañana. Hacía frío, como suele ocurrir en el desierto. Todo estaba apagado. Ninguna casa tenía las luces prendidas. Ninguna gasolinera estaba abierta. Era la época de la dictadura sangrienta de Augusto Pinochet. Sabía que corría peligro, había toque de queda, si alguna patrulla militar me sorprendía en la calle a esa hora, probablemente podría pasar un mal rato. Así que se me ocurrió ir directamente a la policía. Había estado otras veces en el pueblo, así que me fui caminando las pocas cuadras que me quedaban y golpee a la puerta. Salió un policía un tanto somnoliento. Traía cara de pocos amigos y una pistola en la mano. Me gritó a una distancia de unos dos metros:

―¿Qué quieres a esta hora? ¡No sabes que hay toque de queda!

Le conté en pocas palabras la situación y le pedí que me permitiera entrar a la comisaría, para pasar el resto de la noche, así me evitaría problemas por andar en la calle.

El me miró de una manera socarrona y me dijo:

―Aquí sólo se entra detenido, si quieres te detengo, de otra manera no pasas.

Luego con una sarta de improperios me conminó a irme y me dijo al pasar:

―Sería interesante que la patrulla te detuviera, así aprenderías algo.

Luego se entró y me sentí totalmente desamparado. Comencé a caminar con cuidado. Tenía miedo de que aparecieran los militares. Nadie me abriría la puerta de ninguna casa, no podía quedarme en la carretera, no tenía dónde ir. Me interné unos cuatrocientos metros en el desierto. El frío calaba los huesos. Había escuchado de historias de gente que se había muerto en el desierto por el frío. Sin embargo, conocía un recurso de los mineros que alguna vez había escuchado. La arena del desierto, pese al frío, conserva calor del día, así que hice un hoyo con mis manos, la arena se sentía tibia, y luego me cubrí con ella lo más que pude. Usé la mochila como almohada, me puse un gorro de lana y me tapé hasta los ojos con mi chaqueta y me quedé inmóvil mirando el cielo estrellado. El cielo se veía hermoso, había un silencio sepulcral, no corría ninguna brisa, podía sentir el silencio profundo y la oscuridad total. Me quedé profundamente dormido, estaba cansado y con hambre, pero la arena me dio abrigo. Habré dormido unas tres o cuatro horas y de pronto desperté sobresaltado al escuchar ráfagas de ametralladora. Mi corazón dio un vuelco. Escruté en la penumbra y no observé nada. Ya estaba amaneciendo. A la distancia se veían las casas de Pozo Almonte. No me puse de pie porque tenía miedo, así que me dediqué a mirar cuando de pronto volví a sentir las ametralladoras y su traqueteo característico. 
Me quedé inmóvil por una hora, sin atreverme a pararme, mirando hacia el lugar desde donde habían venido los sonidos. Cuando al fin me dispuse a partir, me limpié el polvo que tenía en la ropa, y me acerqué al pueblo, me dirigí a un lugar que ya estaba abierto, compré pan y un café y me dispuse a caminar hasta la gasolinera para esperar a un camión para que me llevara a Iquique. En ese momento escuché a una mujer que preguntaba: 

―¿Qué pasó? ¿Mataron a alguien?

―Seguramente a alguno que andaba haciendo dedo. ¿Cómo se les ocurre arriesgarse así cuando andan los militares? ―dijo otra persona moviendo la cabeza con reprobación.

Los que escuchaban se quedaron en silencio. Nadie dijo nada. Nadie sabía nada además, sólo eran conjeturas, pero a esas alturas, todos sabían que podía ser cierto.

Se me apretó el estómago. No pude seguir comiendo. Cuando al fin un camión accedió a llevarme los poco más de 30 kilómetros que me faltaban iba con bronca, con un sentimiento de pavor, confundido y con la sensación de estar viviendo una vida prestada. Nadie a los 17 años debería sentir eso... nadie debería sentirse así a ninguna edad.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Un momento de bendiciones

Antes de ayer estuve en un concierto de Jesús Adrián Romero. Es uno de mis cantantes cristianos preferidos. La canción “Mi universo” debe ser, seguramente, el canto cristiano más impactante escrito en los últimos años, cada vez que lo escucho me emociona.

El concierto se realizó en el Centro de Convenciones Polyforum de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, en Chiapas, México. Un hermoso lugar, moderno, amplio, limpio, de líneas contemporáneas y una arquitectura digna de una ciudad de primer mundo. El lugar con capacidad para 4000 personas fue un digno espacio para recibir a este pastor y cantante cristiano que logra reunir en un mismo recinto a personas de todas las corrientes teológicas cristianas.

Mientras esperábamos para entrar al recinto comencé a observar que había personas de distintas generaciones, niños, adolescentes, jóvenes, algunos jóvenes maduros (como yo, por ejemplo) y algunos ancianos (entre los que no me cuento yo, por supuesto). El lugar estaba completamente lleno, no cabía una persona más.
Disfruté cada minuto. Me emocioné hasta las lágrimas con algunas de sus meditaciones, especialmente, un momento especial cuando hizo una reflexión en relación a su canto “Mágicas Princesas”, dedicado a sus hijas, y luego hizo un pedido de perdón a nombre de los padres a todas las hijas maltratadas, abusadas, heridas y dañadas por sus padres, fue un momento muy emotivo, la mayoría de los que allí estábamos derramamos lágrimas.

Sé que algún conservador legalista romperá vestiduras al enterarse que fui a un concierto de este cantante, no suelo dar explicaciones de lo que hago y no vivo en función de la imagen. Lo que me interesa en este momento es reflexionar sobre lo que viví.

Un rincón para la unidad 

Pude ver a miles de cristianos que asisten a diversas congregaciones cantando alabanzas a Dios, escuchando la Palabra de Dios, siendo exhortados a aceptar a Cristo como su salvador (en algún momento hizo un llamado a los no cristianos presentes). Durante un momento nos unió la esperanza. Fuimos llevados al trono de la gracia por el entusiasmo de sabernos perdonados por un Dios de amor que en Cristo nos ha redimido. El perdón nos unió.

Cuando salí del recinto, me encontré con algunos adventistas y personas de otras congregaciones. Observé algunos de los vehículos en el largo rato que estuve en el estacionamiento intentando salir con mi automóvil, en la larga fila vi que muchos automóviles tenían mensajes cristianos: Cristo viene; Dios es amor; Unidos por la gracia; Jesús: León y cordero; Hijos de la paz en guerra contra el pecado; etc.

Vi logos de distintas congregaciones. Personas que seguramente llegarán a sus iglesias y se gozarán contando sobre un momento de alegría especial, donde fuimos reunidos en torno a la alabanza.

Pensé por un momento que así será el cielo: Llegarán cristianos de todas las denominaciones; personas que serán bienvenidas por el Rey de Reyes, que probablemente no escucharon algunas lecciones bíblicas, o que no aceptaron algunas doctrinas que algunos suponen básicas, pero que sin embargo, estarán porque la condición para la salvación sigue siendo la misma: “Creer en Jesús” (Jn. 3:16).

El triunfalismo a veces nos hace perder perspectiva. Nos solemos olvidar que la salvación no depende de los seres humanos sino de Dios, y que su justicia es diferente a la nuestra. ¡Qué felicidad me da pensar que el que juzga es Dios y no nosotros! Los seres humanos somos parciales, triunfalistas, orgullosos en nuestra vanidad religiosa, excluyentes, discriminadores, juzgadores de hermanos de otra denominación, etc. Gracias Dios porque él es el juez, y gracias porque sé que su justicia es superior, infinitamente superior a nuestras mezquindades denominacionales.

Hermanos sobre todo 

En algún momento, mientras esperábamos junto a Mery, para que comenzara el concierto, comenzamos a conversar con las personas que estaban a nuestro lado. En algún momento nos preguntaron de dónde veníamos, les dijimos que éramos extranjeros, y mencionamos el lugar donde vivíamos. Resultó ser que ellos viven en un pueblo cercano a donde está la universidad en la que trabajamos.

Lo inusual vino luego y enseguida, sin conocernos, sin saber quiénes somos realmente, nos invitaron a su casa. Nos dieron su dirección, nos dijeron a quién preguntar por ellos, la esposa de quien nos hablaba es profesora, así que muy conocida en el lugar.

Me sentí abrumado y agradecido. En primer lugar, nunca antes nos habíamos visto, sin embargo, al estar en una reunión religiosa en seguida sintieron que éramos hermanos y nos trataron de esa forma. Lo mismo sucedió con un grupo de damas que nos saludaron, especialmente a Mery, como si nos conocieran de toda la vida, con una alegría contagiante.

¿Cuándo aprenderemos los cristianos a ser hermanos? ¿Cuándo dejaremos el discurso de los Corintios: Yo soy de Apolo, yo de Pablo, yo de Cristo? ¿Cuándo comenzaremos a entender que aceptar a Cristo nos hace hermanos, más allá de nuestras diferencias de apreciación teológica?

Cristo debería unir, no separar. Solía participar en un Círculo Pastoral, donde supuestamente los que escriben son sólo pastores, pero me salí, entre otras cosas, porque las descalificaciones, las ironías, los improperios, las ofensas eran el pan de cada día, palabras salidas de personas que supuestamente habían hecho el compromiso de predicar de amor, tolerancia, integración, redención, perdón, etc. Fui más bendecido en una reunión con hermanos de otras congregaciones que todos los meses que estuve en el llamado “círculo pastoral”.

Una vida guiada por prejuicios 

Es desconcertante entender que los cristianos estamos llamados a predicar del amor de Dios, pero entre nosotros solemos tratarnos de manera tal que damos un triste espectáculo al mundo y tratar a quienes no opinan como nosotros como si fueran enemigos de Dios.

No olvido una conversación que tuve en Australia con una compañera de universidad que era musulmana. Provenía de Pakistán, cuando le conté que era cristiano su primera reacción fue de susto. Cuando le pregunté por su reacción simplemente me dijo:

―Es que no había conversado con un cristiano, me dan miedo.

Yo me reí y le dije:

―Yo tampoco había hablado con un musulmán, también me dan miedo.

Ambos nos pusimos a reír. Nos dimos cuenta que los prejuicios separan, muestran una imagen distorsionada y no permiten conocer verdaderamente. Luego me contó que ellos, los musulmanes, piensan que nosotros los cristianos somos hijos del demonio, que matamos, destruimos, violentamos y luego exclamamos que es a nombre de Dios.

―Cristo no me gusta ―me dijo a manera de conclusión.

Mientras ella hablaba pensé lo mismo sobre ella, que tenía los mismos prejuicios y me dieron ganas de decirle: Mahoma tampoco me gusta.

Los prejuicios separan, nos muestran una realidad que destruye nuestra capacidad de examinar objetivamente .
Puedo estar en desacuerdo con la idea teológica de alguien, pero eso no me da derecho a descalificarlo, maltratarlo, excluirlo, discriminarlo, motejarlo, etc. Jesús dijo: “Tengo ovejas en otro redil” (Jn. 10:16)… y a veces, con nuestro triunfalismo pensamos que el “otro redil”, son los otros, los que no están con nosotros, y ¿qué tal si Jesús se refería a nosotros? ¿Qué si somos nosotros el otro redil del que Jesús hablaba?

No comparto algunas ideas teológicas de Jesús Adrían Romero, pero es mi hermano, porque igual que yo declaramos que Cristo es nuestro salvador. Su ministerio me ha ayudado a entender algunos aspectos de Cristo que a veces he pasado por alto, en momentos difíciles sus cantos me han ministrado. El himno “Mi universo” llegó a mi vida en un momento terrible, y fue un bálsamo, por eso lo canto cada vez que puedo, y me trae paz, me habla de un Dios de amor que quiere ser mi universo, que anhela que lo tenga en cuenta no sólo un día a la semana sino a cada momento. Es una bella oración cantada que me ha ministrado en más de algún momento. Les dejo la letra, tal vez, les pueda hacer tanto bien a sus vidas como lo ha hecho con la mía,  los invito a leer esta oración:

Mi universo 

Que seas mi universo
no quiero darte solo un rato de mi tiempo
no quiero separate un día solamente

Que seas mi universo
no quiero darte mis palabras como gotas
quiero un diluvio de alabanzas en mi boca

Que seas mi universo
Que seas todo lo que siento y lo que pienso
Que seas el primer aliento en la mañana
y la luz en mi ventana

Que seas mi universo
Que llenes cada uno de mis pensamientos
Que tu presencia y tu poder sean mi alimento
oh Jesús es mi deseo

Que seas mi universo
no quiero darte solo parte de mis años
te quiero dueño de mi tiempo y de mi espacio

Que seas mi universo
no quiero hacer mi voluntad quiero agradarte
y cada sueño que hay en mi quiero entregarte

//Que seas mi universo
Que seas todo lo que siento y lo que pienso
Que seas el primer aliento en la mañana
y la luz de mi ventana
Que seas mi universo
Que llenes cada uno de mis pensamientos
Que tu presencia y tu poder sean mi alimento
Oh Jesús es mi deseo...//

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

jueves, 28 de octubre de 2010

Un funeral extraño

Hace unos días tuve una oportunidad diferente, extraña pero, al igual que la vida, propia de la precariedad de la existencia. Acompañé a una pareja de amigos en el dolor de perder a su mascota, un bello Poddle blanco. Mientras observaba las lágrimas del niño pensé: ¿Cómo se le explica a un niño que su mascota ya no estará con él?

Estuve en el momento en que su padre le comunicó a su hijo que su mascota había muerto. Vi con tristeza como fluían las lágrimas de dolor y asomaban las primeras preguntas que se le vienen a un niño que durante su corta vida ha sido educado en las convicciones cristianas:



―Si me llego a morir, ¿podrían enterrarme junto a mi perrito?


―¿Por qué?

―Para poder resucitar junto a él cuando venga Jesús.

Cuando estábamos haciendo el hoyo para enterrar al animal nuevamente otra pregunta entre lágrimas:

―Podré buscar a mi perrito en el cielo, ¿estará allí verdad?

Luego se puso a llorar. Lo abracé mientras su padre y un primo hacían el hoyo donde se enterraría al animalito. En ese momento pensé en qué se le puede decir a un niño que ha perdido a un ser tan querido como una mascota.

Luego el niño dijo:

―Se me fue mi amigo, ¿ahora con quién voy a jugar?

Parece un infantilismo, pero en ese momento para el niño la mascota lo es todo y no aparece nada más en el horizonte, tratar de explicarle que vendrán otros amigos y que es sólo una mascota, en ese instante es tiempo perdido, nada más cabe en su cabeza que el dolor que siente.

Luego de haber enterrado al animalito, el niño me pidió que orara, así que hice una oración mientras sentía sus gemidos y el sollozar silencioso del padre que intentaba disimular su pena con carraspeos que no podían ocultar el dolor que sentía.

Es probable que algún legalista de los que abundan considerarán impropio una oración y un funeral para un animal, pero, ¿no es acaso la oración un puente de consuelo para los que tienen alguna pérdida? ¿Cuántas veces intentamos acallar el dolor de otros e incluso el nuestro con teorías teológicas carentes de sentido común? ¿No es lícito acaso llevar algo de consuelo a una persona aunque haya perdido a un amigo de cuatro patas y con cola?

La religión no tiene todas las respuestas. Suponerlo es infantil. Intentar explicar todo no sólo es una osadía de magnitud nefasta, sino además, una presunción que lleva pronto a la vanagloria y la vanidad.

No tengo respuesta para un niño que pregunta por su mascota, pero si sé que el Dios que amo no se molesta con nuestras indagaciones, aunque parezcan heréticas e incluso, abiertamente blasfemas. Dios es mucho más inteligente que nuestras preguntas que parecen sin sentido.

Incluso más, en algún momento el niño me dijo enfadado:

―¿Por qué Dios hizo esto?

Intenté explicarle que Dios no tiene nada que ver con la muerte, ni de personas ni de animales, pero, ¿cómo le digo a un niño eso para que lo pueda entender? ¿Cómo le explico algo que tiene tantas connotaciones emocionales que es difícil poder captarlo en toda su dimensión?

Me quedé pensando que a Dios no le molestan nuestros enojos en contra de él. A veces hemos antropomorficado tanto a Dios que lo hemos hecho a la medida nuestra, como diría John Powell en uno de sus libros, “hemos hecho a Dios a nuestra imagen”, parafraseando puede ser que hemos dejado de ser la imagen de Dios para convertirnos en la arrogancia encarnada en nuestras ideas y hecho a Dios a la medida de nuestros conceptos, finitos, limitados, arrogantes, presuntuosos. Dios no se enoja con nuestras preguntas fuera de lugar ni nuestros enojos por lo que no entendemos.

Los vi irse en la tarde. Me quedé mirando la tumba del animal que quedó bajo un árbol y pensé que me gustaría que alguien me tratara con ternura cuando tuviera un dolor, que no me arrojara a la cara esa frase que suena a látigo:

―¡Deja de llorar! ¡Eres cristiano!

Como si llorar estuviera vedado para quienes tienen fe, como si la expresión de emoción fuera un privilegio de los no creyentes.

Le dije al niño antes de irse:

―Llora, llora todo lo que quieras, enójate con Dios si eso te hace bien, pero no dejes de hablar con tus padres lo que sientes.

Nuevamente puedo sentir la mirada reprobadora de algún religioso aferrado a las formas que puede parecerle que mi consejo es inapropiado. Pero, sigo creyendo que la expresión de la emoción es sana y la represión enferma. Lo entendió David, cuando escribe algunos Salmos que a los oídos del legalismo deben sonar a blasfemia. Dios no impide la expresión de emoción, sólo creerlo es monstruoso y una desfiguración de la verdadera esencia de la religión. Dios está con nosotros en medio de la alegría y también el llanto, cuando estamos en paz y cuando apretamos los puños y los alzamos al cielo para preguntar: ¿Por qué?

Seguramente, sintió la misma simpatía que yo he sentido por eso niño que se despidió de su mascota, porque Dios siempre está con el dolor del que sufre, nunca nos abandona, ni aún cuando creemos que está tan lejos que no nos escucha.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 25 de octubre de 2010

Toque a medianoche

Cuando la medianoche ya despuntaba se sintió el golpe profundo de unos nudillos en la puerta.

La ciudad ahogó el sonido y la casa no hizo ni siquiera un eco.

Los minutos pasaron con la lenta marcha de la oscuridad.

Nuevamente se oyó en la profundidad de la noche el golpe de una mano sobre la puerta de madera.

La ciudad emitió su lastimero susurro de medianoche y la casa apenas emitió un gemido.

El aire nocturno paseaba silencioso por las calles, ajeno al sonido de esas manos que golpeaban la puerta.

Un silencio aún más profundo que la noche dio paso nuevamente a esos golpes que por tercera vez ya sonaban como un plañidero canto.

La ciudad pareció despertar; sin embargo, su movimiento fue sólo aparente. Siguió en su modorra inconsciente.

En,la casa, esta vez hubo un ligero cambio. Una tenue luz rasgó la oscuridad tras la ventana del segundo piso.

A los pocos minutos sonaron las bisagras herrumbrosas de las ventanas y una voz preguntó soñolienta:

-¿Quién es? ¿Quién molesta a esta hora? -y la noche recibió en un mutismo la voz del visitante que contestó:

-Soy yo. Alguien a quien tú conoces.

-Acérquese más pues no veo su rostro -dijo el hombre de la ventana.

-A menos que abras la puerta no podrás verme -contestó el visitante.

El hombre de la ventana alargó su brazo con la lámpara, pero, por más que oteó hacia abajo, sólo pudo percibir la borrosa figura de un hombre más bien alto.

Reaccionó con malestar y gritó:

-¡Bueno! ¡Diga de una vez lo que quiere!, deseo seguir durmiendo.

El visitante exclamó:

- Vengo a revisar tu puerta ... le estás dando mal uso.

Y el hombre de la ventana exasperado le espetó:

-Y usted, ¿qué se mete?, es mi puerta y punto.

-Te equivocas amigo -replicó el forastero-. Con esta puerta es distinto, todo lo que hagas o dejes de hacer con ella me incumbe.

De pronto una tercera voz irrumpió gritando molesta:

-¡Ya pues! ¡Vayan a acostarse! ¡Queremos dormir! -y una silbatina proveniente de otras casas apoyó al que reclamaba.

El hombre de la ventana, sacó medio cuerpo hacia afuera y dijo casi en susurro:

-Oiga amigo, ¿por qué mejor no viene de día? Así... nadie se enoja.

-Lo siento -respondió el visitante- he venido a todas horas y siempre tienes algo que hacer; esta es tu última oportunidad.

-¡Que más! Si quiere, no venga; pero a mí me da lo mismo. ¡Buenas noches! -gritó el hombre. Y cerró bruscamente su ventana.

El visitante lentamente se tornaba para partir, cuando la ventana se volvió a abrir y el hombre gritó:

-¡Hey amigo!, al menos por curiosidad, ¿cómo se llama?

-Jesús de Nazaret; soy el carpintero que hizo tu puerta.

La ventana se volvió a cerrar y el visitante prosiguió su camino dispuesto a golpear otra puerta.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Antes que sea demasiado tarde

Recuerdo perfectamente que era un día de agosto cuando Erwin se acercó y me invitó a caminar. Me sorprendió, pero aunque no éramos amigos tampoco éramos desconocidos. 

Nuestras relaciones interpersonales se mantenían en un clima de simpatía y cordialidad, pero no nos habíamos dado el trabajo de conversar. 

Caminamos, y pronto comenzó a hablar. Me di cuenta de que escogía cuidadosamente las palabras. Me dijo algo que en ese instante fue muy importante para mí y que permanece en mi memoria como una de mis buenas experiencias. 

Me contó cómo se había formado una mala imagen de mí, luego de haber aceptado lo que otra persona había comentado. (En ese momento yo era ayudante del preceptor del internado; un trabajo que no suele ser muy popular, aunque al cabo del tiempo trae ricas satisfacciones). Finalmente, Erwin había decidido decirme algo que nos ayudara a mejorar nuestra relación: 

―Miguel, no somos amigos ―comenzó―, pero desde hace un tiempo te he observado y he llegado a la conclusión de que eres una buena persona. No eres perfecto, pero yo tampoco lo soy. Sin embargo tienes buenas cualidades que creo que son dignas de imitar. 

Al principio, lo tomé como una broma. Luego, me di cuenta de que hablaba en serio. 

Continuó diciéndome lo que a su juicio consideraba como buenas cualidades en mí. En algún momento quise detenerlo, aunque admito que me sentía halagado. 

Tal vez él ni siquiera lo haya sospechado, pero sus palabras sirvieron de estímulo a mi vida en ese instante. Sus elogios me mantuvieron motivado durante mucho tiempo. 

Cuando intento racionalizar este incidente, el “místico” en mí me dice que no debo aceptar elogios y que no debo sentirme bien por ello. No obstante, a medida que leo, estudio, indago y comparto mis impresiones con más personas, cada vez compruebo la importancia de hacer sentir bien a los demás, con palabras y con hechos. Una forma útil es decir lo positivo que pensamos de ellos. 

A veces solemos pecar de franqueza, confundiendo la falta de tino con la honestidad. Expresamos todo lo que tenemos dentro hacia una persona, generalmente cuando estamos enfadados con ella. Por eso, no es raro que en ese instante digamos cosas que no diríamos en otra oportunidad… 

Las críticas y la consideración de los aspectos negativos de alguien suelen ser actitudes recurrentes del ser humano y que algunas personas han cultivado hasta el cansancio. No obstante, cultivar el hábito de admirar lo positivo que otro tiene es una costumbre relativamente escasa, pero suele ser un ejercicio de retroalimentación que deja ganancias tanto a quien emite el elogio como a quien lo recibe. 

En este punto es necesario decir que existe una diferencia muy sutil entre el elogio honesto y desinteresado, y la adulación. No sé mediante qué mecanismo mental se transmite, pero cuando recibimos una adulación no podemos dejar de sentirnos incómodos. Por el contrario el elogio sincero provoca alegría y una sensación grata. 

Sólo el amor despierta amor. Sólo el elogio sincero despierta en otros, como efecto natural, una actitud elogiosa hacia nosotros. Aún más, sólo los pensamientos positivos hacen que otros nos devuelvan, a su vez, un cúmulo de pensamientos positivos, que se proyectarán en nosotros con naturalidad. 

Norman Vicent Peale escribió: 
El cristianismo enseña que hay un único rasgo fundamental para que la gente lo quiera a uno, es el amor y el interés directo y sincero hacia los demás.[1]
¡Cuánta razón tenía! 

―Me gusta como hablas ―le dije a un amigo cierto día― tu voz es agradable. 

Su rostro se iluminó, sonrió, y comenzó a contarme su gran sueño: Convertirse en locutor. También me dijo que nunca antes se lo había contado a alguien. Me sentí muy bien. Conocí mejor a otra persona. El experimentó buenas sensaciones. Como corolario, se creó entre nosotros un nexo de amistad más profunda. Para amar hay que conocer y para conocer hay que comunicar. 

La mejor secretaria que he tratado no fue precisamente secretaria sino una profesora de francés. Su mejor cualidad: sonreír y decir cosas positivas. A menudo he sostenido que su presencia cambiaba los ambientes en donde trabajaba. Lo positivo es contagioso. La alegría sana se expande rápidamente. 

Creo en la necesidad de aprender a elogiar, a decir con honestidad a otros lo que pensamos de ellos. 
Practicad el hábito de hablar bien de los demás. Pensad en las buenas cualidades de aquellos a quienes tratáis, fijaos lo menos posible en sus faltas y errores.[2] 
El momento es ahora. Nunca sabremos exactamente el efecto de nuestras palabras sobre la vida de otra persona. Nunca comprenderemos totalmente el significado que puede tener en ella un sencillo: “¡Bien! Me gusta lo que haces; creo que es muy bueno, ¡adelante!, estoy contigo”. 

Todos necesitamos en algún momento el reconocimiento, el aliento y la palabra afectuosa de otra persona. 

Los profesionales del deporte lo han entendido así desde hace mucho tiempo. Es por eso que se gastan enormes cantidades de dinero en implementar grupos de apoyo ―las llamadas “barras”―, cuyos gritos y vivas hacen más por el deportista que, muchos de los consejos recibidos de los directores técnicos. 

Conocí a un hombre en el norte de Chile que cultivaba mangos. Tenía fama de ser uno de los proveedores de la mejor fruta de la región. Un día le preguntaron cuál era su secreto y dijo algo que en ese instante pareció ridículo: 

―Le hablo con cariño a las plantas y limpio con cuidado sus hojas, como si fueran seres humanos. 

He leído más de un estudio que muestra evidencias para sostener que las plantas crecen mejor en un ambiente donde se les habla favorablemente y se les prodiga cariño. 

Sin intentar cuestionar o avalar dichos resultados, sólo me pregunto: Si así ocurre con las plantas, ¡cuánto más con los seres humanos! 
Demasiadas veces olvidamos que nuestros compañeros de trabajo [la familia, los amigos, incluso desconocidos], necesitan fuerza y estimulo, no dejemos de reiterarles el interés y la simpatía que por ellos sentimos.[3] 
Una de las tantas razones por las que me desagradan los funerales es porque son ocasiones en las que se escuchan melosos panegíricos y alabanzas extraordinarias. Me molestan porque precisamente el homenajeado está muerto y ya no está para escuchar los elogios y palabras de gratitud. ¿Se han dado cuenta que no hay muertos malos? Todos son extraordinarios, si algunos de ellos hubieran escuchado las palabras que se dicen de ellos en los funerales, tal vez, distinta habría sido su vida. 

No esperemos a que nuestros amigos, compañeros de trabajo, familiares, conocidos o nuestros semejantes hayan fallecido para decirles cuánto apreciamos su compañía. 

Simplemente, digámoslo antes que sea demasiado tarde. 

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

[1] Norman Vincent Peale, El poder del pensamiento tenaz (Barcelona: Grijalbo, 1980), 249.
[2] Elena de White, Ministerio de curación (Buenos Aires: ACES, 1977), 392.
[3] Ibid., 393.

lunes, 18 de octubre de 2010

Señor… ¡Sálvame!... ¡de mis hermanos!

Hace algunas semanas me vi en medio de una polémica que no busqué ni quise. Me comenzaron a llegar cartas de algunos pastores que están en un foro de ministros, al cual alguna vez pertenecí. Varios me escribieron preocupados porque alguien hizo algunas acusaciones en mi contra (no menciono el nombre para no generar más polémica, no viene al caso, sólo quiero reflexionar).

La persona que se refería a mi lo hacía en términos tan ácidos y descalificadores que al comienzo pensé que era algo que habría escrito algún enemigo del evangelio, sin embargo, mi sorpresa fue tal al comprobar que esa persona es un pastor, una persona que por su investidura se supone que debe tener el más alto estándar ético. Su carta plagada de descalificaciones, mentiras, imprecisiones y medias verdades, que es a fin de cuenta otra forma de engaño, se refería a mi persona incluso en términos vulgares.
Mi primera reacción fue de enojo, pero luego pensé: ¿Qué he hecho?

La razón de las varias cartas que dicha persona envió a ese círculo eran simplemente una reacción a una opinión diferente respecto a una de las respuestas que he dado en otro blog dedicado a contestar inquietudes que suelen hacerme, y que desde hace tiempo, por exceso de trabajo no he podido continuar. Mis preguntas abiertas y sin dobles intenciones son:
¿Cómo pretendemos hablar del amor de Dios si no vivimos dicho amor entre nosotros? 
¿Cómo podemos los cristianos aparecer como modelos éticos si no seguimos las bases éticas que Jesús enseñó? 
Dicha persona que me ha descalificado y que seguramente, fiel a su estilo, seguirá denigrándome donde pueda, nunca ha hablado conmigo personalmente ni me ha escrito para corroborar algunas informaciones que se dedicó a proliferar sin confirmar si eran o no verdad.
¿Cómo podemos predicar “la verdad” si no somos fieles a la verdad y nos dedicamos a transmitir mentiras y engaños sobre otros? 
¿Qué ejemplo le damos a otros del amor de Dios si tratamos a nuestros hermanos peor que a nuestros enemigos? 
He sido cristiano desde la niñez y créanme que con los años mis peores heridas han venido de otros cristianos. Las palabras más mordaces e hirientes las he escuchado de labios de personas que luego estaban en la iglesia con “cara de santos” cantando sin culpabilidad: “Amémonos hermanos de corazón”.

¡Qué espectáculo damos al mundo!

¡Qué terrible espectáculo damos a quienes supuestamente debemos llevarle la palabra de Dios! De un Dios que no miente ni engaña de ninguna manera.

George Knight, un escritor a quien suelo leer continuamente, dice en uno de sus libros:
“A menudo era capaz de predicar un sermón titulado "Por qué no me gustan los adventistas" y lo cierto es que no me gustan, pero acabé dejando de presentarlo porque sonaba un tanto negativo. Naturalmente, no tenía objeciones si eran cristianos aparte de ser adventistas. Pero si solo eran adventistas, ¡Dios nos ampare! He aquí la causa: Una vez conocí a un adventista del séptimo día que era peor que un diablo. En realidad, en una ocasión conocí incluso a un vegetariano estricto que era tan despiadado como el diablo. Para que tenga algún valor, nuestro adventismo debe estar inmerso en el cristianismo. Sin esa inmersión, no es mejor que cualquier otro "ismo" para gente crédula”.* 
Y esta última parte que me interesa para reflexionar. Si nuestra ética y conducta diaria no es diferente de la de un no cristiano, entonces, ¿qué hacemos predicando sobre Jesucristo? No basta ser parte de una congregación, ni siquiera como en el caso de este pastor (dudo al llamarlo así) llevar las credenciales ministeriales, es preciso que en nuestra vida diaria tengamos un sentido ético que nos permita tratar a los demás diferente a como lo haría alguien que no conoce a Dios.

Friedrich Nietzsche escribió alguna vez:
“El mejor argumento contra el cristianismo son los cristianos”. 
Lamentablemente, tengo que reconocer que tiene razón, si alguien leyera lo que de mi ha escrito este varón que se hace llamar pastor, probablemente coincidiría conmigo.

¿Qué es ser cristiano? 

Una posibilidad es que el cristiano represente a una persona que defiende una doctrina a como dé lugar y con los métodos que sean. Eso ya lo hemos vivido en el cristianismo y la inquisición con su gama de atrocidades es la muestra más patente de dicho espíritu.
Hace algunas semanas atrás un clérigo norteamericano abogaba para quemar ejemplares del Corán, otra manera de vivir el espíritu intolerante. Vi sorprendido en CNN a un grupo de cristianos de otra congregación haciendo muestras de intolerancia en funerales de soldados norteamericanos, sin ninguna consideración por el dolor de los deudos. No dudo que la persona que en estos días me ha atacado tan fieramente que si viviéramos en el siglo XVI me habría enviado a la hoguera y se habría sentido feliz y satisfecho de hacerlo. Si alguien quiere leer más de este espíritu y atrocidades, un buen libro es los cinco tomos de Karlheinz Deschner, Historia criminal del cristianismo (Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1990), que aún cuando uno pueda discrepar de su visión ideológica, es innegable que los hechos históricos confirman una línea de intolerancia digna de las atrocidades más horrendas del nazismo.

Otra posibilidad, ligada a la anterior es considerar que los cristianos tienen la última palabra y que nadie puede decirles nada acerca de equivocaciones. Esta forma de ver la realidad ha generado el dogmatismo que lleva al fanatismo sectario. La forma más contradictoria de este principio es el concepto de infabilidad defendido por una parte del cristianismo, que nadie puede desafiar. Aún me indigna pensar en la reacción que hubo cuando Hans Küng se atrevió a desafiar este concepto con su libro ¿Infalible?: Una pregunta (Buenos Aires: Herder, 1970) o cuando Leonardo Boff se atrevió a analizar la supuesta jerarquización basada en la infabilidad con su libro Iglesia, carisma y poder (Santander: SalTerrae, 1992). Ambos sacerdotes fueron silenciados y denostados de la forma más burda, simplemente, por atreverse a sospechar que no siempre podemos tener la razón en todo, por mucho que nos llamemos cristianos.

Otra manera de ser cristianos es ser ascetas, es decir, alejarnos de todo contacto con el mundo creyendo que de esa forma podremos vivir mejor nuestra religión. Dicha forma de vivir olvida el concepto bíblico de Jesús: “No te pido que los retires del mundo” (Juan 17:35). El ascetismo ha generado una forma de expresión del cristianismo alejada de la realidad, que en muchos sentidos, es tan dañina como la militancia inquisidora.

Otra forma es considerar al cristianismo como una filosofía de vida ligada a una ética de la conducta más que a un cuerpo doctrinal específico. El liberalismo cristiano ha terminado en ese plano siendo nada más que un conjunto de normas éticas y las iglesias una especie de clubes de defensa moral.

Semejante a lo anterior se encuentran aquellos grupos cristianos que sienten que el emocionalismo es la mejor expresión del cristianismo. En dicho contexto tampoco interesan las doctrinas claras y objetivas, sino sólo lo vinculado con los sentimientos y las emociones, no importa lo que dice la Palabra sino lo que siendo respecto a ella. Cada individuo se convierte en norma religiosa.

Finalmente, otra opción es la de aquellos que creemos que el cristianismo no consiste en defensa de doctrinas al grado de descalificar a otros y condenarlos. Tampoco en aislamiento para apartarse de otros para vivir una vida cristiana separada. Ni emocionalismo irracional ni defensa de dogmas desprovistos de sentido común.

El cristianismo es una forma de vida que se sustenta en la convicción profunda de que cada ser humano es pecador y que Dios en su misericordia ha provisto un plan de redención para todo aquel que lo acepte. Somos seguidores de un Jesús de esperanza y sanidad, que otorga sentido y propósito a la vida de los individuos. No de un Jesús que vino a condenar y maltratar a otros.

Evidentemente la Escritura se convierte en una fuente autoritativa de información y Jesucristo en el modelo a seguir en la forma de vivir e interactuar con otros. En ese contexto cada cristiano se convierte en el agente de reconciliación para otros que no han tenido la posibilidad de conocer a Dios.

Esta tarea debe ser hecha con amor, tolerancia y sin utilizar recursos de manipulación, engaño, medias verdades, descalificaciones ni nada que se asemeje a métodos usados por quienes no conocen a Cristo.

Conclusión 

Jesús nos invita a amar a nuestros enemigos, no necesariamente gustarnos lo que hacen, eso implica no caer en las argucias ni artimañas de quienes pretenden a nombre de lo que sea, destruirnos. Estoy tentado a escribir de ese ministro que seguramente está luchando con ser fiel a su conciencia: “Dios, perdónalo, porque no sabe lo que hace”, pero después he pensado: “¿Y si sabe lo que hace?”… sería terrible pensar eso, así que prefiero quedarme con la primera oración, al menos, me da la convicción y la tranquilidad de saber que tenemos un Dios de amor que no nos condena, ni nos maltrata ni siquiera en defensa de la verdad.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.


*George Knight, La visión apocalíptica y la neutralización del adventismo (Buenos Aires: ACES, 2010), 10.