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miércoles, 8 de junio de 2011

Siempre sale el sol en el horizonte

Me encantan las mañanas. Mi mejor hora del día es la madrugada y especialmente cuando aparece el sol en el horizonte, para mí, es un mensaje de esperanza, la noche ha sido negra, pero el día renace con toda su luminosidad, es como si la naturaleza nos diera un espaldarazo y nos dijera:

―No te preocupes, todo va a estar bien, respira profundo, sigue adelante, nunca es tan oscuro que el sol no pueda volver a iluminar.

En ocasiones el dolor nos hace perder perspectiva. Nos olvidamos de lo que tenemos y de lo que hemos tenido, de los recuerdos buenos, de las alegrías, de la bonanza de otros días.

Alguna vez leí que la presentadora de televisión Oprah Winfrey tenía una agenda, donde anotaba las buenas experiencias que había vivido, y si en algún momento estaba desanimada, o le sucedía algo que la hacía perder el buen ánimo, simplemente iba a la agenda y leía en la fecha pasada lo que había vivido y se decía a sí misma: “En un día como hoy tuve una buena experiencia, fue un buen día y puede volver a serlo”. No sé si a todos les resultará, pero a veces en medio de la oscuridad olvidamos el color de la luz. 

Todos tenemos días buenos y días malos, la gracia de vivir con sentido es encontrar esperanza en medio de la aflicción y concentrarnos en que siempre es posible volver a repetir los momentos nuevos. Perder la esperanza, es perder algo mucho más valioso que la vida misma, es quedarnos sin sentido, sin norte, sin ganas de continuar viviendo.

Cuando al vivir nos concentramos en lo importante, entonces, podemos respirar tranquilos, sabiendo que nada nos puede afectar, que al final, hemos tocado el cielo con las manos, porque hemos experimentado el amor, la alegría, la belleza, en suma, hemos vivido.

El otro día conversaba con un amigo que perdió recientemente a su hijo de nueve años. Él es abogado, profesor y además, comerciante, dueño de un negocio próspero y me dijo:

―Sabes, ahora las cosas las veo distintas, siento que hay cosas más valiosas que el dinero o el trabajo.

Luego me habló de los momentos hermosos que vivió con su hijo. De las alegrías que experimentó y terminó diciéndome:

―Eso nunca nadie me lo va a quitar.

Y así es, cuando tenemos una pérdida, de la que sea, concentrarnos en la alegría de lo que se ha tenido, es más sabio que sufrir por lo que se ha perdido. Los duelos nunca se superan cuando hacemos un monumento al dolor.

Una vez escuché una anécdota de uno de mis alumnos de posgrado de Colombia. Me contó de un pueblo que había sido arrasado por la guerrilla terrorista de las Farc. Una mujer, que en ese momento no estaba en el pueblo se salvó. Cuando llegó encontró muertos a sus familiares. Sufrió, vivió el duelo con toda su intensidad, pero después pensó para sí misma:
―Mi dolor no los revivirá.

Así que tomó una decisión, se dedicó a juntar los restos de su pueblo, y con la ayuda de otras personas lo reconstruyó, y luego, lentamente y sin apuro, hizo un jardín, un enorme y hermoso jardín al que le dedica todo el tiempo libre que tiene luego del arduo trabajo de sobrevivir. Cuando le preguntan, ella simplemente dice:

―Prefiero recordarlos con la alegría de las flores que llorarlos con las ruinas que nos dejaron.

Es más sabio mirar con esperanza, que con dolor.

Cuando estemos en algún rincón llorando en silencio para que los demás no se asusten, o intentando reprimir las lágrimas para que otros no nos pregunten qué nos pasa, es bueno que recordemos que hemos amado, que hemos reído, que hemos podido contemplar por un momento otros cielos, y no todos los seres humanos pueden decir eso. Hay muchos, que anegados por las lágrimas, y por el pesar, no se detienen a mirar un puesta de sol a la orilla del mar ni a contar las bendiciones que tienen, ni a esperar un futuro mejor, por muy lejano que a veces parezca.

El otro día encontré este poema, desconozco exactamente el autor, pero resume en parte lo que pienso en este momento:

Cuando la vida nos golpea,
como a veces pasa,
el mundo se vuelve gris,
las fuerzas parecen irse,
y un aliento de amargura
se apodera de nosotros.
Pero debes saber, aún en medio
de la desolación,
que cuando la vida te cierra
una ventana,
en alguna parte te está abriendo
una nueva puerta.
Aunque hoy te cueste creerlo,
esta bruma se disipará,
tus piernas tendrán
fuerzas otra vez
y el sol brillará de nuevo.
Puedes estar seguro
¡Eso, también pasará!
No trates de entender
cada detalle de la vida.
No te preguntes más
"¿Por qué a mí?"
Tal vez nunca encuentres
una respuesta para ello.
Ganarás más aceptando
lo que no puedes cambiar,
y decidiéndote por la vida.
Por eso:
¡No te rindas!
¡Tienes mucho por qué vivir!
Si lo requieres, llora
si lo ocupas, grita
Pero ten presente,
que esas lágrimas, si persisten
no te dejarán ver el sol,
que ya comienza a salir,
y que ya ha empezado
un nuevo amanecer.
Piensa en los que te aman
y te necesitan.
Acepta la mano amiga
que se tiende hacia ti...
Y verás como las nubes de la
tormenta empiezan a alejarse,
y cómo a las aves les queda
todavía mucho trino por cantar.
Así que, respira profundo. Levanta
la cabeza y eleva la mirada.
¡Fuerza una sonrisa en tu rostro!
y entonces poco a poco
la vida volverá a tener
sentido para tí.
Vamos: ¡Inténtalo! Ponte de pie
Aún tienes mucho por que luchar.
Otros han pasado por esto antes
y lo han logrado. Tú también
puedes hacerlo.
¡Créeme, eso también pasará!

Siempre, en las mañanas, vuelve a salir el sol. Esa es mi mejor metáfora para comenzar el día, espero que para ti también.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 31 de enero de 2011

La noche avanza inexorable

¿Cuándo sabes que estás envejeciendo? Hay detalles que de pronto pasas por alto, pero están allí para recordarte que no eres de hierro, que tal como la noche sigue al día, la hora avanza inexorable sin que lo puedas evitar. El Superman que llevamos dentro algún día se llena de arrugas.

El día que mi hija me dijo, con su cara preciosa y con una sonrisa de oreja a oreja:

―Papi me voy a casar.

Ese día envejecí diez años, no porque me entristeciera, sino porque enseguida comprendí que después del matrimonio vendrían nietos que en algún momento me dirían:

―¡Abuelooooo! ¡Abuelitoooo!


Menos mal que mi hija ha tenido la decencia y la compasión de retardar ese momento, para darme la ilusión, al menos por un tiempo de que no estoy tan viejo.

El sábado salí a caminar, no mucho, algunos kilómetros, y como hago siempre, con entusiasmo, mirando los árboles, sintiendo el fluir del aire entre las ramas, oyendo la cadencia del río rozando las rocas y el piar de las aves. Fue una buena tarde, pensé que había hecho un buen intento, que había logrado bajar la montaña y luego retornar, y entero, y venía riéndome de mi mismo al pensar que debería haberlo pensado mejor al bajar por ese camino porque tenía que regresar y cuesta arriba. Pero llegué, feliz, sudoroso, con la frente en alto, sin jadear y creyéndome un victorioso, pero mi aspirante a nuera, Katy, me bajó a la cruda realidad con una sola pregunta:

―¿A dónde fueron a caminar?

E ingenuo y jactancioso respondí:

―¡Hasta la cueva que está bajo el puente!

―Uff, ¡ahí no más! Nosotros fuimos hasta la cima, río arriba, y luego bajamos por la ladera de la montaña, ¡llegamos con un hambre!... ―y siguió hablando mientras me reía para adentro diciéndome a mi mismo: ¿Pensar que yo creí que había hecho un gran camino? Allí envejecí otros cinco años…

La vida se va, inexorable, ¿qué nos queda? Pues, muchas cosas, algunas que no podemos discernir con claridad y otras que están frente a nuestros ojos sin que podamos evitarlo.

Soy de la generación que está viendo como sus profesores están muriendo, este año se fue un querido maestro que amé profundamente como mentor. Mis padres pronto partirán, ya mi madre compró su mausoleo y ha planificado varios de los detalles de su funeral, incluyendo su féretro, y no es que sea una mujer macabra, ni nada por el estilo, es práctica, y esa es la virtud que más he admirado de ella toda la vida. Creo que he adquirido al menos un porcentaje de su practicidad porque hoy le di detalles a mi hijo de cómo quería que me trataran cuando me muera: Quiero que me incineren y que mis cenizas las echen al mar, me quedó mirando como diciendo:

―¡Estarás muerto! ¿Qué sabes qué haremos?

Como adiviné lo que pensaba le dije:

―Dejaré un testamento legal para que alguien lo haga ―y nos pusimos a reír.

Edgardo, un viejo amigo, a quien quiero mucho, mi mejor compañero de colportaje, condiscípulo, con el que discutí durante dos veranos, pero a quien llegué a apreciar como mi hermano, está enfermo, grave, con una enfermedad de la cual no hay garantías. Nos separan miles de kilómetros, yo en México y él en el Sanatorio Alemán de Concepción, Chile, cuando supe del lugar en dónde está, pensé: ¡Qué ironía! Siempre he relacionado ese hospital con una de las cosas más bellas que me ha ocurrido en la vida, aparte de la llegada de Mery Alin, mi hija amada, que es el nacimiento de Alexis Joel, otro de los regalos del cielo para mi vida, hace 21 años, en ese mismo establecimiento. Si Edgardo parte, ese lugar ya no tendrá para mí el mismo sentido, lo asociaré a la vida y a la despedida, porque la muerte para los creyentes es sólo eso, un ¡hasta luego!, ¡nos vemos pronto! Pensando en Edgardo, envejecí otros cinco años…

Mis amigos están enfermando… y envejeciendo. Como me dio tanta nostalgia pensar en Edgardo me puse a hacer zapping en Facebook, ¡si!, ¡para eso sirve también!, ocupé dos horas, desde las cuatro de la mañana, para ir de amigo en amigo, pero concentrándome en sus hijos. Supe que Michael, el hijo de un amigo que lleva mi nombre, ya es todo un hombre, que otro, ya es gerente de una empresa, que el hijo de una exnovia es estudiante de medicina, encontré a ex amigos, a ex compañeros de colegio, a ex vecinos, a ex ex ex ex… Recordando, mirando, añorando, envejecí otros cinco años… y sentí el tic tac de mi reloj… aunque es de cuarzo y su sonido no lo percibe nadie.

Cuando iba conduciendo mi vehículo cuesta arriba, por las hermosas montañas de Chiapas, llenas de árboles, de pinos centenarios y conversando con mi hijo, pensé: ¿Qué puede ser más hermoso que viajar acompañado de alguien que amas y a quien le gusta tu compañía? ¿Qué conversación maravillosa? Escuchar sus sueños, observar sus ojos radiantes, llenos de la luz que da la esperanza. Hablamos del amor, de la tristeza, de la soledad, del matrimonio que está programando, de las aventuras que da la existencia, de la alegría que da saber que la vida avanza… y llegamos a casa, tres horas después… pero que parecieron apenas unos momentos, y ¿saben qué? ¡De pronto renací!... recuperé los años que perdí en estos días, porque la esperanza hace que la vida continúe, hasta el último segundo y aunque mis huesos cansados me dicen que ya no estoy para ir a la cima de la montaña, de todos modos, mi corazón continúa latiendo y sólo escuchar a un joven de 21 años soñar, me hizo mirar la vida desde otra perspectiva.

Edgardo, querido amigo, tu sufrimiento es mi dolor, pero la vida continua, los hijos llevan la antorcha, los sueños no mueren… alguien por ahí sabe que eres su padre, que has sido esposo, amante, amigo, compañero, guía... que no importa lo que ocurra, mientras alguien nos recuerde, la vida sigue. Por último, nuestras obras nos sobrevivirán y continuaremos vivos en la memoria de otro.

Son las 23.30 de la noche, mi día comenzó a las cuatro de la mañana, pero ¿saben?, tengo en mis ojos el brillo de la esperanza, y eso es más importante que cualquier otra cosa. Confío en estar lo suficientemente vivo para algún día mirar la puesta de sol frente al mar y sentir el arrullo de las olas mientras sorbo a sorbo bebo el amor, el cariño, la complicidad de una buena conversación, y la sensación de que la vida no acaba sino hasta el último segundo, y hasta que llegue ese momento, hay que celebrarlo a fondo. ¡Viva la vida! ¡Vida que vive hasta el último momento! Porque tal como decía un viejo y querido panadero: Se acaba hasta cuando se acaba.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

jueves, 28 de octubre de 2010

Un funeral extraño

Hace unos días tuve una oportunidad diferente, extraña pero, al igual que la vida, propia de la precariedad de la existencia. Acompañé a una pareja de amigos en el dolor de perder a su mascota, un bello Poddle blanco. Mientras observaba las lágrimas del niño pensé: ¿Cómo se le explica a un niño que su mascota ya no estará con él?

Estuve en el momento en que su padre le comunicó a su hijo que su mascota había muerto. Vi con tristeza como fluían las lágrimas de dolor y asomaban las primeras preguntas que se le vienen a un niño que durante su corta vida ha sido educado en las convicciones cristianas:



―Si me llego a morir, ¿podrían enterrarme junto a mi perrito?


―¿Por qué?

―Para poder resucitar junto a él cuando venga Jesús.

Cuando estábamos haciendo el hoyo para enterrar al animal nuevamente otra pregunta entre lágrimas:

―Podré buscar a mi perrito en el cielo, ¿estará allí verdad?

Luego se puso a llorar. Lo abracé mientras su padre y un primo hacían el hoyo donde se enterraría al animalito. En ese momento pensé en qué se le puede decir a un niño que ha perdido a un ser tan querido como una mascota.

Luego el niño dijo:

―Se me fue mi amigo, ¿ahora con quién voy a jugar?

Parece un infantilismo, pero en ese momento para el niño la mascota lo es todo y no aparece nada más en el horizonte, tratar de explicarle que vendrán otros amigos y que es sólo una mascota, en ese instante es tiempo perdido, nada más cabe en su cabeza que el dolor que siente.

Luego de haber enterrado al animalito, el niño me pidió que orara, así que hice una oración mientras sentía sus gemidos y el sollozar silencioso del padre que intentaba disimular su pena con carraspeos que no podían ocultar el dolor que sentía.

Es probable que algún legalista de los que abundan considerarán impropio una oración y un funeral para un animal, pero, ¿no es acaso la oración un puente de consuelo para los que tienen alguna pérdida? ¿Cuántas veces intentamos acallar el dolor de otros e incluso el nuestro con teorías teológicas carentes de sentido común? ¿No es lícito acaso llevar algo de consuelo a una persona aunque haya perdido a un amigo de cuatro patas y con cola?

La religión no tiene todas las respuestas. Suponerlo es infantil. Intentar explicar todo no sólo es una osadía de magnitud nefasta, sino además, una presunción que lleva pronto a la vanagloria y la vanidad.

No tengo respuesta para un niño que pregunta por su mascota, pero si sé que el Dios que amo no se molesta con nuestras indagaciones, aunque parezcan heréticas e incluso, abiertamente blasfemas. Dios es mucho más inteligente que nuestras preguntas que parecen sin sentido.

Incluso más, en algún momento el niño me dijo enfadado:

―¿Por qué Dios hizo esto?

Intenté explicarle que Dios no tiene nada que ver con la muerte, ni de personas ni de animales, pero, ¿cómo le digo a un niño eso para que lo pueda entender? ¿Cómo le explico algo que tiene tantas connotaciones emocionales que es difícil poder captarlo en toda su dimensión?

Me quedé pensando que a Dios no le molestan nuestros enojos en contra de él. A veces hemos antropomorficado tanto a Dios que lo hemos hecho a la medida nuestra, como diría John Powell en uno de sus libros, “hemos hecho a Dios a nuestra imagen”, parafraseando puede ser que hemos dejado de ser la imagen de Dios para convertirnos en la arrogancia encarnada en nuestras ideas y hecho a Dios a la medida de nuestros conceptos, finitos, limitados, arrogantes, presuntuosos. Dios no se enoja con nuestras preguntas fuera de lugar ni nuestros enojos por lo que no entendemos.

Los vi irse en la tarde. Me quedé mirando la tumba del animal que quedó bajo un árbol y pensé que me gustaría que alguien me tratara con ternura cuando tuviera un dolor, que no me arrojara a la cara esa frase que suena a látigo:

―¡Deja de llorar! ¡Eres cristiano!

Como si llorar estuviera vedado para quienes tienen fe, como si la expresión de emoción fuera un privilegio de los no creyentes.

Le dije al niño antes de irse:

―Llora, llora todo lo que quieras, enójate con Dios si eso te hace bien, pero no dejes de hablar con tus padres lo que sientes.

Nuevamente puedo sentir la mirada reprobadora de algún religioso aferrado a las formas que puede parecerle que mi consejo es inapropiado. Pero, sigo creyendo que la expresión de la emoción es sana y la represión enferma. Lo entendió David, cuando escribe algunos Salmos que a los oídos del legalismo deben sonar a blasfemia. Dios no impide la expresión de emoción, sólo creerlo es monstruoso y una desfiguración de la verdadera esencia de la religión. Dios está con nosotros en medio de la alegría y también el llanto, cuando estamos en paz y cuando apretamos los puños y los alzamos al cielo para preguntar: ¿Por qué?

Seguramente, sintió la misma simpatía que yo he sentido por eso niño que se despidió de su mascota, porque Dios siempre está con el dolor del que sufre, nunca nos abandona, ni aún cuando creemos que está tan lejos que no nos escucha.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.