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sábado, 1 de enero de 2011

Amistad

En medio de la crisis y de las dificultades, una cosa queda al final: Llegas a conocer realmente quiénes son tus amigos, los de verdad, los que no hablan sólo de la boca para afuera, las personas con las que puedes contar en los momentos difíciles. Como cuando se cierne la arena y finalmente quedan las rocas, los que verdaderamente importan, y eso, aunque doloroso a veces, ha sido una experiencia aleccionadora.

Un amigo es una persona que está contigo de manera incondicional. No te vende por un plato de aplausos partidistas ni te cambia por la aprobación de un jefe. Es alguien que está contigo, aunque eso suponga perder réditos políticos. Para sanidad mental es necesario apartarse de aquellos que sólo son tamo que arrebata el voto del momento.

Un amigo es alguien que te ama a pesar de tus errores. Como dijera alguna vez el ensayista norteamericano Elbert Hubbard:


Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere.
Cuando alguien te apoya sólo cuando tu conducta es acertada y se aleja cuando cometes un error, entonces ese individuo, simplemente, no es tu amigo, es un enemigo encubierto. Un amigo te sigue queriendo aunque te equivoques, no te lapida ni es parte de la bandada de buitres que viene a comer tu carne cuando caes.

Un amigo no se aleja cuando difieres. No es aquel que piensa al ritmo tuyo, ni sigue tus mismos pensamientos, pero es alguien en quien puedes confiar aunque discrepe. Cuando alguien sólo mantiene su amistad contigo porque comparte la misma opinión y se aleja o te traiciona, porque difiere de tu manera de pensar, esa persona nunca ha sido amigo, es sólo un verdugo de la inquisición que se ha disfrazado de amigo para ganar tu confianza. Con un amigo no temes opinar, como dijera el extraordinario Ralph Waldo Emerson:
Un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta.
Un amigo es un hermano que se mantiene contigo a pesar de las dificultades. No podemos dejar de ser hermanos de los hermanos, simplemente, porque una situación no sea lo que esperamos. Los amigos de verdad, los que realmente interesan, los que no sonríen sólo porque hay flashes o fotógrafos, son aquellos que te han elegido como hermano y no renunciarán a dicho estado familiar, sólo porque en algún momento en el camino aparece un escollo.

Un amigo es aquel que te acepta a pesar de tus defectos. No actúa como si fueras perfecto, porque eso sería irracional, pero entiende que todo ser humano es débil en algunos aspectos y fuerte en otros. Como diría un proverbio turco:
El que busca un amigo sin defectos se queda sin amigos.
Algunos de mis “amigos” han partido porque no han tolerado algunos de mis “defectos”, y lo pongo entre comillas, porque es algo relativo. Si hablar con la verdad, de cara a la gente, si empeñarse en decir lo que se piensa aún a costa de no ser políticamente correcto, si ser honesto y fiel a la justicia, si no estar dispuesto a besar la mano del tirano, si defender al débil, si declarar sin ambigüedad el error, si oponerse al mobbing y al bulling laboral, es un defecto, entonces, bienvenidos los amigos verdaderos que han quedado, porque esos si son los que cuentan, los de verdad, los que no temen llamar al engaño y la mentira por su nombre, los que no venden su conciencia ante un dictador. Personas con ese “defecto” son diamantes valiosos y de algunos de ellos me precio de ser amigo. Los demás, es un alivio haberlos conocido realmente y ya no estar con ellos, no se puede vivir rodeado de lobos disfrazados, es mejor estar acompañado de quienes verdaderamente son lo que dicen ser.

William Shakespeare alguna vez escribió:
Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero.
Parafraseando al gran dramaturgo podríamos decir que del mismo modo, que a quienes hemos puesto a prueba y han revelado su verdadera identidad engañosa, es preciso dejarlos. Debemos hacer el duelo que corresponde por ellos, pero como dijera Jesús,  es preciso enterrar nuestros muertos y seguir. No es sabio permitir que quienes se hicieron llamar amigos sin serlo, se conviertan en lastre que impida vivir a plenitud.

Un amigo es alguien que alumbra en medio de la oscuridad. En medio de las dificultades he descubierto la luz de quienes son faro que guía y se mantienen así en medio de la tormenta. Como dijera el  gran poeta de la India, Rabindranath Tagore:
La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido.
En momentos difíciles, aparecen los amigos que siempre han estado allí, para darte la seguridad de su luz, para ser la luminosidad al final del túnel, para mostrarte que  luego de la larga noche de la tristeza y el dolor, siempre sale el sol para darnos esperanza.

Un amigo verdadero te habla a la cara, te regaña, te exhorta, te reprende incluso, pero te sigue amando. Los que no son amigos, los engañadores de siempre, los que cantan loas hacia ti cuando entras triunfante a la ciudad, y luego hablan a tus espaldas cuando llega la noche, esos simplemente, no son amigos.  

Como dijera el sabio Salomón:
Más confiable es el amigo que hiere que el enemigo que besa (Proverbios 27:6).
Los enemigos siempre hablan a tus espaldas, no son honestos ni confiables. De cara a ti te sonríen, cuando le das la espalda esparcen rumores, dicen medias verdades, son oportunistas del aplauso político, callan cuando deben hablar, hablan cuando deberían callar.

Un amigo es alguien en quien puedes confiar. Sabes que no te traicionará de ningún modo, que estará dispuesto a cortarse la mano por ti, porque sabe quién eres. No irá una palabra ni realizará un acto que ponga en duda su amistad hacia ti. Si no puedes confiar, entonces, ya no hay amistad, si es que acaso alguna vez la hubo. La confianza es el aceite que ayuda a que se mantenga el vínculo a pesar de los roces, del trajín de la vida, de la lucha constante contra las aves rapaces y de la dificultad que supone ser simplemente humanos.

Un amigo nunca, por ninguna razón, te confunde con un medio para lograr algún propósito. Te trata con respeto, te acepta con inteligencia, pero nunca te vende a los mercaderes de la muerte, esos que pululan siempre y que no dudarían en vender a su madre si eso significa un voto político o el aplauso de la masa.

Un amigo verdadero siempre te reprende en secreto pero te alaba en público. Nunca, por ninguna razón, expone ante la plebe tus debilidades ni da motivos para que vengan los gusanos y penetren por las heridas que te has hecho en el camino.

Un amigo te acompaña cuando estás herido, caído en el camino, solitario en el dolor, y lloroso por la implacable espada del tormento. No se aleja, no calla, no se mantiene en silencio cuando debería acompañarte. Es en el dolor cuando realmente conoces a los verdaderos amigos, los que vienen a cubrir tus heridas y no a celebrar la sangre que escapa de tu úlceras.

Un amigo de verdad nunca se fija en el exterior, no se guía por el rating político, no se deja llevar por las opiniones de la masa, no va en la riada de los “me dijeron”, “escuché”, o “supe de buena fuente”. El que es verdadero conoce tu interior, sabe cómo eres en el fondo, no le impacta la opinión de quienes sólo contemplan tu imagen sin conocer tu esencia.

Un amigo viene a ti, especialmente en la adversidad. Los que están contigo en la prosperidad, cuando caen tintineantes las monedas del aplauso y de la fama, y se van silenciosos, cuando vienen momentos tormentosos, esos simplemente son falsos amigos, tan vanos como moneda falsificada. Se ven bien, parecen ser, pero no son más que imitación del verdadero valor, billetes que sólo sirven para la hoguera.

Un amigo te auxilia cuando nadie más lo hace. Como dijera el escritor británico Thomas Fuller:
Es amigo mío aquel que me socorre, no el que me compadece.
La compasión es engañosa, en muchos sentidos supone un ardid, porque pone al que compadece en una situación pasiva y alejada. La amistad es activa. El amigo te busca en la necesidad, va hacia ti cuando estás débil y necesitado, te extiende la mano aunque tú no lo busques.

Conclusión

En el año que pasó, si algo bueno ha tenido, es que me ha permitido separar el tamo del trigo. Ahora sé con total certeza quienes son mis amigos verdaderos y quienes son simplemente un recuerdo doloroso. La vida es demasiado corta para llorar por los falsos amigos. Mejor es concentrarse en quienes han detenido el viento cuando estabas en medio de la tempestad.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Antes que sea demasiado tarde

Recuerdo perfectamente que era un día de agosto cuando Erwin se acercó y me invitó a caminar. Me sorprendió, pero aunque no éramos amigos tampoco éramos desconocidos. 

Nuestras relaciones interpersonales se mantenían en un clima de simpatía y cordialidad, pero no nos habíamos dado el trabajo de conversar. 

Caminamos, y pronto comenzó a hablar. Me di cuenta de que escogía cuidadosamente las palabras. Me dijo algo que en ese instante fue muy importante para mí y que permanece en mi memoria como una de mis buenas experiencias. 

Me contó cómo se había formado una mala imagen de mí, luego de haber aceptado lo que otra persona había comentado. (En ese momento yo era ayudante del preceptor del internado; un trabajo que no suele ser muy popular, aunque al cabo del tiempo trae ricas satisfacciones). Finalmente, Erwin había decidido decirme algo que nos ayudara a mejorar nuestra relación: 

―Miguel, no somos amigos ―comenzó―, pero desde hace un tiempo te he observado y he llegado a la conclusión de que eres una buena persona. No eres perfecto, pero yo tampoco lo soy. Sin embargo tienes buenas cualidades que creo que son dignas de imitar. 

Al principio, lo tomé como una broma. Luego, me di cuenta de que hablaba en serio. 

Continuó diciéndome lo que a su juicio consideraba como buenas cualidades en mí. En algún momento quise detenerlo, aunque admito que me sentía halagado. 

Tal vez él ni siquiera lo haya sospechado, pero sus palabras sirvieron de estímulo a mi vida en ese instante. Sus elogios me mantuvieron motivado durante mucho tiempo. 

Cuando intento racionalizar este incidente, el “místico” en mí me dice que no debo aceptar elogios y que no debo sentirme bien por ello. No obstante, a medida que leo, estudio, indago y comparto mis impresiones con más personas, cada vez compruebo la importancia de hacer sentir bien a los demás, con palabras y con hechos. Una forma útil es decir lo positivo que pensamos de ellos. 

A veces solemos pecar de franqueza, confundiendo la falta de tino con la honestidad. Expresamos todo lo que tenemos dentro hacia una persona, generalmente cuando estamos enfadados con ella. Por eso, no es raro que en ese instante digamos cosas que no diríamos en otra oportunidad… 

Las críticas y la consideración de los aspectos negativos de alguien suelen ser actitudes recurrentes del ser humano y que algunas personas han cultivado hasta el cansancio. No obstante, cultivar el hábito de admirar lo positivo que otro tiene es una costumbre relativamente escasa, pero suele ser un ejercicio de retroalimentación que deja ganancias tanto a quien emite el elogio como a quien lo recibe. 

En este punto es necesario decir que existe una diferencia muy sutil entre el elogio honesto y desinteresado, y la adulación. No sé mediante qué mecanismo mental se transmite, pero cuando recibimos una adulación no podemos dejar de sentirnos incómodos. Por el contrario el elogio sincero provoca alegría y una sensación grata. 

Sólo el amor despierta amor. Sólo el elogio sincero despierta en otros, como efecto natural, una actitud elogiosa hacia nosotros. Aún más, sólo los pensamientos positivos hacen que otros nos devuelvan, a su vez, un cúmulo de pensamientos positivos, que se proyectarán en nosotros con naturalidad. 

Norman Vicent Peale escribió: 
El cristianismo enseña que hay un único rasgo fundamental para que la gente lo quiera a uno, es el amor y el interés directo y sincero hacia los demás.[1]
¡Cuánta razón tenía! 

―Me gusta como hablas ―le dije a un amigo cierto día― tu voz es agradable. 

Su rostro se iluminó, sonrió, y comenzó a contarme su gran sueño: Convertirse en locutor. También me dijo que nunca antes se lo había contado a alguien. Me sentí muy bien. Conocí mejor a otra persona. El experimentó buenas sensaciones. Como corolario, se creó entre nosotros un nexo de amistad más profunda. Para amar hay que conocer y para conocer hay que comunicar. 

La mejor secretaria que he tratado no fue precisamente secretaria sino una profesora de francés. Su mejor cualidad: sonreír y decir cosas positivas. A menudo he sostenido que su presencia cambiaba los ambientes en donde trabajaba. Lo positivo es contagioso. La alegría sana se expande rápidamente. 

Creo en la necesidad de aprender a elogiar, a decir con honestidad a otros lo que pensamos de ellos. 
Practicad el hábito de hablar bien de los demás. Pensad en las buenas cualidades de aquellos a quienes tratáis, fijaos lo menos posible en sus faltas y errores.[2] 
El momento es ahora. Nunca sabremos exactamente el efecto de nuestras palabras sobre la vida de otra persona. Nunca comprenderemos totalmente el significado que puede tener en ella un sencillo: “¡Bien! Me gusta lo que haces; creo que es muy bueno, ¡adelante!, estoy contigo”. 

Todos necesitamos en algún momento el reconocimiento, el aliento y la palabra afectuosa de otra persona. 

Los profesionales del deporte lo han entendido así desde hace mucho tiempo. Es por eso que se gastan enormes cantidades de dinero en implementar grupos de apoyo ―las llamadas “barras”―, cuyos gritos y vivas hacen más por el deportista que, muchos de los consejos recibidos de los directores técnicos. 

Conocí a un hombre en el norte de Chile que cultivaba mangos. Tenía fama de ser uno de los proveedores de la mejor fruta de la región. Un día le preguntaron cuál era su secreto y dijo algo que en ese instante pareció ridículo: 

―Le hablo con cariño a las plantas y limpio con cuidado sus hojas, como si fueran seres humanos. 

He leído más de un estudio que muestra evidencias para sostener que las plantas crecen mejor en un ambiente donde se les habla favorablemente y se les prodiga cariño. 

Sin intentar cuestionar o avalar dichos resultados, sólo me pregunto: Si así ocurre con las plantas, ¡cuánto más con los seres humanos! 
Demasiadas veces olvidamos que nuestros compañeros de trabajo [la familia, los amigos, incluso desconocidos], necesitan fuerza y estimulo, no dejemos de reiterarles el interés y la simpatía que por ellos sentimos.[3] 
Una de las tantas razones por las que me desagradan los funerales es porque son ocasiones en las que se escuchan melosos panegíricos y alabanzas extraordinarias. Me molestan porque precisamente el homenajeado está muerto y ya no está para escuchar los elogios y palabras de gratitud. ¿Se han dado cuenta que no hay muertos malos? Todos son extraordinarios, si algunos de ellos hubieran escuchado las palabras que se dicen de ellos en los funerales, tal vez, distinta habría sido su vida. 

No esperemos a que nuestros amigos, compañeros de trabajo, familiares, conocidos o nuestros semejantes hayan fallecido para decirles cuánto apreciamos su compañía. 

Simplemente, digámoslo antes que sea demasiado tarde. 

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

[1] Norman Vincent Peale, El poder del pensamiento tenaz (Barcelona: Grijalbo, 1980), 249.
[2] Elena de White, Ministerio de curación (Buenos Aires: ACES, 1977), 392.
[3] Ibid., 393.

domingo, 3 de mayo de 2009

Decálogo de la amistad

Hoy me escribió un amigo refutando algunos conceptos vertidos en el post... REENCUENTROS.

Hace tanto tiempo que no lo veo ni hablo con él, que me parece un fantasma que alguna vez habitó en mi memoria... Sin embargo, siento que en el camino algunas heridas lo han dejado con amarguras que le han ido secando el alma.

Nunca he sido bueno para tener muchos amigos, realmente soy de pocos amigos, pero, me considero fiel a las amistades que tengo. En mi caminar por esta vida, he creado diez mandamientos de la amistad, alguna vez lo escribí por allí y ahora se los presento, si les gusta bien, y si no hagan click y pasen a otra página, no me ofenderé, no soy profeta ni hijo de uno, así que mi voz es una más en el desierto, pero a alguien podría traerle agua para el acertijo de la vida que a veces nos deja con mucha sed de explicaciones y sentido.



Para ti querido amigo, sin rencores, mi decálogo de la amistad:

ACUERDATE de tus amigos cuando están tristes, pero no para tirarles tus alegrías al rostro, porque eso es ofensivo, sino para prestarles tu hombro para que lloren y sepan que es en la tristeza cuando más necesitamos el consuelo de alguien que nos acepte incondicionalmente.

NO TE OLVIDES de los amigos verdaderos, de esos que se mantienen constantes y no cambian por los votos de popularidad, ni por la riqueza, ni por la pobreza. A los otros, los que se llaman amigos y se borran de tu lado cuando son tocados por la maldición del poder y de la política, a esos déjalos, no hay que ir por la vida con lastre, no se avanza.

ALEGRATE con los amigos que te sonríen cuando estás feliz, porque ellos, gozan con tu gozo, porque son los hermanos que el camino nos ofrece. A los otros, los que te envidían cuando estás contento, déjalos, su amargura sólo te arruinará la fiesta y no vale la pena.

COMPARTE tus pensamientos más íntimos con tu amigo. Si no lo puedes hacer, entonces no estás ante un amigo sino ante la presencia de un verdugo disfrazado.

APRECIA a los amigos que son capaces de decirte lo que piensan, sin temor y sin esa sensación amarga que dan los políticos que se cuidan hasta lo que respiran por miedo a que sea usado en su contra. Los amigos verdadero no usan máscaras.

RECONOCE a tus amigos verdaderos, que son los que quedan cuando todos los demás se han ido. Son lo que no pisotean tu dignidad en tu derrota, son los que no hablan a tus espaldas, son los que te ofrecen la mano cuando estás ambriento, pero que también abren su billetera.

ATESORA a los amigos que perdonan, esos son los que valen, a los otros, los que coleccionan resquemores y odiosidades, déjalos a la vera del sendero, no se puede avanzar llevando una mochila de piedras a la espalda.

COLECCIONA recuerdos felices. La vida es corta, los años largos, pero la memoria es infinita. Mis mejores amigos son abuelos. Siempre ha sido así. Mis amistades más profundas ha sido con adultos, tal vez porque en ellos busque al padre que no tuve, de todos modos, me he enriquecido viendo a mis viejos amigos olvidar las penas y gozar las alegrías, porque al final del sendero, eso es lo único que queda... si es que quieres.

NO INVITES A TUS AMIGOS A LA CASA, si necesitan invitación, no son tus amigos. Los amigos vienen sin ser invitados, porque sienten que al estar contigo, están en casa.

PELEA Y DISCUTE CON TUS AMIGOS, con los políticos, los diplomáticos rastreros y con los verdugos, no se discute, podrían utilizar tus ideas como arma para dañarte. Pero con los amigos, con ellos se pelea, se discrepa, se formulan juicios, se pronuncian juicios de valor, porque ambos saben que no son dueños de la verdad, y juntos están en camino de descubrirla. Los amigos pelean, luego se abrazan y se rien al calor de la fogata, y recuerdan con nostalgia esos momentos de debate donde volcaron sus mentes, sin temer ser arrollados por la arrogancia del político de turno.

lunes, 4 de agosto de 2008

Reencuentros

Cuando se ha dejado de ver a algún amigo por años y a veces por décadas, en ocasiones el reencuentro puede ser frustrante. En muchos sentidos, porque hay personas que olvidan lo que ha sido el pasado o porque las heridas que les ha dejado la vida son tan profundas que no han sido capaces de enfrentar la existencia con otra actitud.

Sin embargo, en ese concierto de desilusiones, que experiencia más gratificante es volver a encontrar con personas que hemos compartido vivencias similares y poder continuar la conversación en el punto donde la dejamos. La vida se trata de crecer juntos, de permitir que a cada instante seamos inundados de vitalidad y de compartir la alegría de ir por el camino con otros.

Doy un homenaje a los amigos que no dejaron que los años enfriara la amistad. A los amigos que no se olvidan de que no importa qué haya sucedido en el trayecto, las experiencias similares nos enriquecen y nos hacen mejores cuando podemos compartirlas con otros.



En estos días me he reecontrado con amigos que no veía por décadas, ha sido hermoso poder abrazarles y poder comprender lo maravilloso que es cuando las personas aunque cambien físicamente siguen teniendo los mismos ideales y no se olvidan de los compañeros que en algún recodo del camino les ayudaron a sostener la mochila o los consolaron.

Gracias amigos por existir. Es verdad eso que dicen que "los amigos son los hermanos que elegimos", sin duda quien lo escribió vivio la alegría del reencuentro.