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domingo, 9 de enero de 2011

Políticamente correcto

De partida, no soy “políticamente correcto”. Digo lo que pienso, lo expreso, lo escribo, lo defiendo, y suelo incomodar con mis opiniones a todos aquellos que pretenden que ser religioso o académico consiste en ser acrítico y neutral. Pues, soy crítico por naturaleza y estoy comprometido con lo que creo, al grado de poner en riesgo mi estabilidad laboral y el “respeto” de los políticos que están constantemente interesados por ser “políticamente correctos”.


Definición de una moda monstruosa 

Ser políticamente correcto consiste en decir lo que se quiere escuchar, sin comprometerse con ninguna línea de pensamiento que pueda causar ofensa, incomodidad o desagrado a algún grupo en particular. Es la mentira disfrazada de diplomacia. Es la forma de actuar del mundo religioso en general y del político en particular.

Una persona “políticamente correcta” actúa de acuerdo a un patrón social caracterizado por la sobriedad en el decir y en el actuar, al grado de disimular sus verdaderos pensamientos y esconder sus creencias más profundas. Mantiene una posición neutra que no incomoda a nadie.

La persona “políticamente correcta” huye de la divergencia para aparentar normalidad y el estar integrada a su entorno, de esa manera presenta una “imagen” de sobriedad y silencio, porque no hay nada que incomode más a los políticos que alguien “políticamente incorrecto”.

Los que son “políticamente correctos” son tibios en sus opiniones, que es lo mismo que decir, que no se comprometen públicamente con nada ni con nadie, se limitan a sonreírle a Dios y al diablo, porque de esa manera supuestamente nadie puede decir de qué bando son.

Para no faltarle el respeto a sus interlocutores o no entrar en conflictos sociales, no expresan de manera frontal ningún desacuerdo, sólo se limitan a asentir, a unos le dicen “crucifícale” y a otros les dicen del mismo personaje “es el hijo de Dios”, al final, “quedan bien con todos” y en el fondo, con nadie.

Una persona “políticamente correcta” evita el conflicto a como dé lugar. Evita palabras que suenen mal a oídos de su interlocutor, no hace calificativos de ningún tipo a menos que sea para expresar panegíricos al político de turno, no da evidencias de disparidad ni divergencia, piensa muy bien lo que dice para no sonar comprometido con nada, sus conversaciones son aquellas que no lo obligan a emitir opinión. En algún momento ser políticamente correcto se pensó como una manera de mantener posiciones contrarias en conciliación, sin embargo, con el uso se convirtió en una manera de ser, en no comprometerse con ninguna idea, para mantener una imagen de neutralidad, como si eso fuera posible.

Si realmente fuéramos políticamente correctos

Sin embargo, los que pretenden ser “políticamente correctos”, no logran percibir la aporía en la que se meten.

Si se va al sentido más primigenio de la política, pensando en Aristóteles y los genios que la pensaron originalmente, la política consistía en vivir conforme a las leyes y buscar el bien común de la sociedad. Por eso Platón invitaba a que se unieran a la política para los cargos públicos aquellos que fueran moralmente los más virtuosos, es decir, los sabios. Lástima que la política llegó a manos de individuos como Maquiavelo, Hobbes y otros que la convirtieron en un medio para lograr fines, sin importar el derecho, la verdad y la honestidad.

Por otro lado, la búsqueda de lo correcto implica desde el punto de vista ético, establecer un comportamiento basado en principios universales de validez inapelable. Es vivir en función de la virtud y la verdad.

Por esa razón, lo que hoy se llama “políticamente correcto”, es simplemente un engendro más de los políticos que sólo utilizan a otros para lograr sus fines de poder. En suma, lo “políticamente correcto”, por definición, es “políticamente incorrecto”, puesto que ser políticamente correcto invita a la simulación, la mentira, el encubrimiento, la falta de trasparencia, la corrupción, el engaño, las medias verdades, el chisme, la sospecha, la desconfianza, y todos los males asociados a no ser virtuoso de manera plena.

La mentalidad de borrego 

Lo que mueve a muchos a ser “políticamente correctos” es simplemente la mentalidad de borrego. El estar pendiente del qué dirán para no perder privilegios de ningún tipo.

Un borrego no piensa, otro realiza el trabajo de guiarlo, adoctrinarlo, mandarlo, orientarlo, y decirle qué pensar. Un borrego es un buen borrego, cuando obedece sin chistar, no tiene labios para hablar, ni cabeza para elucubrar, simplemente sigue.

En todas las organizaciones, los que tienen el poder, buscan a borregos a quienes gobernar. No les interesan los que piensan, los que opinan, los que tienen divergencias, los que comunican, etc. Por eso, en todas las dictaduras, los primeros perseguidos siempre son los intelectuales y quienes se atreven a expresar opinión propia. Entre borregos no hay lugar para la “libertad de cátedra”, “el libre pensamiento”, “la opinión personal”, “la conciencia individual”, y otras libertades que corresponden por derecho a todos, menos a los borregos.

Son los políticos los que enseñan a ser “políticamente correctos”, especialmente a quienes quieren manipular y gobernar sin alteraciones de ningún tipo.

La fauna política no emite opiniones que puedan incomodar. Sólo se limitan a sonreír y mantener bien afilados los serruchos y los cuchillos, para utilizarlos en el momento oportuno. Para toda otra ocasión, sonríen, dan la mano, conversan de trivialidades, y cuando se suben a un bote, un remo es de Dios y otro del diablo.

Jesús, el modelo de lo “políticamente incorrecto” 

Jesucristo tuvo un pésimo asesor de imagen. Si fuera a una de las actuales escuelas de diplomacia reprobaría todos los cursos. Ha sido el personaje más políticamente incorrecto que ha existido.

Se atrevió a llamar “zorra” (Lc. 13:31-32) a Herodes, el hombre con más poder en su tiempo, el gobernante títere de Roma, el que podía matarlo sólo con chistar los dedos, y no se lo dijo a cualquiera sino a los fariseos, a quienes sabía que irían enseguida a contarle al rey.

Les dijo públicamente y sin ningún tipo de anestesia de vocabulario a los religiosos de su tiempo, a quienes tenían el poder, a los que ostentaban la máxima jerarquía de su tiempo: “Sepulcros blanqueados”, “serpientes”, “generación de víboras”, “guías ciegos”, “hipócritas”. Cualquiera de los políticos que abundan en las organizaciones religiosas y gubernamentales se habría horrorizado al escucharlo y seguramente habrían denostado al asesor de imagen que no le ayudaba a Jesús a ser más precavido con sus palabras.

Se rodeo de asesores que eran lo peor de su tiempo: Un terrorista del grupo revolucionario de los zelotes, un publicano considerado ladrón profesional, un grupo de pescadores que a ojos de los líderes eran ignorantes de tomo y lomo, un comerciante que levantaba sospechas, si hoy lo hubiera aconsejado algunos de los políticos de las iglesias le habría dicho: “No te juntes con esa gente, no te dará una buena imagen”.

En vez de visitar a los dignatarios, a quienes ostentaban el poder, en vez de ir a besar las manos de los tiranos y los religiosos envanecidos por su soberbia, fue a la casa de Zaqueo, un publicano; a la casa de Simón, un leproso despreciado por sus pares; y a los hogares de los más humildes y despreciados, aquellos que no importaban, porque sus votos no eran nada para el poder.

Cuando debería haber estado en reuniones con los que mandaban, estaba en la plaza rodeado de prostitutas, ladrones, mendigos, pobres y la escoria de su tiempo, aquellos que no tenían lugar en la mesa de los grandes. Aquellos que por definición debían ser escondidos y alejados. Ningún político de su tiempo accedería a acercarse a esa chusma, pero Jesús lo hizo, porque no temía ser políticamente incorrecto.

Su discurso no fue conciliador, fue al contrario, un discurso comprometido, audaz, temerario, directo, explosivo, irónico, fuerte, espinoso, enérgico, políticamente imprudente, mordaz, autoritativo, es decir, fue todo lo que no debe ser la oratoria de una persona “políticamente correcta”.

Conclusión 

En días como los que vivimos, es imprescindible que se analice qué tipo de vida queremos llevar. Una vida sin compromiso, es al final, una veleta que el viento lleva para cualquier lugar. No se puede ser cristiano neutral, no se puede seguir a Jesús y pretender ser políticamente correcto, algo no funciona cuando buscamos caerle bien a todo el mundo, es imposible que le gustemos a todos, ni Jesús lo logró.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Jesús preparó el desayuno

Pedro fue un cobarde, como tú y yo probablemente lo seríamos en circunstancias parecidas. No sólo negó que era discípulo de Jesús y que lo conocía, también comenzó a decir palabrotas de grueso calibre con tal de convencer a su audiencia. Fue una forma poco sabia de actuar. Tenía tanto miedo de ser apresado con Cristo que utilizó la forma soez de hablar, que seguramente había aprendido junto al mar, mientras peleaba con otros pescadores. Era un hombre rudo, acostumbrado a defender lo suyo. Sin embargo, en esta ocasión pudo más la presión del grupo.

¿Te suena conocido? ¿Has estado en una situación donde el grupo pudo más que tu conciencia? ¿Tus compañeros de trabajo, de estudio o tu familia te presionaron tanto que terminaste negando tu fe? Pues Pedro no es el único traidor, de su misma estirpe somos todos, unos de una manera y otros de otra forma, terminamos finalmente negando que hayamos estado con Cristo y que le hemos conocido.

Estaba en lo mejor diciendo las palabras más soeces que pudiera recordar cuando de pronto escuchó cantar el gallo y en ese momento recordó las palabras de Jesús:

―Esta misma noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces.

Cuando se acordó observó el rostro de Jesús que por un instante lo vio y salió de aquel lugar y se fue a las afueras de la ciudad y lloró amargamente. Lloró como alguien que ha sido derrotado. Lloró por su orgullo herido. Lloró porque una vez más Jesús tenía razón. Lloró por su cobardía. Sintió de pronto un peso sobre sí tan grande que parecía que el aire se le iba y con sus sollozos y lamentos no podía respirar. Sentía vergüenza, sabía que su gesto sería recordado para siempre. Que vez tras vez la gente se referiría a su forma tan ruin de actuar.

Se sumergió en la noche oscura de su amargura. En el silencio triste y melancólico de quienes saben que han fracasado. Sobre sus hombros caídos sentía un peso como nunca antes había experimentado. Estaba solo. Entre la negra bruma de la oscuridad sólo se sentían sus sollozos amargos. La tristeza anegaba su mente. Esa noche no pudo dormir.

Antes había prometido de manera solemne:

―Señor, no sólo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel sino también morir junto contigo.

Cada vez que se acuerda de esas palabras siente vergüenza. Sólo pensar en el ridículo que ha hecho lo llena de un sentimiento de tristeza enorme. Pero, no sólo lo negó una vez, sino tres veces y utilizando el vocabulario más degradante que se le pudiera ocurrir para hacer convincentes sus palabras. En tan sólo un momento ha tirado por tierra tres años de estar con Jesucristo.

Cada vez que escucho a alguien decir: “A mi no me va a pasar”, “yo soy fuerte”, “he aprendido la lección”, “he madurado”, etc. y otras tonterías por el estilo, pienso en Pedro, y en lo seguro de sí mismo que se sentía. Mientras más seguro, más frágil. Mientras más orgulloso, más débil. La lección de Pedro deberíamos recordarla todos los días, pero somos duros, porfiados, envalentonados en nuestros legalismos aprendidos, que no entendemos cuán débiles somos a la negación de Cristo.

El domingo en la mañana está junto a los demás en el aposento alto, lamentándose, con miedo, escondido, confundido, triste. Escucha que las mujeres cuentan que Jesús ha resucitado, como buen machista de su tiempo, no les cree, porque su estereotipo le dice que las mujeres no son confiables, así que se va corriendo a la tumba para constatar por sí mismo. Supo que Jesús había resucitado y sintió alegría, pero también un gran pesar.

Luego, ese mismo día Jesús se apareció a todos en el aposento alto, y Pedro no dijo nada, sólo se mantuvo en un rincón, en silencio, sin acercarse a Cristo. Avergonzado, temeroso, con culpa, como se siente todo aquel que ha fallado, que sabe que no ha dado la nota que corresponde, que ha fracasado. Jesús tampoco le dijo nada.

Jesús cita a sus discípulos en la montaña. Se demoran varios días en llegar allí, de hecho Cristo se reúne con ellos allí una semana después. Pero, ¿qué hace Pedro en el intertanto? En vez de irse a la montaña y prepararse junto con los demás, simplemente se va al lago a pescar. ¡Si! ¡Eso mismo! ¡A pescar! ¿Quién quiere comer pescado en ese momento? ¿Qué le pasa por la mente a Pedro?

Pues, lo más probable es que la vergüenza lo haga pensar que ya no tiene lugar entre los discípulos. Eso ocurre siempre con el fracaso, cuando alguien se siente derrotado, entonces, se automargina, la mayoría de las veces lo hacen porque saben que sus “hermanos” lo aislarán, lo dejarán a un lado, no lo perdonarán y simplemente le enrostrarán su derrota. Para que eso no ocurra, la mayoría de las personas opta por alejarse, lo hace como un mecanismo de defensa, para sobrevivir a las habladurías de sus “hermanos”. Es extraño, pero la dureza de los hermanos suele ser peor que la de los enemigos, los que profesan una fe suelen tener una memoria del pecado ajeno que suele ser escandalosamente extraordinario. Se recuerdan los momentos, las acciones, las palabras, los pormenores, etc., no es extraño que los que sienten culpa se alejen, sus hermanos lo harán al fin de cuenta, así que se va.

Así que allí tenemos a Pedro, saliendo al mar, en su viejo bote, lleno de culpa, de vergüenza, de temor, de tristeza. El que hace unos días atrás estaba cantando junto a la gente en la entrada triunfal, el que se sentía seguro al lado del Maestro, el que soñaba con un lugar en el reino, ahora está solo, tirando las redes y tristemente solitario. ¿Qué triste es equivocarse? ¿Qué dolor da el quedar solo precisamente en el momento en que más se necesita la compañía amorosa de otros? Pero así somos, crueles con los errores de otros y mendigos de comprensión cuando los que nos equivocamos somos nosotros. Aunque lo acompañan sus otros compañeros, va en silencio, sin confesar su falta. No quiere que los otros sepan su error. Los conoce, prefiere mantenerse callado, porque les teme, sabe cuán crueles pueden ser, él también ha sido uno de ellos…

Pasan toda la noche pescando, pero por más que tiran las redes, no logran pescar nada. A la mañana, cuando ya no es hora de pescar, cuando los peces se alejan y la luz aparece en el horizonte escuchan a alguien a la orilla que les pregunta:

―¿Tienen algo de comer?

Ellos responden que no, así que el extraño, que no reconocen, les dice que tiren la red al otro lado de la barca. Así lo hacen, ¿qué tienen que perder? Pero esta vez, son cientos los peces que quedan atrapados, tantos que no pueden sacarlos.

De pronto Pedro siente que su corazón da un vuelco y le dice a Juan:

―¡Es el Señor!

Y sin darle tiempo a Juan de reaccionar se pone algo y salta al agua y nada. Como siempre, precipitado, actúa sin pensar, al llegar a la orilla ve con claridad a Jesús que mostrándole una fogata donde hay peces y pan preparándose, les dice:

―Traigan algún otro pescado para poner en el fuego.

Pedro obedece, va al bote y ayuda a arrastrar la red.

Luego Jesús les dice:

―Vengan a desayunar.

Jesús preparó el desayuno

Sin duda, Jesús preparó el desayuno. Una lección para los machistas que no entran a la cocina. Una lección para los que no perdonan.

Jesús no dijo nada. No le dijo a Pedro: “Te acuerdas que te lo advertí”. No le dio un sermón particular. No lo avergonzó. Hasta ese momento nadie sabe lo que Pedro ha hecho, todos estaban lejos. Es algo que sólo Pedro conoce.

Pero Jesús, no pretende dar una lección que sirva de escarmiento. No es como alguno de sus seguidores de hoy que buscan dar ejemplos aleccionadores, Jesús mantiene silencio y prepara el desayuno.

Lo hace con cariño, con bondad, entendiendo que lo que Pedro necesita es restauración y no reproche. Sabe que un buen bocado alrededor de una fogata después de una noche de frustración es medicina para el cuerpo y para la mente.

Pero Jesús no sólo los invitó a desayunar, también les sirvió, les dio el pan. Todos están avergonzados. No tanto como Pedro, pero saben que han sido unos cobardes que han huido. Cada uno recibe pan y pescado de las manos del mismo Jesús. ¡Qué hermosa lección! ¡Cuán diferente sería la actitud de los que se equivocan si en vez de reprocharlos o hundirlos, les sirviéramos el desayuno y los atendiéramos con bondad!

Sólo cuando han desayunado Jesús conversa con Pedro y le hace tres veces la misma pregunta, como una manera de darle la oportunidad de enmendarse. Tres veces lo negó, tres veces Jesús le da la oportunidad de reafirmar su compromiso con él. Así siempre es Cristo, no nos deja solos en el mar, con nuestra amargura y el dolor. Se acerca a la orilla, nos espera que lleguemos cansados, silenciosos, derrotados, tristes y nos dice:

―¡Vengan a desayunar!

¿No sería hermoso que hiciéramos lo mismo con aquellos que se han equivocado? Que nos acercáramos y les dijéramos:

―Te invito a almorzar, quiero cenar contigo…

Jesús da el primer paso. Es falso eso que dicen que Dios espera que el pecador vaya arrepentido a él, eso no es lo que hace Dios, él siempre nos busca, siempre nos da la oportunidad de enmendar, él se acerca y nos dice:

―¡Ven! ¡Te preparé comida! Quiero comer junto a ti.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 25 de octubre de 2010

Toque a medianoche

Cuando la medianoche ya despuntaba se sintió el golpe profundo de unos nudillos en la puerta.

La ciudad ahogó el sonido y la casa no hizo ni siquiera un eco.

Los minutos pasaron con la lenta marcha de la oscuridad.

Nuevamente se oyó en la profundidad de la noche el golpe de una mano sobre la puerta de madera.

La ciudad emitió su lastimero susurro de medianoche y la casa apenas emitió un gemido.

El aire nocturno paseaba silencioso por las calles, ajeno al sonido de esas manos que golpeaban la puerta.

Un silencio aún más profundo que la noche dio paso nuevamente a esos golpes que por tercera vez ya sonaban como un plañidero canto.

La ciudad pareció despertar; sin embargo, su movimiento fue sólo aparente. Siguió en su modorra inconsciente.

En,la casa, esta vez hubo un ligero cambio. Una tenue luz rasgó la oscuridad tras la ventana del segundo piso.

A los pocos minutos sonaron las bisagras herrumbrosas de las ventanas y una voz preguntó soñolienta:

-¿Quién es? ¿Quién molesta a esta hora? -y la noche recibió en un mutismo la voz del visitante que contestó:

-Soy yo. Alguien a quien tú conoces.

-Acérquese más pues no veo su rostro -dijo el hombre de la ventana.

-A menos que abras la puerta no podrás verme -contestó el visitante.

El hombre de la ventana alargó su brazo con la lámpara, pero, por más que oteó hacia abajo, sólo pudo percibir la borrosa figura de un hombre más bien alto.

Reaccionó con malestar y gritó:

-¡Bueno! ¡Diga de una vez lo que quiere!, deseo seguir durmiendo.

El visitante exclamó:

- Vengo a revisar tu puerta ... le estás dando mal uso.

Y el hombre de la ventana exasperado le espetó:

-Y usted, ¿qué se mete?, es mi puerta y punto.

-Te equivocas amigo -replicó el forastero-. Con esta puerta es distinto, todo lo que hagas o dejes de hacer con ella me incumbe.

De pronto una tercera voz irrumpió gritando molesta:

-¡Ya pues! ¡Vayan a acostarse! ¡Queremos dormir! -y una silbatina proveniente de otras casas apoyó al que reclamaba.

El hombre de la ventana, sacó medio cuerpo hacia afuera y dijo casi en susurro:

-Oiga amigo, ¿por qué mejor no viene de día? Así... nadie se enoja.

-Lo siento -respondió el visitante- he venido a todas horas y siempre tienes algo que hacer; esta es tu última oportunidad.

-¡Que más! Si quiere, no venga; pero a mí me da lo mismo. ¡Buenas noches! -gritó el hombre. Y cerró bruscamente su ventana.

El visitante lentamente se tornaba para partir, cuando la ventana se volvió a abrir y el hombre gritó:

-¡Hey amigo!, al menos por curiosidad, ¿cómo se llama?

-Jesús de Nazaret; soy el carpintero que hizo tu puerta.

La ventana se volvió a cerrar y el visitante prosiguió su camino dispuesto a golpear otra puerta.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 9 de julio de 2010

Elegancia versus sinceridad

Lao Tse fue un filósofo chino que vivió probablemente en el siglo IV a.C. Es considerado como una de las mentes más brillantes que ha dado oriente. Mucho de su pensamiento se conserva a modo de aforismos. Una de esas gemas de pensamiento dice:
Las palabras elegantes no son sinceras; las palabras sinceras no son elegantes.
Lao Tse deja en evidencia uno de las paradojas del hablar asertivo, si se quiere ser honesto, es muy difícil ser diplomático.

La lógica de lo políticamente correcto

Vivimos una época donde la elegancia ha reemplazado a la sinceridad. Se prefieren palabras almidonadas y de circunstancia, antes que abordar con transparencia y directamente cuestiones que a menudo simplemente son soslayadas.

Los asertivos o directos, en la lógica de lo “políticamente correcto” son tildados de maneras despectivas llegando incluso al desprecio. La lógica de lo políticamente correcto es la filosofía de la simulación, de la sonrisa efectista, de las palabras que esconden medias verdades. Se prefiere eso a ser honesto completamente.


La sinceridad no es un bien apreciado en muchos ambientes donde la lógica imperante es “no ofender a nadie”, aún cuando con ese planteamiento se caiga en la negación de la verdad y la defensa de las formas y la falta de transparencia.

Un Jesús políticamente incorrecto

A menudo se pinta una imagen de un Jesús políticamente correcto, alguien que adornaba la verdad, y que pretendía llevarse bien con todos…. La realidad dista mucho de ese estereotipo históricamente absurdo. Si Jesús viviera hoy lo más probable es que causaría escándalo con sus palabras, especialmente a aquellos que están acostumbrado al discurso adornado y a la palabra dicha con anfibologías (discurso sofista que decía frases que podían ser entendidas de más de un modo, de esa forma quedaban bien con todos).

Al leer sus reprensiones a los fariseos lo que se observa son expresiones ferozmente honestas, tanto que la mayoría de los cristianos, seguidores del Maestro se niega a pronunciarlas por temor a ser tildados de duros, crueles o insensibles con los sentimientos de otros.

A modo de ejemplo iluminador, algunas de las expresiones que utilizó Jesús y que hoy ciertamente serían motivo de escándalo entre algunos de los adornadores de discursos:

Hipócritas
¡Hipócritas! Les cierran a los demás el reino de los cielos, y ni entran ustedes ni dejan entrar a los que intentan hacerlo” (Mt. 23:13).
El Diccionario de la Real Lengua Española define hipocresía como “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. En otras palabras, el hipócrita finge ser lo que no es. Se pone una máscara y muestra algo distinto.

No nos atreveríamos a llamar a algunas personas de ese modo, aunque lo pensemos, menos con la soltura aparente que lo hizo Cristo. No tuvo empacho en catalogarlos de esa forma, fue su manera de desenmascararlos.

Difícilmente en algunos púlpitos o entornos actuales le permitiríamos a Jesucristo expresarse de ese modo, seguramente se le pediría moderación en sus palabras y respeto. ¡Qué ironía! Los seguidores de Jesús solemos ser tan cuidadosos que parecemos políticos ensayando continuamente discursos de buena crianza.

Guías ciegos
Guías ciegos” (Mt. 23: 16).
La siguiente frase de Jesús es una ironía que raya en el insulto. Nadie en su sano juicio le encomienda su vida a un guía ciego. Se supone que la persona que orienta debe ser capaz de ver con claridad y observar los baches y peligros del camino.

Al caracterizar a los fariseos de ese modo les está diciendo que ellos creen ser guías, cuando en realidad son ciegos, que no pueden conducir a nadie. Seguramente quienes escucharon estas palabras no deben haberse sentido cómodos, todo lo contrario, es una frase poco feliz, según los cánones de la diplomacia religiosa que busca “caer en gracia” antes que “llevar a la gracia”.

Ciegos insensatos
¡Ciegos insensatos! (Mt. 23:17).
Pero las palabras de Jesús van en aumento, y su dureza es cada vez mayor. En la siguiente parte de su discurso adjetiva a los que antes ha tratado de ciegos y ahora los llama insensatos.

Nuevamente el Diccionario de la Real Academia viene en nuestro auxilio para expresar exactamente qué está diciendo Cristo. Insensatez es “necedad, falta de sentido o de razón”. En otras palabras, los está tildando de irracionales. La palabra insensato también es sinónimo de alocado, loco, necio, desatinado, imprudente, irreflexivo, irrazonable.

De ningún modo Cristo los está halagando, al contrario, los está confrontando con su falta de sabiduría y con las mentiras que han creado para engañar a otros. En ningún caso está buscando caerles simpáticos. Muy distinto al discurso de algunos de sus seguidores que han buscado el discurso políticamente correcto, porque les interesa más el favor de otros, que la defensa de la verdad.

Pero el discurso no acaba allí, si hubiese sido hasta allí, seguramente algunos del discurso florido moverían la cabeza y tenderían a creer que Jesús se extralimitó. Pero lo que viene es simplemente escandaloso.

Falsos
¡Hipócritas! Limpian el exterior del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de robo y de desenfreno (Mt. 23: 25).
Ya les ha dicho hipócritas, ahora da un paso más y simplemente los trata de ladrones y desenfrenados. El discurso se torna decididamente políticamente incorrecto. Deja en evidencia el tipo de personas que son, sin ambigüedades, sin discursos floridos, sin palabras de buena crianza, ni expresiones almidonadas. No se los manda a decir con nadie.

Sepulcros blanqueados
Sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre (Mt. 23: 27).
El último de los ejemplos es francamente ofensivo. No tiene límites para calificar la verdadera condición de sus interlocutores. Simplemente pasa a la descalificación. Los trata de podredumbres y de estar carcomidos por dentro.

La imagen del sepulcro blanqueado es simplemente horrorosa. Si se piensa bien en la figura y en lo que representa, es algo difícil no sólo de imaginar sino de ver.

Quienes lo escuchaban quedaron en silencio, estupefactos al ver cómo el discurso de Jesús se tornaba virulento y sin ningún tipo de adorno zalamero les dijo claramente lo que él pensaba de ellos. La ambigüedad no era una característica de Cristo.

¿Qué nos ha pasado?

No sé en qué parte del trayecto el discurso cristiano se tornó políticamente correcto, pero en algún momento dejamos la senda de Jesucristo.

No sé si el discurso de Jesús debe pronunciarse del mismo modo, pero, sin duda, su forma de interactuar con los religiosos que se habían convertido en guías de ciego dista mucho de ser la forma habitual de los cristianos.

Sin duda ha habido cristianos en todos los tiempos capaces de jugársela por un discurso que no es políticamente correcto, y han pagado el precio. Pienso en un Martín Luther King o en Dietrich Bonhoeffer. Dos teólogos a los que admiro profundamente, cuyo discurso les costó la vida y paradojalmente ambos en sociedades cristianas, el primero en EE.UU. y el otro en Alemania.

La verdad dicha sin ambigüedades, la palabra pronunciada sin miedo, la mentira dejada al descubierto, el engaño evidenciado sin palabras almidonadas, esas son las características del discurso de Jesús. Probablemente a eso debemos aspirar, o seguiremos en la senda en que estamos, mimetizados, con miedo a asomar la cabeza, simplemente con un perfil bajo, para ser “políticamente correctos”.
¡Ay Jesús, que desubicado estarías hoy!

martes, 18 de mayo de 2010

Deja de usar a Jesús como excusa

Día a día leo libros, artículos, escucho opiniones de personas religiosas, algunos me escriben, otros están en la iglesia o en congregaciones, veo noticias, y observo con preocupación que muchos usan a Jesús de excusa, como si el sólo mencionarlo tuviera la fuerza para que las mentiras que se han contado a sí mismas tuviera algún valor misterioso. Pero, no es así, excusas son excusas, y a menudo sólo sirven para eludir responsabilidades o no hacernos cargo de nuestra propia realidad.
  • JESÚS NO FUE POBRE. Cuando era niño recibió de obsequio oro, incienso y mirra. No era lata bañada en oro, era oro puro e incienso no del que venden hoy en bodegas de la Nueva Era, sino de la pura, la usada por reyes, la que cuesta caro. Entre sus discípulos había empresarios que aportaban recursos para su misión y mujeres ricas que no escatimaban dinero para todo lo que precisaba. Uno de sus discípulos, el que llevaba las finanzas, robó sistemáticamente y aún así no vivió en la indigencia. Vestía un vestido único, hecho de hilos finos, por eso los soldados decidieron sortearlo porque era una pieza de tela valiosa. Jesús no fue pobre, deja de justificar tu pobreza pensando en Jesús, eso no te sirve. Ser pobre no te hará mejor, la pobreza es un escándalo. Trabaja, esfuérzate y haz lo mejor posible para que no seas un indigente. Jesús, no te sirve como excusa para no tener los recursos suficientes, ser pobre no da mérito. Jesús no fue pobre.
  • JESÚS NO FUE DÉBIL. Trabajó toda su vida como carpintero, no los de ahora, que son sofisticados que hacen todo el trabajo con sierras eléctricas y ni aún un clavo ponen en la madera, porque usan martillos eléctricos. Jesús lo fue a la manera antigua, utilizando su fuerza, taladrando la madera con toda la energía que se requiere. ¿Por qué crees que caminó cientos de kilómetros y no se enfermó? ¿Por qué crees que soportó horas los golpes y los latigazos de los romanos? Los cuadros que lo pintan debilucho, enjuto y mostrando las costillas, no son más que un estereotipo que banaliza lo real, Jesús no fue débil. Así que no lo uses de excusa para no salir a caminar, correr o trabajar con tus manos con fuerza. Decir que Jesús era débil es un insulto a la inteligencia. ¿A ver si habrías soportado una caminata de 900 kilómetros ida y vuelta? Así que mueve tu cuerpo, sal a caminar y déjate de tonterías. Jesús no fue débil.
  • JESÚS NO FUE COBARDE. Fue capaz de enfrentarse a las autoridades más importantes de su tiempo y decirles, sin ningún tipo de sutilezas, “sepulcros blanqueados”. Se enfrentó a los más poderosos líderes religiosos que existían en sus días y los llamó “víboras”. ¿Por qué crees que no lo amaban? No cayó en las redes de la zalamería ni de la política, ni siquiera fue “políticamente correcto”, de hecho, hoy sería calificado, por muchos que están acostumbrados a decir medias verdades para no quedar mal, como una persona que no se ubicaba adecuadamente en su contexto. Deja de usar a Jesús como excusa para no oponerte a la injusticia y al mal. No uses como justificación a Jesús para no atreverte a llamar a los pecadores al arrepentimiento, aunque dicho pecador sea tu jefe o algún líder religioso prominente. Jesús no fue cobarde.
  • JESÚS NO VIVIÓ EN FUNCIÓN DEL QUÉ DIRÁN. Si Cristo hubiese procurado actuar en función de las relaciones públicas nunca hubiera llamado al rey de ese tiempo, que no es lo mismo que los reyes de adorno de hoy, zorra (Lc. 13:32). Jesús eligió el camino difícil, el de lo “políticamente incorrecto”, abrazó a los pobres cuando era mal visto hacerlo, conversó con las mujeres, cuando ni aún sus familiares varones más directos lo hacían, se relacionó con los publicanos, ladrones oficiales de su tiempo, y no le tuvo miedo a las murmuraciones ni al qué dirán. Hizo lo correcto, sólo porque sabía que lo era. Así que deja de inventar excusas, cuando tengas que enfrentar la injusticia, tendrás que tomar una decisión, o te quedas en la medianía cómoda de los cobardes que prefieren el perfil bajo y no se comprometen con nada, o das la cara y llamas al pecado por su nombre. Jesús no te sirve como excusa. Jesús nunca vivió en función del qué dirán.
  • JESÚS NO FUE IGNORANTE. Hablaba y leía al menos cuatro idiomas: Hebreo, arameo, griego y latín. Conocía los escritos de su tiempo como la palma de su mano. No temía hablar con griegos, ni con saduceos, ni con abogados (escribas), ni con nadie. Cuando hablaba no sólo lo hacía con la autoridad que le concedía su vida, sino porque sabía lo que estaba diciendo. Deja de usar a Jesús como excusa para tu ignorancia, si no sabes es porque no has estudiado y punto. Ser ignorante no asigna méritos de salvación. Aprender idiomas, leer, estudiar, analizar, reflexionar y dedicarte a leer algo más que la página deportiva o la revista de modas, no te va a enfermar ni te hará vomitar. No utilices a Cristo como excusa para tu falta de empeño, apatía y flojera. Jesús no fue ignorante.
  • JESÚS NO FUE DEPRESIVO. Caminaba horas diariamente, se alimentaba bien, dormía lo suficiente, comía lo que debía, todas esas medidas lo hacía, entre otras cosas, para no desanimarse al ver tanta estupidez, apatía, ignorancia y cobardía. No fue depresivo, ni se desanimó porque hacía lo correcto. No utilices a Jesús como excusa para tus malestares emocionales, haz algo: Camina, aliméntate bien, duerme, pide ayuda, no te quedes de brazos cruzados, se honesto con tus propios sentimientos. Cuando Jesús se enojó, simplemente lo expresó, cuando estuvo triste lloró, cuando se sintió traicionado confrontó, todo eso le ayudó a su equilibrio mental. No lo uses como excusa para tus bajas de biorritmo o falta de equilibrio interior. Jesús no fue depresivo.
  • JESÚS NO FUE POLÍTICO. Nunca buscó para sí puestos de ningún tipo, no anduvo haciendo campañas, ni sonriendo por un voto. Fue lo más alejado de toda búsqueda de dividendos políticos, hoy en día sería una pesadilla para cualquier asesor de imagen: Ofendió al rey, despreció a los clérigos, dejó en ridículo a los abogados de la ley, no permitió a la secta de los fariseos que lo enlodaran con sus diatribas absurdas, se juntó con las prostitutas, con los enemigos del pueblo, hizo todo lo que no debería hacer un político. Incluso tuvo la osadía de ir al centro económico de ese tiempo, no para adular a los ricos y ladrones, sino para volcar sus mesas de dinero. Así que deja de usar a Jesús como excusa. Cuando no dices la verdad para no perder el favor de un grupo de personas que podrían apoyarte en un puesto, simplemente has vendido tu conciencia por una palmada en la espalda. Cuando dejas pasar la injusticia, porque el que ha tomado la decisión, es alguien con poder, lo único que has hecho es venderte, ese es tu precio. No uses a Jesús como justificación para tu cobardía. Jesús no fue político.
  • JESÚS NO FUE ARROGANTE. Es cierto que los hipócritas de su tiempo les dijo “sepulcros blanqueados”, pero no lo hizo con soberbia, ni siquiera con orgullo. Sólo dijo lo que tenía que decir, porque sabía que era la oportunidad que esa gente tendría de recibir algo más que palabras vacías. Algunos lo entendieron, un fariseo, un publicano, un empleado del rey, un sacerdote, y la lista sigue. Los arrogantes de su tiempo lo alabaron, ningún arrogante hace eso con alguien de su propia calaña. No uses a Jesús como excusa, el utilizó expresiones muy fuertes, pero las hizo con un amor tan grande que tú y yo empequeñecemos ante su manera de ser. No uses a Jesús como excusa para tu falta de amor para tus detractores, ni para quienes no opinan igual que tú. Jesús no fue arrogante.
  • JESÚS NO FUE VIOLENTO. La violencia es muy sutil, no se necesita golpear con las manos, los pies o algún bate, hay formas más elegantes: Una mentira dicha en el momento correcto, un rumor transmitido a la persona indicada, es decir, al chismoso de turno, la prepotencia de hacer que otra persona se sienta indigna, decirles a otros “me haces caso porque yo mando”, y otras violencias similares, nunca estuvieron en la vida de Jesús. Por eso le siguieron tantas personas, porque era capaz de llamar la atención, pero no dudaban quienes merecían dicho trato que él amaba y respetaba al máximo. Así que no puedes usar a Jesús como excusa para tus violencias sutiles. Jesús aceptó el diálogo, la controversia y la discusión, pero nunca impuso ni maltrató. Jesús no fue violento.
  • JESÚS NO FUE SOLITARIO. Una cosa es amar la soledad, otra muy distinta es ser solitario. Los primeros eligen alejarse por un rato para gozar de las bondades de sus propias mentes, espacios y caminos. Los solitarios, por el contrario, se aíslan, no permiten a otras personas acercárseles, especialmente a sus mentes. Jesús pasó muchas horas en casas de amigos, participó en momentos sublimes con otras personas que estuvieron a su lado. Se involucró, participó, habló, jugó, todo porque aunque amaba pasar tiempo a solas con Dios, no dudaba en ocupar todo el tiempo posible para construir lazos con otras personas, amigos, compañeros de viaje, etc. No uses a Jesús como excusa para tu aislamiento ni para tu alejamiento de otros. Jesús no sirve de justificación. Jesús no fue solitario.
  • JESÚS NO FUE PASIVO. Cristo fue un hombre de acción. No se quedó esperando que la gente viniera a escucharlo, fue a donde ellos estaban. Buscó a quienes precisaban de su ayuda, confrontó, discutió, habló, enfrentó, caminó, se puso en acción. Jesús no se quedó esperando que sólo sus oraciones fueran el método para transformar a otros, también se puso en pie y enseñó. No esperó que la gente necesitada le hablara, él tomó la iniciativa. Jesús fue un hombre de acción. No lo uses para justificar tu apatía y modorra. ¿Quieres cambios? ¡Haz algo! ¿Deseas que tu entorno sea mejor? ¡Ponte a trabajar! Muchos cristianos han convertido la oración pasiva en su excusa para quedarse cómodos sin hacer nada. En vez de orar, Dios ayuda a los pobres (cosa que la Biblia no dice), párate y anda a ayudar a quienes más lo necesitan. Jesús no te sirve como excusa. Jesús no fue pasivo.
  • JESÚS NO FUE AUTORITARIO. Nunca hizo sentir a alguien que debía escucharlo exclusivamente porque él era quien decía ser. Nunca usó su cargo ni su oficio ni su misión como excusa para maltratar a alguien ni humillarlo. Jesús no fue autoritario, no creyó en el verticalismo. Por eso algunos de sus discípulos estaban desconcertados. El que enseñó que el primero debe ser servidor de todos es el que dio el ejemplo. Así que no uses a Jesús como excusa para tus autoritarismos. El tener un puesto en la iglesia no te da autoridad, sólo te ofrece un privilegio, una oportunidad, es en el fondo, un medio para que te conviertas en alguien diferente. El tener un título académico no te autoriza para ser autoritario ni humillar a nadie. Jesús no fue autoritario.
  • JESÚS NO BUSCÓ SALIDAS FÁCILES. Cristo no tuvo la mala suerte tuya y mía de nacer en la generación del “compre hoy pague mañana”, la sopa instantánea o el microondas. El tuvo el extraordinario privilegio de no conocer las tarjetas de créditos, ni las soluciones instantáneas (baje peso sin esfuerzo, ¿alguna vez les creíste?). Tuvo que viajar a Galilea, y se puso en camino, no sobre un animal sino sobre sus pies. Fue necesario ir a Jerusalén y buscó el sendero que lo llevaba allá, no se hizo amigo de algún rico para que le proveyera de algún caballo. Deja de usar a Jesús como excusa para tus formas escapistas de vivir. Los caminos más fáciles, a menudo llevan a callejones sin salida que no te ayudan para nada. Jesús no buscó salidas fáciles.
  • JESÚS NO FUE DOGMÁTICO. No defendió ideas a fuerza de presión, autoritarismo ni nada que se le pareciera. Atrapó a las multitudes no con sus dogmas, sino con la sencillez de un discurso que buscaba ayudar a las personas a pensar. Dialogó, aún con personas que tenían ideas totalmente contrarias a las suyas. Escuchó con paciencia a Nicodemo y no lo arrolló con dogmas, sino que creó el ambiente para que él pensara, y tomara decisiones. Lo mismo hizo con la mujer samaritana. Así que deja de usar a Jesús como excusa para no pensar, para ser cerrado, para dialogar con el diferente o distinto a ti. Jesús no fue dogmático.
  • JESÚS NO USÓ LA RELIGIÓN COMO EVASIÓN. Jesús oraba, pero también actuaba. No utilizó nunca la religión como una forma de evadir la realidad. Mientras algunos de su tiempo se conformaban con culpar a Dios de todo: Enfermedad, sufrimiento, riqueza, pobreza, etc. Jesús tomó una posición diferente. Se acercó a los enfermos, a los sufrientes, a ricos y pobres, y simplemente, les habló de Dios, pero no para culparlo de sus situaciones vitales, sino para darles una orientación positiva. Fue crítico de los religiosos de su tiempo, no sólo por su hipocresía sino porque habían enseñado una religión de evasión de la realidad. Así que deja de usar a Jesús como excusa para justificar una religión de opio, que te enseñe a conformarte. Jesús fue revolucionario, no una persona pasiva que pensó que todo lo que sucedía era simplemente por voluntad divina. Cuando nadie ayudaba al pobre, por considerar que era la voluntad de Dios, él se acercó y les dijo claramente que Dios esperaba darles riquezas no pobrezas. Cuando los enfermos eran maltratados considerando que vivían simplemente el resultado de su pecado, Jesús los tocó y los atendió. Así que deja la religión de conformismos, Jesús no te sirve para eso. Jesús no usó la religión como evasión.
Probablemente otros utilizan otras excusas, utilizando a Jesús como corroboración, así que como la verdad la construimos entre todos, te invito a que continuación agregues tus propios motivos para decir qué excusas utilizamos teniendo a Jesús como el centro de nuestras justificaciones engañosas.