Hace algunas semanas me vi en medio de una polémica que no busqué ni quise. Me comenzaron a llegar cartas de algunos pastores que están en un foro de ministros, al cual alguna vez pertenecí. Varios me escribieron preocupados porque alguien hizo algunas acusaciones en mi contra (no menciono el nombre para no generar más polémica, no viene al caso, sólo quiero reflexionar).
La persona que se refería a mi lo hacía en términos tan ácidos y descalificadores que al comienzo pensé que era algo que habría escrito algún enemigo del evangelio, sin embargo, mi sorpresa fue tal al comprobar que esa persona es un pastor, una persona que por su investidura se supone que debe tener el más alto estándar ético. Su carta plagada de descalificaciones, mentiras, imprecisiones y medias verdades, que es a fin de cuenta otra forma de engaño, se refería a mi persona incluso en términos vulgares.
Mi primera reacción fue de enojo, pero luego pensé: ¿Qué he hecho?
La razón de las varias cartas que dicha persona envió a ese círculo eran simplemente una reacción a una opinión diferente respecto a una de las respuestas que he dado en otro blog dedicado a contestar inquietudes que suelen hacerme, y que desde hace tiempo, por exceso de trabajo no he podido continuar. Mis preguntas abiertas y sin dobles intenciones son:
¡Qué espectáculo damos al mundo!
¡Qué terrible espectáculo damos a quienes supuestamente debemos llevarle la palabra de Dios! De un Dios que no miente ni engaña de ninguna manera.
George Knight, un escritor a quien suelo leer continuamente, dice en uno de sus libros:
Friedrich Nietzsche escribió alguna vez:
La persona que se refería a mi lo hacía en términos tan ácidos y descalificadores que al comienzo pensé que era algo que habría escrito algún enemigo del evangelio, sin embargo, mi sorpresa fue tal al comprobar que esa persona es un pastor, una persona que por su investidura se supone que debe tener el más alto estándar ético. Su carta plagada de descalificaciones, mentiras, imprecisiones y medias verdades, que es a fin de cuenta otra forma de engaño, se refería a mi persona incluso en términos vulgares.
Mi primera reacción fue de enojo, pero luego pensé: ¿Qué he hecho?
La razón de las varias cartas que dicha persona envió a ese círculo eran simplemente una reacción a una opinión diferente respecto a una de las respuestas que he dado en otro blog dedicado a contestar inquietudes que suelen hacerme, y que desde hace tiempo, por exceso de trabajo no he podido continuar. Mis preguntas abiertas y sin dobles intenciones son:
¿Cómo pretendemos hablar del amor de Dios si no vivimos dicho amor entre nosotros?
¿Cómo podemos los cristianos aparecer como modelos éticos si no seguimos las bases éticas que Jesús enseñó?Dicha persona que me ha descalificado y que seguramente, fiel a su estilo, seguirá denigrándome donde pueda, nunca ha hablado conmigo personalmente ni me ha escrito para corroborar algunas informaciones que se dedicó a proliferar sin confirmar si eran o no verdad.
¿Cómo podemos predicar “la verdad” si no somos fieles a la verdad y nos dedicamos a transmitir mentiras y engaños sobre otros?
¿Qué ejemplo le damos a otros del amor de Dios si tratamos a nuestros hermanos peor que a nuestros enemigos?He sido cristiano desde la niñez y créanme que con los años mis peores heridas han venido de otros cristianos. Las palabras más mordaces e hirientes las he escuchado de labios de personas que luego estaban en la iglesia con “cara de santos” cantando sin culpabilidad: “Amémonos hermanos de corazón”.
¡Qué espectáculo damos al mundo!
¡Qué terrible espectáculo damos a quienes supuestamente debemos llevarle la palabra de Dios! De un Dios que no miente ni engaña de ninguna manera.
George Knight, un escritor a quien suelo leer continuamente, dice en uno de sus libros:
“A menudo era capaz de predicar un sermón titulado "Por qué no me gustan los adventistas" y lo cierto es que no me gustan, pero acabé dejando de presentarlo porque sonaba un tanto negativo. Naturalmente, no tenía objeciones si eran cristianos aparte de ser adventistas. Pero si solo eran adventistas, ¡Dios nos ampare! He aquí la causa: Una vez conocí a un adventista del séptimo día que era peor que un diablo. En realidad, en una ocasión conocí incluso a un vegetariano estricto que era tan despiadado como el diablo. Para que tenga algún valor, nuestro adventismo debe estar inmerso en el cristianismo. Sin esa inmersión, no es mejor que cualquier otro "ismo" para gente crédula”.*Y esta última parte que me interesa para reflexionar. Si nuestra ética y conducta diaria no es diferente de la de un no cristiano, entonces, ¿qué hacemos predicando sobre Jesucristo? No basta ser parte de una congregación, ni siquiera como en el caso de este pastor (dudo al llamarlo así) llevar las credenciales ministeriales, es preciso que en nuestra vida diaria tengamos un sentido ético que nos permita tratar a los demás diferente a como lo haría alguien que no conoce a Dios.
Friedrich Nietzsche escribió alguna vez:
“El mejor argumento contra el cristianismo son los cristianos”.
Lamentablemente, tengo que reconocer que tiene razón, si alguien leyera lo que de mi ha escrito este varón que se hace llamar pastor, probablemente coincidiría conmigo.
Una posibilidad es que el cristiano represente a una persona que defiende una doctrina a como dé lugar y con los métodos que sean. Eso ya lo hemos vivido en el cristianismo y la inquisición con su gama de atrocidades es la muestra más patente de dicho espíritu.
¿Qué es ser cristiano?
Una posibilidad es que el cristiano represente a una persona que defiende una doctrina a como dé lugar y con los métodos que sean. Eso ya lo hemos vivido en el cristianismo y la inquisición con su gama de atrocidades es la muestra más patente de dicho espíritu.
Hace algunas semanas atrás un clérigo norteamericano abogaba para quemar ejemplares del Corán, otra manera de vivir el espíritu intolerante. Vi sorprendido en CNN a un grupo de cristianos de otra congregación haciendo muestras de intolerancia en funerales de soldados norteamericanos, sin ninguna consideración por el dolor de los deudos. No dudo que la persona que en estos días me ha atacado tan fieramente que si viviéramos en el siglo XVI me habría enviado a la hoguera y se habría sentido feliz y satisfecho de hacerlo. Si alguien quiere leer más de este espíritu y atrocidades, un buen libro es los cinco tomos de Karlheinz Deschner, Historia criminal del cristianismo (Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1990), que aún cuando uno pueda discrepar de su visión ideológica, es innegable que los hechos históricos confirman una línea de intolerancia digna de las atrocidades más horrendas del nazismo.
Otra posibilidad, ligada a la anterior es considerar que los cristianos tienen la última palabra y que nadie puede decirles nada acerca de equivocaciones. Esta forma de ver la realidad ha generado el dogmatismo que lleva al fanatismo sectario. La forma más contradictoria de este principio es el concepto de infabilidad defendido por una parte del cristianismo, que nadie puede desafiar. Aún me indigna pensar en la reacción que hubo cuando Hans Küng se atrevió a desafiar este concepto con su libro ¿Infalible?: Una pregunta (Buenos Aires: Herder, 1970) o cuando Leonardo Boff se atrevió a analizar la supuesta jerarquización basada en la infabilidad con su libro Iglesia, carisma y poder (Santander: SalTerrae, 1992). Ambos sacerdotes fueron silenciados y denostados de la forma más burda, simplemente, por atreverse a sospechar que no siempre podemos tener la razón en todo, por mucho que nos llamemos cristianos.
Otra manera de ser cristianos es ser ascetas, es decir, alejarnos de todo contacto con el mundo creyendo que de esa forma podremos vivir mejor nuestra religión. Dicha forma de vivir olvida el concepto bíblico de Jesús: “No te pido que los retires del mundo” (Juan 17:35). El ascetismo ha generado una forma de expresión del cristianismo alejada de la realidad, que en muchos sentidos, es tan dañina como la militancia inquisidora.
Otra forma es considerar al cristianismo como una filosofía de vida ligada a una ética de la conducta más que a un cuerpo doctrinal específico. El liberalismo cristiano ha terminado en ese plano siendo nada más que un conjunto de normas éticas y las iglesias una especie de clubes de defensa moral.
Semejante a lo anterior se encuentran aquellos grupos cristianos que sienten que el emocionalismo es la mejor expresión del cristianismo. En dicho contexto tampoco interesan las doctrinas claras y objetivas, sino sólo lo vinculado con los sentimientos y las emociones, no importa lo que dice la Palabra sino lo que siendo respecto a ella. Cada individuo se convierte en norma religiosa.
Finalmente, otra opción es la de aquellos que creemos que el cristianismo no consiste en defensa de doctrinas al grado de descalificar a otros y condenarlos. Tampoco en aislamiento para apartarse de otros para vivir una vida cristiana separada. Ni emocionalismo irracional ni defensa de dogmas desprovistos de sentido común.
El cristianismo es una forma de vida que se sustenta en la convicción profunda de que cada ser humano es pecador y que Dios en su misericordia ha provisto un plan de redención para todo aquel que lo acepte. Somos seguidores de un Jesús de esperanza y sanidad, que otorga sentido y propósito a la vida de los individuos. No de un Jesús que vino a condenar y maltratar a otros.
Evidentemente la Escritura se convierte en una fuente autoritativa de información y Jesucristo en el modelo a seguir en la forma de vivir e interactuar con otros. En ese contexto cada cristiano se convierte en el agente de reconciliación para otros que no han tenido la posibilidad de conocer a Dios.
Esta tarea debe ser hecha con amor, tolerancia y sin utilizar recursos de manipulación, engaño, medias verdades, descalificaciones ni nada que se asemeje a métodos usados por quienes no conocen a Cristo.
Jesús nos invita a amar a nuestros enemigos, no necesariamente gustarnos lo que hacen, eso implica no caer en las argucias ni artimañas de quienes pretenden a nombre de lo que sea, destruirnos. Estoy tentado a escribir de ese ministro que seguramente está luchando con ser fiel a su conciencia: “Dios, perdónalo, porque no sabe lo que hace”, pero después he pensado: “¿Y si sabe lo que hace?”… sería terrible pensar eso, así que prefiero quedarme con la primera oración, al menos, me da la convicción y la tranquilidad de saber que tenemos un Dios de amor que no nos condena, ni nos maltrata ni siquiera en defensa de la verdad.
© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.
*George Knight, La visión apocalíptica y la neutralización del adventismo (Buenos Aires: ACES, 2010), 10.
Otra posibilidad, ligada a la anterior es considerar que los cristianos tienen la última palabra y que nadie puede decirles nada acerca de equivocaciones. Esta forma de ver la realidad ha generado el dogmatismo que lleva al fanatismo sectario. La forma más contradictoria de este principio es el concepto de infabilidad defendido por una parte del cristianismo, que nadie puede desafiar. Aún me indigna pensar en la reacción que hubo cuando Hans Küng se atrevió a desafiar este concepto con su libro ¿Infalible?: Una pregunta (Buenos Aires: Herder, 1970) o cuando Leonardo Boff se atrevió a analizar la supuesta jerarquización basada en la infabilidad con su libro Iglesia, carisma y poder (Santander: SalTerrae, 1992). Ambos sacerdotes fueron silenciados y denostados de la forma más burda, simplemente, por atreverse a sospechar que no siempre podemos tener la razón en todo, por mucho que nos llamemos cristianos.
Otra manera de ser cristianos es ser ascetas, es decir, alejarnos de todo contacto con el mundo creyendo que de esa forma podremos vivir mejor nuestra religión. Dicha forma de vivir olvida el concepto bíblico de Jesús: “No te pido que los retires del mundo” (Juan 17:35). El ascetismo ha generado una forma de expresión del cristianismo alejada de la realidad, que en muchos sentidos, es tan dañina como la militancia inquisidora.
Otra forma es considerar al cristianismo como una filosofía de vida ligada a una ética de la conducta más que a un cuerpo doctrinal específico. El liberalismo cristiano ha terminado en ese plano siendo nada más que un conjunto de normas éticas y las iglesias una especie de clubes de defensa moral.
Semejante a lo anterior se encuentran aquellos grupos cristianos que sienten que el emocionalismo es la mejor expresión del cristianismo. En dicho contexto tampoco interesan las doctrinas claras y objetivas, sino sólo lo vinculado con los sentimientos y las emociones, no importa lo que dice la Palabra sino lo que siendo respecto a ella. Cada individuo se convierte en norma religiosa.
Finalmente, otra opción es la de aquellos que creemos que el cristianismo no consiste en defensa de doctrinas al grado de descalificar a otros y condenarlos. Tampoco en aislamiento para apartarse de otros para vivir una vida cristiana separada. Ni emocionalismo irracional ni defensa de dogmas desprovistos de sentido común.
El cristianismo es una forma de vida que se sustenta en la convicción profunda de que cada ser humano es pecador y que Dios en su misericordia ha provisto un plan de redención para todo aquel que lo acepte. Somos seguidores de un Jesús de esperanza y sanidad, que otorga sentido y propósito a la vida de los individuos. No de un Jesús que vino a condenar y maltratar a otros.
Evidentemente la Escritura se convierte en una fuente autoritativa de información y Jesucristo en el modelo a seguir en la forma de vivir e interactuar con otros. En ese contexto cada cristiano se convierte en el agente de reconciliación para otros que no han tenido la posibilidad de conocer a Dios.
Esta tarea debe ser hecha con amor, tolerancia y sin utilizar recursos de manipulación, engaño, medias verdades, descalificaciones ni nada que se asemeje a métodos usados por quienes no conocen a Cristo.
Conclusión
Jesús nos invita a amar a nuestros enemigos, no necesariamente gustarnos lo que hacen, eso implica no caer en las argucias ni artimañas de quienes pretenden a nombre de lo que sea, destruirnos. Estoy tentado a escribir de ese ministro que seguramente está luchando con ser fiel a su conciencia: “Dios, perdónalo, porque no sabe lo que hace”, pero después he pensado: “¿Y si sabe lo que hace?”… sería terrible pensar eso, así que prefiero quedarme con la primera oración, al menos, me da la convicción y la tranquilidad de saber que tenemos un Dios de amor que no nos condena, ni nos maltrata ni siquiera en defensa de la verdad.
© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.
*George Knight, La visión apocalíptica y la neutralización del adventismo (Buenos Aires: ACES, 2010), 10.

