lunes, 3 de enero de 2011

Cura de mi pueblo

Mientras conducía veía en el horizonte el hermoso espectáculo de las imponentes montañas de Chiapas, bosques de pinos, cascadas de aguas, algunas a los lejos y otras justo al lado del camino, los valles con pequeños poblados, los sembradíos de maíz que asomaban a cada momento de las laderas de los cerros menos escarpados, un paisaje bucólico lleno de luz y color. Cada cierto tiempo pasaba por pequeñas aldeas llamadas en México, Colonias, muchas de ellas con nombres extraños para un extranjero, expresadas en algunos de los dialectos de las comunidades nativa de estas maravillosas tierras, Pichucalco, Socoltenango, Tapilula, Rincón Chamula, Huixtan, Ixhuatan, Ixtacomitán, Ixtapa, Solosuchiapa, etc.

Tuve que viajar solo durante cuatro horas, así que conduje con cuidado por las curvas entre las montañas. Cuando viajo suelo escuchar música, así que conecté el Ipod a la radio de mi vehículo y me dispuse a sumergirme en el camino en dirección a Tabasco. La carretera serpenteante por las montañas, un día esplendoroso lleno de luz. Un momento perfecto para la reflexión y el ensimismamiento. Tenía todo el tiempo para mi.

En algún momento, cuando ya llevaba unas dos horas de camino, me entró nostalgia por escuchar música chilena, así que busque y me deleité escuchando folklore chileno, iba cantando las canciones que de un modo u otro me recordaban los tiempos que viví en Chile, hace tanto tiempo que ya me parece otra vida. De pronto los parlantes comenzaron a emitir el canto “Cura de mi pueblo”, cantado por los Huasos Quincheros, no recordaba que ellos lo habían interpretado, no son mi conjunto folklórico preferido. Me puse a intentar rememorar hasta que recordé que fue Pedro Messone, el legendario cantante folklórico de Chile el que grabó este canto, por allá por el año 1970.

De pronto caí en la cuenta en la letra que dice:

Cura de mi pueblo,
que en tus oraciones,
a Dios siempre ruegas,
por todos nosotros.
Cura de mi pueblo,
cuando yo era un niño,
me dabas santitos,
me hacías cariño.
Cura de mi pueblo,
cuando yo era un niño,
me dabas santitos,
me hacías cariño.

Cura de mi aldea,
de mi pueblecito,
donde ahora descansan,
mis seres queridos.
Cura de mi pueblo,
amable y sencillo,
siempre te recuerdo,
como un buen amigo.
Cura de mi pueblo,
amable y sencillo,
siempre te recuerdo,
como un buen amigo.

Hoy que ya soy hombre
y te veo viejito,
yo venero en ti,
todo el tiempo ido.
Tú que sabes tanto
y que tanto has oído,
dime mi buen cura,
mi buen padrecito,
dime si es pecado,
si amar es delito.
Tú que sabes tanto
y que tanto has oído,
dime si es pecado,
si amar es delito,
dime mi buen cura,
mi buen padrecito.

Al terminar la canción me sorprendí a mi mismo sonriendo con nostalgia al pensar en lo que implicaba la expresión “cura de mi pueblo”. Con lo desmerecido que está el sacerdocio católico no se podría pronunciar hoy la parte “me hacías cariño”, sin caer en algún tipo de sospecha. Luego me puse a pensar en serio y terminé reflexionando sobre la gravedad de la falacia que confunde a la parte con el todo, y termina discriminando a un grupo por la conducta de un individuo.

El individuo no es el grupo

No es novedad para nadie el saber que existen miles de sacerdotes a través del mundo que han sido acusados de pedofilia. Sin duda, muchos lo son, pero en ese énfasis olvidamos que hay miles de religiosos y religiosas alrededor de esta tierra nuestra que son honestos, transparentes y que ciertamente sufren por la conducta errática de alguno de sus pares.

Soy amigo de dos sacerdotes domínicos, estudiamos juntos en la universidad, llegué a conocerlos muy bien, sé de sus sentimientos, de su nobleza, de su vocación de servicio y de la abnegación que hay en sus actos. Pensando en ellos, siento que es injusto por definición confundir la parte con el todo.

Recuerdo a un sacerdote de la ciudad donde me crié, me gustaba verlo con su amabilidad y riqueza interior. Nunca fui católico pero más de alguna vez fui a escucharlo a la misa porque me gustaba su forma de expresar las ideas. Lo vi anciano, supe que murió y cientos de personas acudieron a su funeral en señal de respeto y gratitud.

Tres de mis escritores preferidos son sacerdotes católicos y he leído muchas obras de pensadores católicos, que ciertamente han llevado una vida pública y privada acorde con las convicciones que han guiado sus vidas.

Confundir la parte con el todo es caer en un infantilismo lógico, en cierto modo, no sólo es una falta de respeto para otros, sino es faltarse el respeto a sí mismo pensando como un niño.
  • Conocí a un pastor adventista que violó a una chica de su iglesia, sería injusto sostener que esa es la conducta típica de los ministros adventistas.
  • En mi niñez conocí a un pastor bautista que solía quedarse con los diezmos y robar otros dineros, eso no convierte a todos los ministros bautistas en ladrones. 
  • Alguna vez, por solicitud de un médico, atendí a un pastor pentecostal que golpeaba a su esposa y era abusivo con sus hijos. Estuvo en la sala de mi casa, nunca se me ocurrió pensar que todos los pastores pentecostales tienen dicha conducta. 
  • En Argentina fue noticia que un reconocido experto mundial en violencia familiar y abuso infantil, era parte de una red internacional de pedófilos que prostituía a adolescentes. Sería injusto sostener que todos los psicólogos tienen dicha patología. 
  • Estando en Venezuela supe de un ministro que tenía vínculos con el narcotráfico y de esa manera había amasado una fortuna. Sería absurdo suponer que los ministros religiosos son narcotraficantes. 
  • Cuando enseñaba en Colombia uno de mis alumnos de posgrado me habló de un pastor que se involucró con las Farc y terminó entregando ayuda a los grupos terroristas. No podría decir que los ministros participan o siquiera simpatizan con grupos disidentes y terroristas. 
  • En Perú supe de un alumno de teología que fue detenido por la policía siendo estudiante de una universidad adventista, el cargo fue por participar en una célula terrorista del sendero luminoso y ser un experto en secuestros. Miles de estudiantes de teología alrededor del mundo son distintos, no podemos poner a todos en el mismo saco. 
Podría estar por horas mencionando ejemplos similares y podríamos concluir con lo mismo: No es lógico confundir la parte con el todo.

El peligro de la generalización

Cuesta entender que muchas opiniones son generalizaciones, y en muchos casos es imposible sostenerlas o rechazarlas sin más ni más. La ambigüedad de algunas afirmaciones hace muy ardua la tarea de desmentido o defensa para las víctimas. La mayoría de las veces no se está en condiciones de probar que la afirmación es errónea.

Hace algún tiempo atrás fue víctima de un “pastor” chismoso, con tendencia a pontificar, mentiroso, violento, y falaz por las anfibologías que utiliza. El problema con sujetos así es la dificultad de defenderse, puesto que la generalización tiende a sentar un precedente psicológico en la mente de otros y luego la defensa de quien es víctima de personas con estas características, es simplemente, ir cuesta arriba en la psicología de quienes les resulta más fácil escuchar un rumor que una verdad.

La falacia de pensamiento que confunde la parte con el todo, es falaz precisamente por su carga persuasiva y porque pretende persuadir, sin importar si el argumento sea correcto o falso. Es la resucitación del pensamiento sofista, del cual algunos políticos y religiosos son expertos, y del cual tanto habló Sócrates por boca de Platón.

Una persona con capacidad de análisis crítico se resiste a generalizar consciente y públicamente sin disponer de datos suficientes. Siempre es peligroso generalizar, porque se cometen errores de juicio en el proceso de emitir opinión.

Otra razón por la cual la generalización se convierte en un peligro, es que las opiniones de otros nos influyen de un modo u otro. El ideólogo y publicista de Hitler enseñaba: “Miente, miente, miente, tantas veces como sea posible, al final la gente no sabrá qué es mentira y qué es verdad”. Otra manera de decir lo mismo, es generaliza de tal forma que llegue un momento en que la opinión se generalice tanto que no sea posible distinguir la verdad del error, tal como ocurrió con el régimen nazi.

El asunto que bien sabía el publicista de Hitler es que cuanto mayor es el número de personas entre las que se extiende una opinión, mayor es la influencia que ejerce sobre nuestro comportamiento. Por ese sólo hecho no debería dejarse pasar una generalización u opinión como si fuera inocua. La realidad es que las opiniones tienden a convertirse en norma, y de manera dramática, en la regla con la que medimos a otros.

En su libro Ponzoña en los ojos: Brujería y superstición en Aragón en el siglo XVI (Zaragosa: Institución Fernando el Católico, 2000), la historiadora María Tausiet sostiene que la generalización se convirtió en el método preferido de los inquisidores medievales. En dicho contexto “cualquiera podía calumniar a su vecino o acusar a su enemigo de herejía o de brujería y librarse así de mantener una disputa personal” (p. 54). Como la generalización permitía la ambigüedad entonces era posible sospechar de cualquiera y condenar a quien fuera objeto de la generalización. Lamentablemente, en las actuales cazas de brujas y brujos, el mismo método parece seguir teniendo efecto.

Conclusión

Emitir una opinión, sobre lo que sea, siempre es un riesgo. Más complejo y peligroso es confundir a la parte con el todo. El que un individuo tenga una conducta errática no significa que el todo la tenga. El todo no es necesariamente la suma de sus partes.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 1 de enero de 2011

Amistad

En medio de la crisis y de las dificultades, una cosa queda al final: Llegas a conocer realmente quiénes son tus amigos, los de verdad, los que no hablan sólo de la boca para afuera, las personas con las que puedes contar en los momentos difíciles. Como cuando se cierne la arena y finalmente quedan las rocas, los que verdaderamente importan, y eso, aunque doloroso a veces, ha sido una experiencia aleccionadora.

Un amigo es una persona que está contigo de manera incondicional. No te vende por un plato de aplausos partidistas ni te cambia por la aprobación de un jefe. Es alguien que está contigo, aunque eso suponga perder réditos políticos. Para sanidad mental es necesario apartarse de aquellos que sólo son tamo que arrebata el voto del momento.

Un amigo es alguien que te ama a pesar de tus errores. Como dijera alguna vez el ensayista norteamericano Elbert Hubbard:


Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere.
Cuando alguien te apoya sólo cuando tu conducta es acertada y se aleja cuando cometes un error, entonces ese individuo, simplemente, no es tu amigo, es un enemigo encubierto. Un amigo te sigue queriendo aunque te equivoques, no te lapida ni es parte de la bandada de buitres que viene a comer tu carne cuando caes.

Un amigo no se aleja cuando difieres. No es aquel que piensa al ritmo tuyo, ni sigue tus mismos pensamientos, pero es alguien en quien puedes confiar aunque discrepe. Cuando alguien sólo mantiene su amistad contigo porque comparte la misma opinión y se aleja o te traiciona, porque difiere de tu manera de pensar, esa persona nunca ha sido amigo, es sólo un verdugo de la inquisición que se ha disfrazado de amigo para ganar tu confianza. Con un amigo no temes opinar, como dijera el extraordinario Ralph Waldo Emerson:
Un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta.
Un amigo es un hermano que se mantiene contigo a pesar de las dificultades. No podemos dejar de ser hermanos de los hermanos, simplemente, porque una situación no sea lo que esperamos. Los amigos de verdad, los que realmente interesan, los que no sonríen sólo porque hay flashes o fotógrafos, son aquellos que te han elegido como hermano y no renunciarán a dicho estado familiar, sólo porque en algún momento en el camino aparece un escollo.

Un amigo es aquel que te acepta a pesar de tus defectos. No actúa como si fueras perfecto, porque eso sería irracional, pero entiende que todo ser humano es débil en algunos aspectos y fuerte en otros. Como diría un proverbio turco:
El que busca un amigo sin defectos se queda sin amigos.
Algunos de mis “amigos” han partido porque no han tolerado algunos de mis “defectos”, y lo pongo entre comillas, porque es algo relativo. Si hablar con la verdad, de cara a la gente, si empeñarse en decir lo que se piensa aún a costa de no ser políticamente correcto, si ser honesto y fiel a la justicia, si no estar dispuesto a besar la mano del tirano, si defender al débil, si declarar sin ambigüedad el error, si oponerse al mobbing y al bulling laboral, es un defecto, entonces, bienvenidos los amigos verdaderos que han quedado, porque esos si son los que cuentan, los de verdad, los que no temen llamar al engaño y la mentira por su nombre, los que no venden su conciencia ante un dictador. Personas con ese “defecto” son diamantes valiosos y de algunos de ellos me precio de ser amigo. Los demás, es un alivio haberlos conocido realmente y ya no estar con ellos, no se puede vivir rodeado de lobos disfrazados, es mejor estar acompañado de quienes verdaderamente son lo que dicen ser.

William Shakespeare alguna vez escribió:
Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero.
Parafraseando al gran dramaturgo podríamos decir que del mismo modo, que a quienes hemos puesto a prueba y han revelado su verdadera identidad engañosa, es preciso dejarlos. Debemos hacer el duelo que corresponde por ellos, pero como dijera Jesús,  es preciso enterrar nuestros muertos y seguir. No es sabio permitir que quienes se hicieron llamar amigos sin serlo, se conviertan en lastre que impida vivir a plenitud.

Un amigo es alguien que alumbra en medio de la oscuridad. En medio de las dificultades he descubierto la luz de quienes son faro que guía y se mantienen así en medio de la tormenta. Como dijera el  gran poeta de la India, Rabindranath Tagore:
La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido.
En momentos difíciles, aparecen los amigos que siempre han estado allí, para darte la seguridad de su luz, para ser la luminosidad al final del túnel, para mostrarte que  luego de la larga noche de la tristeza y el dolor, siempre sale el sol para darnos esperanza.

Un amigo verdadero te habla a la cara, te regaña, te exhorta, te reprende incluso, pero te sigue amando. Los que no son amigos, los engañadores de siempre, los que cantan loas hacia ti cuando entras triunfante a la ciudad, y luego hablan a tus espaldas cuando llega la noche, esos simplemente, no son amigos.  

Como dijera el sabio Salomón:
Más confiable es el amigo que hiere que el enemigo que besa (Proverbios 27:6).
Los enemigos siempre hablan a tus espaldas, no son honestos ni confiables. De cara a ti te sonríen, cuando le das la espalda esparcen rumores, dicen medias verdades, son oportunistas del aplauso político, callan cuando deben hablar, hablan cuando deberían callar.

Un amigo es alguien en quien puedes confiar. Sabes que no te traicionará de ningún modo, que estará dispuesto a cortarse la mano por ti, porque sabe quién eres. No irá una palabra ni realizará un acto que ponga en duda su amistad hacia ti. Si no puedes confiar, entonces, ya no hay amistad, si es que acaso alguna vez la hubo. La confianza es el aceite que ayuda a que se mantenga el vínculo a pesar de los roces, del trajín de la vida, de la lucha constante contra las aves rapaces y de la dificultad que supone ser simplemente humanos.

Un amigo nunca, por ninguna razón, te confunde con un medio para lograr algún propósito. Te trata con respeto, te acepta con inteligencia, pero nunca te vende a los mercaderes de la muerte, esos que pululan siempre y que no dudarían en vender a su madre si eso significa un voto político o el aplauso de la masa.

Un amigo verdadero siempre te reprende en secreto pero te alaba en público. Nunca, por ninguna razón, expone ante la plebe tus debilidades ni da motivos para que vengan los gusanos y penetren por las heridas que te has hecho en el camino.

Un amigo te acompaña cuando estás herido, caído en el camino, solitario en el dolor, y lloroso por la implacable espada del tormento. No se aleja, no calla, no se mantiene en silencio cuando debería acompañarte. Es en el dolor cuando realmente conoces a los verdaderos amigos, los que vienen a cubrir tus heridas y no a celebrar la sangre que escapa de tu úlceras.

Un amigo de verdad nunca se fija en el exterior, no se guía por el rating político, no se deja llevar por las opiniones de la masa, no va en la riada de los “me dijeron”, “escuché”, o “supe de buena fuente”. El que es verdadero conoce tu interior, sabe cómo eres en el fondo, no le impacta la opinión de quienes sólo contemplan tu imagen sin conocer tu esencia.

Un amigo viene a ti, especialmente en la adversidad. Los que están contigo en la prosperidad, cuando caen tintineantes las monedas del aplauso y de la fama, y se van silenciosos, cuando vienen momentos tormentosos, esos simplemente son falsos amigos, tan vanos como moneda falsificada. Se ven bien, parecen ser, pero no son más que imitación del verdadero valor, billetes que sólo sirven para la hoguera.

Un amigo te auxilia cuando nadie más lo hace. Como dijera el escritor británico Thomas Fuller:
Es amigo mío aquel que me socorre, no el que me compadece.
La compasión es engañosa, en muchos sentidos supone un ardid, porque pone al que compadece en una situación pasiva y alejada. La amistad es activa. El amigo te busca en la necesidad, va hacia ti cuando estás débil y necesitado, te extiende la mano aunque tú no lo busques.

Conclusión

En el año que pasó, si algo bueno ha tenido, es que me ha permitido separar el tamo del trigo. Ahora sé con total certeza quienes son mis amigos verdaderos y quienes son simplemente un recuerdo doloroso. La vida es demasiado corta para llorar por los falsos amigos. Mejor es concentrarse en quienes han detenido el viento cuando estabas en medio de la tempestad.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Si pudiera vivir nuevamente

Jorge Luis Borges, el escritor argentino, el candidato eterno al Nóbel, el hombre que había perdido la vista pero veía mucho más que otros, el soñador, el lector infatigable, el de las mil historias, el que homenajeaba a Buda y luchaba contra el tiempo, al final de sus días, cuando miraba a la muerte a la cara, sin miedo, como debería ser, como es lógico que suceda en un sistema donde la muerte es parte de la vida… escribió, un poema desgarradoramente honesto, y también  un llamado a la reflexión constante.

Dentro de unas horas comienza un nuevo año, una ilusión, porque el tiempo es una dimensión utópica, porque después de los abrazos y de los buenos deseos, la vida continuará inexorablemente, por eso, porque seguiremos viviendo, las palabras de Borges nos llegan como un aliento a la existencia, un acícate a la esperanza, un “déjate de tonterías” y concéntrate en lo importante, aquí el poema de Borges:







Si pudiera vivir nuevamente mi vida…
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de echo tomaría
muy pocas cosas con seriedad.

Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes,
contemplaría más atardeceres, subiría más montañas,
nadaría más ríos.

Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida,
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.

Por si lo saben, de eso está echa la vida,
sólo de momentos, no te pierdas el ahora.

Yo era de esos que nunca iba a ninguna parte sin
un termómetro, una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas, si pudiera volver a vivir,
viviría más liviano.

Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo
a principios de la primavera y seguiría así
hasta concluir el otoño.

Daría más vueltas en calesita, contemplaría más
amaneceres y jugaría con más niños, si tuviera
otra vez la vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años
y sé que me estoy muriendo.

El último verso de Borges tiene un dejo de melancolía, un desgarro, un sentir que en muchos aspectos la vida ha pasado inexorablemente y en el camino, sin pensarlo ni desearlo, se ha perdido de algunos de los momentos que hacen significativo el vivir. No me gustaría decirlo, no me gustaría sentirlo, no desearía tener esa melancolía a los 85 años.

Apreciados amigos: 

Un feliz año, una feliz vida, una sabia vida, que no es ser sabio abstenerse, sino el apreciar cada instante como si fuera el último.

A los que en este año me han acompañado en mis devaneos y pensamientos, un abrazo.

A los que se han sentido tocados, heridos, traumados o enojados, por mis escritos, un abrazo.

A quienes han sentido que a partir de mis palabras los he interpretado, un abrazo.

A todos, los que me entienden o desprecian, los que me acogen y los que me rehúyen, un abrazo.

Porque si abrazáramos más y discutiéramos menos, tal vez, algunos de mis escritos no serían necesarios...


Feliz vida para todos.


© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Sin perder perspectiva

Jesús no vino a fundar un partido político, como algunos de sus seguidores parecen creer.

No fundó una organización multinacional multimillonaria, como lo son algunas de las corporaciones que se supone que le representan.

No vino en busca de adeptos ni de prosélitos, tampoco buscaba seguidores, no era ese su fin, como parecen haber olvidado algunos en la actualidad.

Vino vestido de manera sencilla, sin ostentación, ni exhibición de riqueza, muy diferente a lo que muestran algunos de sus seguidores.

No vino a formar una organización jerárquica de plebeyos y lacayos, gobernados por una cúspide de iluminados, como algunos parecen no entender.



No conformó una sociedad secreta guiada por oscuros propósitos de dominación mundial, no pretendía nada que se le pareciera.

No buscó a líderes para gobernar a otros, ni para ser guardianes de las conciencias ajenas, ni inquisidores de la conducta humana.

No tuvo donde recostar su cabeza y no se le conoció posesión más valiosa que su propia misión, a diferencia de quienes olvidaron su legado.

Se rodeó de prostitutas, enfermos, despreciados y murió entre dos ladrones, fiel a la misión que tenía. ¡Cuán lejos de algunos que se consideran sus seguidores!

No vino a encerrarse entre cuatro paredes para auto alabarse ni autoproclamarse justo, sino que caminó en las callejuelas polvorientas y los caminos de los despreciados.

Su palabra no estuvo inundada de vocablos efectistas, historias almibaradas, ni quiso alabar la vanidad de nadie, habló claro, directo, sin ambigüedades y eso provocó el desprecio de los expertos en oratoria de su tiempo y los políticos de la religión.

No visitó a los políticos, ni religiosos, ni comerciantes, fue a la casa de los despreciados, de los arrepentidos, al hogar de quienes habían perdido toda esperanza.

Vivió con su conciencia en paz, fiel a sí mismo, coherente con la misión que tenía, comprometido con la verdad sin temer al político de turno ni al religioso que tenía poder.

Nunca forzó la conciencia de nadie, ni apabulló la opinión de otros, ni fue indiferente a la libertad de opinión. Simplemente respetó a todos, incluso a sus enemigos.


No realizó cruzadas para ridiculizar ni maltratar a quienes se le oponían, simplemente dijo: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen”.

No buscó honores de este mundo, ni siquiera quiso impresionar de manera alguna, sólo mostró sencillez y un sentido de coherencia que nunca ha tenido parangón.

No habló con orgullo, arrogancia, pedantería ni fue altanero de ningún modo, supo desde siempre que la verdad no se dice a gritos ni con gruñidos, sólo con el susurro de la autoridad que tiene el saberse con certeza.
No buscó venganza en ninguno de sus actos, sólo fue honesto, amable, y cortés, aún con sus enemigos.

No nació en cuna de oro, sino en una cueva rodeado de animales, pero lo hizo en paz, tranquilo, sin deberle nada a nadie.

El primer sonido que escuchó fue el de las aves y los animales, pero allí en el silencio del pesebre mostró más dignidad que toda la pompa de los religiosos de todos los tiempos.

Nació y la historia se dividió en dos partes. Nunca la historia humana volvió a ser igual. Él cambió todo. Transformó el devenir en esperanza.
No nació un 25 de diciembre, pero nació y eso es más importante que cualquier fecha. Su presencia marcó la vida de todos los que quieren entender que su existencia es lo más extraordinario en la historia humana.

Su nombre ha sido pronunciado por los maltratados, los torturados, los violentados, los perseguidos, los pobres, los despreciados, los errantes de este mundo, los que han caído bajo el fuego del mal, ninguno ha temido decir Jesús, porque sólo él encarna la esperanza.

Vino a dar esperanza y a otorgársela a quienes creen en su nombre. Vino a mostrar el camino y a dejar estelas de luz que iluminan el paso de los cansados de este mundo. Vino a ser la luz al final del túnel.

No vino a condenar, sino a redimir. No buscó maltratar sino salvar. No quiso acusar sino abrazar a quienes quisieran aceptarlo.

No construyó catedrales a la vanidad ni jerarquías para la arrogancia, buscó sólo personas que creyeran en su misión.

No ofreció presentes para halagar a los poderosos de este mundo, entregó su vida y vertió su sangre, nadie puede igualar dicho gesto.

En la navidad celebramos su presencia, su sencillez, su sacrificio, su amor, su esperanza, su alimento, su redención… En navidad recordamos que él simplemente es el que da sentido a todo.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.



jueves, 23 de diciembre de 2010

La navidad y el ombligo

Siempre he tenido sentimientos encontrados con la fiesta de navidad. Por un lado, me encanta, porque es el momento cuando nos juntamos con personas que amamos. Sin embargo, también me estresa, puesto que hay que pensar en regalos y saludos, y esa combinación de “regalar” y “saludar” me resulta agobiante a veces.

Es un momento de reencuentro familiar, de reconciliación, de amistad, de amor, pero a la vez es el momento del año cuando a nivel mundial se producen la mayor cantidad de suicidios, tal vez por eso mismo, por falta de reencuentro, reconciliación, amistad y amor.

Me encanta hacer regalos, especialmente porque puedo ver el rostro feliz de quienes lo reciben, no creo que regalar sea la única forma de expresar amor, pero es un buen gesto. Sin embargo, me enoja tener que salir a comprar en esta fecha, la gente anda como idiotizada, de mal genio, muchos actúan con brusquedad, se arremolinan en las tiendas buscando un no sé qué y veo muchos rostros frustrados, tal vez porque quisieran tener el dinero para hacer otro regalo o porque no quisieran regalar, no sé. En estas fechas siempre me digo: “La próxima vez voy a comprar los regalos en el transcurso del año para evitarme estas aglomeraciones absurdas”, pero, llega la vorágine de las obligaciones y termino, como siempre, olvidándome y andando de una tienda a otra sin claridad de qué debería regalar.

Cuando llega esta fecha me acuerdo de los buenos momentos, de aquellos que he vivido al lado de mis amados, de las tradiciones que hemos formado como familia: Armar el arbolito de navidad el 1 de diciembre, hacer un regalo sorpresa para alguien que no está en casa, establecer un precio máximo y mínimo para hacer un regalo de tal modo que nadie se sienta discriminado en la familia, ayudar con la cena de navidad, invitar a casa a alguien solitario, dedicar un momento a reflexionar en el significado de esta fecha. Pero a la vez, me siento en deuda con aquellos con los cuales no he hablado durante el año, triste por los que durante en el transcurso de ese año lastimé, melancólico por los amigos que quedaron en el camino, silente ante los que partieron y ya no estarán más. Sin duda, es el momento de los contrastes.


Definitivamente para mi es un momento de reflexión. Me gusta leer historias de navidad donde aflora lo mejor del ser humano, concentrarme en grandes ideas, repasar el verdadero significado de esta fecha, pensar en Jesús y lo que ha implicado su vida para mi vida, los grandes momentos que he vivido como religioso, la forma en que la vida me ha llevado de un lado a otro y cómo la providencia ha actuado conmigo. Sin embargo, por el rol que cumplo como docente y teólogo, tengo que enfrentarme todos los años al mismo tipo de gente dogmática e insolentemente ignorante, totalitarios, tozudos, porfiados, con sus discusiones eternas y bizantinas, las mismas palabras con el mismo sabor a dogma: “Que en esta fecha no nació Cristo”, “que es una fiesta de origen pagano”, “que no hay que poner arbolito de navidad”, y me canso, me aburre, me enferma, me entristece. Me hastía tener que tratar con personas que perdieron el rumbo, que no entienden que aunque Jesús no nació en esta fecha, lo importante es que nació. Que aunque el origen de la fiesta no es claro, lo importante es que se celebre. ¿Qué si el árbol de navidad no es bíblico? ¿Y qué? ¿No podemos darle un sentido diferente y dejarnos de discusiones absurdas?

La navidad es una oportunidad para mirar hacia adelante, para los grandes pactos, las reconciliaciones que nos auguran un momento nuevo, la vida que se nos aparece en el horizonte como una oportunidad siempre esperanzadora, el avance inexorable de la existencia que nos lleva siempre por nuevos rumbos. Pero también es el momento en que pensamos en el pasado, cuando no podemos dejar de sentir melancolía por lo que dejamos, por lo que perdimos, por lo que no encontramos, por todo aquello que de un modo u otro ha dejado marcas en nuestros sueños, heridas en nuestras ilusiones y estelas en nuestras melancolías.

Es imposible vivir la navidad sin ese dejo de contradicciones que se nos viene encima como una avalancha. No es posible vivir esta fecha sin mirarse el ombligo y a la vez, sin dejar de pensar que la fecha trasciende nuestras preocupaciones.

Es momento de celebración.

Es época de alegría.

Mejor quedémonos con eso: Jesús nació, y olvídense de mi ombligo.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Jesús preparó el desayuno

Pedro fue un cobarde, como tú y yo probablemente lo seríamos en circunstancias parecidas. No sólo negó que era discípulo de Jesús y que lo conocía, también comenzó a decir palabrotas de grueso calibre con tal de convencer a su audiencia. Fue una forma poco sabia de actuar. Tenía tanto miedo de ser apresado con Cristo que utilizó la forma soez de hablar, que seguramente había aprendido junto al mar, mientras peleaba con otros pescadores. Era un hombre rudo, acostumbrado a defender lo suyo. Sin embargo, en esta ocasión pudo más la presión del grupo.

¿Te suena conocido? ¿Has estado en una situación donde el grupo pudo más que tu conciencia? ¿Tus compañeros de trabajo, de estudio o tu familia te presionaron tanto que terminaste negando tu fe? Pues Pedro no es el único traidor, de su misma estirpe somos todos, unos de una manera y otros de otra forma, terminamos finalmente negando que hayamos estado con Cristo y que le hemos conocido.

Estaba en lo mejor diciendo las palabras más soeces que pudiera recordar cuando de pronto escuchó cantar el gallo y en ese momento recordó las palabras de Jesús:

―Esta misma noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces.

Cuando se acordó observó el rostro de Jesús que por un instante lo vio y salió de aquel lugar y se fue a las afueras de la ciudad y lloró amargamente. Lloró como alguien que ha sido derrotado. Lloró por su orgullo herido. Lloró porque una vez más Jesús tenía razón. Lloró por su cobardía. Sintió de pronto un peso sobre sí tan grande que parecía que el aire se le iba y con sus sollozos y lamentos no podía respirar. Sentía vergüenza, sabía que su gesto sería recordado para siempre. Que vez tras vez la gente se referiría a su forma tan ruin de actuar.

Se sumergió en la noche oscura de su amargura. En el silencio triste y melancólico de quienes saben que han fracasado. Sobre sus hombros caídos sentía un peso como nunca antes había experimentado. Estaba solo. Entre la negra bruma de la oscuridad sólo se sentían sus sollozos amargos. La tristeza anegaba su mente. Esa noche no pudo dormir.

Antes había prometido de manera solemne:

―Señor, no sólo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel sino también morir junto contigo.

Cada vez que se acuerda de esas palabras siente vergüenza. Sólo pensar en el ridículo que ha hecho lo llena de un sentimiento de tristeza enorme. Pero, no sólo lo negó una vez, sino tres veces y utilizando el vocabulario más degradante que se le pudiera ocurrir para hacer convincentes sus palabras. En tan sólo un momento ha tirado por tierra tres años de estar con Jesucristo.

Cada vez que escucho a alguien decir: “A mi no me va a pasar”, “yo soy fuerte”, “he aprendido la lección”, “he madurado”, etc. y otras tonterías por el estilo, pienso en Pedro, y en lo seguro de sí mismo que se sentía. Mientras más seguro, más frágil. Mientras más orgulloso, más débil. La lección de Pedro deberíamos recordarla todos los días, pero somos duros, porfiados, envalentonados en nuestros legalismos aprendidos, que no entendemos cuán débiles somos a la negación de Cristo.

El domingo en la mañana está junto a los demás en el aposento alto, lamentándose, con miedo, escondido, confundido, triste. Escucha que las mujeres cuentan que Jesús ha resucitado, como buen machista de su tiempo, no les cree, porque su estereotipo le dice que las mujeres no son confiables, así que se va corriendo a la tumba para constatar por sí mismo. Supo que Jesús había resucitado y sintió alegría, pero también un gran pesar.

Luego, ese mismo día Jesús se apareció a todos en el aposento alto, y Pedro no dijo nada, sólo se mantuvo en un rincón, en silencio, sin acercarse a Cristo. Avergonzado, temeroso, con culpa, como se siente todo aquel que ha fallado, que sabe que no ha dado la nota que corresponde, que ha fracasado. Jesús tampoco le dijo nada.

Jesús cita a sus discípulos en la montaña. Se demoran varios días en llegar allí, de hecho Cristo se reúne con ellos allí una semana después. Pero, ¿qué hace Pedro en el intertanto? En vez de irse a la montaña y prepararse junto con los demás, simplemente se va al lago a pescar. ¡Si! ¡Eso mismo! ¡A pescar! ¿Quién quiere comer pescado en ese momento? ¿Qué le pasa por la mente a Pedro?

Pues, lo más probable es que la vergüenza lo haga pensar que ya no tiene lugar entre los discípulos. Eso ocurre siempre con el fracaso, cuando alguien se siente derrotado, entonces, se automargina, la mayoría de las veces lo hacen porque saben que sus “hermanos” lo aislarán, lo dejarán a un lado, no lo perdonarán y simplemente le enrostrarán su derrota. Para que eso no ocurra, la mayoría de las personas opta por alejarse, lo hace como un mecanismo de defensa, para sobrevivir a las habladurías de sus “hermanos”. Es extraño, pero la dureza de los hermanos suele ser peor que la de los enemigos, los que profesan una fe suelen tener una memoria del pecado ajeno que suele ser escandalosamente extraordinario. Se recuerdan los momentos, las acciones, las palabras, los pormenores, etc., no es extraño que los que sienten culpa se alejen, sus hermanos lo harán al fin de cuenta, así que se va.

Así que allí tenemos a Pedro, saliendo al mar, en su viejo bote, lleno de culpa, de vergüenza, de temor, de tristeza. El que hace unos días atrás estaba cantando junto a la gente en la entrada triunfal, el que se sentía seguro al lado del Maestro, el que soñaba con un lugar en el reino, ahora está solo, tirando las redes y tristemente solitario. ¿Qué triste es equivocarse? ¿Qué dolor da el quedar solo precisamente en el momento en que más se necesita la compañía amorosa de otros? Pero así somos, crueles con los errores de otros y mendigos de comprensión cuando los que nos equivocamos somos nosotros. Aunque lo acompañan sus otros compañeros, va en silencio, sin confesar su falta. No quiere que los otros sepan su error. Los conoce, prefiere mantenerse callado, porque les teme, sabe cuán crueles pueden ser, él también ha sido uno de ellos…

Pasan toda la noche pescando, pero por más que tiran las redes, no logran pescar nada. A la mañana, cuando ya no es hora de pescar, cuando los peces se alejan y la luz aparece en el horizonte escuchan a alguien a la orilla que les pregunta:

―¿Tienen algo de comer?

Ellos responden que no, así que el extraño, que no reconocen, les dice que tiren la red al otro lado de la barca. Así lo hacen, ¿qué tienen que perder? Pero esta vez, son cientos los peces que quedan atrapados, tantos que no pueden sacarlos.

De pronto Pedro siente que su corazón da un vuelco y le dice a Juan:

―¡Es el Señor!

Y sin darle tiempo a Juan de reaccionar se pone algo y salta al agua y nada. Como siempre, precipitado, actúa sin pensar, al llegar a la orilla ve con claridad a Jesús que mostrándole una fogata donde hay peces y pan preparándose, les dice:

―Traigan algún otro pescado para poner en el fuego.

Pedro obedece, va al bote y ayuda a arrastrar la red.

Luego Jesús les dice:

―Vengan a desayunar.

Jesús preparó el desayuno

Sin duda, Jesús preparó el desayuno. Una lección para los machistas que no entran a la cocina. Una lección para los que no perdonan.

Jesús no dijo nada. No le dijo a Pedro: “Te acuerdas que te lo advertí”. No le dio un sermón particular. No lo avergonzó. Hasta ese momento nadie sabe lo que Pedro ha hecho, todos estaban lejos. Es algo que sólo Pedro conoce.

Pero Jesús, no pretende dar una lección que sirva de escarmiento. No es como alguno de sus seguidores de hoy que buscan dar ejemplos aleccionadores, Jesús mantiene silencio y prepara el desayuno.

Lo hace con cariño, con bondad, entendiendo que lo que Pedro necesita es restauración y no reproche. Sabe que un buen bocado alrededor de una fogata después de una noche de frustración es medicina para el cuerpo y para la mente.

Pero Jesús no sólo los invitó a desayunar, también les sirvió, les dio el pan. Todos están avergonzados. No tanto como Pedro, pero saben que han sido unos cobardes que han huido. Cada uno recibe pan y pescado de las manos del mismo Jesús. ¡Qué hermosa lección! ¡Cuán diferente sería la actitud de los que se equivocan si en vez de reprocharlos o hundirlos, les sirviéramos el desayuno y los atendiéramos con bondad!

Sólo cuando han desayunado Jesús conversa con Pedro y le hace tres veces la misma pregunta, como una manera de darle la oportunidad de enmendarse. Tres veces lo negó, tres veces Jesús le da la oportunidad de reafirmar su compromiso con él. Así siempre es Cristo, no nos deja solos en el mar, con nuestra amargura y el dolor. Se acerca a la orilla, nos espera que lleguemos cansados, silenciosos, derrotados, tristes y nos dice:

―¡Vengan a desayunar!

¿No sería hermoso que hiciéramos lo mismo con aquellos que se han equivocado? Que nos acercáramos y les dijéramos:

―Te invito a almorzar, quiero cenar contigo…

Jesús da el primer paso. Es falso eso que dicen que Dios espera que el pecador vaya arrepentido a él, eso no es lo que hace Dios, él siempre nos busca, siempre nos da la oportunidad de enmendar, él se acerca y nos dice:

―¡Ven! ¡Te preparé comida! Quiero comer junto a ti.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Conciso, al punto y sin demagogia

¿Has oído alguna vez hablar de Edward Everett? Lo más probable es que de pasada, algún profesor, de esos medios extraños que les gusta mencionar datos oscuros que no recuerda nadie te lo mencionó, y finalmente, con el paso del tiempo (es decir, al segundo siguiente), lo olvidaste.

Déjame refrescarte la memoria (o traerlo a la memoria). En 1863, en EE.UU., era considerado el mejor orador de su época. Por esa razón, cuando fue inaugurado el Cementerio Nacional de los Soldados en la ciudad de Gettysburg (Pensilvania) el 19 de noviembre de ese año, él fue el invitado de honor. De hecho, sus palabras eran esperadas con más ansias que las del presidente Abraham Lincoln. La Guerra de la Secesión estaba llegando a su fin y se honraba en ese momento a todos los caídos en batalla.
El discurso de Everett tuvo 13.609 palabras y duró exactamente dos horas. Sin embargo, si alguien intenta encontrarlo o leerlo hoy, tendrá que hacer una gran expedición de investigación, de hecho, no lo he encontrado, ni siquiera en los mejores divulgadores de Internet.

El último en hablar fue el presidente, Abraham Lincoln dijo en parte de su discurso: “El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos”. Sin embargo, se equivocó rotundamente. Es uno de los discursos más recordados de la historia. Sus breves palabras resumen la guerra de la secesión en dos o tres minutos, en diez oraciones, y en menos de 300 palabras.

El discurso completo 

“Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales.

Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a consagrar una porción de ese campo como último lugar de descanso para aquellos que dieron aquí sus vidas para que esta nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.

Pero, en un sentido más amplio, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este terreno. Los valientes hombres, vivos y muertos, que lucharon aquí lo han consagrado ya muy por encima de nuestro pobre poder de añadir o restarle algo. El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Somos, más bien, nosotros, los vivos, los que debemos consagrarnos aquí a la tarea inconclusa que, aquellos que aquí lucharon, hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien los vivos los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que, de estos muertos a los que honramos, tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron hasta la última medida completa de celo. Que resolvamos aquí, firmemente, que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra”.

La lección 

Es notable observar a tantas personas que les gusta escucharse a sí mismos. Utilizan expresiones rebuscadas que sólo existen en los más recónditos rincones de diccionarios añejos y viejos.

Cuando pienso en algunos de los discursos (no me atrevo a llamarlos sermones) que he escuchado en el último tiempo siento que de un modo u otro no hemos captado la misión del Maestro de Galilea que tuvo una sencillez tan grande que aún un niño podía entender sus palabras, pero no por eso dejaban de tener profundidad, al grado de que se han escrito, literalmente, millones de palabras y páginas para comentar sus dichos.

Recuerdo haber estado en un funeral de un viejo pastor, a quien llegué a apreciar mucho por su bondad, aún me produce molestia la pedantería de los mensajes y la vanidad de quienes fueron para hablarse a sí mismo, puesto que a la viuda y a quienes estábamos allí, por lo menos a mi no, no nos dejaron mucho, no recuerdo sus palabras, pero si sus actitudes.

Desde que soy niño asisto a la iglesia, por lo tanto, no ha pasado semana de mi vida que no escuche a algún predicador, pero (debe ser la edad, el hastío, el cansancio, no sé) cada vez me molestan más:
  • Los demagogos (para eso bastan los discursos de algunos políticos y otros personajes de opereta bufonesca que abundan en el mundo político y lamentablemente, también entre religiosos).
  • Los que usan palabras almidonadas que no dicen nada (me recuerda a los charlatanes que solía escuchar cuando niño en la feria, esos que vendían pomadas que curaban todo).
  • Los ignorantes sabihondos (que se expresan como si tuvieran la última palabra, como si nadie debería osar contradecirles).
  • Los prepotentes y arrogantes (que con sus discursos religiosos dan a entender que tienen el monopolio de la verdad sagrada, como si hubieran tenido una entrevista personal con el mismo Dios, me gusta pensar que Jesús hablaba cara a cara con la divinidad y su sencillez era tal que algunos de los predicadores de hoy empalidecerían de vergüenza al considerar sus discursos muy suaves y sencillos).
  • Los diplomáticos (esos que navegan en botes con dos remos para quedar bien con el diablo y Dios, con sonrisas aprendidas, con poses estudiadas, los que hablan mucho sin decir nada, sin compromiso, sin atreverse a contradecir a nadie, siempre políticamente correctos).
  • Los comerciantes de ilusiones (al mejor estilo de los vendedores de chatarra, los que cambian oro por espejitos, a la usanza de los primeros estafadores que vinieron a nuestras tierras, los que no dudarían en vender a su madre si fuera necesario para sobrevivir).
  • etc. 
Hablar poco, pero decir mucho 

Lo que caracteriza al discurso de Lincoln es que no buscó palabra efectistas. No fue detrás de la expresión almidonada ni de la demagogia barata. Se concentró en lo importante, sin alabarse a sí mismo por su sagacidad o brillo, sólo habló con honestidad, sencillez y al mismo tiempo profundidad.

El llamado “sermón del monte” de Cristo, (lo pongo entre comillas, porque no fue un sermón a la usanza tradicional, sino palabras vertidas mientras caminaba entre la multitud), es una de las enseñanzas más estudiadas de todos los tiempos. Sin dramatismo, con profundidad y sencillez, con elocuencia sin demagogia, directo y al punto, sin rodeos diplomáticos que suenan a mentira encubierta, les habló a sus contemporáneos, hombres y mujeres, educados y analfabetos, jóvenes y adultos, captaron la trascendencia de sus palabras. No necesitó de palabras almidonadas, altisonantes, ampulosas ni rebuscadas. Les habló de tal forma que todos pudieron entender.

Un día se acercaron unos griegos a Felipe y le dijeron:
Queremos ver a Jesús (Jn. 12:21). 
Si de mí dependiera pondría esas palabras en cada púlpito y se las pasaría a cada predicador antes que se ponga a hablar a los que inocentemente van a escuchar sus palabras, y digo “inocentemente”, porque muchos no saben a qué se exponen cuando alguien habla a nombre de Dios. A veces, escuchar a algunos predicadores, es un acto suicida.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.