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viernes, 24 de diciembre de 2010

Sin perder perspectiva

Jesús no vino a fundar un partido político, como algunos de sus seguidores parecen creer.

No fundó una organización multinacional multimillonaria, como lo son algunas de las corporaciones que se supone que le representan.

No vino en busca de adeptos ni de prosélitos, tampoco buscaba seguidores, no era ese su fin, como parecen haber olvidado algunos en la actualidad.

Vino vestido de manera sencilla, sin ostentación, ni exhibición de riqueza, muy diferente a lo que muestran algunos de sus seguidores.

No vino a formar una organización jerárquica de plebeyos y lacayos, gobernados por una cúspide de iluminados, como algunos parecen no entender.



No conformó una sociedad secreta guiada por oscuros propósitos de dominación mundial, no pretendía nada que se le pareciera.

No buscó a líderes para gobernar a otros, ni para ser guardianes de las conciencias ajenas, ni inquisidores de la conducta humana.

No tuvo donde recostar su cabeza y no se le conoció posesión más valiosa que su propia misión, a diferencia de quienes olvidaron su legado.

Se rodeó de prostitutas, enfermos, despreciados y murió entre dos ladrones, fiel a la misión que tenía. ¡Cuán lejos de algunos que se consideran sus seguidores!

No vino a encerrarse entre cuatro paredes para auto alabarse ni autoproclamarse justo, sino que caminó en las callejuelas polvorientas y los caminos de los despreciados.

Su palabra no estuvo inundada de vocablos efectistas, historias almibaradas, ni quiso alabar la vanidad de nadie, habló claro, directo, sin ambigüedades y eso provocó el desprecio de los expertos en oratoria de su tiempo y los políticos de la religión.

No visitó a los políticos, ni religiosos, ni comerciantes, fue a la casa de los despreciados, de los arrepentidos, al hogar de quienes habían perdido toda esperanza.

Vivió con su conciencia en paz, fiel a sí mismo, coherente con la misión que tenía, comprometido con la verdad sin temer al político de turno ni al religioso que tenía poder.

Nunca forzó la conciencia de nadie, ni apabulló la opinión de otros, ni fue indiferente a la libertad de opinión. Simplemente respetó a todos, incluso a sus enemigos.


No realizó cruzadas para ridiculizar ni maltratar a quienes se le oponían, simplemente dijo: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen”.

No buscó honores de este mundo, ni siquiera quiso impresionar de manera alguna, sólo mostró sencillez y un sentido de coherencia que nunca ha tenido parangón.

No habló con orgullo, arrogancia, pedantería ni fue altanero de ningún modo, supo desde siempre que la verdad no se dice a gritos ni con gruñidos, sólo con el susurro de la autoridad que tiene el saberse con certeza.
No buscó venganza en ninguno de sus actos, sólo fue honesto, amable, y cortés, aún con sus enemigos.

No nació en cuna de oro, sino en una cueva rodeado de animales, pero lo hizo en paz, tranquilo, sin deberle nada a nadie.

El primer sonido que escuchó fue el de las aves y los animales, pero allí en el silencio del pesebre mostró más dignidad que toda la pompa de los religiosos de todos los tiempos.

Nació y la historia se dividió en dos partes. Nunca la historia humana volvió a ser igual. Él cambió todo. Transformó el devenir en esperanza.
No nació un 25 de diciembre, pero nació y eso es más importante que cualquier fecha. Su presencia marcó la vida de todos los que quieren entender que su existencia es lo más extraordinario en la historia humana.

Su nombre ha sido pronunciado por los maltratados, los torturados, los violentados, los perseguidos, los pobres, los despreciados, los errantes de este mundo, los que han caído bajo el fuego del mal, ninguno ha temido decir Jesús, porque sólo él encarna la esperanza.

Vino a dar esperanza y a otorgársela a quienes creen en su nombre. Vino a mostrar el camino y a dejar estelas de luz que iluminan el paso de los cansados de este mundo. Vino a ser la luz al final del túnel.

No vino a condenar, sino a redimir. No buscó maltratar sino salvar. No quiso acusar sino abrazar a quienes quisieran aceptarlo.

No construyó catedrales a la vanidad ni jerarquías para la arrogancia, buscó sólo personas que creyeran en su misión.

No ofreció presentes para halagar a los poderosos de este mundo, entregó su vida y vertió su sangre, nadie puede igualar dicho gesto.

En la navidad celebramos su presencia, su sencillez, su sacrificio, su amor, su esperanza, su alimento, su redención… En navidad recordamos que él simplemente es el que da sentido a todo.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.



jueves, 23 de diciembre de 2010

La navidad y el ombligo

Siempre he tenido sentimientos encontrados con la fiesta de navidad. Por un lado, me encanta, porque es el momento cuando nos juntamos con personas que amamos. Sin embargo, también me estresa, puesto que hay que pensar en regalos y saludos, y esa combinación de “regalar” y “saludar” me resulta agobiante a veces.

Es un momento de reencuentro familiar, de reconciliación, de amistad, de amor, pero a la vez es el momento del año cuando a nivel mundial se producen la mayor cantidad de suicidios, tal vez por eso mismo, por falta de reencuentro, reconciliación, amistad y amor.

Me encanta hacer regalos, especialmente porque puedo ver el rostro feliz de quienes lo reciben, no creo que regalar sea la única forma de expresar amor, pero es un buen gesto. Sin embargo, me enoja tener que salir a comprar en esta fecha, la gente anda como idiotizada, de mal genio, muchos actúan con brusquedad, se arremolinan en las tiendas buscando un no sé qué y veo muchos rostros frustrados, tal vez porque quisieran tener el dinero para hacer otro regalo o porque no quisieran regalar, no sé. En estas fechas siempre me digo: “La próxima vez voy a comprar los regalos en el transcurso del año para evitarme estas aglomeraciones absurdas”, pero, llega la vorágine de las obligaciones y termino, como siempre, olvidándome y andando de una tienda a otra sin claridad de qué debería regalar.

Cuando llega esta fecha me acuerdo de los buenos momentos, de aquellos que he vivido al lado de mis amados, de las tradiciones que hemos formado como familia: Armar el arbolito de navidad el 1 de diciembre, hacer un regalo sorpresa para alguien que no está en casa, establecer un precio máximo y mínimo para hacer un regalo de tal modo que nadie se sienta discriminado en la familia, ayudar con la cena de navidad, invitar a casa a alguien solitario, dedicar un momento a reflexionar en el significado de esta fecha. Pero a la vez, me siento en deuda con aquellos con los cuales no he hablado durante el año, triste por los que durante en el transcurso de ese año lastimé, melancólico por los amigos que quedaron en el camino, silente ante los que partieron y ya no estarán más. Sin duda, es el momento de los contrastes.


Definitivamente para mi es un momento de reflexión. Me gusta leer historias de navidad donde aflora lo mejor del ser humano, concentrarme en grandes ideas, repasar el verdadero significado de esta fecha, pensar en Jesús y lo que ha implicado su vida para mi vida, los grandes momentos que he vivido como religioso, la forma en que la vida me ha llevado de un lado a otro y cómo la providencia ha actuado conmigo. Sin embargo, por el rol que cumplo como docente y teólogo, tengo que enfrentarme todos los años al mismo tipo de gente dogmática e insolentemente ignorante, totalitarios, tozudos, porfiados, con sus discusiones eternas y bizantinas, las mismas palabras con el mismo sabor a dogma: “Que en esta fecha no nació Cristo”, “que es una fiesta de origen pagano”, “que no hay que poner arbolito de navidad”, y me canso, me aburre, me enferma, me entristece. Me hastía tener que tratar con personas que perdieron el rumbo, que no entienden que aunque Jesús no nació en esta fecha, lo importante es que nació. Que aunque el origen de la fiesta no es claro, lo importante es que se celebre. ¿Qué si el árbol de navidad no es bíblico? ¿Y qué? ¿No podemos darle un sentido diferente y dejarnos de discusiones absurdas?

La navidad es una oportunidad para mirar hacia adelante, para los grandes pactos, las reconciliaciones que nos auguran un momento nuevo, la vida que se nos aparece en el horizonte como una oportunidad siempre esperanzadora, el avance inexorable de la existencia que nos lleva siempre por nuevos rumbos. Pero también es el momento en que pensamos en el pasado, cuando no podemos dejar de sentir melancolía por lo que dejamos, por lo que perdimos, por lo que no encontramos, por todo aquello que de un modo u otro ha dejado marcas en nuestros sueños, heridas en nuestras ilusiones y estelas en nuestras melancolías.

Es imposible vivir la navidad sin ese dejo de contradicciones que se nos viene encima como una avalancha. No es posible vivir esta fecha sin mirarse el ombligo y a la vez, sin dejar de pensar que la fecha trasciende nuestras preocupaciones.

Es momento de celebración.

Es época de alegría.

Mejor quedémonos con eso: Jesús nació, y olvídense de mi ombligo.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.