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lunes, 31 de enero de 2011

La noche avanza inexorable

¿Cuándo sabes que estás envejeciendo? Hay detalles que de pronto pasas por alto, pero están allí para recordarte que no eres de hierro, que tal como la noche sigue al día, la hora avanza inexorable sin que lo puedas evitar. El Superman que llevamos dentro algún día se llena de arrugas.

El día que mi hija me dijo, con su cara preciosa y con una sonrisa de oreja a oreja:

―Papi me voy a casar.

Ese día envejecí diez años, no porque me entristeciera, sino porque enseguida comprendí que después del matrimonio vendrían nietos que en algún momento me dirían:

―¡Abuelooooo! ¡Abuelitoooo!


Menos mal que mi hija ha tenido la decencia y la compasión de retardar ese momento, para darme la ilusión, al menos por un tiempo de que no estoy tan viejo.

El sábado salí a caminar, no mucho, algunos kilómetros, y como hago siempre, con entusiasmo, mirando los árboles, sintiendo el fluir del aire entre las ramas, oyendo la cadencia del río rozando las rocas y el piar de las aves. Fue una buena tarde, pensé que había hecho un buen intento, que había logrado bajar la montaña y luego retornar, y entero, y venía riéndome de mi mismo al pensar que debería haberlo pensado mejor al bajar por ese camino porque tenía que regresar y cuesta arriba. Pero llegué, feliz, sudoroso, con la frente en alto, sin jadear y creyéndome un victorioso, pero mi aspirante a nuera, Katy, me bajó a la cruda realidad con una sola pregunta:

―¿A dónde fueron a caminar?

E ingenuo y jactancioso respondí:

―¡Hasta la cueva que está bajo el puente!

―Uff, ¡ahí no más! Nosotros fuimos hasta la cima, río arriba, y luego bajamos por la ladera de la montaña, ¡llegamos con un hambre!... ―y siguió hablando mientras me reía para adentro diciéndome a mi mismo: ¿Pensar que yo creí que había hecho un gran camino? Allí envejecí otros cinco años…

La vida se va, inexorable, ¿qué nos queda? Pues, muchas cosas, algunas que no podemos discernir con claridad y otras que están frente a nuestros ojos sin que podamos evitarlo.

Soy de la generación que está viendo como sus profesores están muriendo, este año se fue un querido maestro que amé profundamente como mentor. Mis padres pronto partirán, ya mi madre compró su mausoleo y ha planificado varios de los detalles de su funeral, incluyendo su féretro, y no es que sea una mujer macabra, ni nada por el estilo, es práctica, y esa es la virtud que más he admirado de ella toda la vida. Creo que he adquirido al menos un porcentaje de su practicidad porque hoy le di detalles a mi hijo de cómo quería que me trataran cuando me muera: Quiero que me incineren y que mis cenizas las echen al mar, me quedó mirando como diciendo:

―¡Estarás muerto! ¿Qué sabes qué haremos?

Como adiviné lo que pensaba le dije:

―Dejaré un testamento legal para que alguien lo haga ―y nos pusimos a reír.

Edgardo, un viejo amigo, a quien quiero mucho, mi mejor compañero de colportaje, condiscípulo, con el que discutí durante dos veranos, pero a quien llegué a apreciar como mi hermano, está enfermo, grave, con una enfermedad de la cual no hay garantías. Nos separan miles de kilómetros, yo en México y él en el Sanatorio Alemán de Concepción, Chile, cuando supe del lugar en dónde está, pensé: ¡Qué ironía! Siempre he relacionado ese hospital con una de las cosas más bellas que me ha ocurrido en la vida, aparte de la llegada de Mery Alin, mi hija amada, que es el nacimiento de Alexis Joel, otro de los regalos del cielo para mi vida, hace 21 años, en ese mismo establecimiento. Si Edgardo parte, ese lugar ya no tendrá para mí el mismo sentido, lo asociaré a la vida y a la despedida, porque la muerte para los creyentes es sólo eso, un ¡hasta luego!, ¡nos vemos pronto! Pensando en Edgardo, envejecí otros cinco años…

Mis amigos están enfermando… y envejeciendo. Como me dio tanta nostalgia pensar en Edgardo me puse a hacer zapping en Facebook, ¡si!, ¡para eso sirve también!, ocupé dos horas, desde las cuatro de la mañana, para ir de amigo en amigo, pero concentrándome en sus hijos. Supe que Michael, el hijo de un amigo que lleva mi nombre, ya es todo un hombre, que otro, ya es gerente de una empresa, que el hijo de una exnovia es estudiante de medicina, encontré a ex amigos, a ex compañeros de colegio, a ex vecinos, a ex ex ex ex… Recordando, mirando, añorando, envejecí otros cinco años… y sentí el tic tac de mi reloj… aunque es de cuarzo y su sonido no lo percibe nadie.

Cuando iba conduciendo mi vehículo cuesta arriba, por las hermosas montañas de Chiapas, llenas de árboles, de pinos centenarios y conversando con mi hijo, pensé: ¿Qué puede ser más hermoso que viajar acompañado de alguien que amas y a quien le gusta tu compañía? ¿Qué conversación maravillosa? Escuchar sus sueños, observar sus ojos radiantes, llenos de la luz que da la esperanza. Hablamos del amor, de la tristeza, de la soledad, del matrimonio que está programando, de las aventuras que da la existencia, de la alegría que da saber que la vida avanza… y llegamos a casa, tres horas después… pero que parecieron apenas unos momentos, y ¿saben qué? ¡De pronto renací!... recuperé los años que perdí en estos días, porque la esperanza hace que la vida continúe, hasta el último segundo y aunque mis huesos cansados me dicen que ya no estoy para ir a la cima de la montaña, de todos modos, mi corazón continúa latiendo y sólo escuchar a un joven de 21 años soñar, me hizo mirar la vida desde otra perspectiva.

Edgardo, querido amigo, tu sufrimiento es mi dolor, pero la vida continua, los hijos llevan la antorcha, los sueños no mueren… alguien por ahí sabe que eres su padre, que has sido esposo, amante, amigo, compañero, guía... que no importa lo que ocurra, mientras alguien nos recuerde, la vida sigue. Por último, nuestras obras nos sobrevivirán y continuaremos vivos en la memoria de otro.

Son las 23.30 de la noche, mi día comenzó a las cuatro de la mañana, pero ¿saben?, tengo en mis ojos el brillo de la esperanza, y eso es más importante que cualquier otra cosa. Confío en estar lo suficientemente vivo para algún día mirar la puesta de sol frente al mar y sentir el arrullo de las olas mientras sorbo a sorbo bebo el amor, el cariño, la complicidad de una buena conversación, y la sensación de que la vida no acaba sino hasta el último segundo, y hasta que llegue ese momento, hay que celebrarlo a fondo. ¡Viva la vida! ¡Vida que vive hasta el último momento! Porque tal como decía un viejo y querido panadero: Se acaba hasta cuando se acaba.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Si pudiera vivir nuevamente

Jorge Luis Borges, el escritor argentino, el candidato eterno al Nóbel, el hombre que había perdido la vista pero veía mucho más que otros, el soñador, el lector infatigable, el de las mil historias, el que homenajeaba a Buda y luchaba contra el tiempo, al final de sus días, cuando miraba a la muerte a la cara, sin miedo, como debería ser, como es lógico que suceda en un sistema donde la muerte es parte de la vida… escribió, un poema desgarradoramente honesto, y también  un llamado a la reflexión constante.

Dentro de unas horas comienza un nuevo año, una ilusión, porque el tiempo es una dimensión utópica, porque después de los abrazos y de los buenos deseos, la vida continuará inexorablemente, por eso, porque seguiremos viviendo, las palabras de Borges nos llegan como un aliento a la existencia, un acícate a la esperanza, un “déjate de tonterías” y concéntrate en lo importante, aquí el poema de Borges:







Si pudiera vivir nuevamente mi vida…
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de echo tomaría
muy pocas cosas con seriedad.

Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes,
contemplaría más atardeceres, subiría más montañas,
nadaría más ríos.

Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida,
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.

Por si lo saben, de eso está echa la vida,
sólo de momentos, no te pierdas el ahora.

Yo era de esos que nunca iba a ninguna parte sin
un termómetro, una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas, si pudiera volver a vivir,
viviría más liviano.

Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo
a principios de la primavera y seguiría así
hasta concluir el otoño.

Daría más vueltas en calesita, contemplaría más
amaneceres y jugaría con más niños, si tuviera
otra vez la vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años
y sé que me estoy muriendo.

El último verso de Borges tiene un dejo de melancolía, un desgarro, un sentir que en muchos aspectos la vida ha pasado inexorablemente y en el camino, sin pensarlo ni desearlo, se ha perdido de algunos de los momentos que hacen significativo el vivir. No me gustaría decirlo, no me gustaría sentirlo, no desearía tener esa melancolía a los 85 años.

Apreciados amigos: 

Un feliz año, una feliz vida, una sabia vida, que no es ser sabio abstenerse, sino el apreciar cada instante como si fuera el último.

A los que en este año me han acompañado en mis devaneos y pensamientos, un abrazo.

A los que se han sentido tocados, heridos, traumados o enojados, por mis escritos, un abrazo.

A quienes han sentido que a partir de mis palabras los he interpretado, un abrazo.

A todos, los que me entienden o desprecian, los que me acogen y los que me rehúyen, un abrazo.

Porque si abrazáramos más y discutiéramos menos, tal vez, algunos de mis escritos no serían necesarios...


Feliz vida para todos.


© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

lunes, 26 de abril de 2010

La vida sigue igual

El domingo iba a ser un día especial, me dirigí al centro de la ciudad de Melbourne, en el estado de Victoria, con dos amigos para participar por primera vez en mi vida, de la principal fiesta nacional de Australia, ANZAC Day (Australian and New Zealand Army Corps). El día en que Australia y Nueva Zelanda recuerdan su participación conjunta en diversas conflagraciones mundiales, rememoran a los caídos en batalla y dan homenaje a los que participaron.

Es una fiesta nacional. Comienza con un memorial que se realiza al despuntar el día en todas las ciudades de Australia. Se hacen recuerdos frente a fogatas y hay muchas palabras de circunstancia. Es un momento de recogimiento y también de dolor para quienes han perdido a algún ser querido.


Luego, se realizan homenajes, inauguraciones y el momento especial, en todos los rincones del país, es el desfile de los veteranos que aún permanecen vivos y el homenaje de hijos o familiares que desfilan en honor de los que ya han partido, muchos de ellos con fotografías en sus manos. Pasan muchos ancianos acompañados de jóvenes y todos lucen orgullosos las medallas que han obtenido. Todo se hace al estilo australiano, con orden, puntualidad y buen gusto. No hay nada que esté fuera de lugar, todo se hace con regularidad flemática, propia de la herencia inglesa de este pueblo tan especial.

Marchan los escuadrones ordenados por los años de servicio, desde los más antiguos hasta los más cercanos. Son acompañados por bandas militares o de estudiantes de secundaria, algunas tradicionales y otras con gaitas. Todo es un ambiente de fiesta y jolgorio. La gente aplaude mientras pasan los antiguos soldados vestidos con los uniformes que usaron antaño, muchos de ellos en sillas de ruedas.

Entre medio de los grupos de escuadrones que marchan con banderas y pabellones que señalan el año en que participaron, la rama militar a la que pertenecieron, el nombre de los países donde participaron, pasan también vehículos de la época. Autos, camionetas y camiones.

Estamos viendo a uno de esos grupos, a un contingente de ancianos que marchan gallardos, todos vestidos con sacos azules y pantalones plomos, van marchando en silencio y sonriendo tranquilos mientras la multitud los aplaude. Están frente a nosotros, a tan sólo unos tres o cuatro pasos, cuando de pronto el camión que viene detrás de ellos, un viejo vehículo de la segunda guerra mundial cargado de los más ancianos que no pueden caminar se precipita a toda velocidad en contra del grupo de ancianos que marchan. La gente comienza a gritar. La chica que está a mi lado grita de tal modo que me estremece. Son apenas unos segundos, el camión se detiene contra una reja de fierro. En el camino quedan una veintena de ancianos. Vemos al camión arrastrar a unos y aplastar a otros.

 Todo se paraliza. Por un instante es como si no estuviera ocurriendo. De pronto comienzan a correr personas de todos lados. Unos jóvenes que están a mi lado saltan la valla para ayudar. Junto a dos personas más corremos las vallas que están frente a nosotros para que avancen un grupo de paramédicos que están a nuestras espaldas en una ambulancia y vienen corriendo. Llegan dos policías. Comienzan a gritar pidiendo médicos o enfermeras en la multitud. En minutos hay una gran cantidad de gente atendiendo a los ancianos. En cuestión de minutos han llegado cinco a seis ambulancias y un montón de policías, enfermeros, gente de primeros auxilios, paramédicos, y médicos y enfermeras que comienzan a prestar su ayuda mientras llega más socorro.

Siguiendo el espíritu australiano no hay estridencias ni alarmas innecesarias. Algunos militares y boyscouts organizaron a la gente que está mirando, les piden cortésmente que se alejen o simplemente se retiren. Nadie dice nada. Mucha gente llora al ver la tragedia. Mientras los paramédicos y la gente encargada hacen su trabajo me quedo mirando a un grupo que está frente al camión. Me acerco un poco y allí veo al anciano que conducía el camión y que minutos antes lo he visto descender de la cabina del mismo. Está llorando y en estado de schock. Una mujer policía le hace algunas preguntas mientras él mueve la cabeza sin entender. Varios le toman las manos, le dan palmadas en la espalda para reconfortarlo, pero él no se conforma, llora amargamente mientras apunta alguna incoherencia en dirección al camión.

Llegan los medios de comunicación y con un respeto que me deja asombrado no irrumpen en la escena, se dedican a filmar desde lejos mientras algunos periodistas intentan entrevistar a algún testigo. Hay un gran silencio mientras la policía da órdenes y algunos médicos piden implementos a los paramédicos.

En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, la fiesta se ha convertido en tragedia. Mis amigos y yo nos hemos quedado como todos, mudos, en silencio, paralizados, sin atrevernos a decir nada. Estamos ensimismados. Por mi mente pasan miles de pensamientos. Me acuerdo de mis seres queridos, pienso en la fragilidad de la vida, no puedo evitar el nudo que siento en la garganta. Se me han llenado los ojos de lágrimas de manera involuntaria. Pienso en las familias de esos ancianos que yacen boca abajo, mientras los médicos intentan reanimarlos. Se me viene a la mente la alegría que hace unos instantes tenían en sus labios y ahora, veo a quienes han sobrevivido que miran a cierta distancia apoyándose unos a otros, con los rostros demacrados, algunos lloran, otros miran impotentes a sus amigos que yacen en el suelo. Sobrevivieron a una guerra, ahora luchan por la vida en tiempos de paz.

La policía nos invita a retirarnos para dejar pasar a las ambulancias que deben partir a los hospitales. Nos extraña que no suban a los ancianos a las camillas enseguida. Se dan el trabajo de hacer las cosas bien, de inmovilizarlos, de darles los auxilios adecuados, de vendarles, y de darles la mayor seguridad posible.

Estamos parados frente a la Galería Nacional de Arte de Victoria, el segundo lugar al que iríamos después del desfile. Hacia allá nos dirigimos. Hay una exposición original de retratos de grandes artistas Picasso, Munch, Rubens, etc. Me encanta el arte, la pintura y la creatividad, pero no puedo disfrutar. Camino por aquellos pasillos como sonámbulo. No puedo sacar de mi mente la imagen que acabo de ver. Vienen los gritos de la jovencita que estaba a mi lado una y otra vez, y el cuadro del camión pasando por encima de los ancianos se repite vez tras vez. Mis compañeros viven algo similar. No estamos mucho rato en aquel museo, donde pensábamos estar el resto del día.

Luego caminamos y entramos a una galería comercial y vemos a una gran cantidad de personas en los bares y restaurantes de pie y en silencio. Nos acercamos y observamos el inicio de un juego de futbol australiano en la televisión y se está haciendo un minuto de silencio, no sólo por los caídos en tantos años, sino por los ancianos que seguramente en ese momento están en algún hospital. Un militar, también anciano, está tocando la trompeta con el llamado a silencio.

Sin embargo, a medida que camino, otro espectáculo comienza a aflorar. Cientos de personas que caminan riéndose, padres con sus hijos, amigos, grupos de turistas extranjeros, nos acercamos a una feria que vende arte y está llena de gente que compra, que ríe, vemos a algunos acróbatas y artistas callejeros, y luego al llegar al lugar de los restaurantes miles de personas comiendo animadamente, de pronto, tengo otro espíritu y la imagen de la tragedia que me atormenta cede a otro sentimiento y en ese momento, sin poder evitarlo, me acuerdo de la canción de Julio Iglesias, “La vida sigue igual”. La busco en mi Ipod, que me acompaña para todos lados, a ver si la tengo y allí está. Comienzo a escucharla y de pronto su letra adquiere otro significado. El resto del día la canción me acompaña, aunque ya no la escuche, su letra me viene una y otra vez a la mente. “La vida sigue igual”… aunque unos sufran y otros lloren, el show tiene que continuar como dicen en el teatro y en el circo.

Estoy con pena. Pienso en la fragilidad de la vida y en la fuerza que adquieren las palabras en medio de una tragedia.

La canción fue grabada por Julio Iglesias el año 1968 y dice:

"Unos que nacen otros morirán
Unos que ríen otros lloran
Agua sin cauce rio sin mar
Penas y glorias, guerras y paz

Siempre hay por qué vivir
Por qué luchar
Siempre hay por quien sufrir
Y a quien amar

Al final las obras quedan
Las gentes se van
Otros que vienen las continuarán
La vida sigue igual

Pocos amigos que son de verdad
Cuantos te halagan si triunfando estás
Y si fracasas bien comprenderás
Los buenos quedan los demás se van

Siempre hay por qué vivir
Por qué luchar
Siempre hay por quien sufrir
Y a quien amar

Al final las obras quedan
Las gentes se van
Otros que vienen las continuarán
La vida sigue igual".

Al otro día, en la mañana salgo a caminar y correr como hago todas las mañanas. Voy con el Ipod, mi eterno acompañante, y escucho una vez más la canción. Sin embargo, entra a mi mente una frase que el día de ayer en medio de la tragedia no le he prestado atención: “Siempre hay por qué vivir, por qué luchar”. Eso me reanima. Saludo a todos los caminantes que están a esa hora alrededor de la laguna donde suelo hacer mis ejercicios. Decido que el día tiene que tener otro sabor, que no hay nada que pueda hacer respecto a los ancianos, pero si puedo, elegir la actitud que debo tomar.

Luego de la caminata me invitan a visitar la costa. Hacia allá nos vamos. Al subir al auto, otra cosa comienza a suceder. Entro escuchando la misma canción que se ha convertido en obsesión. Al lado del conductor del moderno Toyota deportivo en el que vamos a ir hay instalado un visor de videos. El chofer pone el concierto Vivere: Live en Tuscany de Andrea Bocelli, nos vamos escuchando y viendo, mientras dura el viaje de una hora y media hasta el lugar donde vamos. Siento con fuerza las palabras de la canción que vuelven a adquirir otro significado, diferente a la pena que siento: “Siempre hay por qué vivir, por qué luchar”. Me relajo, escucho la música, disfruto con los amigos de Bocelli que han venido a acompañarlo para participar junto al él en el concierto, disfruto especialmente la música de Kenny G, Sara Brighman, Laura Pausini y el pianista chino Lang Lang.  Es un canto a la vida. La música es nuestro cable a tierra. La manera de celebrar la alegría de vivir.

En ese momento reafirmo mirar las cosas de otra forma. Quiero disfrutar el día. Quiero sentir que la vida tiene otro sabor.

Paseamos por la playa, hundo mis pies en la arena, disfruto del paisaje majestuoso del mar que roza la costa. Me encanta ver las casas a la orilla, con cierta envidia y con alegría por sus diversas tonalidades y formas. Todo exquisitamente adornado. En varias ocasiones pienso en los ancianos y sus familias, en cómo estarán. Mi compañero toma su Iphone y busca en un diario las noticias y allí nos enteramos que finalmente siete de ellos han quedado internados en el hospital, cinco fuera de peligro y dos con graves secuelas esperando su recuperación en cuidados intensivos.

Al mediodía me invitan a un restaurant italiano, pido un plato de spaggettis vegetarianos, disfruto lentamente la comida y la alegría de quienes están a nuestro lado. Es un día feriado, un día de fiesta y de compartir con la familia. Pienso en los míos, tan lejos y a la vez tan cerca con el teléfono e Internet.

Al regresar me espera una pareja quienes me han pedido consejería. Los escucho en silencio y sus aflicciones me parecen tan pequeñas comparadas con el dolor de quienes en ese momento están postrados en el hospital, pero así es siempre, lo que a uno le parece una nimiedad para otro es el universo entero.

A la hora de la cena vemos las noticias en la televisión. El accidente es la noticia del día. Periodistas detallan desde distintos ángulos lo que ha pasado. Entrevistan a sobrevivientes, a testigos y a dos ancianos que están hospitalizados y que están en condiciones de hablar. Uno de ellos se emociona hasta las lágrimas. Sale el tema de Dios y les digo a mis anfitriones que Dios no tiene nada que ver en el asunto. Dios no mata ni provoca accidentes. Dios no se complace con el sufrimiento ni lo provoca. Esa teología es no sólo falsa, sino cruel. Ellos me escuchan en silencio, hacen preguntas, dialogamos, al final parecen entender. Me quedo pensando si realmente han entendido, porque la fuerza de la tradición es tan grande que preferimos culpar a Dios de todo, eximiéndonos de responsabilidad, eso siempre resulta más fácil.

Cuando terminamos vuelvo a mi habitación y escucho por última vez en el día el canto: “La vida sigue igual”. Me acuesto pensando que en realidad, nunca la vida sigue igual, que yo no soy el mismo de ayer, que he aprendido lecciones profundas, y que las imágenes que he visto difícilmente se van a borrar de mi mente. No Julio, “la vida no sigue igual”, el cambio es nuestro compañero más férreo. Siempre algo sucede que nos saca de nuestra habitual conformidad. Con ese pensamiento me duermo. Mañana será otro día.

viernes, 5 de marzo de 2010

Un momento, que puede ser el más importante de tu vida

Un viejo adagio dice: "Vive cada momento como si fuera el último". 

Lamentablemente, muchas veces lo olvidamos y nos dejamos llevar por la vorágine de los acontecimientos sin detenernos a pensar que probablemente aquel sea el último.

Hoy pensé, mientras leía sobre Chile, que tal vez es preciso recuperar aquellos momentos en la mente, entender que es necesario detenerse a saborear la vida, porque, puede ser nuestro último momento, o al menos, uno que no se volverá a repetir.

Fue hace cinco años, junto a mi familia iniciamos un viaje inolvidable de vacaciones. Recorrimos 7000 kilómetros en nuestro auto. Salimos desde Entre Ríos, Argentina, viajamos por el centro del país hasta llegar a Mendoza, atravesamos la cordillera, llegamos a Los Andes y luego nos dirigimos hasta Iquique. Luego de pasar algunas semanas en esa ciudad hicimos el camino de regreso, pero esta vez atravesando casi todo Chile desde el desierto hasta la montaña, hasta llegar a Osorno, luego pasamos nuevamente la cordillera hasta Neuquén, en el lado argentino y recorrimos ciudades y pueblos, pasando por Buenos Aires, hasta llegar a nuestro hogar.



Fue un mes de viaje, muchas horas inolvidables en el auto, cantando, jugando, peleando, conversando, riéndonos, visitando pueblos, amigos, lugares desconocidos, otros conocidos, buscando hoteles, restaurantes que nos satisficieran a los cuatro, sufriendo con el auto que no nos dejó nunca en la ruta, pero que a ratos nos hizo pasar susto... lo que no sabíamos es que ese sería nuestro último viaje como familia, al menos en esas condiciones.  Nuestra hija no estaba casada aún y el hijo aún no ingresaba a la Universidad.

Hoy mi hija vive en España junto a su esposo, mi hijo vive en Argentina y continua su carrera universitaria y nosotros, momentáneamente estamos en Australia... Cada vez que pienso en ese viaje me da nostalgia. Tal vez me digo a veces, debería haber conversado más con mi hija, o dedicado más tiempo a mi hijo. Capaz que si hubiera sabido, en vez de dedicar un mes, hubiese hecho los arreglos para estar dos meses. No sé, era un momento importante, y simplemente ya pasó.

Lo atesoro como una vacación hermosa. Un momento inolvidable, de esos que son para endulzar el alma y acompañarnos en las noches de invierno cuando estamos contemplando fotografías, bebiéndonos un café y retozando entre recuerdos y vivencias ya pasadas.

Los momentos pasan, los recuerdos quedan. Los instantes se van, pero las vivencias se pegan al cuerpo y a la memoria.

Aún en circunstancias difíciles es posible aprender a vivir con una actitud distinta. Podemos estar viviendo momentos inolvidables, y tal vez no sepamos apreciarlos por estar imbuidos de otros quehaceres o de situaciones que nos llevan como lastre por la vida.

Se vive un segundo a la vez y es preciso vivirlo a fondo, de otro modo, podemos estarnos perdiendo lo mejor de nuestra vida, por olvidarnos simplemente de vivir, como dice la canción de Julio Iglesias: "Me olvidé de vivir"... no quisiera que eso me pasara nunca a mi, ni a nadie.