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martes, 4 de octubre de 2011

Sermones que matan


Dr. Miguel Ángel Núñez

Leer a los clásicos tiene eseaire de melancolía que produce el encontrarse con ideas ya leídas y que dealgún modo te han modelado y también, un impacto de sorpresa al comprobar queno importa cuánto tiempo pase, dichos conceptos siguen estando vigentes aunquefueron pronunciados hace mucho, mucho tiempo atrás. Es lo que me pasa con ellibro de E. M. Bounds, El poder de la oración, que por ser un librolibre de derechos se ha publicado de muchas maneras.


Edward McKendree Bounds sepreparaba para ser abogado, cuando sintió el llamado para ser ministro. El año1859 fue ordenado al ministerio como pastor de la Iglesia Metodista. Durante laGuerra Civil norteamericana fue capellán del ejército. Cuando terminó laconflagración se dedicó a intentar sanar las heridas que la guerra habíadejado.

Fue editor asociado de uno de losdiarios más conocidos de los metodistas, “El defensor cristiano” y escribió unaserie de libros sobre la oración.

Sermones que matan

De su famoso libro “El poder dela oración” he sacado la frase “sermones que matan”, que procede de uno de loscapítulos que lleva el mismo nombre.

Señala literalmente:
La predicación que mata puede serortodoxa y a veces los es –dogmática e inviolablemente ortodoxa. Nos gusta laortodoxia. Es buena. Es lo mejor. Es la enseñanza clara y pura de la Palabra deDios, representa los trofeos ganados por la verdad es sus conflictos con elerror, los diques que la fe ha levantado contra las inundaciones desoladoras delos que con sinceridad o cinismo no creen o creen equivocadamente; pero la ortodoxia,transparente y dura como el cristal, suspicaz y militante, puede convertirse enmera letra bien formada, bien expresada, bien aprendida, o sea, la letra quemata. Nada es tan carente de vida como una ortodoxia marchita, imposibilitadapara especular, para pensar, para estudiar o para orar.
¡Cuánta claridad! ¡Cuánta elocuencia! “Nada es tan carente de vida como una ortodoxia marchita, imposibilitada para especular, para pensar, para estudiar o para orar”.

Una ortodoxia que no busca laverdad, descansa en la convicción de que ya la encontró y por lo tanto, seconforma, vegeta en la conformidad. Pero no sólo eso, la “ortodoxia marchita”se convierte en acusadora, maltratadora e inquisidora de aquellos que nocuadran con dicha ortodoxia que se considera dueña de la verdad.

Bounds sigue señalando con unaelocuencia extraordinaria:
No es raro que la predicación quemata conozca y domine los principios, posea erudición y buen gusto, estéfamiliarizada con la etimología y la gramática de la letra y la adorne eilustre como si se tratara de explicar a Platón y Cicerón, o como el abogadoque estudia sus códigos para formar sus alegatos o defender su causa y, sin embargo,ser tan destructora como una helada, una helada que mata. La predicación de laletra puede tener toda la elocuencia, estar esmaltada de poesía y retórica, sazonadacon oración, condimentada con lo sensacional, iluminada por el genio, pero todoesto no puede ser más que una costosa y pesada montadura o las raras y bellas floresque cubren el cadáver. O, por el contrario, la predicación que mata muchas vecesse presenta sin erudición, sin el toque de un pensamiento o sentimiento vivo, revestidade generalidades insípidas o de especialidades vanas, con estilo irregular, desaliñado,sin reflejar ni el más leve estudio ni comunión, sin estar hermoseada por el pensamiento,la expresión o la oración. ¡Qué grande y absoluta es la desolación que produceesta clase de predicación y qué profunda la muerte espiritual que trae aparejada!
¡Qué luz! ¡Qué fuerza! ¡Claro queuna retórica sin “pensamiento o sentimiento vivo” lo que provoca es muerte,desolación y desesperanza. Una predicación ortodoxa cargada de suficienciapropia que puede “ser tan destructora como una helada, una helada que mata”.Iglesias con predicadores llenos de suficiencia propia, pero carentes de amor,empatía y redención. Predicaciones llenas de erudición fría, sin fuerza y sinla vida que da la oración que entiende que sin Dios no tenemos nada.

La predicación que mata
Se ocupa de la superficie yapariencia, y no del corazón de las cosas. No penetra las verdades profundas.No se ha compenetrado de la vida oculta de la Palabra de Dios. Es sincera en loexterior, pero el exterior es la corteza que hay que romper para recoger lasustancia. La letra puede presentarse vestida en tal forma que atraiga yagrade, pero la atracción no conduce hacia Dios.
En otras palabras, es unapredicación que se ocupa de las formas y no del fondo, de la imagen y no de lasustancia, del qué dirán que del qué dice Dios, del status quo religioso, antesque de la autenticidad que supone entender a Dios como un ser redentor. Es unapredicación políticamente correcta pero equivocadamente alejada de la verdaderasustancia de la Palabra.

El diagnóstico de Bounds es queesta predicación tiene como sujeto a un predicador que
Nunca se ha puesto en las manosde Dios como la arcilla en las manos del alfarero. Se ha ocupado del sermón encuanto a las ideas y su pulimento, los toques para persuadir e impresionar;pero nunca ha buscado, estudiado, sondeado, experimentado las profundidades deDios.
¿Cómo hablar a nombre de Dios silo que se conoce de él son sólo una sombra oscurecida por normas y reglamentos?¿Cómo representar con discursos duros, afilados e implacables a un Dios que segoza en la misericordia, el perdón y la gracia? Es una contradicción vital hablarde un Dios de amor utilizando las armas de la intolerancia y la exclusión.

De esos predicadores que se lasarreglan para condenar, acusar, maltratar y apuntar a otros cristianos Boundsdice:
Es posible que su ministeriodespierte simpatías para él, para la iglesia, para el formulismo y lasceremonias; pero no logra acercar a los hombres a Dios, no promueve unacomunión dulce, santa y divina. La iglesia ha sido retocada, no edificada;complacida, no santificada. Se ha extinguido la vida; un viento helado sopla enel verano; el suelo está endurecido.
Lo único que se logra con estapredicación es acrecentar “el formulismo y las ceremonias”, convertirlas en elcentro de la adoración y en la vida misma de la iglesia, matando de paso laverdadera adoración que no sigue fórmulas ni ceremonias rígidas nipreestablecidas. Como bien señala el Pr. Bounds, esa predicación “no lograacercar a los hombres a Dios, no promueve una comunión dulce, santa y divina”,sólo produce frialdad, un espíritu de intolerancia y una sensación de pobrezaespiritual que ahoga.

El libro fue escrito en el sigloXIX, pero pareciera que hubiese sido escrito ayer, porque eso es lo que hacenlos clásicos, siguen tañendo su campana aún cuando pasan los años y su mensajesiempre es actual.

Quisiera no escuchar ni decirsermones que maten… Ojalá la realidad eclesiástica fuera otra, una devivificación y no de condena fría, mecánica, aguzada y… orgullosamenteortodoxa. ¿Qué predicaría Jesús si tuviera la oportunidad de hacerlo ennuestras congregaciones? ¿Diría lo que algunos se atreven a decir en su nombre?

viernes, 26 de agosto de 2011

La estructura mental del fariseo


Dr. Miguel Ángel Núñez

Ser fariseo no necesariamente implica pertenecer al grupo de seguidores de la secta (Lc. 5:30) que existía en los tiempos de Jesús. Es una forma de pensamiento que nunca ha dejado de estar presente en la religión, traspasa las fronteras ideológicas y se sumerge en los vaivenes de la historia. Aflora siempre, con formas variadas y modificadas, para manifestarse de una manera u otra, pero en todas las ocasiones con una misma estructura de pensamiento.

El sectarismo fariseo

La mente sectaria se caracteriza por su actitud cerrada en sí misma y por la manera en que observa a los demás. El espíritu de “nosotros” y “el resto del mundo”, esconden un sentido de orgullo y vanidad personal. Es la vieja costumbre de construir muros alrededor de sí mismos creyendo que todos los demás están excluidos de la gracia, solamente porque yo (es muy importante el yo), tengo “una verdad” (porque tampoco se trata de LA VERDAD, en términos absolutos, ¿quién podría tenerla? Sino de una verdad parcial, particular y exclusiva).

El concepto “fariseo” viene de una expresión hebrea que podría traducirse como “puros”. Desde el nombre se observa su actitud sectaria. Le dicen al mundo “nosotros los puros” y ustedes los impuros. Esa auto denominación de “puros” ya es un acto de presunción, no obstante, no alcanzan a percibirlo, igual que los fariseos modernos que en su presunción orgullosa tampoco alcanzan a percibir cuán alejados están de aquello que pregonan.

¿Qué habrán hecho en su mente para racionalizar el dicho del sabio que escribió tajante?
¿Quién puede afirmar: ‘Tengo puro el corazón; estoy limpio de pecado’? (Pr. 20:9).
Sólo lo puede decir alguien que está tan ciego frente a su propia condición que no entiende ni siquiera lo que hace.

Los puros no se juntaban con los demás. No querían que otros “impuros” lo contaminaran. Eso me hace sospechar de dicha pureza, porque cuando alguien no desea contaminarse con la “impureza” de otros, entonces, su propia pureza está en entredicho. Por eso Jesús era visto con escándalo. Se juntaba con prostitutas, ladrones y despreciados, que en épocas de Cristo eran los pobres (si eran pobres era porque no contaban con la bendición de Dios), los enfermos (si estaban enfermos era porque Dios los había castigado), y algunos oficios (pastores de ovejas, peleteros, sepultureros, recolectores de basura, gente que en la mentalidad judía se habían convertido en la casta de los despreciados).

El fariseo no logra entender la oración de Jesús:
No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno (Jn. 17:15).
Para el fariseo esas palabras eran chino básico, no las entendían, su dialecto mental no se los permitía.

Por eso que insistentemente se preguntaban:
¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores? (Mt. 9:11).
No lograban, en sus mentes “puras”, entender que lo que Jesús hacía era como irónicamente él mismo dice: Visitar a los enfermos, no a quienes en su justicia propia creían estar sanos (Mt. 9:12). Sin embargo, al estar ciegos se contentaban con murmurar en contra de Cristo (Lc. 15:2) y burlarse de él (Lc. 16:14).

La norma y lo normal

La expresión “norma” viene de “normal” y aquí aflora la siguiente actitud mental de los fariseos, consideraban que lo que ellos proponían como estilo de vida era lo “normal”, por lo tanto, lo que ellos hacían se convertía en “norma”, y de allí a crear toda una “normativa” respecto a su estilo de vida era la consecuencia lógica de creer que ellos estaban dentro de lo “normal” y los demás “en lo anormal”.

¿Qué es normal? Lo que los fariseos no captaron nunca es que lo “normal” siempre se vincula a un hecho cultural. Lo consuetudinario se va convirtiendo poco a poco en “norma” y se construye a partir de ese hecho. La norma, que se da a partir de lo normal, se convierte en una especie de camisa de fuerza, porque ata, limita, condiciona y no se puede ver más allá de la propia nariz.

Es interesante que vez tras vez Jesús se pronunciara en contra de “la norma” de los fariseos, pero nunca hizo ninguna declaración sobre la conducta “normal” de los judíos.

Hay allí un mensaje que normalmente en las discusiones sobre “normas” olvidamos: La cultura responde a una estructura mental, cuando la mente se transforma, entonces, por ende lo cultural también será transformado. Jesús no estaba enfocado en lo cultural, sino en la transformación mental, pero no condenaba a nadie por ser o no cambiado, entendía que es un proceso, que puede llevar toda la vida, tal como le llevó a Pedro superar su concepto cultural que los no judíos también podían ser parte del pueblo de Dios, por ejemplo.

Nunca Jesús pretendió imponer una norma, su invitación era para una vida nueva, pero no condenó a nadie que no lo siguiera, ni aún a aquellos que lo merecían. A las únicas personas que trató de manera dura fue a los fariseos que estaban tan ciegos que no lograban percibir cuán lejos se habían ido de la gracia de Dios. Tan ciegos que no eran capaces de ver los milagros que Jesús hacía en la vida de otros (Jn. 9).

Misericordia, no sacrificio

La estructura mental del fariseo deriva en sacrificio, por una simple razón. Para mantener la pureza es necesario “hacer algo”, no es posible descansar en la gracia, es imprescindible que me pruebe a mí mismo y al resto de los “puros” que soy parte de un grupo individualizado y único.

Aquí entra a tallar la identidad. Los fariseos buscaban desesperadamente elementos que los distinguieran de los demás. Querían hitos de identificación, que las demás personas supieran apenas los observaran que ellos eran “los puros”. La vieja mentalidad del “nosotros” y “el resto del mundo” podía más en la mente farisea.

El problema de centrarse en sí mismos fue lo que llevó a los fariseos a dejar de ver a Dios. Aquí se da un punto paradojal, queriendo defender a Dios se concentraron en sí mismos y en otros. No entendían la gracia y la misericordia de Dios, por lo tanto, se concentraban en el “hacer” lo que supuestamente le agradaba a Dios con el fin de tener la aprobación divina. ¿Por qué era tan importante la sensación de aprobación? Simplemente porque no confiaban en la gracia. No entendían que la misericordia de Dios los cubría y los hacía aptos para Dios, ellos querían aportar algo, dar a conocer una forma de vida distintiva que fuera su pasaporte para la eternidad. Por esa razón les molestó tanto cuando Jesús les dijo:
Porque misericordia quiero, no sacrificios (Mt. 9:13).
Se deben haber preguntado: “¿De qué sirve entonces todo lo que hacemos?”, “¿Qué se cree este que viene a poner en duda nuestro sacrificio personal?”.

Una justicia superior

En algún momento, Jesús quien intentaba hacer que sus discípulos dejaran de mirar la norma y se concentraran en la gracia les dijo:
Porque les digo a ustedes, que no van a entrar en el reino de los cielos a menos que su justicia supere a la de los fariseos y de los maestros de la ley (Mt. 5:20).
Los discípulos, que no dejaban de ser judíos, se sintieron sorprendidos y pensaron para sí: “¿Entonces quién?”. Ellos veían la justicia propia de los fariseos, estaban conscientes de su esfuerzo y sacrificio, y ahora venía Jesús a decirles que la justicia de ellos debía ser superior. ¿Cómo alcanzar la norma farisea? ¿Cómo llegar a imitarlos?

Ellos pensaban en la norma, como todos aquellos que aún no entienden la gracia.
Jesús pensaba en su justicia, la justicia ofrecida por Dios a la humanidad, la justicia que había ofrecido desde un comienzo en el Edén cuando mató a un animal y con las pieles de dichos animales hizo ropas para la confundida primera pareja. Desde ese instante Dios les dijo, la justicia no es subjetiva, no viene desde ustedes, de su mente ni de sus intenciones, la justicia viene desde afuera, es objetiva, proviene de Dios.

El dilema de los fariseos modernos es que siguen teniendo la mentalidad de la primera pareja, que luego de saberse pecadores, buscan por sus propios esfuerzos cubrir su culpa, esconderse de Dios, poner algo sobre ellos que los haga invisibles a la divinidad. Dios viene, con cariño, con bondad, sin gestos de condena y sin decirle nada simplemente mata a un animal, presumiblemente un cordero, y prepara ropas para ellos con dichas pieles. El primer peletero de la historia fue Dios mismo, que con ese acto mostró su infinito amor.

Los fariseos de hoy aún siguen tratando de hacer ropas de hojas de higuera para cubrir su sensación de pobreza, viven acomodando su justicia personal, preguntándose diariamente ¿qué querrá Dios? ¿Cuándo seré apto? ¿Cuándo alcanzaré la norma? Sin entender que no es esa la pregunta correcta sino entender que Dios se pregunta ¿cuándo aceptarán mi justicia? ¿Cuándo permitirán que les quite ese ropaje de piedad para cubrirlo con mis ropas de santidad?

El fariseo se concentra en “lo prohibido” (Mt. 12:2), porque sus ojos están cegados a la gracia que cubre sus pecados. Por esa vía Jesús entendía que ellos:
Les cierran a los demás el reino de los cielos, y ni entran ustedes ni dejan entrar a los que intentan hacerlo (Mt. 23:13).

Sepulcros blanqueados

Probablemente la reprensión más fuerte realizada por Jesucristo a algún ser humano fue esta, que no es precisamente un elogio, sino raya con la ofensa y la ironía incisiva (Mt. 23:27). Lo que está haciendo Cristo es utilizar un último recurso dialéctico y discursivo a ver si alguno de ellos reacciona y logra entender su condición. Fue, en cierto sentido, mucho más suave que Juan el Bautista que los llamaba “camada de víboras” (Mt. 3:7). No quisiera estar en sus zapatos. Ya es duro ser pecador, pero que me llamen “víbora” o “sepulcro blanqueado” es terrible.

La mentalidad farisea se concentra en “parecer”, no en “ser”. Buscan incansablemente mostrarse ante los demás puros, correctos, con identidad, dignos, sanos, buenos, sin comprender que por dentro viven todo lo contrario. Su sensación de indignad la cubren cumpliendo normas y viviendo de tal manera que su “pureza” exterior, oculte su “inmundicia” interior. Cuando Jesús utiliza esta expresión está dejando en evidencia la condición no sólo farisea sino humana.

El fariseo se concentra en superar “los pecados”, Dios busca que entiendan que eso es imposible. Que el gran problema de la humanidad es la “naturaleza corrompida”, que la hemos recibido como herencia y ante la cual nada podemos hacer. Si no se produce un milagro desde Dios, no hay posibilidades para los seres humanos, ninguna. La “superación de pecados particulares”, sólo lleva a la frustración y el auto engaño. A la simulación de piedad, a la búsqueda de una identidad santa frente a los demás. Sólo cuando entendemos que el problema es “la naturaleza pecaminosa” no el pecado que hacemos diariamente, entonces y sólo entonces, es posible que comience a producirse el milagro de “vivir una vida nueva”, que viene como efecto del trabajo que hace Dios en nosotros y por nosotros. Sin embargo, este pensamiento es demasiado fuerte para la mentalidad farisea, no lo pueden aceptar, echa por tierra sus esfuerzos personales y no puede sentirse aceptado.

Condena

¿Qué le queda a la mentalidad farisea cuando se le ha quitado el piso en el que asentaba su ideología? La defensa de su modo de vivir, que se traduce en condena a todo aquel que no vive a la altura de lo que ellos creen. Miran con sospecha a todo aquel que no vive “la tradición” (Mt. 15:1), que es finalmente lo único que les importa.

Jesús iba a las plazas y allí conversaba con las prostitutas, las mujeres consideradas de más baja ralea en la sociedad judía. Una sociedad hipócrita donde muchos, incluyendo fariseos utilizaban sus servicios sexuales, como Simón el fariseo, pero en público manifestaban una actitud de condena. ¿Qué deben haber sentido cuando Jesús les hablaba con cariño, con bondad, sin condena? En realidad, cuando el fariseo observaba la bondad de Jesús se sentía reprendido, y su conducta, tal como animal herido era atacar a quién lo hacía sentir mal.
Jesús visitaba a los publicanos, los ladrones profesionales que hacían de los impuestos su modo de vida, robando, extorsionando, maltratando, humillando, y poniéndose al servicio de un poder extranjero. Nunca Cristo reprendió a un publicano, nunca lo acusó ni lo puso en evidencia. Hizo lo que ningún fariseo habría hecho: Los visitó, comió con ellos a su mesa (Lc. 7:3), les habló, rió con sus chistes, aceptó que lo acompañaran los otros ladrones profesionales, ladrones se juntan con ladrones, así que era normal que estuvieran en las fiestas de publicanos (Lc. 14:1). Jesucristo no hizo relaciones públicas, simplemente estaba cumpliendo el mandato de Dios de mostrar misericordia y amor, y lo hacía no separándose de ellos, sino mostrándoles cariño y amor, con su presencia y su actitud. Era eso lo que producía el cambio, el que hizo que Zaqueo devolviera lo que había robado, no para ganarse el reino de Dios, sino porque había sido ganado para el reino por la gracia mostrada por Jesucristo.

Por esa razón los fariseos se ofendieron tanto cuando Jesús les dijo: “Las prostitutas y los publicanos van en vez de vosotros al cielo” (Mt. 21:31). Noten que pongo otra versión, porque es tan fuerte que la mayoría de las traducciones lo ha suavizado escribiendo “antes de”, pero no fue eso lo que les dijo Cristo, los despreciados y los que se saben pecadores, van en vez de ustedes. En otras palabras, ustedes no pueden ir, su justicia propia no se los permite.

No es extraño que planearan el asesinato de Jesús (Mt. 12:14), pero no sintieran que aquello era una aberración. ¿Cómo es que iban a dormir tranquilos creyéndose salvos, si estaban planeando matar a alguien? Es la vieja paradoja, la mentalidad farisea llega a racionalizar tanto su presunción que llegan a creer que el maltrato a otros es lícito si lo hacen para defender lo “que le agrada a Dios”, sin entender que lo que le agrada a Dios es la misericordia, especialmente ante el que está consciente de su pecado.

No vieron la gracia, en su presunción llegaron a afirmar que Jesús hacía milagros a nombre de Beelzebú (Mt. 12:24). El fariseo sospecha de todo aquel que se sale de la norma que él proclama como única. Es lo que hicieron con Jesús (Jn. 9:16), y nunca han dejado de hacer.

La desgracia del fariseo

La mentalidad farisea, concentrada en la justicia propia y en la norma no puede vivir feliz. Al contrario, no descansa. En cada instante siente que puede fallar. A cada momento se da cuenta que puede equivocarse, por lo tanto, sólo cree estar a salvo viviendo la norma, buscando lo normativo como modo de vida, para de esa forma, en el auto engaño que ha construido, sentir algo de paz, una paz precaria que lo hace vivir la vida en constante penitencia. Luego, tiene la enorme necesidad de exhibir a Dios lo que hace porque de esa forma siente, en su mente enferma y perdida, que ha hecho algo digno y Dios tendría “la obligación” de escucharlo. Es la actitud del fariseo que “oraba consigo mismo”, como dice irónicamente Jesús. Sin embargo, el publicano que conocía su condición, que entendía con claridad que no era digno, no quería ni siquiera alzar su cabeza, para orar como oraba todo “buen judío”, mirando al cielo, cara a cara con Dios, y con las manos en alto. Sin embargo, luego de haber derramado sus pensamientos delante de Dios, el publicano siente paz, se sabe perdonado. Por lo tanto baja a su casa justificado, tal como dice la Escritura.

Al llegar a casa ¿quién cree que celebrará el publicano o el fariseo? Pues el fariseo seguirá en penitencia, porque no se sabe perdonado, no vive la gracia, está atrapado en la norma, por lo tanto, vivirá la angustia del perdido, del que no tiene descanso mental y por lo tanto, vivirá una depresión religiosa permanente y se preguntará ¿qué hago para agradar a Dios? Pregunta absurda, como si Dios necesitara algo, mentalidad distorsionada del que cree a partir de su egoísmo que Dios es un ser egoísta que está esperando sólo personas que le alaben, cuando en realidad, lo que no entienden es que Dios espera celebración, quiere gozarse con la alegría del que entiende que la justicia de Dios está satisfecha con la “muerte del cordero”, con la muerte del penitente.

Jesús muestra que la verdadera justicia de Dios siempre lleva a la celebración. El pastor encuentra a la oveja perdida y hace una fiesta (Lc. 15:6). La mujer encuentra su moneda y hace fiesta (Lc. 15:9). El padre recibe al hijo que estaba muerto y hace fiesta (Lc. 15:23-25). Pero el fariseo se queda afuera “escuchando la música del baile” (Lc. 15:25), rumiando su amargura y preguntándose ¿por qué celebran? ¿Por qué hacen fiesta? ¡El pecador no merece fiesta! ¡Hay que condenarlo! En su ceguera no participa de la alegría y se pierde lo mejor de la celebración y se va solo, amargado, a vivir la norma. La tragedia del fariseo es que no celebra, sólo vive penitente, con miedo a equivocarse y sin salir nunca de su amargura. Se queda en la vereda del frente mirando la alegría de otros, la tragedia del fariseo es que no llega nunca a comprender que la redención produce celebración.

Conclusión

En una ocasión los discípulos se acercaron a Jesús, no sé si en son de chisme o de preocupación, el texto no lo dice, pero conociendo a los seguidores de Jesús en ese momento, que estaban en proceso de transformación y aún no entendían, me inclino más por lo primero. Le dijeron a Jesús:
¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oír eso? (Mt. 15:12).
La respuesta de Jesús es desconcertante:
Toda planta que mi Padre celestial no haya plantado será arrancada de raíz —les respondió—. Déjenlos; son guías ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en un hoyo (Mt. 15:13-14).
En otro momento Jesús les dijo a sus discípulos:
—Tengan cuidado —les advirtió Jesús—; eviten la levadura de los fariseos y de los saduceos.
Pero como los discípulos eran tan niños para pensar ante su incertidumbre les dijo:
Entonces comprendieron que no les decía que se cuidaran de la levadura del pan sino de la enseñanza de los fariseos y de los saduceos (Mt. 16:6, 12).
En otra ocasión Jesús les dijo a sus seguidores, refiriéndose a los fariseos:
No hagan lo que hacen ellos, porque no practican lo que predican.  Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas.  Todo lo hacen para que la gente los vea (Mt. 23:-3-5).
Por dura que parezca, sigue siendo la respuesta de Jesús, para el fariseísmo, que aún después de siglos, no termina de desaparecer.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 8 de julio de 2011

Los judíos nuestros contemporáneos

Dr. Miguel Ángel Núñez

Cuando un religioso, de la religión o denominación que sea, utiliza expresiones como “yo si”, “él no”, “nosotros, el pueblo verdadero”, “ellos la religión popular falsa”, o cualquier otra expresión similar, asumen una lógica de exclusión. Sin darse cuenta, y probablemente, sin asumirlo de manera consiente, optan por una actitud de discriminación.


La lógica de la discriminación y la exclusión generan algunas conductas, que no son nuevas, siempre se han observado en los grupos religiosos excluyentes, tales como lo fueron los judíos fariseos en el pasado, y como lo son las religiones fundamentalistas en el presente. Algunas de dichas actitudes son:

Generar un lenguaje de juicio y condenación

Si asumo que el otro no es mi igual y si al mismo tiempo creo que el otro carece de la bendición divina, mi actitud dejará de ser caritativa y se convertirá en condenatoria. La Biblia señala que el único juez es Dios:
¡Dios mismo es el juez! (Sal. 50:6).
¿Quiénes somos nosotros para juzgar la conciencia y la convicción de otros? Eso lleva a una siguiente actitud.

Promover una actitud beligerante

Si me sé parte de los “elegidos”, entonces, es fácil caer en el triunfalismo y eso nos llevará inevitablemente a la beligerancia. Los judíos perdieron de vista su misión, al creerse más importantes que el resto de los mortales se convirtieron en beligerantes, se sintieron con libertad para maltratar a los “extranjeros” (todo aquel que no creyera en Jehová) y comenzaron a calificar de “gentiles” a todo no judío, expresión que proviene del hebreo “gôyim” y en griego “éthnos”, palabras que significan simplemente “naciones”, “gentes” o “pueblos”, pero que en el lenguaje peyorativo judío se convirtió en “paganos", "bárbaros", y comenzaron a menospreciarlas. Incluso, en tiempos de Jesús ya se aplicaba el término a cualquiera que no descendiera directamente de Abraham, aun cuando fuera judío.

Cómo entender esta actitud frente a un Dios que envió a dar testimonio a todas las “naciones”. El apóstol Pablo señaló que el pueblo de Israel tenía la misión de:
Dar a conocer cuál es la gloriosa riqueza de este misterio entre las naciones, que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria (Col 1:27).
¿Cómo dar a conocer a Cristo si se menosprecia a quién no cree de la misma manera en que nosotros creemos? La lógica de la exclusión no permite dar testimonio.




Perder perspectiva

La tercera actitud, ligada a lo anterior, es que la actitud triunfalista y cerrada, hace que se pierda perspectiva respecto a la realidad. Cuando se piensa que se es único y los demás están excluidos, entonces se pierde la capacidad de mirar la realidad de una manera ecuánime y ponderada.

Es un hecho de física y óptica elemental que si miramos a través de un orificio no veremos más que lo que el hueco nos permite ver. Si creo ser el elegido y pienso que los demás están excluidos, pecadores ajenos a la gracia de Dios, que tengo la exclusividad de la salvación, que soy el único portavoz válido de Dios, entonces no hago más que mirar a través de un orificio y muy pequeño.

Jesús dijo:
Tengo otras ovejas que no son de este redil, y también a ellas debo traerlas (Jn. 10:16).
Esta aseveración de Cristo tiene dos implicaciones:
  • ¿Cómo podemos estar seguros de ser parte del redil “oficial”? 
  • ¿Por qué excluir a otros si son parte del redil que también será traído por el pastor y por lo tanto también son hijos de Dios? 
En cualquier caso, el orgullo de ser parte del “redil oficial” o la “exclusión” para quienes no están conmigo, nos hacer perder perspectiva y de paso nos convierte en egoístas, orgullosos y vanidosos.

Generar normas sólo para mantener la identidad de “elegidos”

El asunto, en este punto, no es la “identidad de la salvación”, con las características propias de quienes son salvos:
  • Amor: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn. 13:35). El texto es genérico, no dice “amar sólo a los que van a mi iglesia y piensan como yo”, eso sería mostrar un espíritu sectario. 
  • Caridad: Cuando Jesús venga no va a dividir a las personas por sus ideas ni por las convicciones que tuvo, sino por las acciones que realizó. El evangelio es taxativo y no da lugar a otra interpretación: “Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron” (Mt. 25:42-43). No dice: “Porque fuiste a la iglesia todas las semanas, porque diste diezmo fielmente, porque no dejaste de estudiar tu Biblia”, Dios supone que todo eso, que es bueno, te llevará a tratar de manera caritativa a otros, incluso, a quien no piensa como tú. 
Cuando la “identidad cristiana” no se entiende, entonces se busca una “identidad denominacional” o “identidad triunfalista”. Se generan normas para mostrar cuán distintos somos de los demás, tal como hicieron los judíos, buscando justicia propia, al grado que convirtieron la religión en una carga opresiva, tan pesada y asfixiante que muchos enfermaron de cuerpo y alma por intentar vivir a la altura de los absurdos de dichas normas. Normas que fueron creadas no para dar gloria a Dios, sino para mostrar cuán “distintos somos de los otros, los gentiles, los paganos, los excluidos de la gracia”.

Muchas normas, carentes de lógica, absurdas en exposición y argumento, pero defendidas exclusivamente para mostrar la “diferencia”. Los judíos no se dieron cuenta que con aquella actitud lo que hacían era aislarse, quedarse sin interlocutores válidos y sin poder comunicarse, precisamente con aquellos que tenían que hablar. Eso lleva a la siguiente consecuencia:


Generar el síndrome de separación y sordera crónica

Si creo que tengo la “verdad” (en términos absolutos), así con mayúsculas y defendida con orgullo y arrogancia, sin plantearme ninguna posibilidad de errar o de variar en algún punto, entonces, los demás aparecerán como “equivocados”, “errados”, “trasnochados”, en suma, como excluidos, sin darles ninguna posibilidad de que tengan una idea positiva.

Con dicha actitud se generará aislamiento. ¿Quién quiere juntarse con alguien que tiene todas las respuestas y no quiere aprender?

Se provocará sordera crónica. Si tengo “la verdad”, ¿para qué escuchar a otros? ¿Cómo puede alguien enseñarme algo si lo sé todo?

Aislamiento y sordera, mal que padecían los judíos, que no vieron a Jesús aun cuando lo tenían frente a sus narices. Al estar aislados no pudieron ver lo que pasaba, no pudieron sopesar las evidencias, no escucharon.

El aislamiento impide ver más allá de las paredes de nuestros prejuicios. De esa forma dejamos además de escuchar a otros, porque los hemos descalificado, así que no podemos enriquecer nuestras vidas.

Qué contraste con algunos personajes bíblicos como Juan el Bautista que salía del desierto donde vivía para ir a las ciudades para relacionarse con la gente, para escucharles, para saber cómo pensaban, para luego volver y meditar para encontrar mejores formas de hablarles.

El aislamiento y la sordera generan otra actitud malsana, una falsa identidad.

Generar una falsa identidad

Quienes se consideran parte de un “único pueblo elegido”, al estilo judío, empiezan a creer que sólo hay gracia de Dios para ellos, y para ningún otro ser humano. Cuando se cae en dicha actitud se da un triste espectáculo intentando representar, inútilmente, a un Dios que no hace acepción de personas (Dt. 10:17; 2 Cr. 19:7; Lc. 20:21; Hch. 10:34).

¿Cómo podemos representar a un Dios que no hace acepción de personas y al mismo tiempo despreciar a quienes no piensan como nosotros? ¿Cómo podemos hablar de un Dios que no excluye si al mismo tiempo excluimos?

Ya quisiera ver la cara de sorpresa que se llevarán algunos en la tierra nueva (si es que dejan de ser sectarios), cuando vean llegar a las puertas de la nueva Jerusalén a aquellos que despreciaron y que excluyeron de la gracia. ¡Qué cara pondrán! Pagaría por ver.

El peligro de creerse únicos

La persona que al igual que los judíos, excluye a otros de la gracia, simplemente porque sus convicciones son distintas es peligrosa. Teniendo el poder actúa con violencia y saña con otros.

Es como Pedro, que saca su daga y le corta, sin piedad, la oreja a Malco, ¿para defender a Cristo? ¿Necesita Cristo que lo defienda? ¿Precisa Jesús de nuestra hostilidad hacia otros? ¿No es Dios acaso Dios de todos los que lo aceptan, aun cuando no sean del redil en donde yo estoy?

El ejemplo de Jesús

Jesús trató con bondad a la samaritana despreciada, que pertenecía a un grupo de judíos que tenían otras convicciones. Fue la bondad del maestro lo que despertó el corazón de dicha mujer y la llevó a convertirse en misionera entre su gente.

Trató con amor a los despreciados, que lo eran por causas religiosos. Los pobres, que se consideraba que estaban castigados por Dios; los enfermos que se suponía recibían una enfermedad de parte de Dios; las mujeres, que se consideraba que eran seres inferiores… todos ellos recibieron un trato bondadoso de Jesús.

Trató con bondad, con cariño y aún con muestras de tolerancia, que a ojos de los judíos debe haber sido pensado como una barbarie, a extranjeros considerados “gentiles”, incluso a romanos, que eran los opresores.

Nunca trató a un pecador con saña, ni con falta de bondad. No discutió con quienes creían tener la razón, sólo mostró el camino a seguir.

A los únicos que trató con dureza fue con los que excluían y menospreciaban a otros. Les dijo a los fariseos “generación de víboras”, “hipócritas”, “sepulcros blanqueados”, “ciegos, guías de ciegos”, y no disimuló su frustración frente a personas que supuestamente conocían a Dios, pero se habían convertido en los peores propagandistas del amor divino.

Es interesante que después de la resurrección los discípulos de Jesús se escondieron y la Biblia dice que:

Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos (Jn. 20:19).

¡Le tenían miedo al pueblo que había sido elegido para llevar el mensaje de salvación a la humanidad! ¡Temían a aquellos que decían tener toda la verdad y nada más que la verdad!

No quisiera que alguna vez alguien temiera verme aparecer ante su puerta.

Los judíos siguen siendo nuestros contemporáneos, lamentablemente, las mismas actitudes que se vieron en los días de Jesús aún permanecen en las conductas de muchos que se llaman seguidores de Jesús y que fueron llamados a comunicar las buenas de Salvación, que es a fin de cuentas anunciar que todos tienen posibilidad de salvación si aceptan a Jesús como salvador personal.

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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 8 de enero de 2011

No dejes que te quiten la libertad y la esperanza

PREGUNTA:

Apreciado pastor:

“Soy una joven de 28 años de edad, a los 13 años mi madre me expulsó de mi casa y durante un tiempo viví en las calles. A la edad de 15 años conocí un joven del que me enamoré. Lamentablemente me embaracé y luego él me dejó sola. Intente sacar a mi hijo adelante sola como pude trabajando muy duro. A los 17 conocí a otro chico con el cual estuve 6 años. Él me golpeaba, le gustaba mucho beber alcohol, así que terminé por abandonarlo. Finalmente logré volver con mi familia después de varios años de haber sufrido hambre, maltratos y humillaciones.

Con el tiempo conocí el amor de Dios y me uní a una iglesia cristiana, hace 3 años que soy bautizada, y llevo estudios bíblicos. Sentí el llamado para trabajar con adolecentes ya que Dios puso en mi corazón la convicción de que mi testimonio podría salvar y ayudar la vida de muchas jóvenes que están en las drogas, que provienen de familias disfuncionales, que han vivido el drama de los embarazos adolescentes y muchas otras cosas más. Llevo trabajando con este ministerio hace un año.

Estando en esta labor conocí a un joven el cual es un siervo dedicado a las cosas de nuestro Padre celestial, tiene un corazón generoso, es temeroso de Dios, un varón con muchas virtudes. Él se enamoro de mí y van ocho meses que estamos enamorando. Ambos soñamos con servir a Dios en un ministerio para jóvenes. Pues bien, decidimos hablar con nuestro pastor y nos encontramos con una respuesta muy dura de su parte. Él dijo de una manera cortante y hasta cruel que yo no soy un buen testimonio para la vida de él, ya que mi enamorado siente el llamado para ser pastor y yo soy madre soltera. Quedé devastada y confundida. Yo me aferro a las promesas de Dios de que somos nueva criatura y que además mi vida es una nueva vida porque vivo para Cristo. Quisiera saber si realmente él jamás podrá casarse conmigo y si en algún momento podrá ejercer el ministerio.

La duda que estoy sintiendo es como un castigo diario. Yo quiero que él sea feliz y haga la voluntad de Dios, que lo ha llamado al pastorado. Sé que mi vida fue terrible ante los ojos de Dios pero sé que ahora puedo usar mi testimonio para ayudar a muchos jóvenes. Espero con ansias una respuesta que me de paz”.

RESPUESTA:

Apreciada amiga:

Cuando leo cartas como la que tú me envías me lleno de tristeza, sólo en esta semana he recibido cuatro con el mismo tenor de la tuya. No me acongoja tu testimonio, que es digno de ser escrito y publicado para que miles se enteren del extraordinario amor de Dios que es capaz de redimir a quienes están perdidos y luego son rescatados por su gracia. Me llena de desconsuelo el saber que algunos se llaman “pastores” y en realidad son lobos vestidos de ovejas cuya misión es destruir y desanimar a quienes han optado por entregar su vida a Dios.

El peligro enfermante del legalismo 

El legalismo es un disfraz del enemigo de Dios para atormentar a quienes han decidido creer en las promesas de Dios.

Ese pastor que los “aconsejó”, puede que tenga las mejores intenciones, pero su honestidad no lo libra del grave error que está cometiendo. Simplemente no cree en la redención. ¿Qué espera? Una iglesia de santos impecables que nunca se hayan equivocado, en ese caso, tendría que construir su templo en otro planeta, porque los que vivimos en éste estamos todos contaminados de pecado. Ya lo decía Pablo:
Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios (Rm. 3:23). 
El texto es claro: “Todos”, eso incluye al legalista que pastorea tu iglesia. Nadie está libre de pecado, por lo tanto, nadie merece la gracia por sí mismo. Si no fuera por Jesucristo nadie tendría esperanza ni salvación. Tu vida no ha sido más terrible que la de otros seres humanos, incluyendo a esa persona que se hace llamar “pastor” sin serlo.

Por eso Juan escribió:
Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad (1 Jn. 1:8). 
Las iglesias no son museos para exhibir santos impecables, ese es un error que a lo largo de la historia de las religiones, incluyendo el cristianismo, ha sembrado muerte, terror y sangre. Todas las persecuciones, de todos los siglos, se emparentan en ese concepto equivocado. El problema es que quien se cree más santo que otro, termina convirtiéndose también en el verdugo de sus hermanos. El que acusa luego arma la hoguera para llevar a ella a los que ha condenado previamente. El fanatismo siempre racionaliza sus malas acciones considerándolas como formas de actuación divinas, cuando no son más que mascaradas diabólicas. No dudo que ese pastor, sin que se lo proponga, es instrumento del enemigo de Dios.

La misión redentora de la iglesia 

En muchos sentidos tú eres una persona sobreviviente y alguien que está en mejores condiciones que otros para entender y ayudar a quienes padecen o han padecido las secuelas de las drogas, los hogares destruidos, los embarazados no deseados y otras consecuencias equívocas.

Cuando pienso en que tenías 13 años cuando fuiste arrojada a vivir a la calle se me parte el alma, a esa edad, se es una niña, el que hoy día puedas estar inspirada a ayudar a otros, es simplemente un milagro, que lastimosamente tu “pastor” no ve. Eres una sobreviviente, en psicología se diría resiliente, una persona que pasó por el infierno y ha logrado llegar a la tierra prometida de la esperanza.

La iglesia tiene una sola misión: LLEVAR EL MENSAJE DE RESTAURACIÓN A LA VIDA DE LAS PERSONAS. El gran problema es que muchos de los miembros de las iglesias quieren salvar a los pecadores, pero no quieren que se salven junto a ellos. Los quieren lejos, ausentes, detrás de una pared. No desean que los pecadores que han sido salvados vengan a sentarse a su lado en la iglesia, los prefieren en sus casas, lejos, frente a sus televisores o en iglesias online.

Cuando era adolescente mi país fue visitado por un alto dignatario mundial. El aeropuerto estaba cerca de poblaciones marginales (callampas, se les decía en ese momento). Barriadas de gente pobre que construía sus miserables viviendas con cartones, latas y maderas desechadas. No sé a qué funcionario, de los “brillantes” que abundan en la política, se le ocurrió que la mejor solución era poner una pared entre la carretera y dichos barrios, para que los que vinieran del aeropuerto no tuvieran que ver la pobreza de dichas personas, y de paso, dar una “imagen” de más alcurnia.

A veces pienso que en la iglesia hay algunos que han construido una especie de barrera, entre ellos, los “más santos”, y los otros, los que han caído en desgracia y por lo tanto hay que esconderlos.

Jesús no tuvo temor de rodearse de prostitutas, ladrones, y enfermos. Los parias de su sociedad. A ellos visitó, abrazó y amó. Y cuando se acercaron los religiosos de su tiempo para reprocharle su actitud simplemente les contestó:

―No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos sino a pecadores (Mr. 2:7).

Y la última frase es una clara ironía, de las que Cristo utilizaba en abundancia porque: ¿Quién es justo? ¿Quién está libre de pecado?

Lo que pretendió enseñar Jesús es que finalmente él no puede hacer nada por aquellos que se consideran justos y sin pecado. La condición básica para ser salvo es entender que se está enfermo y necesitado de su gracia. Cuando eso no ocurre, entonces, la religión, las buenas nuevas, el mensaje eterno, carece de poder transformador.

La iglesia que constantemente le está recordando a las personas sus pecados pasados, no son iglesias, sino purgatorios, campos de concentración y tortura. Los pastores que no aceptan la redención son aquellos que no pueden entender el poder transformador de Dios y en ese sentido, se convierten en instrumentos del enemigo.

Dile a tu pastor que estudie la Escritura, porque aún ignora el poder transformador de Dios. Para muestra, algunos de los grandes héroes y heroínas de la fe, los que proclamamos, aquellos de los que hablamos, de los que se hacen sermones y se inventan cantos, los héroes que deseamos imitar… pero de los cuales no queremos entender su curriculum vitae, la realidad es que:
  • David, fue un violador, asesino, mentiroso, sanguinario, de mal carácter, e hipócrita. 
  • Salomón, fue un adúltero compulsivo y un degenerado sexual que escondía sus impulsos enfermizos en matrimonios de conveniencia. 
  • Pablo, fue un asesino, fanático y cruel. 
  • Pedro, fue un mentiroso y un traidor. 
  • Rahab, fue una prostituta que se convirtió en princesa y la abuela de Jesús. 
  • Juan, era tan soberbio y violento que lo llamaban el “hijo del trueno”. 
  • Manases, fue un tirano, ególatra y megalómano que no dudó en aserrar a Isaías. 
  • Moisés, fue un asesino, mentiroso y cobarde. 
  • Miriam, tenía una lengua viperina, chismosa y camorrera. 
  • Mateo, era un ladrón profesional y un mentiroso por definición. 
  • Abraham, fue un cobarde, un mentiroso compulsivo, y un homicida frustrado que no dudó en embarazar a su propia empleada y luego abandonarla en el desierto para que muriera. 
  • Judá, fue un codicioso, cuya lujuria lo llevó a embarazar a su propia nuera confundiéndola con una prostituta. 
Ninguno de ellos podría haber pasado la prueba del que hace llamar “pastor” de tu iglesia. De hecho, con los criterios que algunos utilizan para “medir” la vida cristiana, todos ellos se habrían convertido en exiliados entre sus hermanos. Habrían sido excluidos y alejados de la comunidad cristiana y no los tendríamos hoy como ejemplos de redención, transformación y gracia.

La serpiente que susurra 

No permitas que ese “pastor” que susurra a tu oído como la serpiente del Edén te arrastre con culpa y necedad. No olvides el mensaje bíblico:
Dios “perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión” (Sal. 103: 3-4).
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados (1 Jn. 4:10). 
En Jesucristo “tenemos redención, el perdón de pecados” (Col. 1:14). 
Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo (1 Jn. 2:1). 
Satanás lucha por desanimarnos y utiliza como instrumentos a los legalistas y fanáticos que creen que ser cristiano es vivir de apariencias. Jesús vino a buscar a los perdidos, a los que tienen conciencia de pecado, a quienes saben que no merecen la gracia. Vino a dar esperanzas a quienes las han perdido. Cuando alguien no promueve eso, es simplemente acólito del enemigo de Dios.

El amor que cubre faltas 

No le hagas caso a ese pastor, discípulo de tú sabes quién. Busca al Señor que redime, al Jesús que vino a buscar precisamente a personas como tú, que han sido hundidas en el pecado, y que luego por su gracia son redimidas, rescatadas y restauradas.

Quién debe jugársela por ti es tu novio. Él es quien debe entender que “el amor cubre multitud de pecados” (1 Pe. 4:8). Por lo tanto, es él quien debe luchar para que tú seas restaurada plenamente.

Si te ama, no debería temer seguir adelante con la relación. Porque el amor es capaz de restaurar y redimir.

Si te ama te va a aceptar con tu pasado y logrará construir una vida a tu lado, porque el amor verdadero hace eso, cubre, protege, redime, restaura y anima.

Así que los diálogos más importantes los debes tener con él, no con el pastor que no entiende nada. Es tu novio quien debe ser, tal como en el caso de Booz y Ruth, tu redentor, el que esté dispuesto a comprar tu pasado porque sabe que tiene un futuro contigo.

Lo que habilita para el pastorado 

No sé de dónde salió esa idea macabra de que las personas que son aptas para el ministerio deben ser impecables, con un pasado sin faltas. Si fuera por eso Pablo, Moisés, Abraham, Pedro, Juan y muchos otros estarían descalificados para ser ministros.

Lo que califica no es el pasado, sino el presente redimido y el futuro de gloria que se produce con personas que se dejan transformar por la gracia de Dios.

Al contrario, como esposa de un pastor podrías hacer un bien mucho mayor, puesto que les darías esperanza a las mujeres y jóvenes que se han desviado y han tenido que morder el polvo de la derrota y la humillación. Darías esperanza tal como la daba Rahab, la ex prostituta de Jericó, la que se convirtió en esposa del príncipe Salmón y llegó a ser la madre de ese extraordinario hombre que fue Booz. Estoy seguro que cuando otras prostitutas veían a Rahab del brazo de su esposo se les llenaban los ojos de lágrimas, pero de gozo, de esperanza, de futuro, porque sabían que ellas también podrían llegar a ser como ella. En su presente ellas veían sanidad para su pasado. Es lo que debería ser siempre la redención, esperanza.

No bajes la cabeza. No permitas que la persona que dirige tu iglesia te doblegue. No dejes que discípulos del averno te impidan ver la luz. Si en ese lugar no creen en la gracia, busca una comunidad cristiana que si tenga a Jesús como centro, pero no dejes que te encarcelen de nuevo en la desesperanza y te alejen del único que puede darte fortaleza, Cristo, tu libertador. Escucha a Pablo, el ex-asesino, el ex-perseguidor, el ex-fariseo, el ex-fanático, el ex-despiadado: 
Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto, manténganse firmes y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud (Gál. 5:1). 
Al levantarte cada día, sonríe, llena de esperanza y di con una sonrisa en tus labios: Soy una hija de Dios, mi Señor, él "ha roto mis cadenas" (Sal. 116:16).

Conclusión 

Espero escuchar de ti y saber que no sólo eres la esposa de un pastor, sino que además, estás haciendo un ministerio que trae bendición a miles de jóvenes que hoy pululan por las calles sin esperanza. 

Busca y lee el libro de Sharon Jaynes, Tus cicatrices son hermosas para Dios, y luego levanta la frente: Eres una hija de Dios redimida por su gracia. No eres la dueña del universo, pero si su hija.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Jesús preparó el desayuno

Pedro fue un cobarde, como tú y yo probablemente lo seríamos en circunstancias parecidas. No sólo negó que era discípulo de Jesús y que lo conocía, también comenzó a decir palabrotas de grueso calibre con tal de convencer a su audiencia. Fue una forma poco sabia de actuar. Tenía tanto miedo de ser apresado con Cristo que utilizó la forma soez de hablar, que seguramente había aprendido junto al mar, mientras peleaba con otros pescadores. Era un hombre rudo, acostumbrado a defender lo suyo. Sin embargo, en esta ocasión pudo más la presión del grupo.

¿Te suena conocido? ¿Has estado en una situación donde el grupo pudo más que tu conciencia? ¿Tus compañeros de trabajo, de estudio o tu familia te presionaron tanto que terminaste negando tu fe? Pues Pedro no es el único traidor, de su misma estirpe somos todos, unos de una manera y otros de otra forma, terminamos finalmente negando que hayamos estado con Cristo y que le hemos conocido.

Estaba en lo mejor diciendo las palabras más soeces que pudiera recordar cuando de pronto escuchó cantar el gallo y en ese momento recordó las palabras de Jesús:

―Esta misma noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces.

Cuando se acordó observó el rostro de Jesús que por un instante lo vio y salió de aquel lugar y se fue a las afueras de la ciudad y lloró amargamente. Lloró como alguien que ha sido derrotado. Lloró por su orgullo herido. Lloró porque una vez más Jesús tenía razón. Lloró por su cobardía. Sintió de pronto un peso sobre sí tan grande que parecía que el aire se le iba y con sus sollozos y lamentos no podía respirar. Sentía vergüenza, sabía que su gesto sería recordado para siempre. Que vez tras vez la gente se referiría a su forma tan ruin de actuar.

Se sumergió en la noche oscura de su amargura. En el silencio triste y melancólico de quienes saben que han fracasado. Sobre sus hombros caídos sentía un peso como nunca antes había experimentado. Estaba solo. Entre la negra bruma de la oscuridad sólo se sentían sus sollozos amargos. La tristeza anegaba su mente. Esa noche no pudo dormir.

Antes había prometido de manera solemne:

―Señor, no sólo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel sino también morir junto contigo.

Cada vez que se acuerda de esas palabras siente vergüenza. Sólo pensar en el ridículo que ha hecho lo llena de un sentimiento de tristeza enorme. Pero, no sólo lo negó una vez, sino tres veces y utilizando el vocabulario más degradante que se le pudiera ocurrir para hacer convincentes sus palabras. En tan sólo un momento ha tirado por tierra tres años de estar con Jesucristo.

Cada vez que escucho a alguien decir: “A mi no me va a pasar”, “yo soy fuerte”, “he aprendido la lección”, “he madurado”, etc. y otras tonterías por el estilo, pienso en Pedro, y en lo seguro de sí mismo que se sentía. Mientras más seguro, más frágil. Mientras más orgulloso, más débil. La lección de Pedro deberíamos recordarla todos los días, pero somos duros, porfiados, envalentonados en nuestros legalismos aprendidos, que no entendemos cuán débiles somos a la negación de Cristo.

El domingo en la mañana está junto a los demás en el aposento alto, lamentándose, con miedo, escondido, confundido, triste. Escucha que las mujeres cuentan que Jesús ha resucitado, como buen machista de su tiempo, no les cree, porque su estereotipo le dice que las mujeres no son confiables, así que se va corriendo a la tumba para constatar por sí mismo. Supo que Jesús había resucitado y sintió alegría, pero también un gran pesar.

Luego, ese mismo día Jesús se apareció a todos en el aposento alto, y Pedro no dijo nada, sólo se mantuvo en un rincón, en silencio, sin acercarse a Cristo. Avergonzado, temeroso, con culpa, como se siente todo aquel que ha fallado, que sabe que no ha dado la nota que corresponde, que ha fracasado. Jesús tampoco le dijo nada.

Jesús cita a sus discípulos en la montaña. Se demoran varios días en llegar allí, de hecho Cristo se reúne con ellos allí una semana después. Pero, ¿qué hace Pedro en el intertanto? En vez de irse a la montaña y prepararse junto con los demás, simplemente se va al lago a pescar. ¡Si! ¡Eso mismo! ¡A pescar! ¿Quién quiere comer pescado en ese momento? ¿Qué le pasa por la mente a Pedro?

Pues, lo más probable es que la vergüenza lo haga pensar que ya no tiene lugar entre los discípulos. Eso ocurre siempre con el fracaso, cuando alguien se siente derrotado, entonces, se automargina, la mayoría de las veces lo hacen porque saben que sus “hermanos” lo aislarán, lo dejarán a un lado, no lo perdonarán y simplemente le enrostrarán su derrota. Para que eso no ocurra, la mayoría de las personas opta por alejarse, lo hace como un mecanismo de defensa, para sobrevivir a las habladurías de sus “hermanos”. Es extraño, pero la dureza de los hermanos suele ser peor que la de los enemigos, los que profesan una fe suelen tener una memoria del pecado ajeno que suele ser escandalosamente extraordinario. Se recuerdan los momentos, las acciones, las palabras, los pormenores, etc., no es extraño que los que sienten culpa se alejen, sus hermanos lo harán al fin de cuenta, así que se va.

Así que allí tenemos a Pedro, saliendo al mar, en su viejo bote, lleno de culpa, de vergüenza, de temor, de tristeza. El que hace unos días atrás estaba cantando junto a la gente en la entrada triunfal, el que se sentía seguro al lado del Maestro, el que soñaba con un lugar en el reino, ahora está solo, tirando las redes y tristemente solitario. ¿Qué triste es equivocarse? ¿Qué dolor da el quedar solo precisamente en el momento en que más se necesita la compañía amorosa de otros? Pero así somos, crueles con los errores de otros y mendigos de comprensión cuando los que nos equivocamos somos nosotros. Aunque lo acompañan sus otros compañeros, va en silencio, sin confesar su falta. No quiere que los otros sepan su error. Los conoce, prefiere mantenerse callado, porque les teme, sabe cuán crueles pueden ser, él también ha sido uno de ellos…

Pasan toda la noche pescando, pero por más que tiran las redes, no logran pescar nada. A la mañana, cuando ya no es hora de pescar, cuando los peces se alejan y la luz aparece en el horizonte escuchan a alguien a la orilla que les pregunta:

―¿Tienen algo de comer?

Ellos responden que no, así que el extraño, que no reconocen, les dice que tiren la red al otro lado de la barca. Así lo hacen, ¿qué tienen que perder? Pero esta vez, son cientos los peces que quedan atrapados, tantos que no pueden sacarlos.

De pronto Pedro siente que su corazón da un vuelco y le dice a Juan:

―¡Es el Señor!

Y sin darle tiempo a Juan de reaccionar se pone algo y salta al agua y nada. Como siempre, precipitado, actúa sin pensar, al llegar a la orilla ve con claridad a Jesús que mostrándole una fogata donde hay peces y pan preparándose, les dice:

―Traigan algún otro pescado para poner en el fuego.

Pedro obedece, va al bote y ayuda a arrastrar la red.

Luego Jesús les dice:

―Vengan a desayunar.

Jesús preparó el desayuno

Sin duda, Jesús preparó el desayuno. Una lección para los machistas que no entran a la cocina. Una lección para los que no perdonan.

Jesús no dijo nada. No le dijo a Pedro: “Te acuerdas que te lo advertí”. No le dio un sermón particular. No lo avergonzó. Hasta ese momento nadie sabe lo que Pedro ha hecho, todos estaban lejos. Es algo que sólo Pedro conoce.

Pero Jesús, no pretende dar una lección que sirva de escarmiento. No es como alguno de sus seguidores de hoy que buscan dar ejemplos aleccionadores, Jesús mantiene silencio y prepara el desayuno.

Lo hace con cariño, con bondad, entendiendo que lo que Pedro necesita es restauración y no reproche. Sabe que un buen bocado alrededor de una fogata después de una noche de frustración es medicina para el cuerpo y para la mente.

Pero Jesús no sólo los invitó a desayunar, también les sirvió, les dio el pan. Todos están avergonzados. No tanto como Pedro, pero saben que han sido unos cobardes que han huido. Cada uno recibe pan y pescado de las manos del mismo Jesús. ¡Qué hermosa lección! ¡Cuán diferente sería la actitud de los que se equivocan si en vez de reprocharlos o hundirlos, les sirviéramos el desayuno y los atendiéramos con bondad!

Sólo cuando han desayunado Jesús conversa con Pedro y le hace tres veces la misma pregunta, como una manera de darle la oportunidad de enmendarse. Tres veces lo negó, tres veces Jesús le da la oportunidad de reafirmar su compromiso con él. Así siempre es Cristo, no nos deja solos en el mar, con nuestra amargura y el dolor. Se acerca a la orilla, nos espera que lleguemos cansados, silenciosos, derrotados, tristes y nos dice:

―¡Vengan a desayunar!

¿No sería hermoso que hiciéramos lo mismo con aquellos que se han equivocado? Que nos acercáramos y les dijéramos:

―Te invito a almorzar, quiero cenar contigo…

Jesús da el primer paso. Es falso eso que dicen que Dios espera que el pecador vaya arrepentido a él, eso no es lo que hace Dios, él siempre nos busca, siempre nos da la oportunidad de enmendar, él se acerca y nos dice:

―¡Ven! ¡Te preparé comida! Quiero comer junto a ti.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ni yo te condeno

La muchedumbre gritaba alterada. Sus voces airadas se unían a risas sarcásticas y miradas llenas de lascivia. La mujer iba siendo arrastrada desde los cabellos. Parecía el espectáculo degradante de un circo de fieras intentando morder a su víctima. La ironía es que los que así actuaban eran religiosos, hombres que llenos de vanidad y amor propio que se subían semana a semana a los escenarios para vociferar la “verdad” de sus enseñanzas, sin embargo, en ese momento imbuidos por una falsa piedad, no tenían empacho en ensañarse con crueldad con la mujer que ellos mismos habían inducido a degradarse.[i] 

A medida que la muchedumbre avanzaba la golpeaban, le tiraban los cabellos y le iban arrancando las ropas, tal como se acostumbraba en esos espectáculos degradantes de apedreamiento. La mujer en vano intentaba cubrirse y sollozaba aterrorizaba mientras veía a los representantes de la religión tratarla peor que a un animal.

Luego, con hipocresía calculada se acercaron al Maestro de Galilea, al hombre que acechaban desde hace meses, y que de una u otra forma pretendían destruir y le dijeron con la voz melosa de quienes mienten para lograr sus fines:
―Maestro.

Y hay en esta palabra una ironía de aquellas que sólo pueden decir políticos y religiosos que han hecho del poder su derrotero de la vida. Reconocen, engañosamente por un instante, como Maestro a aquel que odian y detestan profundamente, porque su vida les reprende. Le dicen Maestro a la persona que quieren destruir y lo hacen sin ninguna pizca de auto reprensión ni dándose el trabajo de analizar lo que dicen, simplemente, los empuja la ambición por destruir a quien les dice día a día que son traficantes de sueños, mercaderes de la religión, vendidos a un sistema destructivo.

Luego añaden, con calculada firmeza, las palabras que según creen ellos va a destruir a Jesús:

―Esta mujer.

Y lo dicen con arrogancia y desprecio, tratándola como un objeto que ha perdido todo su valor y al que le queda nada más que ser destruido.

―Ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio.

Si eso es cierto, entonces ellos han contemplado el acto y se presentan como testigos, o simplemente, han urdido una trampa donde hay más cómplices, incluyendo a la persona que se ha prestado para aquella felonía.

―En la ley, ―dicen con voz que denota triunfo, porque creen que están sorprendiendo a Jesús― Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?

La ley establecía que el marido tenía que realizar la acusación y no hay tal. Además, se decía claramente que en tales casos, de abierta transgresión, tanto el varón como la mujer deben ser juzgados, aquí no hay tal cosa, lo que evidencia su mala intención.

¿Cómo es que un grupo de religiosos que suelen hablar de moralidad y decencia se prestan para un acto tan repugnantemente falto de caridad y bondad?

Jesús los observa. Mira a la mujer que está ante él medio desnuda y temblando de miedo, mira su cabeza inclinada al suelo y sus manos que intentan cubrir su desnudez, siente compasión por ella. Mira a los hombres que la traen, todos ellos religiosos de experiencia y respetados en la comunidad, personas que suelen jactarse de su dignidad religiosa. Observa sus gestos altaneros, sus miradas frías y sin compasión, y ese brillo engañoso en la mirada de quien cree tener la última palabra y se da por vencedor.

Ellos no entienden lo que Jesús sabe que cuando los religiosos acusan, se acusan. Que cuando los que defienden la espiritualidad condenan, se condenan. Ellos no entienden que con sus palabras cavan su propia tumba. La religiosidad no es de acusaciones y condenas, eso hacen los carniceros que en vez de guiar a las ovejas, las destruyen.

Jesús sin embargo, ve más allá. Sabe lo que traman. Conoce sus intenciones. Observa cómo sus ojos y gestos los delatan. Entiende que detrás de su fachada de religiosidad aprendida y ensayada, hay personas que lastimadas por su pasado de reglas, normas y frías leyes, ahora usan la misma forma para desquitarse de otros. Ve en ellos la falsedad de sus acciones y el deseo de anotarse un triunfo destruyendo su ministerio. Ve sus mentes airadas y contempla su tremenda soledad y miedo. El temor de quienes no conocen la compasión y el amor. La peor soledad es la de la intolerancia.

Sin hacer caso de su pregunta se inclina y comienza a escribir lentamente en la tierra. Los hombres impacientes se acercan y le comienzan a preguntar. Ahora se muestran cansados y ansiosos, quieren una respuesta, son imperiosos en solicitarla, miran como aquel que desprecian sólo escribe lentamente en la arena.

Jesús se para y los observa y luego lentamente les dice:

―El que de ustedes esté sin pecado, lance la primera piedra.

Ellos han caído en su propia trampa. La ley señalaba que si alguien debía ser apedreado tenían que ser los testigos los primeros en arrojar los peñascos a la víctima. Algunos se acercan un poco más a Jesús y observan lo que él escribe lentamente en la arena. Quedan mudos de impresión al ver que en la tierra están siendo escritos sus faltas escondidas, aquellas que sólo ellos creen saber. Los pecados que han ocultado a otros y que los ha hecho ir por la vida religiosa como si fueran impecables y dignos de santidad.[ii]

Jesús escribe en la arena. También está pensando en ellos, en que tienen una oportunidad de enmendar su vida. Siente que la religión los ha envilecido, que necesitan respirar el aire renovador de la gracia. El legalismo los ha marchitado al grado de que ya no logran tener sentimientos de compasión hacia aquel que ha fallado. Sabe que alguna vez algunos de ellos tuvieron compasión, sin embargo, sabe bien que ahora la frialdad, el sarcasmo y la dureza a ocupado el lugar de la tolerancia, el amor y la compasión. Escribe en la arena, porque también quiere borrar el pecado de ellos.

Uno a uno, desde los más viejos a los más jóvenes, se van marchando. Ellos saben que son culpables, entienden que no tienen derecho a condenar. Por un instante ven la luz y se dejan atrapar por ella. Están ante la presencia de alguien a quien no pueden refutar ni engañar. Se van cabizbajos, derrotados, nostálgicos al haber quedado en evidencia, algunos entienden que ese es el momento en que es posible ver luz al final del camino.

Las piedras quedan tiradas como mudo espectáculo de una ira religiosa mal encarada. No ha habido sangre, ni dolor, sólo la vergüenza de entender que han participado de una escena degradante y lastimeramente vergonzosa, no sólo para la religión que dicen representar, sino para ellos mismos, porque han revelado ante los demás la verdadera naturaleza de su carácter. El sonido angustioso que fluye desde su interior y que se refleja en actos de impiedad y legalismo que destruye a otros. Una forma de autodestrucción que no ha sido calculada.

Cuando todos se han ido Jesús, estando solo con la mujer, la mira con la misma compasión de antes. Sabe que en su interior hay una gran lucha, confusión, vergüenza y una soledad inmensa. La soledad que sienten aquellos que han sido despreciados y humillados. La soledad de los perdidos y condenados. La triste soledad de las personas que no tienen esperanza.

Jesús se levanta y le pregunta lo que es obvio:

―Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Es evidente que no la han condenado. ¿Por qué Jesús hace una pregunta tan obvia? ¿Por qué la agudeza que ha mostrado hace un instante ahora parece ser una niñería? Sin embargo, está queriendo que ella entienda lo que realmente ha ocurrido.

Ella contesta aún asustada:

―Ninguno, Señor.

Y Jesús, como en una película extraordinaria hace un final de antología, el fin que hace memorable todo lo que allí ocurrió, la verdadera grandeza de su acto de compasión:

―Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no vuelvas a pecar.

Otra versión dice: “Ni aún yo”… en otras palabras, “yo, que soy el único que podría arrojarte piedras, no lo hago”. ¡Qué extraordinario! ¡Qué hermoso! Jesús, Dios del universo, el Santo de los Santos, el que estuvo en el origen y planeó venir a morir por los pecadores no está para juzgar ni para condenar.

Algunos, los legalistas de siempre, han querido ver en las palabras de Jesús: “Vete y no peques más”, un llamado a la santidad llena de justificación por obras, pero no es ese el mensaje. Pensar que ella, a partir de ese día no se va a equivocar más, es pensar que no es humana, y es no entender el verdadero sentido de las palabras de Cristo. El verdadero problema del pecado es la naturaleza pecaminosa, Jesús entendiéndolo no puede estar pidiéndole perfección de allí en adelante. Lo que le dice es:

―No te equivoques, analiza por qué llegaste hasta allí, no vuelvas a caer en lo mismo.

En otras palabras, su consejo está cargado de ternura y de un claro sentido de esperanza.

Si los religiosos nos encargáramos de dar esperanza, la vida sería distinta.

Si Jesús, el único santo e impecable que existió no se atrevió a condenar, ¿con qué derecho lo hacemos nosotros?

Si Jesús que hizo de la compasión su forma de vida no llevó a esta mujer a la desesperación y el abandono, ¿por qué deberíamos abandonar nosotros a quien se equivoca?

Si la religión es la que presentaron los escribas y fariseos, entonces, es una falsedad destructiva. Si ese es el camino de la religión, entonces, no hay esperanza para ningún ser humano.

Jesús dice a continuación y dirigiéndose a la multitud que ha contemplado la escena:

―Ustedes juzgan según los criterios humanos. Yo no juzgo a nadie.

Si Jesús no juzga a nadie y conoce exactamente los motivos de las personas, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?

Hay en las palabras de Cristo no sólo una certidumbre total acerca de la verdadera piedad y la certeza de que la dureza, la crueldad, la frialdad, y la acusación sin compasión, no sirven para nada. Jesús, el Dios del universo, el único que tiene derecho a hacerlo, simplemente, no juzga.

En el aire quedan flotando las palabras:

―Ni yo te condeno.

La mujer va caminando. Con la misma ropa raída, con los cabellos alborotados, pero con la frente en alta. Va sonriendo. Se siente en paz. A partir de ese día se convierte en una de las más fieles seguidoras de Jesús,[iii] tal como ocurriría con todos los que se equivocan si en vez de condena tuviéramos compasión.

Epílogo 

Tengo un nudo en la garganta y ganas de llorar. Quisiera escuchar y hacer mías las palabras de Jesús:

―Ni yo te condeno.

Pero hay tantos acusadores a mi alrededor que no alcanzo a percibir las palabras del Maestro en medio de los gritos y palabrotas.

El otro día vino un hombre a hacer un trabajo en mi casa, en algún momento me acerqué y le dije:

―Usted es cristiano.

―Si ―me dijo― pero no asisto a ninguna iglesia.

―¿Por qué? ―le pregunté curioso.

―Porque me mandé una y me salí.

―Hace cuando fue eso ―le pregunté con más curiosidad.

―Hace ocho años.

―¡Ocho años! ―exclamé impresionado― ¿Por qué no vuelve? Deben haberse olvidado.

El hombre me miró con una sonrisa socarrona y me dijo:

―La gente tiene problemas para olvidar y los de la iglesia no olvidan nunca.

Hoy recibí una carta de una mujer que ha dejado de ir a la iglesia por la forma que fue tratada cuando se dieron cuenta sus “hermanos” de un error que había cometido. Tristemente he recibido cientos de misivas con mensajes similares…

Cuando personas que dicen amar a Jesús condenan, en realidad, con eso demuestran que nunca escucharon: “Ni aún yo te condeno”.

Cuando personas que dicen seguir a Jesucristo están con las manos listas a lanzar piedras con eso señalan que nunca entendieron la ironía de Jesús: “El que de vosotros esté sin pecado, lance la primera piedra”.

Cuando los que van a congregarse a templos y congregaciones religiosas para cantar himnos de adoración, pero no están dispuestos a abrazar al pecador, nunca escucharon a Jesús decir: “Yo no juzgo a nadie”.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.


[i] “Aquellos hombres que se daban por guardianes de la justicia habían inducido ellos mismos a su víctima al pecado, a fin de poder entrampar a Jesús”. Elena G. de White, El deseado de todas las gentes (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1989), 426.
[ii] “Cuando sus ojos, siguiendo los de Jesús, cayeron sobre el pavimento a sus pies, cambió la expresión de su rostro. Allí, trazados delante de ellos, estaban los secretos culpables de su propia vida”, Ibid., 427.
[iii] Ibid.

martes, 11 de mayo de 2010

El decálogo de un buen Fariseo

  • No mostrarás a nadie tus propias luchas y temores. Actuarás frente a los demás como si todo estuviera superado, sin pecado, impecable y todo arreglado frente a Dios.
  • Serás implacable con los errores de otro. Mostrarte de otro modo podría dar a entender que eres débil, y ese no es un camino adecuado para quien ha elegido vivir como un buen fariseo. 
  • Darás más importancia a las normas que a las personas. Una normativa es infinitamente superior a cualquier persona. La norma debe ser protegida, no importa si en el camino se daña o destruye a alguien, lo importante es que la norma sea salvada.
  • No te asociarás con nadie que no sea de tu secta. Los puros, es decir los fariseos, deben guardarse de la contaminación con cualquiera que no sea digno. Hablar, compartir, ser compasivo, participar en actividades de los que no son puros, es simplemente rebajarte y hacerle un flaco favor a los puros. 
  • Te preocuparás cada día de memorizar y estar atento al cumplimiento de los mandatos de los más puros. Las normas se han creado para seguirlas, un buen fariseo las estudia, las analiza, las memoriza y luego las cumple, sin mediar ninguna excusa obedece sin pensar. 
  • Darás una buena imagen. No importa si tienes dudas o si en algún momento aflora alguna inclinación natural. Todo lo que muestre debilidad, debe ser escondido. Los demás deben verte siempre como un faro que ilumina. Nunca rebeles tus debilidades, eso sería lo más bajo que puedes hacer por la causa de los puros. La imagen lo es todo. 
  • No le darás la oportunidad a los que yerran de explicar sus motivos. Simplemente, ese camino sería excusar la falta y tú no puedes caer en ese juego. El pecador se merece todos los castigos que pueda recibir, darle oportunidad de defensa puede hacer que se creen simpatías o atenuantes que minimicen la falta, y eso no es una buena idea. Los puros deben mantener los estándares altos, a toda costa. 
  • Acuérdate de todas las faltas de quienes han errado en el pasado. Anótalas, guárdales, recuérdalas y cuando tengas oportunidad sácalas a colación. No le des la oportunidad a algún pecador de redimirse. Recordarles sus faltas es la mejor manera de mantener la pureza y evitar que esos impíos se acerquen a los puros, a los que han sabido mantenerse justos a prueba de débiles. 
  • Honrarás de todas las formas posibles a quienes han llegado antes que tú al camino de los puros. Es tu forma de aprender que ellos han tenido que luchar mucho más tiempo que tú en mantener la pureza de la secta y por lo tanto merecen todos tus respetos, elogios y panegíricos, que nunca son suficientes. No dudarás de sus consejos y opiniones, en este caso, la duda es pecado. 
  • Procurarás de todas las formas posibles mantener la pureza de la liturgia, el formalismo y los ritos. Son una forma de mostrar ante el mundo lo que somos. Es una manera extraordinaria de relacionamiento público. No varíes en nada lo que los puros han venido haciendo desde hace mucho. Los puros no explican ni varían, sólo actúan.

martes, 20 de abril de 2010

Mentiras que te contaron

¿Alguna vez te dijeron que si te esforzabas suficiente podrías superar tus defectos de carácter? ¿Vino alguien diciéndote que si te lo proponías podrías dejar a un lado esos pensamientos impuros que te abordan cuando menos lo piensas? ¿Te dijeron que si ibas a la iglesia, orabas y leías la Biblia, las ganas de estrangular al profesor de física se te irían automáticamente?

Lo cierto es que te mintieron. Por mucho que te esfuerces no puedes superar tus defectos de carácter. Tampoco puedes evitar esos pensamientos que vienen a ti. Y los deseos asesinos que te asaltan más de una vez, estarán ahí cuando menos lo pienses.

Y antes de que cierres este blogs escandalizado permíteme contarte una realidad que tal vez sí te dijeron, pero como estabas tan ocupado tratando de portarte bien quizá no escuchaste.



La teología del fariseo se concentra en las acciones pecaminosas, pero no en el fondo del asunto. En otras palabras, se trata de hacer cosas buenas. Sin embargo, la raíz más profunda del mal no es la acción pecaminosa en sí, sino aquello que la provoca.

La raíz del pecado no son las acciones pecaminosas que cometes. La mayoría de los cristianos (incluidos los adventistas) “no están realmente interesados en el pecado”, su interés se centra en las acciones cotidianas: no mentir, no robar, no asesinar, no maldecir, etcétera. Sin embargo, la verdad es que el problema más profundo del ser humano no son sus acciones pecaminosas sino el pecado. Esa tendencia que está tan arraigada en nosotros y que no podemos evitar tener.

La estela del fariseo

Uno de los problemas de la religión del fariseo es que deja una estela profunda de frustración a su paso. Quienes tienen su mente concentrada en las acciones pecaminosas corren dos riesgos: uno es autoengañarse creyendo que al abstenerse de matar al vecino ya son buenas personas; y en segundo lugar, convertirse en jueces implacables de las conductas erradas de las personas que están a su lado.

La ironía de Jesús al decir a los fariseos que colaban el mosquito pero se tragaban el camello (Mat. 23: 24) consiste en que –bienintencionadamente– ponían su atención en las acciones cotidianas; sin embargo, en su ceguera, dejaban a un lado la raíz del problema.

No importa cuánto lo intentes, nunca serás bueno por tu propio esfuerzo.

La vida cristiana no consiste en hacer determinadas acciones para dejar de pecar, sino en admitir con honestidad que no es posible dejar el pecado por muy buenas acciones que realices.

El problema de fondo no son las acciones pecaminosas, sino la naturaleza contaminada con el pecado que tú y yo hemos heredado. No adquirimos de nuestros padres su pecado, pero sí la tendencia hacia el mal, y aunque también tenemos inclinaciones a realizar determinadas acciones buenas, en el contexto global lo malo
es más poderoso que lo bueno.
El que intenta llegar a ser santo mediante sus propios esfuerzos para guardar la ley, está intentando un imposible”.[1] 
Si lees bien esta cita te darás cuenta de que no nos deja alternativa. Es como intentar derribar una montaña utilizando la cabeza como martillo, el único que se dañará serás tú y la montaña seguirá intacta.

Del mismo modo, “no ganamos la salvación por nuestra obediencia”.[2] Esa es otra mentira repetida hasta la saciedad por quienes simplemente están luchando con su pecado con tal grado de frustración que no quieren estar frustrados solos.

Lo cierto es que:
La educación, la cultura, el ejercicio de la voluntad, el esfuerzo humano, todos tienen su propia esfera”, pero para cambiar la naturaleza pecaminosa no tienen ningún poder.[3] 
Pueden producir una corrección externa (es decir, hacer ver que eres bueno), pero no pueden cambiar el corazón (en otras palabras, tus pensamientos impuros seguirán estando ahí); no pueden purificar las fuentes de la vida (seguirás queriendo estrangular al profesor de física).

La única forma de cambiar es que obre un poder externo a ti. El único cambio real viene desde Cristo y de nadie más.

No lograrás cambiar a menos que le digas honestamente a Jesús en oración: “¡Señor, no puedo! ¡Por mucho que lo intento no puedo hacerlo! ¡Ayúdame!”

En ese momento, comenzará la transformación.

Sólo en la convicción de tu propia incapacidad y en el esfuerzo por dejar que Cristo obre en ti está la clave de una vida cristiana victoriosa.

Referencias

[1] Elena G. de White, El camino a Cristo (Miami: Asociación Publicadora Interamericana, 1981), 60.

[2] Ibid., 61.

[3] Ibid., 18.