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domingo, 21 de agosto de 2011

Libertad de opinión, difamación, calumnia e injuria

Dr. Miguel Ángel Núñez

La libertad de opinión debe ser defendida como uno de los grandes logros del mundo moderno. Como diría la escritora inglesa Evelyn Beatrice Hall (1868–1919), en una frase erróneamente atribuida a Voltaire: “Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas”.

Opinar no debe estar en duda. Cada persona tiene derecho a la libre expresión, limitarla o anularla es simplemente un atropello a un derecho básico. De hecho el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos la consigna como un derecho fundamental. 
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.
Sin embargo, una cosa es opinar y expresar libremente y otra forma distinta es la difamación, la calumnia y la injuria. Algunas personas no logran entender la diferencia.

Difamación

Una opinión difamatoria tiene como objetivo destruir la honra y el prestigio de una persona. Cuando es oral, constituye un agravio, puesto que tiende a no trascender. Cuando es escrita toma la forma de un libelo puesto que queda consignado en un medio fijo, sea electrónico o en papel. En ambos casos, es difamación.

Lo que se dice es una mezcla de mentira y verdad, no obstante, los lectores u oidores, que reciben la información, no pueden distinguir claramente entre la verdad y el error. La ambigüedad es una de las características de la difamación.

Un ataque difamatorio es siempre una acción a mansalva. Es expresar opinión basado en rumores, informaciones parciales, mentiras, medias verdades, ambigüedades, énfasis desproporcionados y datos parciales.

La mayoría de los países defiende el derecho de las personas a la libre expresión. No obstante, muchas de ellas han creado leyes para condenar la difamación. Lo primero es un derecho, lo segundo un delito.

Injuria

La injuria es prima hermana de la difamación. La expresión injuria viene de una expresión latina compuesta que significa "lo contrario al derecho".

Es injuria todo acto dirigido contra una persona con el fin de perjudicar su reputación, o que atenta contra su autoestima, y que llega a ser conocido por terceros, en una acción lesiva y con publicidad en cualquier medio social.

Puede expresarse en expresiones soeces, de desvalorización, atribuir malas o segundas intenciones, dar información parcial para hacerse una idea equívoca de otro, despreciar ideas o comportamientos de otros, comparaciones denigrantes, expresiones ofensivas, motejar, mofarse o burlarse de algún individuo. Por lo tanto, todo lo que tienda a destruir la honra de otra persona, puede considerarse un acto injurioso.

El artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos señala claramente que:
Todo ser humano tiene el derecho natural al debido respeto de su persona, a la buena reputación.
Basado en este predicamento es que han surgido las leyes que condenan la injuria.

Calumnia

La calumnia está emparentada con la injuria, se constituye en tal cuando una persona emite una declaración falsa sobre otro individuo. Para que se configure el delito, la falsedad debe ser comunicada de manera oral o escrita en cualquier forma posible.

Siempre en la calumnia hay una acción intencional de dañar y sembrar dudas sobre la honorabilidad de una persona. Se constituye en delito toda vez que se cause no sólo daño efectivo en situaciones laborales o sociales, sino también por los efectos psicológicos que provoca en las personas calumniadas.

La ética de la libre expresión

La libertad de expresión debe ser éticamente sustentable. Afirmar algo sin base ni sustento no es libre opinión sino difamación.

Un comportamiento ético que se basa en principios entiende que toda persona tiene derecho a tener un buen nombre y una buena reputación.

Alguien puede estar equivocado, podemos opinar de sus ideas, incluso sobre su comportamiento, pero siempre cuidando de no atacar al individuo sin base ni sustento. Aún cuando sea errado su accionar tiene derecho a ser considerado inocente, hasta que no se demuestre lo contrario.

La delgada línea

Hay una delgada línea entre la denuncia y la difamación. Cuando algo no está bien y algún momento es necesario denunciarlo es un deber moral hacerlo, no obstante, es preciso que sea atendiendo a los hechos exclusivamente, sin declarar algo más.

Cuando se denuncia algo, pero sin sustento, basado en opiniones sin fundamento se está ante un acto difamatorio, por mucho que nos moleste la conducta u opinión que pretendemos denunciar.

Argumentum ad hominim

Concepto de la lógica formal. Literalmente significa “argumento contra el hombre”. Cuando se usa este resquicio errado de la persuasión lo que se pretende analizar pierde validez lógica.

El análisis de alguna idea o concepto debe ser hecho sobre la base de los argumentos exclusivamente. Cuando el análisis degenera en ataques personales, el argumento pierde valor.

La persona es irrelevante al análisis y al argumento. Personas de conducta errática como Anás pueden decir verdades y lo mismo a la inversa.

Cuando se ataca la honorabilidad de una persona, entonces se cae en un argumento que puede ser persuasivo, pero que está viciado. Un buen argumento sólo analiza los datos desconectados de la vida del individuo.

Religión y libre expresión

En muchas ocasiones, personas honestas, motivadas por un celo desproporcionado de la fe propia, tienden a difamar, calumniar o injuriar a quienes no tengan los mismos principios y conceptos religiosos.

Una cosa es el análisis de las ideas de otros, otra cosa muy distinta es injuriar, calumniar o difamar. Lo primero es algo necesario toda vez que las personas tienen derecho a examinar con cuidado qué ideas quieren creer, lo segundo, es un delito que atenta contra el derecho a la honorabilidad de las personas.

Cuando una persona religiosa, por muy honesta que sea, crea un estereotipo sobre alguna persona con la cual no comparte sus ideas religiosas, simplemente, con dicho acto invalida la defensa de sus propias ideas.

La libertad de opinión y de expresión no debe ser limitada ni siquiera para cuestiones religiosas o teológicas, no obstante, siempre deben expresarse respetando la honra, buen nombre y credibilidad de otros.

La defensa de la verdad se obstruye, denigra o anula, cuando en el celo por la certeza religiosa o el dogma que sustentamos, denigramos, motejamos, desvalorizamos, nos burlamos, injuriamos, difamamos, o calumniamos a quienes sostienen una idea contraria. Es lo que la Biblia llama maledicencia.

Muchos religiosos se sienten con derecho a la injuria porque supuestamente están defendiendo su convicción religiosa. Dicha forma de actuar no es admisible, toda vez que la defensa de la verdad no implica cometer delitos.

El silencio de los testigos


Ahora bien, todo esto tiene un correlato ético que es necesario analizar. Siempre que se difama, calumnia o injuria a alguien hay testigos. Cuando los testigos callan, entonces, se convierten en cómplices y son tan culpables como los difamadores, calumniadores e injuriosos.

Callar ante el atropello de alguien es validar la conducta errada. Callar ante la injuria es complicidad. Callar ante el agresor, por comodidad o "prudencia", es cobardía.

En la Alemania nazi la mayoría de los cristianos, de los que decían estar comprometidos con Dios y su Palabra callaron ante las atrocidades del régimen. De nada sirvió que después salieran a pedir disculpas, el daño estaba hecho, el ateísmo alemán contemporáneo tiene alguna lógica.

En la Rusia de los zares, los cristianos comprometidos callaron ante el atropello que sufrían los judíos por haber sido culpables de "la muerte de Cristo". El rechazo a la religión que vino después es parte de los efectos del silencio de los testigos.

En Latinoamérica, la mayoría de los cristianos callaron ante el atropello de los derechos humanos efectuado por los gobiernos de facto que irrumpieron de manera salvaje en la historia de miles que fueron asesinados, destrozados y torturados. El descrédito de los grupos religiosos que hay en Sudamérica es parte de la reacción ante el silencio de los que supuestamente deberían defender lo bueno, lo justo y lo de buen nombre.

Se podrían dar cientos de ejemplos históricos que muestran las graves consecuencias de callar ante la injusticia, la calumnia, la injuria y la difamación, actitud, que lamentablemente han tenido a través de la historia muchos cristianos. Ruanda, EE.UU., Kosovo, El Salvador, Nicaragua, Francia, España, y la lista sigue, de países que en diferentes momentos de la historia han sido testigos de diferentes tipos de agresión a personas que sólo defendían su derecho a opinión, mientras los cristianos, callaban para ser "políticamente correctos" o simplemente, por silencio cómplice.

En la iglesia, cuando alguien es difamado, injuriado o calumniado, y el resto de la hermandad calla por prudencia, miedo o lo que sea, provoca no sólo que muchos se alejen de la fe, sino que tarde o temprano dicha actitud se convierta en la forma tradicional de actuar.

El derecho a opinar

Nadie debe ser privado de su derecho a opinar. La libre expresión es un derecho fundamental consignado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, la libre expresión está reñida con formas de actuación que constituyen delito: Difamación, injuria y calumnia.

Los religiosos, especialmente, deberían ser instruidos en la lógica de la expresión libre de la opinión para no caer en excesos que invaliden de hecho sus propias verdades.

Opinar es un derecho. Injuriar, difamar, calumniar es un delito. Distinguir una conducta de la otra es clave para un buen entendimiento entre los seres humanos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 11 de junio de 2011

Religión adolescente

Me gusta conversar con adolescentes, muchos de ellos tienen opiniones tan definidas que parecieran que nacieron sabiendo, lo que no admitirían aunque les apretaran el cuello es que muchas de sus opiniones no son más que el reflejo de lo que han recibido de sus padres y del medio ambiente donde se han criado, en general, es difícil encontrar originalidad en lo que opinan.

―El otro día me visitaron unos Testigos de Jehová ―me dice el adolescente― ellos están mal, ¿verdad? ¿Se van a perder?

―En realidad, no puedo decirte si se van a salvar o perder, no me corresponde ―le digo, no muy interesado en un tipo de conversación de ese tipo. Pero, la reacción que tiene me motiva a continuar, pues a continuación me dice:

―Es que ellos no tienen la verdad, por eso, Dios simplemente los va a condenar.

―¿De qué verdad hablas? ―le digo intrigado.

―La verdad pues ―me contesta un tanto impaciente― lo que enseñamos nosotros. Como no creen lo que nosotros creemos se van a perder.

―¿De dónde sacaste esa idea? ―le digo ahora interesado, con el fin de indagar más sobre su pensamiento.

―Bueno, eso es lo que he escuchado siempre. ¿Cómo Dios los va a salvar si no creen lo que nosotros creemos?

Me quedo mirándolo, quiero asegurarme que lo que me dice es por convicción y no por simple repetición. Le pregunto:

―¿De verdad crees que los que no creen como tú crees se van a perder?

―¡Claro! ¡Es lógico! ¿Cómo Dios los va a salvar? ¿Ellos no tienen la verdad? Usted debe pensar igual, por cierto.

Lo quedo mirando y simplemente sonrío y con su acento mexicano me dice:

―A poco que no cree en eso.

―No ―le digo― me parece una idea simplemente infantil y muy cruel.

―¿Cruel? ¿Por qué?

―Tú has tenido la oportunidad de conocer algo que otros no han conocido, ¿por qué tú deberías recibir un premio simplemente por algo que no elegiste? ¿Qué tal si la persona a la que te refieres no conoció nunca lo que tu conoces?

Se me queda mirando intrigado y me dice:

―Bueno, no es problema mío.

Pienso para mí: ¡Claro! La típica respuesta de un adolescente cegado por su propio egoísmo, a esa edad no existe nada más allá fuera de tu nariz.

Le respondo con la intención de hacerlo reflexionar:

―Ninguna religión, ni la tuya es perfecta en todos los sentidos. Todas las religiones tienen aspectos fuertes y otros débiles. No puedes condenar a alguien simplemente porque no conoce lo que tú conoces.

―Si, pero Dios no puede aceptar a las personas con ideas diferentes.

―En realidad, Dios no está tan preocupado de las ideas, sino de la coherencia. Al fin de cuentas, todo rayo de luz procede de la misma fuente. Lo que pretendo decirte es que no puedes ser juez de la religiosidad de otros.

―Pero tiene que haber una religión que sea verdadera.

―Si, pero no creo que esté a nuestro alcance encontrarla de manera plena. Creo que todas las iglesias tienen algo que enseñarnos. ―Procedo a referirle bondades del mundo pentecostal, mormón, testigo de Jehová, incluso le hablo por un momento de budistas y musulmanes.

Me mira intrigado, como queriendo interrumpir y me dice:

―Pero eso no es ecumenismo.

―No ―le digo― no te estoy diciendo que vamos a formar una religión universal donde hagamos una ensalada de credos, sino te estoy hablando de respeto. Cada persona tiene derecho a creer lo que quiere, y todos debemos aprender a respetar las ideas de otros, incluso si aún son contrarias a las que tú crees.

―No entiendo.

―Me doy cuenta ―le digo, un tanto frustrado.

―Mira ―digo a manera de ilustración― supón que vamos todos en un barco. Allí hay judíos, pentecostales, adventistas, mormones, budistas, musulmanes, etc. Todos están en el barco y quieren llegar al puerto. ¿Cómo se hace para llegar sin tener conflictos?

Me mira intrigado y me suelta:

―Bueno el capitán va a decidir qué religión se va a tener en el barco.

―Eso sería imposición, y no estaría bien. Desde el punto de vista ético, sería falta de respeto a la conciencia individual. Supón que el capitán sea proclive a los musulmanes, y entonces les dice a todos que en el resto del viaje está prohibido leer la Biblia, guardar el sábado o el domingo, y que tienen que orar tres veces al día en dirección a la ciudad sagrada del Profeta y respetar el viernes como día de reposo para Alá. ¿Cómo te sentirías?

―Pues mal, no me estaría respetando.

―Ahora ―a la inversa― supongamos que el capitán es pro-adventista y dice que el resto del viaje se guardará el sábado, se estudiará la lección de la escuela sabática y se leerá sólo la Biblia. ¿Cómo te sentirías?

El adolescente me mira, sonríe y contesta:

―Pues bien, si tenemos la verdad, eso estaría bien.

Bajo la cabeza frustrado y pienso para mí: ¡Adolescencia! ¡Qué cabeza dura!

―Pero no sería justo para los demás. Tú me has dicho que no estaría bien que a ti te impongan ser musulmán, pero tú estarías contento de imponer a otros el ser adventista, ¿no crees que eso es incorrecto?

Me mira en silencio y contesta:

―En realidad si, pero es que ellos no tienen la verdad.

―Tú verdad, pero tienen la verdad, la verdad que ellos han conocido y que creen honestamente y pretenden seguir con plena certeza.

―No me gusta pensar así.

―Claro ―le digo― porque eso exige que seas tolerante con otros, que no juzgues, que no condenes, que escuches, que puedas ponerte en el lugar de otra persona.

―¡Entonces! ¡Cuál es la mejor religión!

―En realidad, ninguna. Toda religión tiene aspectos positivos y negativos. Tú debes decidir en conciencia qué quieres para tú vida, así como no puedes exigir a otro a creer a la fuerza, nadie tiene el derecho de hacerte creer a la fuerza a ti. La comprensión de una persona es distinta a la otra. Si tú sientes que tienes una verdad superior, pues vívela, enséñala, pero no debes imponer ni pretender que otros están perdidos porque no creen lo que tú crees, porque eso es simplemente una visión parcial e injusta, por esa vía han muerto millones de personas bajo la intolerancia, la discriminación y el odio religioso. Ese no es el camino.

―¿Entonces no hay una religión verdadera? ―me dice intrigado.

―Creo que si hay mejores ideas que otras, pero eso es un asunto tan personal que no puedes convertirte en juez de nadie. Eso crea intolerancia y un mecanismo de discriminación. Si tú consideras que lo que crees es la verdad, vívela, se coherente, pero respeta el derecho de otras personas de creer de una manera distinta a ti.

―Si entiendo, pero ¿si alguien no actúa bien?

―Te acuerdas de la ilustración del barco ―le digo mientras el asiente― pues la función del capitán que puede ser el estado o la ley, es garantizar que el barco llegue a puerto y que en el camino todos sean respetados y tengan un espacio para vivir la religión que han elegido. Si alguien altera el bien común intentando que otros crean a la fuerza lo que él cree, o haciendo cosas que pongan en peligro el barco o la estabilidad de otros, en ese caso, el capitán debe poner orden porque está en juego el principio de la comunidad y de la estabilidad del barco. ¿Entiendes?

―Si ―me dice con una expresión de resignación, como si se hubiera quedado sin argumentos.

Charlamos un momento más y luego nos despedimos. Mientras él se iba pensé en tantos que simplemente viven una religión adolescente, que los hace actuar como justicieros intolerantes y agresivos con otros, simplemente porque en el fondo quieren tener el poder para imponer sus ideas a todo el mundo, sin percatarse que ese camino simplemente, tarde o temprano, lleva a la destrucción de todos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.