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viernes, 26 de agosto de 2011

La estructura mental del fariseo


Dr. Miguel Ángel Núñez

Ser fariseo no necesariamente implica pertenecer al grupo de seguidores de la secta (Lc. 5:30) que existía en los tiempos de Jesús. Es una forma de pensamiento que nunca ha dejado de estar presente en la religión, traspasa las fronteras ideológicas y se sumerge en los vaivenes de la historia. Aflora siempre, con formas variadas y modificadas, para manifestarse de una manera u otra, pero en todas las ocasiones con una misma estructura de pensamiento.

El sectarismo fariseo

La mente sectaria se caracteriza por su actitud cerrada en sí misma y por la manera en que observa a los demás. El espíritu de “nosotros” y “el resto del mundo”, esconden un sentido de orgullo y vanidad personal. Es la vieja costumbre de construir muros alrededor de sí mismos creyendo que todos los demás están excluidos de la gracia, solamente porque yo (es muy importante el yo), tengo “una verdad” (porque tampoco se trata de LA VERDAD, en términos absolutos, ¿quién podría tenerla? Sino de una verdad parcial, particular y exclusiva).

El concepto “fariseo” viene de una expresión hebrea que podría traducirse como “puros”. Desde el nombre se observa su actitud sectaria. Le dicen al mundo “nosotros los puros” y ustedes los impuros. Esa auto denominación de “puros” ya es un acto de presunción, no obstante, no alcanzan a percibirlo, igual que los fariseos modernos que en su presunción orgullosa tampoco alcanzan a percibir cuán alejados están de aquello que pregonan.

¿Qué habrán hecho en su mente para racionalizar el dicho del sabio que escribió tajante?
¿Quién puede afirmar: ‘Tengo puro el corazón; estoy limpio de pecado’? (Pr. 20:9).
Sólo lo puede decir alguien que está tan ciego frente a su propia condición que no entiende ni siquiera lo que hace.

Los puros no se juntaban con los demás. No querían que otros “impuros” lo contaminaran. Eso me hace sospechar de dicha pureza, porque cuando alguien no desea contaminarse con la “impureza” de otros, entonces, su propia pureza está en entredicho. Por eso Jesús era visto con escándalo. Se juntaba con prostitutas, ladrones y despreciados, que en épocas de Cristo eran los pobres (si eran pobres era porque no contaban con la bendición de Dios), los enfermos (si estaban enfermos era porque Dios los había castigado), y algunos oficios (pastores de ovejas, peleteros, sepultureros, recolectores de basura, gente que en la mentalidad judía se habían convertido en la casta de los despreciados).

El fariseo no logra entender la oración de Jesús:
No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno (Jn. 17:15).
Para el fariseo esas palabras eran chino básico, no las entendían, su dialecto mental no se los permitía.

Por eso que insistentemente se preguntaban:
¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores? (Mt. 9:11).
No lograban, en sus mentes “puras”, entender que lo que Jesús hacía era como irónicamente él mismo dice: Visitar a los enfermos, no a quienes en su justicia propia creían estar sanos (Mt. 9:12). Sin embargo, al estar ciegos se contentaban con murmurar en contra de Cristo (Lc. 15:2) y burlarse de él (Lc. 16:14).

La norma y lo normal

La expresión “norma” viene de “normal” y aquí aflora la siguiente actitud mental de los fariseos, consideraban que lo que ellos proponían como estilo de vida era lo “normal”, por lo tanto, lo que ellos hacían se convertía en “norma”, y de allí a crear toda una “normativa” respecto a su estilo de vida era la consecuencia lógica de creer que ellos estaban dentro de lo “normal” y los demás “en lo anormal”.

¿Qué es normal? Lo que los fariseos no captaron nunca es que lo “normal” siempre se vincula a un hecho cultural. Lo consuetudinario se va convirtiendo poco a poco en “norma” y se construye a partir de ese hecho. La norma, que se da a partir de lo normal, se convierte en una especie de camisa de fuerza, porque ata, limita, condiciona y no se puede ver más allá de la propia nariz.

Es interesante que vez tras vez Jesús se pronunciara en contra de “la norma” de los fariseos, pero nunca hizo ninguna declaración sobre la conducta “normal” de los judíos.

Hay allí un mensaje que normalmente en las discusiones sobre “normas” olvidamos: La cultura responde a una estructura mental, cuando la mente se transforma, entonces, por ende lo cultural también será transformado. Jesús no estaba enfocado en lo cultural, sino en la transformación mental, pero no condenaba a nadie por ser o no cambiado, entendía que es un proceso, que puede llevar toda la vida, tal como le llevó a Pedro superar su concepto cultural que los no judíos también podían ser parte del pueblo de Dios, por ejemplo.

Nunca Jesús pretendió imponer una norma, su invitación era para una vida nueva, pero no condenó a nadie que no lo siguiera, ni aún a aquellos que lo merecían. A las únicas personas que trató de manera dura fue a los fariseos que estaban tan ciegos que no lograban percibir cuán lejos se habían ido de la gracia de Dios. Tan ciegos que no eran capaces de ver los milagros que Jesús hacía en la vida de otros (Jn. 9).

Misericordia, no sacrificio

La estructura mental del fariseo deriva en sacrificio, por una simple razón. Para mantener la pureza es necesario “hacer algo”, no es posible descansar en la gracia, es imprescindible que me pruebe a mí mismo y al resto de los “puros” que soy parte de un grupo individualizado y único.

Aquí entra a tallar la identidad. Los fariseos buscaban desesperadamente elementos que los distinguieran de los demás. Querían hitos de identificación, que las demás personas supieran apenas los observaran que ellos eran “los puros”. La vieja mentalidad del “nosotros” y “el resto del mundo” podía más en la mente farisea.

El problema de centrarse en sí mismos fue lo que llevó a los fariseos a dejar de ver a Dios. Aquí se da un punto paradojal, queriendo defender a Dios se concentraron en sí mismos y en otros. No entendían la gracia y la misericordia de Dios, por lo tanto, se concentraban en el “hacer” lo que supuestamente le agradaba a Dios con el fin de tener la aprobación divina. ¿Por qué era tan importante la sensación de aprobación? Simplemente porque no confiaban en la gracia. No entendían que la misericordia de Dios los cubría y los hacía aptos para Dios, ellos querían aportar algo, dar a conocer una forma de vida distintiva que fuera su pasaporte para la eternidad. Por esa razón les molestó tanto cuando Jesús les dijo:
Porque misericordia quiero, no sacrificios (Mt. 9:13).
Se deben haber preguntado: “¿De qué sirve entonces todo lo que hacemos?”, “¿Qué se cree este que viene a poner en duda nuestro sacrificio personal?”.

Una justicia superior

En algún momento, Jesús quien intentaba hacer que sus discípulos dejaran de mirar la norma y se concentraran en la gracia les dijo:
Porque les digo a ustedes, que no van a entrar en el reino de los cielos a menos que su justicia supere a la de los fariseos y de los maestros de la ley (Mt. 5:20).
Los discípulos, que no dejaban de ser judíos, se sintieron sorprendidos y pensaron para sí: “¿Entonces quién?”. Ellos veían la justicia propia de los fariseos, estaban conscientes de su esfuerzo y sacrificio, y ahora venía Jesús a decirles que la justicia de ellos debía ser superior. ¿Cómo alcanzar la norma farisea? ¿Cómo llegar a imitarlos?

Ellos pensaban en la norma, como todos aquellos que aún no entienden la gracia.
Jesús pensaba en su justicia, la justicia ofrecida por Dios a la humanidad, la justicia que había ofrecido desde un comienzo en el Edén cuando mató a un animal y con las pieles de dichos animales hizo ropas para la confundida primera pareja. Desde ese instante Dios les dijo, la justicia no es subjetiva, no viene desde ustedes, de su mente ni de sus intenciones, la justicia viene desde afuera, es objetiva, proviene de Dios.

El dilema de los fariseos modernos es que siguen teniendo la mentalidad de la primera pareja, que luego de saberse pecadores, buscan por sus propios esfuerzos cubrir su culpa, esconderse de Dios, poner algo sobre ellos que los haga invisibles a la divinidad. Dios viene, con cariño, con bondad, sin gestos de condena y sin decirle nada simplemente mata a un animal, presumiblemente un cordero, y prepara ropas para ellos con dichas pieles. El primer peletero de la historia fue Dios mismo, que con ese acto mostró su infinito amor.

Los fariseos de hoy aún siguen tratando de hacer ropas de hojas de higuera para cubrir su sensación de pobreza, viven acomodando su justicia personal, preguntándose diariamente ¿qué querrá Dios? ¿Cuándo seré apto? ¿Cuándo alcanzaré la norma? Sin entender que no es esa la pregunta correcta sino entender que Dios se pregunta ¿cuándo aceptarán mi justicia? ¿Cuándo permitirán que les quite ese ropaje de piedad para cubrirlo con mis ropas de santidad?

El fariseo se concentra en “lo prohibido” (Mt. 12:2), porque sus ojos están cegados a la gracia que cubre sus pecados. Por esa vía Jesús entendía que ellos:
Les cierran a los demás el reino de los cielos, y ni entran ustedes ni dejan entrar a los que intentan hacerlo (Mt. 23:13).

Sepulcros blanqueados

Probablemente la reprensión más fuerte realizada por Jesucristo a algún ser humano fue esta, que no es precisamente un elogio, sino raya con la ofensa y la ironía incisiva (Mt. 23:27). Lo que está haciendo Cristo es utilizar un último recurso dialéctico y discursivo a ver si alguno de ellos reacciona y logra entender su condición. Fue, en cierto sentido, mucho más suave que Juan el Bautista que los llamaba “camada de víboras” (Mt. 3:7). No quisiera estar en sus zapatos. Ya es duro ser pecador, pero que me llamen “víbora” o “sepulcro blanqueado” es terrible.

La mentalidad farisea se concentra en “parecer”, no en “ser”. Buscan incansablemente mostrarse ante los demás puros, correctos, con identidad, dignos, sanos, buenos, sin comprender que por dentro viven todo lo contrario. Su sensación de indignad la cubren cumpliendo normas y viviendo de tal manera que su “pureza” exterior, oculte su “inmundicia” interior. Cuando Jesús utiliza esta expresión está dejando en evidencia la condición no sólo farisea sino humana.

El fariseo se concentra en superar “los pecados”, Dios busca que entiendan que eso es imposible. Que el gran problema de la humanidad es la “naturaleza corrompida”, que la hemos recibido como herencia y ante la cual nada podemos hacer. Si no se produce un milagro desde Dios, no hay posibilidades para los seres humanos, ninguna. La “superación de pecados particulares”, sólo lleva a la frustración y el auto engaño. A la simulación de piedad, a la búsqueda de una identidad santa frente a los demás. Sólo cuando entendemos que el problema es “la naturaleza pecaminosa” no el pecado que hacemos diariamente, entonces y sólo entonces, es posible que comience a producirse el milagro de “vivir una vida nueva”, que viene como efecto del trabajo que hace Dios en nosotros y por nosotros. Sin embargo, este pensamiento es demasiado fuerte para la mentalidad farisea, no lo pueden aceptar, echa por tierra sus esfuerzos personales y no puede sentirse aceptado.

Condena

¿Qué le queda a la mentalidad farisea cuando se le ha quitado el piso en el que asentaba su ideología? La defensa de su modo de vivir, que se traduce en condena a todo aquel que no vive a la altura de lo que ellos creen. Miran con sospecha a todo aquel que no vive “la tradición” (Mt. 15:1), que es finalmente lo único que les importa.

Jesús iba a las plazas y allí conversaba con las prostitutas, las mujeres consideradas de más baja ralea en la sociedad judía. Una sociedad hipócrita donde muchos, incluyendo fariseos utilizaban sus servicios sexuales, como Simón el fariseo, pero en público manifestaban una actitud de condena. ¿Qué deben haber sentido cuando Jesús les hablaba con cariño, con bondad, sin condena? En realidad, cuando el fariseo observaba la bondad de Jesús se sentía reprendido, y su conducta, tal como animal herido era atacar a quién lo hacía sentir mal.
Jesús visitaba a los publicanos, los ladrones profesionales que hacían de los impuestos su modo de vida, robando, extorsionando, maltratando, humillando, y poniéndose al servicio de un poder extranjero. Nunca Cristo reprendió a un publicano, nunca lo acusó ni lo puso en evidencia. Hizo lo que ningún fariseo habría hecho: Los visitó, comió con ellos a su mesa (Lc. 7:3), les habló, rió con sus chistes, aceptó que lo acompañaran los otros ladrones profesionales, ladrones se juntan con ladrones, así que era normal que estuvieran en las fiestas de publicanos (Lc. 14:1). Jesucristo no hizo relaciones públicas, simplemente estaba cumpliendo el mandato de Dios de mostrar misericordia y amor, y lo hacía no separándose de ellos, sino mostrándoles cariño y amor, con su presencia y su actitud. Era eso lo que producía el cambio, el que hizo que Zaqueo devolviera lo que había robado, no para ganarse el reino de Dios, sino porque había sido ganado para el reino por la gracia mostrada por Jesucristo.

Por esa razón los fariseos se ofendieron tanto cuando Jesús les dijo: “Las prostitutas y los publicanos van en vez de vosotros al cielo” (Mt. 21:31). Noten que pongo otra versión, porque es tan fuerte que la mayoría de las traducciones lo ha suavizado escribiendo “antes de”, pero no fue eso lo que les dijo Cristo, los despreciados y los que se saben pecadores, van en vez de ustedes. En otras palabras, ustedes no pueden ir, su justicia propia no se los permite.

No es extraño que planearan el asesinato de Jesús (Mt. 12:14), pero no sintieran que aquello era una aberración. ¿Cómo es que iban a dormir tranquilos creyéndose salvos, si estaban planeando matar a alguien? Es la vieja paradoja, la mentalidad farisea llega a racionalizar tanto su presunción que llegan a creer que el maltrato a otros es lícito si lo hacen para defender lo “que le agrada a Dios”, sin entender que lo que le agrada a Dios es la misericordia, especialmente ante el que está consciente de su pecado.

No vieron la gracia, en su presunción llegaron a afirmar que Jesús hacía milagros a nombre de Beelzebú (Mt. 12:24). El fariseo sospecha de todo aquel que se sale de la norma que él proclama como única. Es lo que hicieron con Jesús (Jn. 9:16), y nunca han dejado de hacer.

La desgracia del fariseo

La mentalidad farisea, concentrada en la justicia propia y en la norma no puede vivir feliz. Al contrario, no descansa. En cada instante siente que puede fallar. A cada momento se da cuenta que puede equivocarse, por lo tanto, sólo cree estar a salvo viviendo la norma, buscando lo normativo como modo de vida, para de esa forma, en el auto engaño que ha construido, sentir algo de paz, una paz precaria que lo hace vivir la vida en constante penitencia. Luego, tiene la enorme necesidad de exhibir a Dios lo que hace porque de esa forma siente, en su mente enferma y perdida, que ha hecho algo digno y Dios tendría “la obligación” de escucharlo. Es la actitud del fariseo que “oraba consigo mismo”, como dice irónicamente Jesús. Sin embargo, el publicano que conocía su condición, que entendía con claridad que no era digno, no quería ni siquiera alzar su cabeza, para orar como oraba todo “buen judío”, mirando al cielo, cara a cara con Dios, y con las manos en alto. Sin embargo, luego de haber derramado sus pensamientos delante de Dios, el publicano siente paz, se sabe perdonado. Por lo tanto baja a su casa justificado, tal como dice la Escritura.

Al llegar a casa ¿quién cree que celebrará el publicano o el fariseo? Pues el fariseo seguirá en penitencia, porque no se sabe perdonado, no vive la gracia, está atrapado en la norma, por lo tanto, vivirá la angustia del perdido, del que no tiene descanso mental y por lo tanto, vivirá una depresión religiosa permanente y se preguntará ¿qué hago para agradar a Dios? Pregunta absurda, como si Dios necesitara algo, mentalidad distorsionada del que cree a partir de su egoísmo que Dios es un ser egoísta que está esperando sólo personas que le alaben, cuando en realidad, lo que no entienden es que Dios espera celebración, quiere gozarse con la alegría del que entiende que la justicia de Dios está satisfecha con la “muerte del cordero”, con la muerte del penitente.

Jesús muestra que la verdadera justicia de Dios siempre lleva a la celebración. El pastor encuentra a la oveja perdida y hace una fiesta (Lc. 15:6). La mujer encuentra su moneda y hace fiesta (Lc. 15:9). El padre recibe al hijo que estaba muerto y hace fiesta (Lc. 15:23-25). Pero el fariseo se queda afuera “escuchando la música del baile” (Lc. 15:25), rumiando su amargura y preguntándose ¿por qué celebran? ¿Por qué hacen fiesta? ¡El pecador no merece fiesta! ¡Hay que condenarlo! En su ceguera no participa de la alegría y se pierde lo mejor de la celebración y se va solo, amargado, a vivir la norma. La tragedia del fariseo es que no celebra, sólo vive penitente, con miedo a equivocarse y sin salir nunca de su amargura. Se queda en la vereda del frente mirando la alegría de otros, la tragedia del fariseo es que no llega nunca a comprender que la redención produce celebración.

Conclusión

En una ocasión los discípulos se acercaron a Jesús, no sé si en son de chisme o de preocupación, el texto no lo dice, pero conociendo a los seguidores de Jesús en ese momento, que estaban en proceso de transformación y aún no entendían, me inclino más por lo primero. Le dijeron a Jesús:
¿Sabes que los fariseos se escandalizaron al oír eso? (Mt. 15:12).
La respuesta de Jesús es desconcertante:
Toda planta que mi Padre celestial no haya plantado será arrancada de raíz —les respondió—. Déjenlos; son guías ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en un hoyo (Mt. 15:13-14).
En otro momento Jesús les dijo a sus discípulos:
—Tengan cuidado —les advirtió Jesús—; eviten la levadura de los fariseos y de los saduceos.
Pero como los discípulos eran tan niños para pensar ante su incertidumbre les dijo:
Entonces comprendieron que no les decía que se cuidaran de la levadura del pan sino de la enseñanza de los fariseos y de los saduceos (Mt. 16:6, 12).
En otra ocasión Jesús les dijo a sus seguidores, refiriéndose a los fariseos:
No hagan lo que hacen ellos, porque no practican lo que predican.  Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas.  Todo lo hacen para que la gente los vea (Mt. 23:-3-5).
Por dura que parezca, sigue siendo la respuesta de Jesús, para el fariseísmo, que aún después de siglos, no termina de desaparecer.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

jueves, 14 de julio de 2011

Restauración

Dr. Miguel Ángel Núñez

Cada vez me planteo más si creemos en la redención, la gracia y el perdón, especialmente con el que se equivoca. En muchas ocasiones tratamos al que yerra como un paria que no tiene derecho a una segunda oportunidad, como si aquellos que no han vivido la experiencia del error fueran jueces y justicieros.

Al leer el libro de los periodistas Fred Cornforth y Tim Lale, Diez que se fueron[1] que narra la historia de personas que estuvieron en la iglesia y que por diversas razones se fueron, lo que queda es un sabor amargo. Por ejemplo:


  • Lindsey, tiene 30 años, dejó la iglesia en el año 1978: El periodista le pregunta: “¿La visitó alguien de la iglesia cuando usted dejó de asistir a ella? –No” (p. 22). Sin palabras. 
  • James, de 30 años también, abandonó la iglesia en 1987: La pregunta es¿Qué hechos lo llevaron a abandonar la iglesia?: Él cuenta: “mi matrimonio terminó en un divorcio […] Cuando las cosas comenzaron a andar mal en casa acudí a la iglesia en busca de ayuda, pero no encontré allí ninguna estrategia de asistencia para matrimonios en crisis. Mi único y gran reproche a la iglesia fue mi clamor desesperado en procura de ayuda. Un clamor que nadie respondió. Nadie me visitó. Nadie me llamó. […] En la iglesia, nadie preguntó qué necesitábamos. Sólo les interesaba saber si era culpa mía o de mi esposa” (p. 31). Siempre el tema de la culpa está presente, como si nos interesáramos más en saber a quién apedrear que a quién redimir. 
  • Jackie, de 20 años, dejó la iglesia en 1991: Fuma desde el momento de más compromiso con la iglesia. Vivió un profundo estado de depresión. Ante una pregunta del periodista responde: “si volviera a la iglesia en estas condiciones viviría constantemente con el temor de ser descubierta y rechazada. Me llena de zozobra pensar que si los hermanos me descubren borrarán mi nombre de los registros de la iglesia. Una vez vi cómo borraban a un muchacho. Lo trataron tan duramente. No quiero que eso ocurra conmigo” (p. 40). Y a eso le llaman falsamente “disciplina eclesiástica”, yo le llamo “terrorismo Jomeini. 
  • Ellen, de 20 años, dejó la iglesia en 1989: “Quienes a lo largo de mi vida me hicieron sentir el deseo de llevar una vida espiritual y de tener una relación personal con Dios no fueron personas que me predicaron ni me juzgaron, sino gente que me demostró amor y preocupación, y esas cosas resultaron visibles en sus vidas” (p. 106). Gracias a Dios, muestra el camino verdadero de quienes entienden que la gracia es superior a la ley, siempre. 
El sentido de la restauración

La restauración de alguien que ha cometido un error es tan necesaria como el buscar la salvación para que el que no cree. Confundir esta premisa es no entender el sentido de la salvación.

Aunque la caída de una persona y el abandono de la fe parece ser un hecho puntual, la realidad es que es un proceso complejo en cada persona. Del mismo modo la restauración de quien cae es un asunto complicado y le compete a toda la iglesia participar. No se trata de condena, sino de gracia.

Un consejo paulino

Pablo se estableció en Galacia mientras se restablecía de una dolencia. Mientras estuvo en ese lugar les enseñó a los nuevos conversos el evangelio y los dejó regocijándose de la nueva fe que habían aprendido. Tras su partida, una secta de cristianos judíos proveniente de Jerusalén infiltró a la iglesia de Galacia.

A consecuencia de esta influencia sus miembros adoptaron una actitud intolerante en relación a quienes no estaban viviendo a la altura de las normas que ellos pretendían. La iglesia se dividió y ambos bandos comenzaron a criticarse y condenar abiertamente.[2]

El consejo paulino supone que es imposible evitar que una persona una vez que conoció a Cristo cometa pecado. A veces creemos que la conversión nos deja inmunes al pecado. Pocas veces entendemos que la santificación es un proceso que lleva toda la vida.

En muchas ocasiones, nos encontramos con un problema de tolerancia. Somos más flexibles con alguien que no es del pueblo de Dios. Pero las buenas personas también resbalan. Olvidarlo es peligroso, no sólo para la comunión de la iglesia, sino para la ayuda que se puede dar al que necesita de la gracia.

El pecado

El consejo paulino comienza diciendo: “hermanos, si alguien es sorprendido en pecado” (Gál. 6:1). La versión de Serafín de Ausejo de 1975 traduce “desliz moral”.

La expresión griega para “sorprendido” es “prolemthe” y viene de "prolambano”, en su forma pasiva sugiere que alguien a sido “sobrepasado por una situación” o “entrampado” por algo.[3]

Olvidamos que el pecado es como una telaraña y que es una trampa. Precisamente ese sentido no solemos darle. No todo pecador es un hipócrita empedernido y engañador. Puede que sus intenciones hayan sido buenas, pero, el pecado lo superó.

La palabra que utiliza Pablo para “pecado” en este versículo es "paraptomati" que viene de “paráptóma” que hace referencia a un “resbalón” que podría dar cualquiera.[4]

El deber de la restauración

A continuación Pablo agrega: “Ustedes que son espirituales deben restaurarlo” (Gál. 6:1). Algunos sugieren que en la expresión “espirituales” Pablo está siendo irónico,[5] y sarcástico[6] y es posible considerando las personas a las que se dirigía.


Otro autor sugiere que el título “espirituales” era autoasignado[7] por un grupo de hermanos de Galacia, de allí la ironía de Pablo.

Lo real es que el sentido de “espirituales” está ligado a Ga. 5:18 los que “son guiados por el Espíritu”. Ser espiritual no es llamarse a sí mismo “espiritual” sino tener una relación estrecha con Jesús lo cual implica estar llenos de los dones del Espíritu.

Por esa razón, la reacción apropiada de una persona “espiritual” con un pecador, es ofrecerle la restauración. Sin embargo, es necesario entender que la restauración es un proceso.

La palabra “restauración” viene del griego “katartizo” y la palabra hace hincapié no en el castigo sino en la cura. La expresión era utilizada por los médicos en tiempos de Pablo para referirse “al entablillamiento de una articulación o un hueso dislocados”.[8] Eso implica que restaurar es recomponer, no maltratar. Es el sentido que la Biblia presenta con la misma expresión en: Mt 4:21 y Mr 1:19 “reparación de redes”; Heb 13:21 “capacitación” (NVI);[9] 1 Cor 1:10 “recuperar la armonía”.


Pablo no está diciendo que está de acuerdo con el pecado, pero cree en la necesidad de cubrir con el evangelio al pecador. El que cae necesita ayuda para salir del pozo. Cuando más es necesario aplicar la regla de oro es cuando alguien ha caído.

Elena de White señala: “Con frecuencia hay que decir claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su error para que se reforme. Pero no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos justificarnos. Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina sensibilidad. Lo único que puede valernos en esto es el amor que fluye del que sufrió en el Calvario”.[10]

Tendemos a evaluar a las personas por sus peores momentos. De hecho, cuando nos acordamos de alguien a menudo vienen a nuestra mente los errores antes que las victorias. Ralph Waldo Emerson escribió alguna vez: “cada persona tiene el derecho de ser evaluada por sus mejores momentos”.

La actitud del restaurador

Pablo es taxativo al señalar cuál debe ser la actitud del que restaura: “con una actitud humilde” (Gál. 6:1). Sin duda la “humildad” es fruto de la acción del Espíritu Santo (Gál. 5:23).

Muchos cristianos, que honestamente están intentando vivir una vida cristiana a la altura de los ideales de Cristo tienden a juzgar duramente los errores de los demás. A los cristianos —en general— nos cuesta más lidiar con el pecador que con el pecado. A veces, la justicia reemplaza a la misericordia, lo cual nunca debería ser.

Cuando leí la historia de Donna Long no pude dejar de sentirme triste, ella cuenta, literalmente: “Mi padre, mi madre, mi hermana y yo asistimos a fines de la década del 70 a un Seminario de Revelaciones del Apocalipsis que un evangelista estaba dictando en nuestra ciudad. Mis padres y mi hermana aceptaron al Señor y desearon ser bautizados. Yo todavía no había llegado a conocer al Señor, pero la presión de mi familia y de la iglesia por bautizar una familia entera hizo que yo consintiera en dar ese paso.

Después de nuestro bautismo como familia, caímos en una rutina consistente en asistir a la iglesia alternando con algunas ausencias de tanto en tanto. No hace falta decir que nuestra vida y nuestras prácticas no siempre estaban en armonía con las normas de la iglesia. Durante uno de los períodos en los que no asistíamos a la iglesia, los ancianos de la iglesia vinieron a visitarnos. Me di cuenta de que algo andaba mal cuando rehusaron tomar asiento o aceptar cualquier hospitalidad. Dijeron que venían de parte de la junta de la iglesia.

Dijeron que la junta de la iglesia había votado nuestra exclusión de la lista de miembros pues nuestra asistencia irregular y otras actividades que no representaban correctamente las normas de la iglesia eran una mala influencia para otros miembros de la iglesia. Dijeron que dábamos a la comunidad una mala impresión acerca de la Iglesia Adventista. Dijeron que existía la posibilidad de que fuéramos aceptados nuevamente como miembros de la iglesia si cambiábamos completamente y llegábamos a ser mejores cristianos.

Nunca olvidaré ese día ni la intensidad de mis pensamientos y sentimientos. Podía sentir el calor de las lágrimas que brotaban de mis ojos. Corrí a mi habitación reprimiendo aquellas lágrimas. Aquellos hombres representaban a Dios para mí; eran la voz de Dios. Puesto que ellos me rechazaron, Dios también me había rechazado sin duda. Dirigí mi ira hacia Dios, y todavía recuerdo el dolor que experimenté cuando le di la espalda”.[11]

¿Cuándo recibimos esa ordenanza? ¿Quiénes somos para maltratar a otros? ¿Quién le ha dado autoridad a algunos para hacer sentir mal a quienes deberían estar recibiendo un bálsamo de misericordia, especialmente si se equivocan?

Una advertencia

Para quienes tenían en Galacia una actitud poco humilde y tendían a juzgar Pablo les escribió: “Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado” (Gál. 6:1).

En muchas ocasiones nos olvidamos que no debemos juzgar, no sabemos qué nos va a ocurrir en el futuro. Es muy fácil olvidar que también podemos equivocarnos. Todos somos vulnerables.

Algunos son muy duros con los errores de otros, y por eso, no logran entender la actitud de algunos cuando son ellos los que se equivocan. Erwin Gane dice: “Las personas que han caído en pecado están sujetas muy a menudo a ser marginadas socialmente, condenadas a recibir cartas ofensivas, críticas acerbas y a la ley del desprecio”.[12] ¿Dónde está el Señor en esa actitud? ¿Quiénes somos para juzgar?

Si hubiésemos tratado a Pedro o María Magdalena de la forma en que se trata a muchos que yerran probablemente tendríamos otra historia de sus vidas.

El camino correcto

Pablo agrega: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo” (Gál. 6:2). Lo que el apóstol está señalando sin lugar a dudas es que el deber de todo cristiano es ayudar a quien lo necesita. La “ley de Cristo” es sinónimo de compasión por los demás. Cuando alguien cae la misión del cristiano comprometido con el evangelio es ayudarlo a levantarse, no hundirlo más.

Como señala Elena de White: “Si Cristo es en nosotros ‘la esperanza de gloria’, no nos sentiremos inclinados a observar a los demás para revelar sus errores. En vez de procurar acusarlos y condenarlos, nuestro objeto será ayudarlos, beneficiarlos y salvarlos”.[13]

El camino de la presunción

Pablo conoce muy bien a quienes pretenden ser lo que no son, por eso les dice, “si alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo” (Gál. 6:3)

El autoengaño es el peor de los engaños. Pablo señala de una forma irónica el orgullo: “El que cree ser algo”. El mayor autoengaño es no entender quiénes somos. Dios no puede hacer nada por nosotros a menos que sintamos necesidad de su poder. La tendencia legalista es considerarse superior a otro. Como señala Marvin Moore: “el legalismo es una manifestación de la naturaleza pecaminosa, tanto como la glotonería, la ebriedad y la inmoralidad sexual”.[14]

El llamado al auto examen

Por esa razón Pablo llama a que “cada cual examine su propia conducta; y si tiene algo que presumir, que no se compare con nadie” (Gál. 6:4). El hecho es que la comparación siempre es subjetiva y proclive de error. Otras versiones en vez de “presumir”, traducen “vanagloriarse”.

Es la receta de Pablo para evitar que cometamos el error de tratar mal al que se equivoca: No compararnos con otros.

Hay una sencilla verdad que olvidamos: “Ninguna vida es igual a otra. Nadie vive los mismos problemas”. Como dijo alguien: “Nadie tiene derecho a juzgar a otra, a menos que camine diez leguas en sus zapatos”. Siempre que nos comparamos con otros a menudo emitimos un juicio distorsionado.

Hace algún tiempo conversé con un joven desfraternizado de la iglesia, al verlo tan desanimado le dije:

—Jesús te perdona —y él me respondió aún con más tristeza.

—Si eso lo sé, lo que me duele es que mis hermanos no me perdonen.

Hacerse cargo de sí mismo

Pablo, acertadamente concluye diciendo “que cada uno cargue con su propia responsabilidad” (Gál. 6:5). Cada uno tiene su propia responsabilidad consigo mismo y eso ya es suficiente. Hay tareas que son nuestras y de nadie más. Una de esas es la responsabilidad de enfrentar nuestros propios errores. Al convertirnos en jueces de otros perdemos la capacidad de ver nuestros propios yerros. Al no ver en qué nos convertimos terminamos siendo vulnerables a la posibilidad de caer.

Tenemos que aprender no sólo a no juzgar, sino a perdonar olvidando. Porque el problema con el perdón, es que tendemos a no olvidar. Me gusta lo que leí de la autora holandesa Corrie Ted Boom, Dios tira nuestros pecados al fondo del mar y pone un letrero que dice: “Prohibido pescar”.

La lección final

La iglesia nunca debería dar la impresión de ser una sociedad religiosa donde importen más las normas que las personas. Cuando las normas están por sobre las personas, entonces, la iglesia se anula a sí misma. Pierde su razón de ser, se convierte en una agencia de juzgadores y justicieros y pierde su razón de ser.

El mayor tesoro de la iglesia son las personas. Dios les concede tanto valor que Cristo murió por cada una de ellas. La sangre de Cristo es expiatoria. La labor de la iglesia es regar esa sangre expiatoria, nunca suprimirla en aras de juicios. La actitud puede más que la doctrina. Con las actitudes en muchas ocasiones se anulan las doctrinas. Como alguien dijera: “Tu forma de ser habla tan fuerte que no me permite ver lo que me quieres decir”.

Quisiera ver entre los cristianos con los que me relaciono más amor y compasión, que juicios y condenas, a veces, pierdo la esperanza que así sea.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin autorización del autor.


Referencias


[1] Fred Cornforth y Tim Lale, Diez que se fueron: La historia de diezpersonas que dejaron la iglesia y por qué lo hicieron (trad. Hugo Cotro;Buenos Aires: ACES, 2001).
[2] Marvin Moore, Evangelio versus legalismo: Cómo enfrentar la influencia insidiosa dellegalismo (Buenos Aires: ACES, 1994), 223.
[3] Richard N. Longenecker, Galatians (WBC; vol. 41; eds. David A. Hubbard y Glenn W. Barker;Dallas: Word Books, 1990), 272.
[4] William Barclay, Gálatas yEfesios (trad. Alberto Araujo; Barcelona: Editorial Clie, 1998), 78.
[5] Longenecker,Galatians,273.
[6] Raymond T. Stamm, “The Epistle tothe Galatians: Introduction and Exegesis”, TheInterpreter Bible (ed., George Arthur Buttrick; 12 vols.; New York:Abingdon Press, 1953), 10:574.
[7] C. K. Barrett, Freedom and Obligation: A Study of the Epistle to the Galatians,(Philadelphia: Westminster Press, 1985), 79.
[8] “Gálatas 6:1 – Restauradle”, ComentarioBíblico Adventista (ed. Francis Nichol; trad. Victor Ampuero Matta; 7vols.; Boise: Publicaciones Interamericanas, 1988), 6:983.
[9] Nueva Versión Internacional. Santa Biblia (Miami: SociedadBíblica Internacional, 1999).
[10] Elena de White, Deseado detodas las gentes (Buenos Aires: ACES, 1987), 408.
[11] Donna Long, Adventist Review Mayo 14, 1992, 11.
[12] Erwin Gane, Gálatas: Sendade liberación, (Buenos Aires: ACES, 1990), 123.
[13] Elena de White, Discursomaestro de Jesucristo  (Buenos Aires:ACES, 2009), 109.
[14] Moore, Evangelio versus legalismo, 225.



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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.

viernes, 8 de julio de 2011

Los judíos nuestros contemporáneos

Dr. Miguel Ángel Núñez

Cuando un religioso, de la religión o denominación que sea, utiliza expresiones como “yo si”, “él no”, “nosotros, el pueblo verdadero”, “ellos la religión popular falsa”, o cualquier otra expresión similar, asumen una lógica de exclusión. Sin darse cuenta, y probablemente, sin asumirlo de manera consiente, optan por una actitud de discriminación.


La lógica de la discriminación y la exclusión generan algunas conductas, que no son nuevas, siempre se han observado en los grupos religiosos excluyentes, tales como lo fueron los judíos fariseos en el pasado, y como lo son las religiones fundamentalistas en el presente. Algunas de dichas actitudes son:

Generar un lenguaje de juicio y condenación

Si asumo que el otro no es mi igual y si al mismo tiempo creo que el otro carece de la bendición divina, mi actitud dejará de ser caritativa y se convertirá en condenatoria. La Biblia señala que el único juez es Dios:
¡Dios mismo es el juez! (Sal. 50:6).
¿Quiénes somos nosotros para juzgar la conciencia y la convicción de otros? Eso lleva a una siguiente actitud.

Promover una actitud beligerante

Si me sé parte de los “elegidos”, entonces, es fácil caer en el triunfalismo y eso nos llevará inevitablemente a la beligerancia. Los judíos perdieron de vista su misión, al creerse más importantes que el resto de los mortales se convirtieron en beligerantes, se sintieron con libertad para maltratar a los “extranjeros” (todo aquel que no creyera en Jehová) y comenzaron a calificar de “gentiles” a todo no judío, expresión que proviene del hebreo “gôyim” y en griego “éthnos”, palabras que significan simplemente “naciones”, “gentes” o “pueblos”, pero que en el lenguaje peyorativo judío se convirtió en “paganos", "bárbaros", y comenzaron a menospreciarlas. Incluso, en tiempos de Jesús ya se aplicaba el término a cualquiera que no descendiera directamente de Abraham, aun cuando fuera judío.

Cómo entender esta actitud frente a un Dios que envió a dar testimonio a todas las “naciones”. El apóstol Pablo señaló que el pueblo de Israel tenía la misión de:
Dar a conocer cuál es la gloriosa riqueza de este misterio entre las naciones, que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria (Col 1:27).
¿Cómo dar a conocer a Cristo si se menosprecia a quién no cree de la misma manera en que nosotros creemos? La lógica de la exclusión no permite dar testimonio.




Perder perspectiva

La tercera actitud, ligada a lo anterior, es que la actitud triunfalista y cerrada, hace que se pierda perspectiva respecto a la realidad. Cuando se piensa que se es único y los demás están excluidos, entonces se pierde la capacidad de mirar la realidad de una manera ecuánime y ponderada.

Es un hecho de física y óptica elemental que si miramos a través de un orificio no veremos más que lo que el hueco nos permite ver. Si creo ser el elegido y pienso que los demás están excluidos, pecadores ajenos a la gracia de Dios, que tengo la exclusividad de la salvación, que soy el único portavoz válido de Dios, entonces no hago más que mirar a través de un orificio y muy pequeño.

Jesús dijo:
Tengo otras ovejas que no son de este redil, y también a ellas debo traerlas (Jn. 10:16).
Esta aseveración de Cristo tiene dos implicaciones:
  • ¿Cómo podemos estar seguros de ser parte del redil “oficial”? 
  • ¿Por qué excluir a otros si son parte del redil que también será traído por el pastor y por lo tanto también son hijos de Dios? 
En cualquier caso, el orgullo de ser parte del “redil oficial” o la “exclusión” para quienes no están conmigo, nos hacer perder perspectiva y de paso nos convierte en egoístas, orgullosos y vanidosos.

Generar normas sólo para mantener la identidad de “elegidos”

El asunto, en este punto, no es la “identidad de la salvación”, con las características propias de quienes son salvos:
  • Amor: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn. 13:35). El texto es genérico, no dice “amar sólo a los que van a mi iglesia y piensan como yo”, eso sería mostrar un espíritu sectario. 
  • Caridad: Cuando Jesús venga no va a dividir a las personas por sus ideas ni por las convicciones que tuvo, sino por las acciones que realizó. El evangelio es taxativo y no da lugar a otra interpretación: “Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron” (Mt. 25:42-43). No dice: “Porque fuiste a la iglesia todas las semanas, porque diste diezmo fielmente, porque no dejaste de estudiar tu Biblia”, Dios supone que todo eso, que es bueno, te llevará a tratar de manera caritativa a otros, incluso, a quien no piensa como tú. 
Cuando la “identidad cristiana” no se entiende, entonces se busca una “identidad denominacional” o “identidad triunfalista”. Se generan normas para mostrar cuán distintos somos de los demás, tal como hicieron los judíos, buscando justicia propia, al grado que convirtieron la religión en una carga opresiva, tan pesada y asfixiante que muchos enfermaron de cuerpo y alma por intentar vivir a la altura de los absurdos de dichas normas. Normas que fueron creadas no para dar gloria a Dios, sino para mostrar cuán “distintos somos de los otros, los gentiles, los paganos, los excluidos de la gracia”.

Muchas normas, carentes de lógica, absurdas en exposición y argumento, pero defendidas exclusivamente para mostrar la “diferencia”. Los judíos no se dieron cuenta que con aquella actitud lo que hacían era aislarse, quedarse sin interlocutores válidos y sin poder comunicarse, precisamente con aquellos que tenían que hablar. Eso lleva a la siguiente consecuencia:


Generar el síndrome de separación y sordera crónica

Si creo que tengo la “verdad” (en términos absolutos), así con mayúsculas y defendida con orgullo y arrogancia, sin plantearme ninguna posibilidad de errar o de variar en algún punto, entonces, los demás aparecerán como “equivocados”, “errados”, “trasnochados”, en suma, como excluidos, sin darles ninguna posibilidad de que tengan una idea positiva.

Con dicha actitud se generará aislamiento. ¿Quién quiere juntarse con alguien que tiene todas las respuestas y no quiere aprender?

Se provocará sordera crónica. Si tengo “la verdad”, ¿para qué escuchar a otros? ¿Cómo puede alguien enseñarme algo si lo sé todo?

Aislamiento y sordera, mal que padecían los judíos, que no vieron a Jesús aun cuando lo tenían frente a sus narices. Al estar aislados no pudieron ver lo que pasaba, no pudieron sopesar las evidencias, no escucharon.

El aislamiento impide ver más allá de las paredes de nuestros prejuicios. De esa forma dejamos además de escuchar a otros, porque los hemos descalificado, así que no podemos enriquecer nuestras vidas.

Qué contraste con algunos personajes bíblicos como Juan el Bautista que salía del desierto donde vivía para ir a las ciudades para relacionarse con la gente, para escucharles, para saber cómo pensaban, para luego volver y meditar para encontrar mejores formas de hablarles.

El aislamiento y la sordera generan otra actitud malsana, una falsa identidad.

Generar una falsa identidad

Quienes se consideran parte de un “único pueblo elegido”, al estilo judío, empiezan a creer que sólo hay gracia de Dios para ellos, y para ningún otro ser humano. Cuando se cae en dicha actitud se da un triste espectáculo intentando representar, inútilmente, a un Dios que no hace acepción de personas (Dt. 10:17; 2 Cr. 19:7; Lc. 20:21; Hch. 10:34).

¿Cómo podemos representar a un Dios que no hace acepción de personas y al mismo tiempo despreciar a quienes no piensan como nosotros? ¿Cómo podemos hablar de un Dios que no excluye si al mismo tiempo excluimos?

Ya quisiera ver la cara de sorpresa que se llevarán algunos en la tierra nueva (si es que dejan de ser sectarios), cuando vean llegar a las puertas de la nueva Jerusalén a aquellos que despreciaron y que excluyeron de la gracia. ¡Qué cara pondrán! Pagaría por ver.

El peligro de creerse únicos

La persona que al igual que los judíos, excluye a otros de la gracia, simplemente porque sus convicciones son distintas es peligrosa. Teniendo el poder actúa con violencia y saña con otros.

Es como Pedro, que saca su daga y le corta, sin piedad, la oreja a Malco, ¿para defender a Cristo? ¿Necesita Cristo que lo defienda? ¿Precisa Jesús de nuestra hostilidad hacia otros? ¿No es Dios acaso Dios de todos los que lo aceptan, aun cuando no sean del redil en donde yo estoy?

El ejemplo de Jesús

Jesús trató con bondad a la samaritana despreciada, que pertenecía a un grupo de judíos que tenían otras convicciones. Fue la bondad del maestro lo que despertó el corazón de dicha mujer y la llevó a convertirse en misionera entre su gente.

Trató con amor a los despreciados, que lo eran por causas religiosos. Los pobres, que se consideraba que estaban castigados por Dios; los enfermos que se suponía recibían una enfermedad de parte de Dios; las mujeres, que se consideraba que eran seres inferiores… todos ellos recibieron un trato bondadoso de Jesús.

Trató con bondad, con cariño y aún con muestras de tolerancia, que a ojos de los judíos debe haber sido pensado como una barbarie, a extranjeros considerados “gentiles”, incluso a romanos, que eran los opresores.

Nunca trató a un pecador con saña, ni con falta de bondad. No discutió con quienes creían tener la razón, sólo mostró el camino a seguir.

A los únicos que trató con dureza fue con los que excluían y menospreciaban a otros. Les dijo a los fariseos “generación de víboras”, “hipócritas”, “sepulcros blanqueados”, “ciegos, guías de ciegos”, y no disimuló su frustración frente a personas que supuestamente conocían a Dios, pero se habían convertido en los peores propagandistas del amor divino.

Es interesante que después de la resurrección los discípulos de Jesús se escondieron y la Biblia dice que:

Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos (Jn. 20:19).

¡Le tenían miedo al pueblo que había sido elegido para llevar el mensaje de salvación a la humanidad! ¡Temían a aquellos que decían tener toda la verdad y nada más que la verdad!

No quisiera que alguna vez alguien temiera verme aparecer ante su puerta.

Los judíos siguen siendo nuestros contemporáneos, lamentablemente, las mismas actitudes que se vieron en los días de Jesús aún permanecen en las conductas de muchos que se llaman seguidores de Jesús y que fueron llamados a comunicar las buenas de Salvación, que es a fin de cuentas anunciar que todos tienen posibilidad de salvación si aceptan a Jesús como salvador personal.

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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

miércoles, 15 de junio de 2011

Carta abierta a un lector intolerante

Apreciado amigo:

Tu carta me dejó sorprendido, no por su contenido, porque ya estoy acostumbrado al espíritu antagónico de quienes creen tener la razón y no aceptan una postura contraria, por más razonable que pueda parecer. Me quedé anonadado por tu actitud beligerante, por esa muestra de impiedad que hay en las palabras que usas. Tu carta, por cierto, es en “defensa de la verdad”, mi inquietud es ¿en qué momento la defensa de la verdad se convierte en una guerra contra otro? ¿Qué pasa por la mente de los inquisidores que cuando escuchan ideas contrarias a las suyas, simplemente, demudan el rostro y se convierten en “víboras para el hombre”, parafraseando la frase de Hobbes?

Debo confesarte que después de leer tu carta me quedé con miedo, un profundo y visceral temor a que algún día te conviertas en una persona con poder. No quisiera estar bajo el alero de tus decisiones intolerantes, seguramente si pudieras, me enviarías a la hoguera, tal como hicieron antaño algunos connotados personajes que creían que con eso le hacían un favor a la humanidad.

Los santos como tú me dan miedo. Me producen un gran conflicto en mi mente. Por una parte, sé que están haciendo una defensa honesta de sus creencias, lo que es notable y en muchos sentidos, encomiable, sin embargo, la forma, el espíritu, la actitud, la beligerancia: ¿Será que eso fue lo que nos enseñó el Maestro que nos envió a ser “mansos como palomas”? ¿Dónde quedó la mansedumbre y la humildad que Jesús nos invitó a vivir?

Recuerdo hace unos años, estaba entusiasmado con un artículo que acababa de leer de Jamis Londis. En ese momento estaba haciendo mis estudios de Maestría, y como investigador inquieto que he sido, el artículo de Londis que hablaba de las mentes amplias me tenía entusiasmado. Me acerqué a un profesor de la facultad y le alcancé a decir:

―Leí un artículo de James Londís.

Y sin darme tiempo para seguir me interrumpió con una cara de asco y me dijo:

―Ese es un liberal de porquería, debería pudrirse.

Me quedé estupefacto, un teólogo, pastor, y músico, tres ocupaciones que supuestamente deberían hacerlo sensible y abierto al diálogo, simplemente se habían tornado en una manera arbitraria y demagógica de ver la realidad. En ese momento pensé que en otras circunstancias él se habría ofrecido como gran inquisidor.

Un par de años después, estaba en mi cubículo en la biblioteca, leyendo, trabajando en mi tesis doctoral, cuando de pronto alguien golpeó violentamente mi puerta. El que estaba allí parado era el padre de aquel profesor que me había hablado en términos tan peyorativos de Londis. Le sonreí, pero él no lo hizo, y me espetó una diatriba de palabras que me dejaron sorprendido:

―¿Usted le habló al pastor X de que existe la posibilidad de matrimonios en la tierra nueva?

―Si ―le dije sin entender por qué tenía esa actitud.

Me miró con una cara de desprecio, esas miradas que no se pueden ocultar y que están llenas de odio, aunque se quieran disimular con palabras de circunstancia. Me dijo un montón de expresiones irrepetibles, sacó a relucir que él era un experto en ciencia y religión, que había dado conferencias en muchos países, y que jamás, jamás, había escuchado algo como lo que yo le había dicho a ese pobre hombre que había perdido a su esposa hace unos meses atrás y que ahora estaba devastado. No me dio tiempo para explicar, no pude emitir palabra. Luego se fue no sin antes advertirme con un dedo en mi cara que nadie tenía derecho a decir algo contrario a lo que él había creído por tanto tiempo. Ahí no me pude contener y me largué a reír, en su cara, sin poder evitarlo. Se dio media vuelta lleno de furia, y mientras se iba pensé, recordando al hijo:

―La intolerancia se enseña, no se adquiere por casualidad, es un proceso educativo que se traspasa de generación en generación.

Algún tiempo después tuve un diálogo con el nieto de este personaje, que ya para esas alturas de mi vida me resultaba monstruoso, por su forma de encarar la realidad y su manera tan drástica de tratar a todos los que se oponían a sus ideas. El joven, inteligente por supuesto, un día me hizo una pregunta, no recuerdo el tema, sólo evoco su actitud. Se quedó mudo, me miró largamente y me dijo:

―Eso no es lo que me han enseñado mi padre y mi abuelo.

―¿Qué quieres que te diga? Supongo que puedes utilizar tu cerebro por ti mismo.  ―Le respondí para ver si reaccionaba.

No sé si entendió mis palabras, sólo sé que confirmé nuevamente que la intolerancia se forma en un ambiente de represión ideológica, de imposición, de imposibilidad de análisis propio, de beligerancia y sospecha por todo aquel que tenga una idea ligeramente diferente a la que me he formado.

Apreciado amigo, no sé de qué familia vienes, ni en qué ambiente te criaste, pero sin duda, en algún momento te enseñaron a sospechar de las personas que tienen opiniones propias. Te hicieron creer que existe una sola verdad, irrefutable, y milagrosamente, te dijeron que las respuestas que te dieron eran las únicas posibles.

Siento romper tu ilusión, pero hay muchas maneras de mirar el sol. Aún la luna tiene un lado oscuro que no se ve, pero existe. Quien sostiene tener una verdad irrefutable y cree que nadie puede discutirla, simplemente, se olvida del principio de la inteligencia activa y de que el único absoluto es Dios. Cada vez que se sostienen “verdades irrefutables”, estamos ante la presencia del dogma, de pretensiones de infabilidad y del ambiente que hace posible la falta de respeto y la actitud de desprecio por los demás que piensan diferente.

La verdad es una sola, me dices en tu carta, y claro, coincido contigo, pero… sólo Dios la conoce de manera totalmente certera. Lo que tú y yo tenemos son, como dice la misma Escritura, “vislumbres de verdad”. No es “tú” verdad ni “mi” verdad la que importa, sino aprender a escuchar las diferentes perspectivas porque es en el conjunto de visiones, a veces aparentemente discordantes, donde está la verdad plena.

El dogma anula la facultad de pensar.
El dogma construye palacios a la vanidad intelectual.
El dogma impide el diálogo y el análisis de propuestas divergentes.
El dogma propicia un ambiente de guerra y beligerancia.
El dogma convierte en enemigos a quienes piensan diferente.
El dogma es la base para la falta de respeto y el desprecio a otros.
El dogma, tarde o temprano, elimina y anula la verdad.
El dogma no permite la indagación ni da lugar a la incertidumbre.
El dogma, en suma, es la forma más burda de negar el don divino de la inteligencia.

Apreciado amigo, siento que seas como eres. Me apena saber que estás matando tu capacidad de dialogar, pensar, reflexionar y buscar consensos en el camino del conocimiento de la verdad. Lo siento por ti, porque al descalificarme y tratarme de payaso, eres tú, el que ha perdido el rumbo y vaga por el desierto inhóspito de la arrogancia y la vanidad.  Siento no acompañarte, prefiero quedarme en el bosque de la disidencia, de los indagadores, de los que investigan, de los que dudan, de los que no están conformes con todas las respuestas, de los que siempre están buscando, porque ¿sabes?, por este camino encuentro muchos amigos, compañeros de ruta que no están cegados por el orgullo intelectual y están dispuestos a dialogar, conversar, y modificar sus ideas si de pronto alguien le da argumentos razonables para creer, por ese camino, es mucho más agradable vivir que por el desierto en el que lamentablemente te has sumergido.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

martes, 14 de junio de 2011

Roger Williams y la libertad de conciencia

Cada vez que se habla de religión surgen las reyertas en relación a lo que cree el otro, y sin dudarlo, algunos expresan pensamientos de intolerancia y exclusión digno de los más temibles inquisidores como Tomás de Torquemada, el célebre inquisidor español que hizo de la tortura y el asesinato un arte.

En dicho contexto, es bueno recordar a un hombre que a veces tendemos a olvidar, pero cuyos pensamientos siguen estando vigentes, y hoy, probablemente mucho más que en décadas pasadas.

En muchos sentidos Roger Williams sentó las bases del sistema jurídico contemporáneo que garantiza la libertad de conciencia y culto para todos los credos e ideas. Williams defendió la necesidad que se
garantice a todos los hombres y en todas las Naciones y países la permisión de todas las conciencias y sus cultos, sean paganos, judíos, turcos o anticristianos” (Roger Williams, El sangriento dogma de la persecución, 1644).[1]

Con estas palabras Williams marca una diferencia con los escritores de su tiempo, pide el mismo derecho para “todos” no sólo para algunos.

La huida por la libertad

Muchos de los primeros colonos de EE.UU. llegaron al Nuevo Mundo huyendo de las persecuciones religiosas que se producían en sus países. Fue una época oscura para los cristianos que pretendían vivir conforme a su conciencia.

El clima que persistía en Europa era de intolerancia. Cada facción religiosa pretendía que prevaleciese su propia ortodoxia religiosa, atacando a todas las demás como erróneas y heréticas. Si el asunto hubiese quedado en las palabras, habrían sido discusiones que se tomarían como alterados religiosos, el dilema es que muchos de los que tenían el poder imponían por las armas, el terror y la violencia su propia perspectiva religiosa. Lo mismo que ocurriría hoy si algunos religiosos radicales tuviesen el poder, no dudarían en imponer sus perspectivas de fe.

En 1660 la Iglesia Anglicana emitió la llamada Restauración que fue en la práctica una serie de leyes que lo único que hacían era legalizar la intolerancia hacia todo aquel que tuviera ideas contrarias a la religión oficial de Inglaterra.

En 1648 se había tratado de encontrar una solución a tanta persecución, muerte y derramamiento de sangre y se promulgó el Tratado de Westfalia, que lo único que hizo fue permitir que cada estado tuviese una religión oficial, pero, en el mismo era perseguido todo aquel que discrepara de lo oficial, lo que en la práctica significó lo mismo, pero con otro nombre.

En dicho contexto salieron los primeros colonos desde Europa en dirección a América. Primero en 1620, tres débiles navíos que llegaron a Plymouth, y en la década de 1630 otros tantos que llegaron directamente desde Inglaterra para fundar ciudades como Boston y Salem.

La ortodoxia del Nuevo Mundo

El problema fue que al llegar a América muchos olvidaron las razones por las cuales habían huido a esta nueva tierra. Muchos creyeron que para obtener el favor de Dios debían conservar la más estricta ortodoxia religiosa. Poco a poco se instaló la intolerancia con la misma fuerza y crueldad de la Europa que habían dejado atrás.

Se comenzó a castigar a los disidentes, a desterrar a quienes tenían ideas contrarias a la mayoría y a encarcelar y ejecutar a quienes proclamaban conceptos opuestos a la ortodoxia. La heterodoxia se calificó como delito. La intolerancia había vuelto en gloria y majestad.

El legado de Williams

Tal como señala la filósofa Martha C. Nussbaum, Williams presenta por primera vez el concepto de 
una paz civil basada en el respeto mutuo entre las personas que difieren en sus compromisos de conciencia”.[2]
Williams buscó conscientemente destacar la importancia de 
encontrar un modo de convivir, apoyado en el respeto mutuo, con las personas que uno cree que están equivocadas”.[3] 
Sus ideas permitieron concluir que cualquier imposición de una ortodoxia a la conciencia de quien fuese, equivaldría a, lo que Williams denominó, “violación del alma”.

Digresión para entender

Una idea tiene el valor de transformar el mundo. Sin embargo, en la época de Williams conceptos que hoy se consideran normales y deseables, eran simplemente tomados como sediciosos y atentatorios contra la comunidad.

La búsqueda interior e íntima de cada persona es uno de los elementos distintivos de la humanidad. Las leyes deben respetar la conciencia individual y las instituciones deben garantizar que nadie sea estigmatizado, rechazado, hostilizado, denigrado ni perseguido por sus ideas. A menos, claro, que dichos conceptos constituyan un atentado contra la vida y los derechos de otros.

Cuando alguien defiende “su verdad” denigrando, excluyendo, motejando, maltratando, violentando, persiguiendo, hostilizando o realizando cualquier acto similar, simplemente, está admitiendo la posibilidad de que en otro contexto, con el poder suficiente, otra persona haga lo mismo con sus ideas y conceptos, y por ende con sus personas. Ninguna verdad, de ningún tipo, ni la más sagrada, vale si para propugnarla se caen en juegos de atropello al derecho de los seres humanos de tener su propia conciencia y creer lo que quiera. En todo esto, el respeto mutuo es lo que prevalece y la equidad. El hacer por otros lo que desearía que hagan por mí.

Imponer la ortodoxia supone suprimir la capacidad de disentir y por ende, el ejercicio del libre pensamiento y la conciencia individual.

En ocasiones, tal como ocurrió antaño, algunos por un genuino interés en alejar a sus feligreses o comunidades del mal y de la “contaminación del mundo”, imponen la ortodoxia como la única vía, olvidando que de esa forma se esclaviza y se termina por anular lo más valioso que aporta el cristianismo: La libertad de conciencia.

Algunos antecedentes biográficos

Las ideas de Williams fueron la base para la formulación del pensamiento de John Locke que difundió las ideas de Williams, hasta llegar a los conceptos que se defienden hoy como fundamentos de la cultura y la convivencia.

Williams nació en Inglaterra en 1603 en una familia de ricos comerciantes. Creció cerca de Londres, en una zona donde a menudo solía quemarse en la hoguera a los disidentes. En 1627 se licenció en la Universidad de Cambridge. Tenía una gran facilidad para los idiomas llegando a dominar latín, griego, hebreo, inglés, francés y holandés. Se ordenó sacerdote de la Iglesia Anglicana y trabajó como capellán de un la casa de Sir William Masham.

En 1630 observó con consternación que se asesinó en la picota a un prominente reformista puritano. Al ver este macabro espectáculo decidió que no había lugar para él en Europa y emigro al Nuevo Mundo, pensando que allí tendría la paz para vivir conforme a su conciencia.

Llegó a la bahía de Massachusetts, donde al comienzo fue recibido con amabilidad, pero al constatar algunas de sus ideas poco a poco se ganó la enemistad de los colonos. Se convirtió en defensor de los indígenas, especialmente con las falsedades que utilizaban los protestantes para apropiarse de sus tierras.

Las autoridades de la colonia a la que había llegado decidieron detenerlo, pero advertido huyó y así da comienzo a la historia de Rhode Island, el lugar donde pudo plasmar sus ideas de respeto a la conciencia individual.

El pensamiento de Williams

Williams fundó sus ideas en algunos conceptos que había adquirido del pensamiento estoico que señalaba que 
todos los seres humanos tienen la misma dignidad en virtud de su capacidad interior de esfuerzo y elección morales, y de que todos los seres humanos, quienquiera que sean y dondequiera que estén, han de ser respetados por igual”.[4]
Lo primero que hizo al establecer la colonia de Rhode Island fue promulgar una ley sobre libertad religiosa, lo que atrajo a muchos que eran perseguidos en otros lugares del Nuevo Mundo. Mucho antes que incluso Inglaterra, en 1652 se promulgó la primera ley en Norteamérica que prohibía la esclavitud.

La idea fundamental de Williams es que todos los seres humanos tienen algo infinitamente valioso que merece ser respetado y en lo cual somos todos básicamente iguales: El derecho a la conciencia individual.

Las facultades morales o espirituales, llámesele “conciencia” o “dignidad humana”, merecen respeto irrestricto. Para que se desarrolle de manera normal y correcta se necesita espacio. En este sentido Williams manifiesta indignación porque 
alguien que habla con tanta ternura en pro de sí mismo tenga, sin embargo, tan poco respeto, clemencia o piedad por las convicciones de conciencia de otros Hombres”.[5] 
Eso implica que cualquier persona que pretenda respeto para sus convicciones, pero coaccione a otros o no respeto las convicciones ajenas, es simplemente una personas inconsistente y contradictoria, por decir lo menos.
Williams habla de “violación del alma” cuando se 
limita a una persona en sus creencias o sus prácticas (siempre que no esté infringiendo las leyes civiles o perjudicando a otros). Sé que es hacer daño a una persona, sea judío o gentil, perseguirle por profesar una doctrina o practicar un tipo de culto estrictamente religioso o espiritual, y que tal persona, cualquiera sea la fe que profesa o el culto que practica, y sea éste verdadero o falso, sufre persecución por su conciencia”.[6]

Conclusión

Cuando muchos cristianos amparados en una errónea defensa de su fe, denostan, motejan, maltratan, excluyen, discriminan, obligan, o aún peor, persiguen o violenta, están, con ese acto anulando los predicamentos de Cristo, el fundador del cristianismo que no persiguió nunca a nadie.

La religión y las creencias asociadas a lo religioso y espiritual, es un acto íntimo personal. Nadie tiene derecho a menospreciar a otro por sus creencias, por muy equivocadas que las considere. Se puede intentar persuadir, pero no es lícito bajo ningún sentido, disuadir ni amenazar, ni siquiera con algo impalpable como es la perdición y la condenación. Ni aún Dios excluye, y los ejemplos que se suelen dar de las Escrituras a menudo distorcionan el sentido original, el contexto y las intenciones de la Escritura.

Una religión, que entienda claramente el rol de lo que significa el ejercicio espiritual es totalmente contrario a la exclusión y la persecución. Sólo el díalogo, el tender puentes, la búsqueda de armonía y no de confrontación, el escuchar y permitir que el otro se exprese, podrá generar el ambiente  propicio para el respeto mutuo, base de cualquier acuerdo social y al fin, sin ese elemento, nadie podrá cumplir la misión que como religioso entiende como sustento de su accionar.


© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

[1] Todas las citas de los escritos de Roger Williams han sido extraídas de Martha C. Nussbaum, Libertad de conciencia: Contra los fanatismos (trad. Alberto E. Álvarez y Araceli Benítez; México: Tusquests Editores México, 2010), especialmente el capítulo 2.
[2] Ibid., 47.
[3] Ibid.
[4] Ibid., 55.
[5] Ibid., 63.
[6] Ibid., 63-64.