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lunes, 20 de junio de 2011

La religión y su función

Alguna vez Karl Paul Reinhold Niebuhr (1892-1971), el famoso teólogo norteamericano, profesor del Union Theological Seminary de Nueva York escribió:
La razón de ser de la religión es consolar a los afligidos y afligir a los cómodos.
Así de simple y sencilla, pero me parece pertinente reflexionar sobre esta frase y sus implicaciones.


La religión como liturgia

Muchas personas viven la religión como mera liturgia, un formalismo que le da sentido a su visión religiosa. Se conforman con participar en un culto religioso e “ir a la iglesia” (sin entender que nadie va a la iglesia verdaderamente, puesto que el concepto iglesia tiene que ver con una asamblea, no que se reúne sino que existe en torno a creencias comunes).

Representan a las beatas y beatos que están contentos por el hecho de participar de una reunión religiosa, no importa si lo que se dice está equivocado (no se dan tiempo para analizarlo); no interesa si no entienden (es la emoción lo que les atrae); no les preocupa si los líderes de dicho movimiento son coherentes o no (viven enfrascados en sí mismos y en justificar sus propios yerros).

La religión formal, convertida en el fin de la espiritualidad, es una lacra para el verdadero sentido de la religión, simplemente se convierte en una fuente de discusiones eternas, sin valor en sí mismas, y en la mayoría de los casos, basada en presunciones infundadas, orgullos tradicionales, o dogmas sin valor en sí mismos. Peroratas acerca de la música, de la ropa, de la posición corporal al adorar, de la manera de comportarse, etc., ocupan todo el tiempo de quienes conciben la religión como un acto litúrgico sin vinculación efectiva con la vida cotidiana.

Quienes viven la religión como un acto litúrgico, simplemente no logran ver la relación que ésta tiene que ver con el día a día, con el dolor, la alegría y la cotidianeidad. Para ellos no hay otro norte que la próxima “reunión” con su pléyade de sin sentidos acumulados en liturgias llenas de formas, pero vacías de contenido.

La religión como negocio

Parece absurdo, pero la religión es una de las fuentes más importantes que existe de recursos. En la desesperación o la búsqueda de esperanza, las personas están dispuestas a dar lo que sea, con tal de tener algo de paz y esperanza. Muchos lo saben, por eso ya en sus tiempos Pablo advertía sobre aquellos “que piensan que la religión es un medio de obtener ganancias” (1 Tim. 6:5).

Hay formas muy sutiles de convertir a la religión en un negocio. Cuando interesan más las ganancias que las personas, entonces, se está ante la presencia de alguien que no está ocupado en la eternidad sino en lo temporal. Muchos se enriquecen a partir de la fe de los creyentes, y a eso, que Pablo llama “mente depravada” (1 Tim. 6:5), ellos le llaman piedad, religión o religiosidad popular.

La religión como estilo de vida

Otra forma de enfocar la religión es pensar que no es liturgia, sino una forma de vida que sirve para actuar en el mundo. Es la religión de la que habla Santiago cuando señala: “La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es ésta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y conservarse limpio de la corrupción del mundo” (Stg. 1:27).

En el momento en que Santiago escribe, evidentemente la religión está corrompida, finge atender intereses eternos, pero quienes ostentan la investidura religiosa sólo se ocupan de lo temporal. Por esa razón, Santiago expresa el concepto que la verdadera religión se vive en actos, no liturgias. En acciones concretas que se expresan en una actitud positiva y empática con quienes sufren.

Es interesante que en la parábola del buen samaritano, cargada de símbolos e ironías, los que pasan de largo, dejando al herido tirado a la orilla del camino son la gente religiosa, el levita y el sacerdote… que tenían que hacer algo, supuestamente, más importante que atender al herido.

Una verdadera religión consuela al afligido, da pan al hambriento, cubre al desnudo, visita al encarcelado, se pone de parte de la justicia, no tolera ninguna forma de discriminación, no acepta el viejo y manido argumento de que la “iglesia” tiene propósitos eternos mientras descuida al sufriente.

Una vez, un personaje sacado de alguna novela de Dostoievsky, macabro y con poder, se me acercó y me dijo prepotente:

―No sé por qué te ocupas tanto con la violencia doméstica, esa no es tarea de la iglesia.

Sintiendo que las palpitaciones me aumentaban y que me hervían las ganas de ponerlo en su lugar, le pregunté:

―¿Cuál es la tarea de la iglesia entonces?

Me miró con desprecio y me dijo:

―Pues, deberías saberlo, predicar el evangelio, ¿qué más?

―¿Qué es predicar el evangelio? ―le dije sintiendo que estaba participando en una conversación inútil, porque no se puede cambiar la mente de quien no quiere cambiar.

Nuevamente me miró con una cara de desprecio digna del mejor inquisidor y me espetó bruscamente:

―Anunciar la segunda venida y enseñarles que deben aceptar el mensaje.

―En otras palabras, no detenerse a curar sus heridas, sino hablarles de una esperanza que no pueden entender porque están hundidos en la desesperanza. ¿Dónde quedó la parábola del buen samaritano? ¿Dónde quedó el detenernos para ayudar al que está herido?

No me dijo nada, se fue rumiendo su formalismo y yo me quedé en silencio pensando en el daño que hace el entender la religión sólo como un cúmulo de doctrinas, sin vinculación real con la vida cotidiana. ¿De qué sirve hablar del “tiempo de angustia”, sino ayudamos con la angustia que experimenta alguien en el presente?

Cuenta la historia que un general griego ingresó a Atenas victorioso después de haber ganado una batalla muy importante contra los persas. Los ciudadanos lo recibieron de manera estruendosa, se acercaron los principales de la ciudad y le dieron la bienvenida a él y a su ejército. Sin embargo, al otro día el senado lo condenó a muerte. Cuando él pidió explicación le contestaron:

―Ganaste una victoria, pero no te detuviste a ayudar a ningún herido.

¿Cuántos tendrán la misma respuesta cuando venga Jesucristo?

―Te vi cantando en la iglesia himnos que yo nunca he necesitado, pero nunca fuiste a la casa de la viuda de la esquina a cantarle esperanza. Te vi con tu ropa engalanada en la iglesia, ropa que yo nunca necesité, pero no fuiste capaz de sacarte esas ropas para dárselas al que estaba desnudo. Te observé orgulloso discutiendo tus puntos de vista, cómodo entre tus cuatro paredes, mientras afuera había alguien muriendo por falta de esperanza. Fuiste a la iglesia, pero nunca caminaste a la casa del enfermo. Caminaste largas horas para fustigar al que utilizaba una música diferente a la tuya, pero no te diste el trabajo de visitar al sufriente que estaba a tu lado.

Es otra manera de leer Mateo 25: 35-36. A Dios no le interesa nuestra liturgia, eso fue un invento de Constantino y la pléyade de seguidores que hicieron de pompa y circunstancia el centro de la religión, porque les resultaba más cómodo pensar en la liturgia que en la religión en acción. Jesús lo dijo de otra forma: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt. 12:7).

Si dejáramos de discutir, esas discusiones bizantinas que nos lleva la vida, y nos ocupáramos de atender a quienes lo necesitan, entonces, si la religión tendría sentido para muchos que hoy sólo ven a un grupo de cristianos, encerrados en cuatro paredes, cómodos en su pretensión de salvación, y en su afán de distanciarse de los otros, olvidando que la comisión de Jesús fue: “Vayan” (Mt. 28:19), pero nosotros en nuestra comodidad la hemos cambiado por un “vengan”, si quieren escuchar, acérquense… hemos invertido todo, no es extraño que el cristianismo tenga cada vez menos impacto en las personas, especialmente en las generaciones jóvenes.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 11 de junio de 2011

Religión adolescente

Me gusta conversar con adolescentes, muchos de ellos tienen opiniones tan definidas que parecieran que nacieron sabiendo, lo que no admitirían aunque les apretaran el cuello es que muchas de sus opiniones no son más que el reflejo de lo que han recibido de sus padres y del medio ambiente donde se han criado, en general, es difícil encontrar originalidad en lo que opinan.

―El otro día me visitaron unos Testigos de Jehová ―me dice el adolescente― ellos están mal, ¿verdad? ¿Se van a perder?

―En realidad, no puedo decirte si se van a salvar o perder, no me corresponde ―le digo, no muy interesado en un tipo de conversación de ese tipo. Pero, la reacción que tiene me motiva a continuar, pues a continuación me dice:

―Es que ellos no tienen la verdad, por eso, Dios simplemente los va a condenar.

―¿De qué verdad hablas? ―le digo intrigado.

―La verdad pues ―me contesta un tanto impaciente― lo que enseñamos nosotros. Como no creen lo que nosotros creemos se van a perder.

―¿De dónde sacaste esa idea? ―le digo ahora interesado, con el fin de indagar más sobre su pensamiento.

―Bueno, eso es lo que he escuchado siempre. ¿Cómo Dios los va a salvar si no creen lo que nosotros creemos?

Me quedo mirándolo, quiero asegurarme que lo que me dice es por convicción y no por simple repetición. Le pregunto:

―¿De verdad crees que los que no creen como tú crees se van a perder?

―¡Claro! ¡Es lógico! ¿Cómo Dios los va a salvar? ¿Ellos no tienen la verdad? Usted debe pensar igual, por cierto.

Lo quedo mirando y simplemente sonrío y con su acento mexicano me dice:

―A poco que no cree en eso.

―No ―le digo― me parece una idea simplemente infantil y muy cruel.

―¿Cruel? ¿Por qué?

―Tú has tenido la oportunidad de conocer algo que otros no han conocido, ¿por qué tú deberías recibir un premio simplemente por algo que no elegiste? ¿Qué tal si la persona a la que te refieres no conoció nunca lo que tu conoces?

Se me queda mirando intrigado y me dice:

―Bueno, no es problema mío.

Pienso para mí: ¡Claro! La típica respuesta de un adolescente cegado por su propio egoísmo, a esa edad no existe nada más allá fuera de tu nariz.

Le respondo con la intención de hacerlo reflexionar:

―Ninguna religión, ni la tuya es perfecta en todos los sentidos. Todas las religiones tienen aspectos fuertes y otros débiles. No puedes condenar a alguien simplemente porque no conoce lo que tú conoces.

―Si, pero Dios no puede aceptar a las personas con ideas diferentes.

―En realidad, Dios no está tan preocupado de las ideas, sino de la coherencia. Al fin de cuentas, todo rayo de luz procede de la misma fuente. Lo que pretendo decirte es que no puedes ser juez de la religiosidad de otros.

―Pero tiene que haber una religión que sea verdadera.

―Si, pero no creo que esté a nuestro alcance encontrarla de manera plena. Creo que todas las iglesias tienen algo que enseñarnos. ―Procedo a referirle bondades del mundo pentecostal, mormón, testigo de Jehová, incluso le hablo por un momento de budistas y musulmanes.

Me mira intrigado, como queriendo interrumpir y me dice:

―Pero eso no es ecumenismo.

―No ―le digo― no te estoy diciendo que vamos a formar una religión universal donde hagamos una ensalada de credos, sino te estoy hablando de respeto. Cada persona tiene derecho a creer lo que quiere, y todos debemos aprender a respetar las ideas de otros, incluso si aún son contrarias a las que tú crees.

―No entiendo.

―Me doy cuenta ―le digo, un tanto frustrado.

―Mira ―digo a manera de ilustración― supón que vamos todos en un barco. Allí hay judíos, pentecostales, adventistas, mormones, budistas, musulmanes, etc. Todos están en el barco y quieren llegar al puerto. ¿Cómo se hace para llegar sin tener conflictos?

Me mira intrigado y me suelta:

―Bueno el capitán va a decidir qué religión se va a tener en el barco.

―Eso sería imposición, y no estaría bien. Desde el punto de vista ético, sería falta de respeto a la conciencia individual. Supón que el capitán sea proclive a los musulmanes, y entonces les dice a todos que en el resto del viaje está prohibido leer la Biblia, guardar el sábado o el domingo, y que tienen que orar tres veces al día en dirección a la ciudad sagrada del Profeta y respetar el viernes como día de reposo para Alá. ¿Cómo te sentirías?

―Pues mal, no me estaría respetando.

―Ahora ―a la inversa― supongamos que el capitán es pro-adventista y dice que el resto del viaje se guardará el sábado, se estudiará la lección de la escuela sabática y se leerá sólo la Biblia. ¿Cómo te sentirías?

El adolescente me mira, sonríe y contesta:

―Pues bien, si tenemos la verdad, eso estaría bien.

Bajo la cabeza frustrado y pienso para mí: ¡Adolescencia! ¡Qué cabeza dura!

―Pero no sería justo para los demás. Tú me has dicho que no estaría bien que a ti te impongan ser musulmán, pero tú estarías contento de imponer a otros el ser adventista, ¿no crees que eso es incorrecto?

Me mira en silencio y contesta:

―En realidad si, pero es que ellos no tienen la verdad.

―Tú verdad, pero tienen la verdad, la verdad que ellos han conocido y que creen honestamente y pretenden seguir con plena certeza.

―No me gusta pensar así.

―Claro ―le digo― porque eso exige que seas tolerante con otros, que no juzgues, que no condenes, que escuches, que puedas ponerte en el lugar de otra persona.

―¡Entonces! ¡Cuál es la mejor religión!

―En realidad, ninguna. Toda religión tiene aspectos positivos y negativos. Tú debes decidir en conciencia qué quieres para tú vida, así como no puedes exigir a otro a creer a la fuerza, nadie tiene el derecho de hacerte creer a la fuerza a ti. La comprensión de una persona es distinta a la otra. Si tú sientes que tienes una verdad superior, pues vívela, enséñala, pero no debes imponer ni pretender que otros están perdidos porque no creen lo que tú crees, porque eso es simplemente una visión parcial e injusta, por esa vía han muerto millones de personas bajo la intolerancia, la discriminación y el odio religioso. Ese no es el camino.

―¿Entonces no hay una religión verdadera? ―me dice intrigado.

―Creo que si hay mejores ideas que otras, pero eso es un asunto tan personal que no puedes convertirte en juez de nadie. Eso crea intolerancia y un mecanismo de discriminación. Si tú consideras que lo que crees es la verdad, vívela, se coherente, pero respeta el derecho de otras personas de creer de una manera distinta a ti.

―Si entiendo, pero ¿si alguien no actúa bien?

―Te acuerdas de la ilustración del barco ―le digo mientras el asiente― pues la función del capitán que puede ser el estado o la ley, es garantizar que el barco llegue a puerto y que en el camino todos sean respetados y tengan un espacio para vivir la religión que han elegido. Si alguien altera el bien común intentando que otros crean a la fuerza lo que él cree, o haciendo cosas que pongan en peligro el barco o la estabilidad de otros, en ese caso, el capitán debe poner orden porque está en juego el principio de la comunidad y de la estabilidad del barco. ¿Entiendes?

―Si ―me dice con una expresión de resignación, como si se hubiera quedado sin argumentos.

Charlamos un momento más y luego nos despedimos. Mientras él se iba pensé en tantos que simplemente viven una religión adolescente, que los hace actuar como justicieros intolerantes y agresivos con otros, simplemente porque en el fondo quieren tener el poder para imponer sus ideas a todo el mundo, sin percatarse que ese camino simplemente, tarde o temprano, lleva a la destrucción de todos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 7 de mayo de 2010

Religión, intolerancia y prejuicio


Fanáticos musulmanes
Hay elementos que aislados son inofensivos, o, no producen mucho daño. Sin embargo, unidos a otros son verdaderamente explosivos.

La pólvora –por ejemplo– está compuesta en un 75% de nitrato potásico, un 15% de carbón y un 10% de azufre aproximadamente. El nitrato de potasio o más conocido como salitre tiene importancia comercial como fertilizante y conservante alimenticio, para fabricar vidrio, y en algunas medicinas como diurético. Es en general, un agente altamente beneficioso especialmente en la agricultura. Para qué decir del carbón que muchos lo conocen como un combustible sólido de origen vegetal útil en muchas industrias. El azufre es un elemento no metálico, insípido, inodoro, de color amarillo pálido. Su utilización es variada desde la fabricación de substancias medicinales (sulfamidas) y hasta fósforo, caucho y tintes.



Cada uno de esos elementos resultan útiles e inofensivos en ciertos aspectos. Bien controlados funcionan de una manera adecuada. Sin embargo, cuando se los combina en las proporciones adecuadas se convierten en un peligroso explosivo cuya utilización tiene consecuencias nefastas.

Del mismo modo, religión, intolerancia y prejuicio suelen ser elementos inofensivos en algunos casos o al menos controlables, sin embargo, cuando se mezclan sus consecuencias son explosivas y sus resultados desastrosos.

Religión

Por definición la religión pretende volver a recuperar un estado idílico de paz. Es –como decía Cicerón– el volver a unir al ser humano con la divinidad.

La mayoría de las religiones mundiales –Budismo, Confucionismo, Taoismo, Sintoismo, Hinduismo, Cristianismo e Islamismo– tienen un componente básico de búsqueda de la paz y la armonía del ser humano con su mundo interior y sus semejantes.

Es verdad que a lo largo de la historia humana muchas veces la religión ha sido confundida y fundida con la violencia y la opresión. Basta de ejemplo lo que sucedió en nuestra América con la llegada de los pueblos conquistadores antes de que surgieran las naciones tal como las conocemos hoy. Sin embargo, dichas situaciones han de ser atribuidas a la distorsión de la religión y no a los ideales de la misma.

Aún recuerdo la impresión que me dejó la visita que hice al Museo de la Inquisición en Lima, Perú. En realidad, es un cuadro vivo del horror. Lo más lamentable es que aquella atrocidad fue realizada en nombre del amor y de la religión cristiana.

Sí, muchas veces la religión ha servido para justificar el poder. De hecho, a lo largo de la historia ciertamente el mejor agente legitimador del poder ha sido la religión. No obstante, ese no ha sido el rol de la religión por definición y principio.

El Islamismo, el Judaísmo y el Cristianismo comparten la misma historia inicial común. Abraham es un personaje fundamental en la comprensión teológica de las tres religiones. Las tres religiones tienen como fin lograr que los seres humanos lleguen a lograr su máximo potencial como criaturas que por definición se logra en el contacto estrecho con la divinidad (llámese Ala, Jehová o Dios).

La religión no es para traer guerra, confrontación, dolor ni opresión. El fin es traer paz, felicidad y plenitud a la raza humana.

Intolerancia

Por su parte, la intolerancia se ha ido expandiendo por el mundo como una epidemia. A lo largo de la historia humana ha habido momentos de mayor o menor intolerancia. No obstante, lo paradojal de los días que nos toca vivir es que tenemos una apertura como nunca antes en un sin fin de temas, pero, en otros mantenemos un nivel de intolerancia que nos acerca a lo más oscuro de la Edad Media.

Persiste en muchas mentes la idea que la única forma de garantizar la paz a escala mundial es el control férreo de las decisiones más mínimas de las personas. Es en muchos aspectos como revivir las peores pesadillas de George Orwell reseñadas en su libro 1984 y llevadas al cine en la película Brazil. Un mundo donde exista una policía mundial y un control de los más mínimos aspectos del ser humano.

Nos hemos estremecido al leer las atrocidades que ha nombre de la religión han realizado unos millares de hombres musulmanes en Afganistán desde 1996. Hemos observado con horror como por las más mínimas transgresiones a las normas de la “religión” han masacrado, torturado o lacerado a miles de afganos. Los Talibanes –que en español se traduciría “estudiantes”– controlaron Afganistán con la excusa de implantar en el país un gobierno musulmán integrista que rescate la verdadera esencia del Islamismo.

Sin embargo, aunque solemos mirar con desdén a estas personas por la forma de tratar a otros por una supuesta búsqueda de pureza religiosa, la realidad es que en diversas partes del mundo se viven situaciones de intolerancia política, social y religiosa de índole similar, porque aunque cambien los escenarios y los actores, el fondo del libreto sigue siendo el mismo: Hacer a un lado a quien no piensa ni actúa del mismo modo que yo lo hago.

El tristemente célebre Ku Klux Klan creado en 1865 en los estados sureños de EE.UU. que cree en la superioridad blanca y arremete contra personas de la raza negra y de las religiones católicas y protestantes no se diferencia en el fondo de sus intenciones de grupos terroristas más radicales como el Sendero Luminoso en Perú, la Fracción del Ejército Rojo en Alemania, o la ETA en España y de los millares de grupos radicales difundidos por todo el mundo.


Seguidores del Ku Klux Klan
La frontera que separa a la intolerancia del asesinato y la tortura es muy sutil. Lo extraño es que algunos son capaces de ser buenos padres de familia amorosos y cariñosos y por otro lado torturar, asesinar y maltratar a otros simplemente porque piensan distinto a ellos.

La intolerancia es la excusa de quienes no están dispuestos a analizar sus preceptos de vida ni desean convivir con personas que no piensen del mismo modo. Dios piensa de modo diferente a muchos seres humanos, pero, los tolera entendiendo que imponer es arbitrariedad y eso es en el fondo una injusticia. Dios persuade no disuade. Las palabras se parecen, pero los hechos son distintos totalmente.

Prejuicio

Cuando era niño recuerdo bien que ninguno quería ser indio. La razón era que en todas las películas de vaqueros que veíamos los indios eran los malos. Siempre hacían atrocidades. Aplaudíamos cuando llegaba la caballería con la bandera flameante para poner orden y matar a los indios que se atrevían a desafiarles.

Siendo adolescente recuerdo que de pronto los malos de la película eran los alemanes y los orientales. Cerca de mi casa vivían dos familias chinas. Una de ellas dueña de un almacen. Me gustaba ir porque usaban un ábaco para contar y siempre me llamaba la atención la agilidad con que lo movían. Sin embargo, los mirábamos con sospecha, eran chinos y ¿qué se podía esperar de ellos?

Más grande, ya universitario y viviendo en un país asolado por una dictadura de facto se me enseñó a sospechar de los rusos, cubanos y cualquiera que se llamara a sí mismo comunista. En realidad, todo aquel que fuera, pareciera o se rumorease que era de izquierda era visto con sospecha.


Jefes Sioux
Hoy en día, el espectro cambió. Los sospechosos de hoy son árabes. Todo lo que suene a musulmán es visto con un dejo de miedo.

Esos maniqueísmos nuestros que hacen que la gente sea vista con sospecha por su color de piel, el país de procedencia, las ideologías que sustenta, o el sexo que tenga en el fondo no nos permiten crecer como seres humanos y nos mantienen permanentemente unidos a un lastre que no nos permite alcanzar una mayor plenitud como humanos.





Conclusión

Nadie es malo o bueno por el color de piel, la raza, el país de procedencia y ni siquiera por los conceptos que ha adquirido. Las personas no deberían ser medidos por esos factores.

El equilibrio que enseñó Jesús fue tratar a las personas como personas, que no es otra cosa que reconocer en cada ser humano un ser creado a imagen de Dios y con propósitos eternos para sus vidas.

Los que sustentan una religión –sea occidental u oriental– le hacen un flaco favor a sus convicciones cuando dicen con sus acciones algo muy distinto a lo que sustentan sus fundadores. Si hoy reviviera Abraham ¿reconocería el Judaísmo?, si volviera Mahoma hasta las calles de Medina, ¿entendería en qué se han convertido sus seguidores? Si Cristo caminara hasta tu casa, ¿te reconocería como su seguidor?

Si a una religión distorsionada le agregamos una cuota de intolerancia y esta es sazonada con una gran dosis de prejuicios entonces tenemos lo que hoy vemos con horror: Muertes, terrorismo, sospecha, asesinatos, mutilaciones, desconfianza, crisis, desolación, desesperanza, refugiados, torturados, y podríamos repetir cientos de palabras que no alcanzarían para describir el horror de lo que se hace a nombre de la religión que se ha prostituido con la intolerancia y el prejuicio.

Las Torres Gemelas son una explosión visual del horror que se ha venido viviendo durante siglos a lo largo y ancho de nuestro mundo que aún no ha aprendido a vivir con otros que piensan de manera distinta y sienten a Dios de un modo diferente.

Cristo caminó por las calles de Jerusalén y fue crucificado por una multitud que no podía entender que un carpintero pudiese enseñarles y un varón de Nazareth al que habían visto crecer pudiese venir a decirles que había otra forma distinta de vivir. El mejor modo de eliminar la presión que aquel desconocido provocaba a sus prejuicios acendrados era sacarlo de en medio de la única forma que se cree posible erradicar la verdad, con la muerte. ¿No les parece conocida la historia a la luz de hoy?

viernes, 29 de mayo de 2009

Leña del árbol caido


A veces siento pena y, por qué no decirlo, vergüenza de llamarme cristiano.

Cuando un cristiano se equivoca, muchos en vez de actuar con caridad y con el espíritu de aquel que pretendemos seguir, obramos como si fuéramos chacales gozándonos de morder y destrozar a la víctima.

He venido siguiendo en estos días la situación del sacerdote Alberto Cutié, quien fue sorprendido en una relación de pareja en Miami. Más allá si se equivocó o no, que es tema de otra discusión, me ha impactado la saña de algunos comentarios que se han vertido en la Web. Ha pasado de héroe a villano en pocos días.

Recuerdo la primera vez que escuché a este sacerdote, fue en el funeral de una conocida cantante cubana. Su carisma y su fuerza no podrían pasar desapercibidos. Sin duda, es una persona motivada y con una gran pasión por comunicar.



Hoy en día, se discute la decisión que ha hecho de alejarse de la Iglesia Católica y unirse a las filas de la Iglesia Episcopal, que en muchos sentidos comparte doctrina con el catolicismo, aunque tienen también diferencias significativas. Deberá esperar un año para poder hacerse sacerdote episcopal, pero eso no le impedirá predicar ni realizar otras funciones.

Sin embargo, no han faltado las reacciones de quienes lo tildan de villano, delincuente y hasta inmoral por tomar dicha decisión, que es simplemente, una decisión nacida en la conciencia individual de una persona. Más allá de si estamos o no de acuerdo, ¿dónde está la caridad con el hermano que se equivoca?

No he podido dejar de comparar esta situación con la experiencia tristísima que viví hace algunos años con la salida de un amigo del ministerio. Se equivocó, sin duda. Pero, cuando recuerdo los comentarios mórbidos, la saña desprovista de caridad, las expresiones de repudio, el fariseismo recubierto de supuesta santidad, las palabras cargadas de desprecio, no puedo dejar de emocionarme al pensar que todos los que hacían eso, luego estaban en la iglesia cantando y adorando a Dios, como si nada hubiera pasado. Contentos de maltratar al hermano y tranquilos en su conciencia sin tener ni una pizca de dolor por haber sido los chacales del hermano caído.

¡Cuán fácil es juzgar! ¡Qué sencillo es sentarnos en la silla del juez para emitir veredictos, sin conocer todas las razones que llevan a las personas a actuar como lo hacen!

Nos olvidamos de las palabras de Jesús: "No juzguen", o de Pablo: "No juzgues".

Juzgar a otro supone ponernos en un rol de semi-dioses. Creer que entendemos todo lo que ha ocurrido en la vida de esa persona.

¿Dónde estaban los jueces cuando mi amigo calló? Alguien de los que habló con saña y hasta rencor, ¿fue a visitarlo? ¿le tendió la mano como un amigo?, ¿le curó las heridas que le quedaron luego de la golpiza de sus propios hermanos? Me pregunto, ¿dónde están los cristianos cuando el hermano cae y se equivoca?

A veces creo que es ingenuo esperar que algunos entiendan que el cristianismo, el real, no el de las formas ni las instituciones, el creado por Cristo, por el Nazareno de Galilea, exigía perdón, bondad, amor, caridad, compasión, misericordia, tolerancia y amistad. Sin ese compromiso con la misión de Cristo, no podemos llamarnos adecuadamente cristianos.

jueves, 21 de mayo de 2009

Te maltrato... en nombre de Dios

Desde siempre, la religión puede ser la excusa perfecta para perpetrar las más horripilantes acciones. Vivo a pocos kilómetros de un monumento a la soberbia y la vesanía, el Museo de La Inquisición, en Lima, Perú. Lo he visitado en un par de ocasiones, como guía turístico, acompañando a amigos que desean conocerlo. Sin embargo, cada vez que observo sus dependencias y los horrores que allí ocurrían a nombre de la religión, no sólo me da repugnancia, sino que siento una profunda tristeza, porque se tomaba el nombre de Jesús y de Dios en vano, con el fin de justificar dichas atrocidades.



Ayer leí conmocionado las estadísticas de horror de la investigación que durante 10 años se hizo en Irlanda para buscar evidencias de las denuncias de miles de niños que habían pasado por horfanatos e instituciones católicas donde fueron abusados física, psicológica y sexualmente por religiosos y empleados que debían cuidarlos y protegerlos. Lo que me ha producido mayor desazón fue saber que dichas prácticas eran conocidas por la curia eclesiástica que se limitó simplemente a esconder el asunto.

Nos alarmamos cuando escuchamos de musulmanes terroristas o de otros religiosos que utilizando la religión como excusa, llevan a cabo acciones terribles. Pero, ¿qué hay de los cristianos que amparándose en la religión realizan estas prácticas que resultan por lo menos escalofriantes?

Conozco varones que golpean física y psicológicamente a sus hijos y esposas, y luego están en la iglesia el fin de semana cantando himnos y alabanzas a Dios y actuando con pia santidad. Veo a alumnos que no dudan en hacer trampas en exámenes, plagiar trabajos ajenos y robar información, sin embargo, luego están tranquilamente con una cara de corderos dando gloria a Dios.

¿Cómo actuar con religiosos que maltratan a sus subordinados? ¿Qué hacer frente a la barbarie de personas que dicen ser cristianos pero que llevan una vida doble de violencia, robo, hipocrecía y maldad?

No me causa tanta molestia, tristeza y desazón el comportamiento de quienes no siendo creyentes actúan como bárbaros. Me produce una profunda nostalgia deprimente el saber de personas que se dicen cristianas pero cuyas vidas particulares no reflejan en absoluto lo que dicen ser en sus palabras. A esos es a quienes Jesús llamó: "Sepulcros blanqueados". Puros e inocentes por fuera, pero con acciones absolutamente podridas en la oscuridad de la impunidad y la aparente privacidad.

Lo que enseña el caso de Irlanda, es que tarde o temprano, todo sale a la luz, y deja en evidencia el olor nausebundo de las malas acciones de quienes son peor que aquellos que no conocen a Cristo.