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domingo, 9 de enero de 2011

Políticamente correcto

De partida, no soy “políticamente correcto”. Digo lo que pienso, lo expreso, lo escribo, lo defiendo, y suelo incomodar con mis opiniones a todos aquellos que pretenden que ser religioso o académico consiste en ser acrítico y neutral. Pues, soy crítico por naturaleza y estoy comprometido con lo que creo, al grado de poner en riesgo mi estabilidad laboral y el “respeto” de los políticos que están constantemente interesados por ser “políticamente correctos”.


Definición de una moda monstruosa 

Ser políticamente correcto consiste en decir lo que se quiere escuchar, sin comprometerse con ninguna línea de pensamiento que pueda causar ofensa, incomodidad o desagrado a algún grupo en particular. Es la mentira disfrazada de diplomacia. Es la forma de actuar del mundo religioso en general y del político en particular.

Una persona “políticamente correcta” actúa de acuerdo a un patrón social caracterizado por la sobriedad en el decir y en el actuar, al grado de disimular sus verdaderos pensamientos y esconder sus creencias más profundas. Mantiene una posición neutra que no incomoda a nadie.

La persona “políticamente correcta” huye de la divergencia para aparentar normalidad y el estar integrada a su entorno, de esa manera presenta una “imagen” de sobriedad y silencio, porque no hay nada que incomode más a los políticos que alguien “políticamente incorrecto”.

Los que son “políticamente correctos” son tibios en sus opiniones, que es lo mismo que decir, que no se comprometen públicamente con nada ni con nadie, se limitan a sonreírle a Dios y al diablo, porque de esa manera supuestamente nadie puede decir de qué bando son.

Para no faltarle el respeto a sus interlocutores o no entrar en conflictos sociales, no expresan de manera frontal ningún desacuerdo, sólo se limitan a asentir, a unos le dicen “crucifícale” y a otros les dicen del mismo personaje “es el hijo de Dios”, al final, “quedan bien con todos” y en el fondo, con nadie.

Una persona “políticamente correcta” evita el conflicto a como dé lugar. Evita palabras que suenen mal a oídos de su interlocutor, no hace calificativos de ningún tipo a menos que sea para expresar panegíricos al político de turno, no da evidencias de disparidad ni divergencia, piensa muy bien lo que dice para no sonar comprometido con nada, sus conversaciones son aquellas que no lo obligan a emitir opinión. En algún momento ser políticamente correcto se pensó como una manera de mantener posiciones contrarias en conciliación, sin embargo, con el uso se convirtió en una manera de ser, en no comprometerse con ninguna idea, para mantener una imagen de neutralidad, como si eso fuera posible.

Si realmente fuéramos políticamente correctos

Sin embargo, los que pretenden ser “políticamente correctos”, no logran percibir la aporía en la que se meten.

Si se va al sentido más primigenio de la política, pensando en Aristóteles y los genios que la pensaron originalmente, la política consistía en vivir conforme a las leyes y buscar el bien común de la sociedad. Por eso Platón invitaba a que se unieran a la política para los cargos públicos aquellos que fueran moralmente los más virtuosos, es decir, los sabios. Lástima que la política llegó a manos de individuos como Maquiavelo, Hobbes y otros que la convirtieron en un medio para lograr fines, sin importar el derecho, la verdad y la honestidad.

Por otro lado, la búsqueda de lo correcto implica desde el punto de vista ético, establecer un comportamiento basado en principios universales de validez inapelable. Es vivir en función de la virtud y la verdad.

Por esa razón, lo que hoy se llama “políticamente correcto”, es simplemente un engendro más de los políticos que sólo utilizan a otros para lograr sus fines de poder. En suma, lo “políticamente correcto”, por definición, es “políticamente incorrecto”, puesto que ser políticamente correcto invita a la simulación, la mentira, el encubrimiento, la falta de trasparencia, la corrupción, el engaño, las medias verdades, el chisme, la sospecha, la desconfianza, y todos los males asociados a no ser virtuoso de manera plena.

La mentalidad de borrego 

Lo que mueve a muchos a ser “políticamente correctos” es simplemente la mentalidad de borrego. El estar pendiente del qué dirán para no perder privilegios de ningún tipo.

Un borrego no piensa, otro realiza el trabajo de guiarlo, adoctrinarlo, mandarlo, orientarlo, y decirle qué pensar. Un borrego es un buen borrego, cuando obedece sin chistar, no tiene labios para hablar, ni cabeza para elucubrar, simplemente sigue.

En todas las organizaciones, los que tienen el poder, buscan a borregos a quienes gobernar. No les interesan los que piensan, los que opinan, los que tienen divergencias, los que comunican, etc. Por eso, en todas las dictaduras, los primeros perseguidos siempre son los intelectuales y quienes se atreven a expresar opinión propia. Entre borregos no hay lugar para la “libertad de cátedra”, “el libre pensamiento”, “la opinión personal”, “la conciencia individual”, y otras libertades que corresponden por derecho a todos, menos a los borregos.

Son los políticos los que enseñan a ser “políticamente correctos”, especialmente a quienes quieren manipular y gobernar sin alteraciones de ningún tipo.

La fauna política no emite opiniones que puedan incomodar. Sólo se limitan a sonreír y mantener bien afilados los serruchos y los cuchillos, para utilizarlos en el momento oportuno. Para toda otra ocasión, sonríen, dan la mano, conversan de trivialidades, y cuando se suben a un bote, un remo es de Dios y otro del diablo.

Jesús, el modelo de lo “políticamente incorrecto” 

Jesucristo tuvo un pésimo asesor de imagen. Si fuera a una de las actuales escuelas de diplomacia reprobaría todos los cursos. Ha sido el personaje más políticamente incorrecto que ha existido.

Se atrevió a llamar “zorra” (Lc. 13:31-32) a Herodes, el hombre con más poder en su tiempo, el gobernante títere de Roma, el que podía matarlo sólo con chistar los dedos, y no se lo dijo a cualquiera sino a los fariseos, a quienes sabía que irían enseguida a contarle al rey.

Les dijo públicamente y sin ningún tipo de anestesia de vocabulario a los religiosos de su tiempo, a quienes tenían el poder, a los que ostentaban la máxima jerarquía de su tiempo: “Sepulcros blanqueados”, “serpientes”, “generación de víboras”, “guías ciegos”, “hipócritas”. Cualquiera de los políticos que abundan en las organizaciones religiosas y gubernamentales se habría horrorizado al escucharlo y seguramente habrían denostado al asesor de imagen que no le ayudaba a Jesús a ser más precavido con sus palabras.

Se rodeo de asesores que eran lo peor de su tiempo: Un terrorista del grupo revolucionario de los zelotes, un publicano considerado ladrón profesional, un grupo de pescadores que a ojos de los líderes eran ignorantes de tomo y lomo, un comerciante que levantaba sospechas, si hoy lo hubiera aconsejado algunos de los políticos de las iglesias le habría dicho: “No te juntes con esa gente, no te dará una buena imagen”.

En vez de visitar a los dignatarios, a quienes ostentaban el poder, en vez de ir a besar las manos de los tiranos y los religiosos envanecidos por su soberbia, fue a la casa de Zaqueo, un publicano; a la casa de Simón, un leproso despreciado por sus pares; y a los hogares de los más humildes y despreciados, aquellos que no importaban, porque sus votos no eran nada para el poder.

Cuando debería haber estado en reuniones con los que mandaban, estaba en la plaza rodeado de prostitutas, ladrones, mendigos, pobres y la escoria de su tiempo, aquellos que no tenían lugar en la mesa de los grandes. Aquellos que por definición debían ser escondidos y alejados. Ningún político de su tiempo accedería a acercarse a esa chusma, pero Jesús lo hizo, porque no temía ser políticamente incorrecto.

Su discurso no fue conciliador, fue al contrario, un discurso comprometido, audaz, temerario, directo, explosivo, irónico, fuerte, espinoso, enérgico, políticamente imprudente, mordaz, autoritativo, es decir, fue todo lo que no debe ser la oratoria de una persona “políticamente correcta”.

Conclusión 

En días como los que vivimos, es imprescindible que se analice qué tipo de vida queremos llevar. Una vida sin compromiso, es al final, una veleta que el viento lleva para cualquier lugar. No se puede ser cristiano neutral, no se puede seguir a Jesús y pretender ser políticamente correcto, algo no funciona cuando buscamos caerle bien a todo el mundo, es imposible que le gustemos a todos, ni Jesús lo logró.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 30 de abril de 2010

Por qué les temo a los políticos

No soy ingenuo, sé que la política es necesaria para que se puedan realizar las acciones humanas en todos los sentidos. Siempre es necesario que alguien lidere y que lo haga de la mano de la consulta popular y el apoyo de quienes va a guiar.

Sin embargo, algo tiene el poder que hace que hasta los más honorables cambien cuanto tienen que tomar decisiones que los pone en una posición de autoridad sobre otras personas.

John Acton (1834-1902) solía decir que:
El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.
En muchos sentidos tenía razón. Sin embargo, la corrupción es una cuestión relativa. Se habla de corrupción cuando alguien utilizando su poder se apropia de bienes del estado o de las organizaciones que presiden, o cuando en el uso de las facultades que tienen se toman decisiones que de un modo afectan la honra, la integridad, la dignidad o el patrimonio moral de otras personas.


Sin embargo, no se habla de corrupción cuando la razón de ser del liderazgo se desvirtúa convirtiendo a quien ostenta el poder en una persona que pierde el sentido de su propia condición humana, que es por definición finita y limitada, y por lo mismo debería tornarlo en alguien capaz de sentir miedo de sí mismo y mantenerse humilde ante sus propios monstruos internos que terminan por devorarlo cuando se deja arrastrar por la vanidad del poder, sea cual sea, civil, religioso o empresarial.

Políticos al estilo de Mahatma Gandhi o de Martin Luther King que no iban detrás del poder, sino de los cambios e ideales, pareciera que son especies en extinción. Lo que se observa es una cantidad enorme de personas que llega al poder con idealismo, pero cuando se encuentran con él, comienza un lento proceso de deterioro moral que culmina en procesos autorreferenciales, arrogancia administrativa o ínfulas de iluminados.

Tal vez tenga razón Rubén Blades, el cantante panameño que fue ministro de cultura de su país, cuando dice:
El poder no corrompe; el poder desenmascara.
En el mismo tenor Abraham Lincoln (1809-1865) señalaba:
Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder.
En la misma línea de pensamiento Warren Bennis, el conferenciante de motivación, agrega:
El poder muestra al hombre.
Debe ser que en otras circunstancias no se nota lo que la persona siempre ha sido. El orgullo y la arrogancia se pueden esconder fácilmente bajo el manto de la humildad aduladora, hasta que se tiene la oportunidad de ejercer el poder.

En todas las organizaciones hay políticos, cabilderos del poder que buscan su momento de gloria dirigiendo a otros y compensando sus propias falencias personales teniendo esa sensación de satisfacción que da el tener alguna autoridad sobre la vida de otras personas.

Temo a los políticos:

Cuando convierten el poder en su forma de extensión personal, confundiendo el servicio a los demás, con el servilismo hacia ellos como individuos.

Cuando pierden la perspectiva de su propia capacidad y de pronto creen que por haber sido elegidos para una responsabilidad —civil, religiosa o empresarial— tienen poderes de percepción superiores que les hacen inmunes a las críticas y a los análisis de sus propios errores.

Cuando hacen del ejercicio del poder una acción de favoritismos y de expresiones de caudillismo donde se mezclan la arrogancia, la soberbia y el orgullo en el otorgamiento de favores exclusivamente a quienes sean capaces de caer en panegíricos y alabanzas a sus proezas ficticias o reales.

Cuando persiguen a todo aquel que piensa diferente a ellos porque en ese momento comienza el deterioro no sólo de su liderazgo, sino de lo que pretenden guiar. En un contexto donde no hay lugar a la disidencia y la opinión contraria, se gestan arbitrariedades, injusticias y errores por falta de atención a la perspectiva del otro.

Cuando dividen para gobernar estableciendo el criterio de que quien no lo apoya es simplemente un enemigo, lo que crea las condiciones para la autocensura, el exilio del pensamiento, la represión de la inteligencia y la anulación de la voluntad de cambio, lo que finalmente va en desmedro de la organización o gobierno que dirigen.

Cuando pretenden perpetuarse en el poder, puesto que en las alturas es imposible no marearse y confundir las cosas, en dichos lugares suele faltar el oxígeno y se sabe científicamente que a más presión y menos oxígeno la capacidad de pensar disminuye.

Cuando se rodean sólo de amigos, adeptos al poder o aduladores, puesto que en ese momento, dejan de percibir la realidad, y comienzan a ver los problemas con una óptica irreal y terminan siendo monigotes o títeres al servicio de otros intereses. La adulación es la herramienta más útil para manipular a un político. 

Cuando confunden sabiduría con iluminación y dejan de consultar a los expertos, a quienes saben o han estudiado, y simplemente se dejan llevar por sus intuiciones que en algún momento resultan, pero tarde o temprano se convierten en el plomo a sus pies que terminan por hundirlos.

.         Cuando pierden el temor a realizar acciones inmorales, amparados en su pseudo infalibilidad o arrogancia ficticia que da el poder, comienzan a creer que sus debilidades no son tales y que sus acciones malignas no serán tratadas como tal, pérfida ilusión que los hace desbarrancarse de una manera que suele ser estrepitosa, mientras más alto, más fea y dolorosa es la caída.

Temo que mi temor es fundado, pero temo temer lo que temo porque en dicho temor está mi debilidad. Como dijera Hermann Hesse (1877-1962), el escritor alemán:
Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.
Esa es tal vez mi culpa, permitir que alguien que ostenta poder tenga poder sobre mí conciencia, mí futuro o lo que sea.

Thomas Jefferson (1743-1826), el estadista norteamericano, forjador de los inicios de esa nación decía reflexivo:
Nunca he podido concebir cómo un ser racional podría perseguir la felicidad ejerciendo el poder sobre otros.
Pero lo que a él le parece inconcebible, es perfectamente lógico en un mundo de carencias, de soledades, de efectos no entregados, y en ese contexto, cualquier sucedáneo siempre resulta mejor que enfrentar la realidad de su propia condición.

La siembra de la cosecha

El dicho dice que tarde o temprano “todo cae bajo su propio peso”, la Biblia señala por su parte que todo lo que sembramos eso cosechamos (Gálatas 6:7).

Concepción Arenal (1820-1893), la escritora y socióloga española escribió:
Todo poder cae a impulsos del mal que ha hecho. Cada falta que ha cometido se convierte, tarde o temprano, en un ariete que contribuye a derribarlo.
Es la confianza que me cabe, saber que tarde o temprano todos los que obran mal reciben los resultados de su accionar, de eso no tengo dudas, lo que me aflige es que antes que llegue ese momento quedan un sinfín de heridos en el camino.

No dejo de temerles a los políticos, aunque sus respuestas y sonrisas se vean convincentes. Sé que muchos de ellos son honestos, pero eso no quita de mí el temor. El poder es adulador, en la cima de la montaña es difícil recordar el esfuerzo que se ha hecho para llegar, porque la concentración en la gloria no permite ver otra cosa. Sin embargo, en ese lugar no hay espacios para otros, la victoria es un lugar muy solitario y fácilmente el envanecimiento hace perder perspectiva.  Como diría Tácito (55-120):
Para quienes ambicionan el poder no existe vía media entre la cumbre y el precipicio
La contaminación del poder

José Saramago, el novelista portugués, con la ironía y acidez que lo caracteriza señala:
El poder lo contamina todo, es tóxico. Es posible mantener la pureza de los principios mientras estás alejado del poder. Pero necesitamos llegar al poder para poner en práctica nuestras convicciones. Y ahí la cosa se derrumba, cuando nuestras convicciones se enturbian con la suciedad del poder.
A despecho que leo a Saramago por deber intelectual, me parece que tiene razón, que el verdadero problema es que en el uso del poder difícilmente las personas logran salir incólumes.

El poder que no se ejerce de manera ecuánime, con equidad, sabiduría y respeto, se convierte en tóxico.

Poder y servicio

Jesús, con ironía sutil y la autoridad que daba su propia vida señaló implacable:
Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:25-28)
La relación entre servicio y poder pocas veces se enfatiza. Quien es servidor, al estilo de Jesús, es decir “esclavo de todos”, en otras palabras, no busca hacer su voluntad sino ayudar a que las personas alcancen el ideal para el cual el poder debería servir.

Una persona que se vale del poder para adularse a sí misma, violentar, humillar, desacreditar, o cualquier otra actitud ajena al espíritu adecuado, simplemente, no entiende a cabalidad la relación que existe con el servicio.

Si hubiera más servidores, tendríamos menos caudillos. En la ley del servicio no hay lugar para despotismos de ningún tipo. Quien sirve actúa con humildad, reconociendo sus propios límites, entendiendo que nunca un ser humano será suficientemente sabio, que sólo en la dependencia de un poder superior seremos grandes, como diría Abraham Lincoln (1809-1865):
Nunca se es más grande que cuando se está de rodillas.
Temo a los políticos porque la mayoría ha olvidado esa gran verdad. Han convertido su cargo en una gran conspiración, en un lugar de conciliábulos, camarillas, secretismos, confabulaciones, amiguismos y otros istmos similares.

No sé si alguna vez confiaré mi cuello a algún político, del que sea, civil, religioso o empresarial, temo que su poder los enceguezca y en un arranque de ira me aplasten con toda su parafernalia aduladora.

Tal vez mi temor, sea al fin y al cabo, mi protección.