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domingo, 3 de julio de 2011

Un Dios de amor

“Dios es amor” 1 Juan 4:8

Visité el Museo de la Inquisición en Lima por primera vez el año 1994.

Adentrarse en ese lugar es como hacer una visita a un teatro del horror.


Nunca había estado tan cerca del significado de la tortura y el sufrimiento inflingido a otros por un ser humano.

Aunque había leído varios libros sobre la Inquisición y las atrocidades que se hicieron en dicho periodo, nunca había estado tan cerca de entenderlo.

Lo que me produjo más impacto y que me hizo vivir momentos de mucha tensión emocional fue leer los “autos de reos”, es decir, las proclamas que se leían mientras llevaban a los condenados a la hoguera o a la tortura. Me produjo desazón leer ese castellano antiguo tan lleno de las palabras “amor”, “salvación”, “alegría”, “Jesús”. Era un contrasentido que se mencionaran dichos vocablos en el contexto del horror y el sufrimiento que a nombre de un Dios de amor se inflingía a otros.

Quise creer que aquello era producto de la fantasía de algún escritor alcohólico o alucinado, sin embargo, tuve que ceder ante la evidencia irrefutable de lo que estaba ante mis ojos. Sacerdotes vestidos de frailes que mientras oraban otros inflingían sufrimientos atroces a seres humanos con la excusa de salvar su alma.

Aunque dichos actos fueron realizados a nombre de Dios, no proceden de la mano del Dios que decían proclamar. Sólo el enemigo de Dios pretende por medio de la coerción, la tortura y el sufrimiento doblegar la voluntad humana.

El enemigo de Dios realiza esfuerzos denodados “para desfigurar el carácter de Dios, para dar a los hombres un concepto falso del Creador y hacer que le consideren con temor y odio más bien que con amor”.[1] Toda vez que el nombre de Dios es blasfemado por una acción supuestamente atribuible a Dios, es Satanás quien está detrás como maquinador.

Hoy en día la estrategia sigue siendo la misma. Mostrar a un Dios implacable, lejano y que se complace con hacer sufrir a los seres humanos.

Dios es un Dios de amor (1 Jn 4:8). Nada hay en su carácter ni en la revelación que nos trajo Jesucristo que muestre arbitrariedad, complacencia en el dolor o intento siquiera de obligar a la humanidad a seguir sus dictados, todo lo contrario, nos ama tanto que nos ha dado la capacidad de elegir al grado que podemos optar por rechazarle.


© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

[1] (Elena G. de White, Seguridad y Paz, 14)

jueves, 3 de junio de 2010

El padre pródigo

La lectura de la Biblia exige cuidado en los detalles. Muchas personas suelen leer la Escritura como si se tratara de un diario o una novela, pasan por sus páginas a vuelo rasante, sin darse tiempo para detenerse en aspectos mínimos, que son, a la postre, la fuente de mayor riqueza del texto.

Cuando no nos detenemos en los detalles, tal como cuando pasamos en un vuelo de avión, tenemos una perspectiva global, pero los elementos más enriquecedores, los que hacen la diferencia, los que nos dejan palpitando y nos muestran senderos que motivan, alientan y dan esperanza están allí en el detalle.

Una de las parábolas más leídas de la Biblia es la que se ha dado en llamar el “hijo pródigo”, cuando en realidad, el personaje central no es el hijo, sino el padre.

El trasfondo

Para comenzar a entender el contexto tanto histórico como textual de las palabras de Jesús es preciso comprender que Cristo dirigió la parábola a un grupo específico de personas: “Fariseos y maestros de la ley”. Lucas señala: “Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: ‘Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos’” (Lc. 15:1-2).

Los escribas y los fariseos no soportaban que Jesús permitiera que se acercaran a él los “pecadores”. Dicha expresión en tiempos de Cristo tenía una connotación clara, se refería a los no judíos (gentiles), a mujeres que eran consideradas por definición pecadoras, a enfermos puesto que la enfermedad era entendida como castigo de Dios, algunos oficios como cuidar cerdos u ovejas, eran consideradas tareas para pecadores, además, los recaudadores de impuestos.

Ante esta situación los fariseos, auto referidos como “los puros” y los maestros de la ley (llamados escribas), que eran una especie de guardianes de la moral, las costumbres y la ley, definitivamente condenaron a Cristo por relacionarse con ese tipo de personas. La razón ideológica de dicha actitud era porque los religiosos enseñaban que mantener cualquier tipo de contacto con personas consideradas pecadoras, contaminaba y convertía a la persona en una pecadora.

Lucas 15

Se suelen hablar de las “parábolas” de Lucas 15, así en plural, sin embargo, la realidad es que es una sola parábola en tres versiones que incorpora distintas perspectivas respecto a Dios, que en las tres versiones tiene un rol y forma diferente. Dios es un pastor de ovejas, una mujer dueña de casa y un padre rico.

Muchos creyentes no pueden entender lo que significa la lucha por encontrar a Cristo. A veces actuamos como si nosotros fuéramos mejores que aquellos que no están en la fe y eso ponen barreras e impide que el evangelio triunfe.

Por esa razón Jesús cuenta una parábola en tres partes, porque de alguna forma cubre todas las posibilidades de seres humanos:

a. La oveja que se pierde, que representa a quienes están perdidos, y saben que lo están, no obstante, no conocen el camino de regreso, necesitan al pastor que vaya a buscarlas.

b. La moneda, que representa a quienes se pierden dentro de la casa. Es Dios tomando la forma de una mujer, lo que debe haber parecido un insulto a los oídos de los fariseos. Busca en la propia casa, y encuentra a los que se han perdido.

c. Los hijos, que están perdidos ambos, uno en la provincia lejana y que se ha ido por voluntad propia y puede regresar, y otro que está perdido en la casa teniéndolo todo, pero no tiene conciencia de estar perdido, que representa a los fariseos y escribas perdidos en sus tradiciones legalistas.

El público al que Jesús dirige esta parábola en tres partes es el mundo de los fariseos y escribas, pagados de sí mismos y contentos con sus arrogancias legalistas.

En la actualidad sigue siendo necesario revisar los conceptos que aparecen en este capítulo, pues siguen habiendo personas que en su arrogancia no logran entender que la gracia no exige obediencia a la ley, sino compromiso de sumisión al Padre que es quien hace el milagro de la transformación real.

En más de alguna ocasión he dicho que temo las reacciones de los santos, los puros y quienes consideran que tienen un lugar preferente en el reino de los cielos, a menudo suelen ser personas tan llenas de soberbia legalista que se convierten en lobos, antes que en ovejas. Mi oración en más de alguna ocasión ha sido, y sin ironía: “Señor líbrame de caer en las manos de algunos de los santos de la iglesia…”

Al margen de una actitud que necesita ser constantemente analizada, la última parte de la parábola, que prefiero llamarla “El padre pródigo”, nos muestra ocho características de Dios, como una fotografía gigante de quien es realmente el Dios al que adoramos. Detenerse en los detalles de la historia contada por Cristo nos ayuda a comprender la magnitud de la obra divina y el carácter de Dios.

1. RESPETA

El texto dice que “El menor de ellos le dijo a su padre: 'Papá, dame lo que me toca de la herencia.' Así que el padre repartió sus bienes entre los dos” (Lc. 15:2 NVI).

No repartió la herencia sólo con el hijo menor, también le dio al mayor lo que correspondía. Lo que sorprende de la manera en que está presentada la narración es que el Padre no exigió explicaciones de ningún tipo. Tampoco puso condiciones, simplemente respetó la decisión de su hijo, aunque no estuviera de acuerdo y aunque representara de muchas formas una especie de insulto al Padre. En realidad le estaba diciendo, “desearía que estuvieras muerto, dame mi herencia”.

La lección es que Dios no obliga a nadie, es un error presentar a un Dios que exige obediencia, no es el mensaje bíblico. Dios espera que le sirvamos por amor, no por miedo ni por manipulación ni nada que se le parezca. Cuando damos otra impresión, entonces, presentamos una caricatura de Dios. El Dios en el que creo respeta, incluso, está dispuesto a aceptar mi rechazo, sin obligarme, ni forzarme de ninguna forma.

El hijo mayor, el que se queda, pasó toda su vida sirviendo por obligación y no por amor. Su vida demuestra que la obediencia sin amor, siempre lleva a la amargura y al sentimiento de llevar una carga que no permite disfrutar la existencia adecuadamente.

2. AMA.

La segunda característica es que Dios ama. De hecho, el texto simplemente dice que en el momento de mayor angustia, cuando había tocado fondo y ya no podía caer más bajo el hijo que se había marchado se dice a sí mismo: “Tengo que volver a mi padre” (Lc. 15:18).

¿Por qué vuelve el hijo? Simplemente porque sabe que su padre lo ama. El hijo conoce a su padre y entiende que su amor es incondicional. El padre ha demostrado en el pasado quién es y el hijo conoce ese rasgo de su padre. Si no lo hubiera sabido nunca hubiera vuelto.

Nadie ha caído tan bajo que no pueda regresar. Cuando presentamos la idea que Dios no está dispuesto a recibir a quien se equivoca, entonces, caricaturizamos a Dios. El amor de Dios es tan grande que nunca rechazará a quien decide volver.

3. ESPERA.

No estamos acostumbrados a la imagen de un Dios paciente que espera. Al contrario, suele recurrirse a la idea de un Dios que está enojado porque sus hijos no deciden rápido. La idea de un Dios que espera, debe haber sonado como herejía a los oídos de los fariseos.

El texto señala que el hijo: “Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio” (Lc. 15:20). ¿Por qué lo vio? Simplemente, porque lo estaba esperando.

Eso muestra un rasgo de Dios: nunca olvida a sus hijos. A veces presentamos a un Dios vengativo que se complace en vernos sufrir o que está pronto a castigarnos por nuestros errores. Pero, eso no es lo que presenta la Escritura. Dios espera que regresemos a él. Dios no nos olvida nunca. Está presto a darnos su ayuda y compañía siempre. Espera con paciencia al momento en que reaccionemos y vamos a sus brazos de amor.

3. ES COMPASIVO.

El texto dice que el Padre “se compadeció de él” (Lc. 15:20). Eso implica que Dios actúa por compasión, no por venganza. Si entendiéramos que Dios es compasivo, actuaríamos distinto con los que se equivocan.

La palabra compasión es hermosa, supone una actitud de amor incondicional. Eso implica que Dios no nos condena nunca, es el ser humano el que se condena a sí mismo por las decisiones que toma.

Si se transmite la idea de compasión, entonces, la visión que normalmente se tiene de Dios cambia. La caricatura presenta a Dios persiguiendo, castigando y denostando a los que yerran. La idea bíblica es totalmente diferente. Dios no realiza una acción de ese tipo, al contrario.

4. VIENE A NUESTRO ENCUENTRO.

El concepto común presentado en círculos religiosos es “ven a buscar a Dios”, “busca a Dios”, etc. El texto nos dice que el Padre “salió corriendo a su encuentro” (Lc. 15:20). Una idea distinta a la presentada tradicionalmente en el folklore religioso contaminado con ideas extrabíblicas. En el mundo antiguo “no se consideraba digno que un anciano corriese; sin embargo, él corre”.[1] Eso da la idea de un Dios activo, que se compromete y que no espera pasivamente.

Se suele presentar a un Dios ausente. Por el contrario, la historia que cuenta Cristo nos muestra a un Dios que viene a nuestro encuentro, lo mismo que vivió Jesús en la experiencia con los seres humanos.

Enseñamos a los niños ideas tales como que Dios se aleja de algunos lugares, o derechamente que Dios no se acerca a determinadas personas, cuando en realidad, Dios nos está buscando siempre.

Él viene a nuestro encuentro cuando menos lo pensamos. Dios siempre está intentando llegar a nosotros.

Como señala William Barclay: “Jesús no creía que se puede glorificar a Dios vilipendiando al hombre; lo que sí creía es que el hombre no es realmente él mismo hasta que vuelve a Dios”.[2]

5. NOS RECIBE. 

El Padre, que podría estar ofendido, furioso y distante, se acerca a su hijo, y Jesús dice que: “Lo abrazó y lo besó” (Lc. 15:20).

El hijo venía sudoroso, mal oliente al estar trabajando con cerdos, con ropas sucias, raídas. Al padre no le importó. No le pidió cuentas. No le dijo: “Antes de presentarte a mi cámbiate de ropa”. No esperó un cambio externo, él simplemente lo recibió.

En algunos círculos se transmite la idea de que Dios espera que nosotros seamos transformados antes de ser recibidos, concepto que no es bíblico. Dios nos recibe en nuestra suciedad. Luego viene el cambio que él realiza. Dios recibe sin pedir transformaciones, él sabe que el individuo está herido, sucio y derrotado. El acto de recibirlo, es la constatación de un Dios que no actúa por venganza ni por retribución, sino por misericordia compasiva.

6. TRANSFORMA.

Una vez que hubo recibido al hijo, al que no le pide nada a cambio, el “padre ordenó a sus siervos: '¡Pronto! Traigan la mejor ropa para vestirlo. Pónganle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies” (Lc. 15:22).

Llega como un cuidador de cerdos, como una persona despreciada, sucia, raída, mal oliente. La lección es que Dios transforma. No es ese un acto humano, no el individuo el que realiza la acción de la auto recuperación.

El acto de ofrecerle lo que le entrega tiene una gran significación en el entorno judío: “La ropa representa el honor; el anillo, la autoridad, porque el que una persona le diera a otra el anillo era como darle poder notarial; los zapatos distinguían, a los hijos, de los esclavos, que no los tenían”.[3]

Dios quita nuestra inmundicia. Saca de nosotros las ropas raídas y sucias y nos da algo mejor. Pone su anillo en nuestro dedo. Nos otorga la posibilidad de llamarnos sus hijos. El padre, que es el único que tiene el poder, realiza la acción de la manera mejor que puede, demostrando amor incondicional y una simpatía a toda prueba por el pecador que no puede cambiar su condición.

7. DEFIENDE. 

Luego, ante el ataque del hijo que ha quedado en casa, el padre le responde: “Tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado” (Lc. 15:21-22).

En medio de la fiesta el enemigo siempre nos va a acusar. El hermano representa al enemigo de Dios y a quienes no entienden el amor de Dios ni lo que él hace por sus hijos que se han ido y regresan. Su forma de referirse despectivamente a su hermano como “tu hijo”, muestra a una persona que se complace más con la acusación que con la gracia, típica actitud de los fariseos a quienes representa.

Además, como señala Barclay “tenía una mente sucia. No se mencionan las prostitutas hasta que lo hace él. Parece que acusaba a su hermano de pecados que le habría gustado cometer a él”.[4]

Dios nos defiende. Él es nuestro abogado defensor. Él es quién se presenta delante del enemigo. Mucha gente no entiende este aspecto del carácter de Dios. Actúan como si esa tarea fuera nuestra, pero no es así, Dios es el defensor de sus hijos.

8. HACE FIESTA. 

El corolario de la historia es hermoso. En cada una de las secciones, tanto del pastor como de la mujer, se culmina con una fiesta. En este caso, siguiendo la lógica anterior, no podía ser diferente. La justificación que da el padre es: “Teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado” (Lc. 15:22).

Dios nos es Dios de funerales. Muchas veces confundimos “reverencia” con “tristeza” o “amargura”. Cristo fue serio pero alegre.

Necesitamos entrar en la fiesta de Dios. El cristiano está llamado a compartir el gozo del Señor. Hay fiesta por cada pecador que se arrepiente. Dios espera hacer dicha algarabía, porque bien lo merecen quienes han optado por la vida.

Conclusión: 

En la parábola del “padre pródigo” se presentan las siguientes características de Dios: Alguien que respeta; Ama; se compadece; viene a nuestro encuentro; nos recibe; transforma; defiende y finalmente, hace fiesta.

Reflexionar diariamente en ese Dios nos hará ser más compasivos, comprensivos y amables con quienes se van a la “tierra extraña” renegando de todo lo que se refiera a Dios, que caen tan bajo que comienzan a codiciar la comida de los cerdos. El Dios en quien creo recibe a cuidadores de cerdos y le pone su manto encima para recordarle que no importa cómo vista, como se vea, es un hijo de Dios que merece ser restaurado. Nunca deberíamos dar otra idea, de lo contrario, desfiguramos al Dios de la Biblia.


Referencias

[1] William Hendriksen, El evangelio según San Lucas (trad. Pedro Vega; Grand Rapids, MI.: Libros Desafío, 1990), 715.
[2] William Barclay, Evangelio según San Lucas (Barcelona: Clie, 1994), 250.
[3] Ibid.
[4] Ibid., 251.

lunes, 3 de mayo de 2010

Chat con Dios

Dios: Hola, ¿cómo estás?

Humano: Enojado contigo.

Dios: ¿Por qué? ¿Qué te he hecho?

Humano: Eso precisamente, ¡no has hecho nada!

Dios: Explícate porque no te entiendo.

Humano: Hubo un terremoto y no hiciste nada.

Dios: ¿Cómo sabes que no hice nada?

Humano: Se cayeron muchas casas y la gente está sufriendo, algunos murieron.  ¿Dónde estabas?

Dios: ¿Dónde crees?


Humano: No sé, si hubieras estado no habría pasado.

Dios: Lástima que tengas esa opinión de mi.

Humano: No sólo yo, también algunos amigos que conozco, incluso una amiga mía también está enojada contigo porque está enferma y tú no haces nada.

Dios: No me aflige que estén enojados, sino que no me crean.

Humano: ¡Qué quieres que te creamos!

Dios: Que nunca los he dejado solos.

Humano: No te creo.

Dios: Si lo sé, pero créeme, sé perfectamente lo que está pasando.

Humano: ¿Y por qué no haces nada?

Dios: Hago mucho, sólo que no hago propaganda.

Humano: Y por qué no, ¿hasta las gallinas cacarean cuando ponen un huevo?

Dios: Yo no soy así, pero créeme, estoy con todos los que sufren, mucho más de lo que ellos imaginan.

Humano: ¿Y por qué no haces algo?

Dios: Hay cosas que no puedo hacer, no sería justo.

Humano: ¿Para quién no sería justo? ¿Para ti?

Dios: No para todos. Los seres humanos son libres. Hay decisiones que no me competen. Los cree libres.

Humano: Si pero podrías intervenir de vez en cuando.

Dios: Siempre lo hago pero sin que las personas vean afectadas su libertad.

Humano: No logro entender eso, me parece una posición cómoda.

Dios: No creas, es la posición más incómoda del mundo. Tengo todo el poder para intervenir cuando quiera, pero he creado a un ser humano capaz de elegir, el día en que intervenga dejará de ser justo.

Humano: Pero, ¿por qué permites que la gente se enferme?

Dios: Eso no es responsabilidad mía, es consecuencia de las decisiones de los seres humanos.

Humano: ¿Y qué culpa tiene un niño?

Dios: Ninguna, pero volvemos a lo mismo. No puedo intervenir anulando la capacidad humana de elegir.

Humano: Me resulta confuso.

Dios: Si lo sé, por eso fue mi hijo, precisamente para hacer algo que nadie pidió.

Humano: ¿Qué cosa?

Dios: Morir, sacrificarse, asumir lo que le corresponde al ser humano, para que sean libres de elegir, para que eligiendo a Jesús opten por la vida, la que realmente importa.

Humano: ¿Cómo que la que realmente importa? Toda vida importa.

Dios: No en realidad. La vida que tú vives hoy no es exactamente la vida que tengo en mente, sino la vida de abundancia, y esa no será posible nunca en tu mundo, sólo es posible en mi mundo.

Humano: ¿Cómo que tu mundo? Esto es todo lo que hay.

Dios: No, yo tengo para ustedes un nuevo mundo, una realidad que ni te imaginas.

Humano: El saberlo no quita mi enojo.

Dios: No te pido que dejes tu enojo, sino que me creas. Ya hice lo que tenía que hacer. Jesús fue y está ahora conmigo, esperando que ustedes vengan.

Humano: ¿Cómo que vengan? Yo quisiera ir, pero Jesús no viene.

Dios: Él está en camino y antes de lo que imaginas estará por allá en ese mundo que tanto te preocupa.

Humano: Me aflige que la gente sufra.

Dios: A mí también. Nunca ha sido el plan que las personas sufran. Yo sufro con cada uno que sufre, tengo el panorama completo ante mí todos los días.

Humano: ¡Quiero discutir contigo! ¡A veces me dan ganas de gritarte!

Dios: Hazlo, a mi no me afecta, si eso te ayuda, adelante. Sólo te pido que creas, no que te guardes tus sentimientos.

Humano: Es que quiero entender.

Dios: Para eso te hará falta la eternidad, y ni aún lograrás entender todo.

Humano: ¡Pero yo quiero entender ahora!

Dios: Lo que necesitas entender es que es preciso que creas.

Humano: Tal vez mis expectativas son demasiado altas.

Dios: Tal vez no me escuchas lo suficiente.

Humano: El enojo no me deja escucharte.

Dios: Escúchame aunque estés enojado, cuando comiences a creer, entonces, el enojo pasará y podrás descansar.

Humano: En realidad, ¿no te enojas conmigo por estoy molesto contigo?

Dios: No, tu enojo no me aflige, me aflige que no creas.

Humano: Si, ya lo dijiste, suenas repetitivo.

Dios: No dejaré de repetirlo. Te amo profundamente a ti y a los demás. A todos y cada uno de los seres humanos. Te amo más de lo que alcanzas a comprender.

Dios: ¿????

Dios: ¿Qué pasa?

Dios: ¿¿¿¿¿¿????

Humano: Estoy emocionado.

Dios: ¿Por qué?

Humano: Me cuesta trabajo creer que me amas si estoy enojado contigo.

Dios: Créeme, sólo quiero que creas.

Humano: ¿Qué quieres que crea?

Dios: Que te amo.

Humano: mmmmmm

Dios: Sólo creyendo tendrás posibilidades de entender.

Humano: ¿Creer pese a mi enojo? Eso es nuevo para mí.

Dios: Quisiera que creas que estoy dispuesto a abrazarte y estar contigo en todo momento, que nunca te he abandonado a ti ni a nadie. Que llegará un día que intervendré totalmente, pero será por voluntad de ustedes, no por imposición.

Humano: Quiero creer. ¡Ayúdame!

Dios: Eso es suficiente. Es una pequeña luz. Abrázate a ella.

Humano: Eso intento.

Dios: No dejes de hacerlo.

Humano: ¿Y después? ¿Cuándo venga otro temblor?

Dios: Sigue creyendo. No provoco los temblores ni los terremotos ni la muerte, pero allí estoy a tu lado para darte consuelo esperando que creas, para que en algún momento todo esto acabe.

Humano: Tengo que irme, pero quiero seguir hablando contigo.

Dios: Cuando quieras. Tengo el chat abierto siempre para ti.

Humano: Es bueno saberlo. Voy a meditar en lo que me has dicho.

Dios: Ok, aquí estoy cuando quieras.

Humano: Ok.

sábado, 1 de mayo de 2010

Siempre presente

En el silencio de la tarde y en la bonanza de la mañana. En el gorjear de los pájaros y en el murmurar de las hojas con el viento. En la tibia quietud del sol en el alba. En las gotas de rocío.

En la gracia quieta de las florecillas jugueteando con la brisa. En el constante reír de las olas. En el mutismo milenario de las montañas. En el cielo azul rasgado por el vuelo del águila.

En sueño del niño hamacado en su cuna. Allí, simplemente allí, se refleja la sonrisa de Dios.

Y en aquellos instantes cuando todo oscurece. Cuando crees tener sobre tus espaldas el peso de todo el dolor. Cuando bebes el cáliz del sufrimiento. Cuando sientes el desprecio de la gente. Cuando te acongoja el hambre y la necesidad.

Cuando sientes que sería mejor que la tierra se abriera bajo tus pies y te ocultase. Cuando lloras en silencio. Cuando el dolor oprime tu pecho hasta casi estallar.

Allí, aunque no lo sientas, está también la mano de Dios acariciando tu pelo y acurrucándote en su regazo, como quien cobija a un niño.



Cuando ríes y cuando sufres. Cuando amas y desprecias. Cuando te comportas nada más que como humano, Dios está a tu lado con una sonrisa amplía en tu alegría o con los ojos llorosos en tu tristeza.

En momentos en que todo parece un atolladero imposible de franquear… Dios ha allana el camino para que pases.

Cuando te metes en problemas y cavas tu dolor con tenacidad y porfía, ahí también está El, velando en tu derrota y esperando confiado a que decidas que ya es suficiente para seguir bregando atajos solitarios.

En todo instante, en el aura y en la voz, en los solsticios de verano y en la fría noche del invierno. En la algarabía de la niñez y en la quietud de la ancianidad. En la borrasca impetuosa de la adolescencia y en la placidez de la edad madura. En todo momento, un compañero invisible camina a tu lado, sin forzarte, sin torcer tu mano, sin querer que sientas obligación alguna.

Camina a tu lado en silencio, esperando una oportunidad para demostrarte que tú, a sus ojos, eres único o única. Maravillosamente especial. Su creación favorita. Su hijo predilecto. Su hija regalona. La más bella presea de su tesoro.

Te mientes cuando te dicen que Dios se aleja de ti.

Mienten cuando dicen que Dios nos abandona.

Es un engaño creer que Dios se complace con tu dolor y que en esos momentos te ha dejado solo.

Es un invento de origen maligno creer que Dios estará contigo sólo si te portas bien o realizas buenas acciones. Ese es un engaño de alguien que no se resigna a creer que el amor de Dios sea tan incomensurablemente grande.

A través de la historia del cristianismo se ha venido enseñando reiteradamente que el amor de Dios es condicional. Que está y no está. Está con quienes él desea y no está con aquellos que rechaza.

Eso es una burda mentira de quienes no entienden el amor de Dios.

De verdad que Dios es justo, sin embargo, su justicia no es implacable. En el fondo, quienes se condenan a sí mismos son aquellos que no se resignan a aceptar el amor perdonador de Dios.

¿Te equivocastes? ¿Cometiste un pecado del que te arrepientes y te averguenzas? ¿Te han herido? ¿Dañaste a alguien concientemente? ¿Crees que no vale la pena seguir viviendo con todo ese peso que sientes?

Pues no les creas a quienes te dijeron que Dios se ha alejado. Anda a él. Dios no espera que cambiemos para perdonarnos. Esa es una falacia. Si pudiéramos ser justos por nosotros mismos, ¿para qué entonces necesitaríamos el poder de Dios? Vamos a Dios por la simple razón de que somos malos y no podemos ser buenos por nosotros mismos.

En todo momento Dios está presente. En todo instante te espera. En cada segundo está pendiente de ti para que aceptes la gracia maravillosa de su amor.

¿Qué pensarías de aquel que cuando recibe un obsequio quiere pagarlo? No sé tú, pero yo me ofendería. Cuando hago un regalo es porque siento que es algo que quiero hacer y porque me agrada darlo. Dios nos ha dado el obsequio de su amor y su justicia mediante el sacrificio de Jesús, y nosotros, no creyendo que tanto amor es posible queremos pagarlo de la única manera torpe que se nos ocurre, realizando obras buenas para ganar su misericordia y hacernos “merecedores” de su gracia.

La gracia no se puede comprar. Es algo que está más allá de nuestras posibilidades.

Dios te ha visto llorar en medio de tu desesperanza.

Ha estado contigo en tus alegrías.

Ha llorado junto a ti cuando has sido malherido por personas que supuestamente deberían haberte amado.

Nunca nos ha abandonado aunque a veces su presencia se sienta más lejana por nuestra propia actitud.

Así que amigo o amiga, levanta la frente. Sonríe. Eres un hijo o una hija del Dios altísimo. Del rey del universo. Deja tus cargas a sus pies y descansa en su gracia. Todo lo que vendrá después será resultado de su gracia y de la paz que sólo él puede dar.

sábado, 10 de abril de 2010

El “silencio” de Dios

La mayoría de quienes han decidido no creer en Dios justifican su elección con preguntas como: “¿Por qué permite Dios tal cosa?” “¿Por qué guarda Dios silencio?” Los creyentes respondemos que Dios no causa el sufrimiento, sino que el mismo ser humano se mete en tales situaciones que después ha de arrostrar las consecuencias.

Un concepto que a muchos les cuesta entender es que Dios respeta absolutamente la voluntad humana hasta un punto que se nos escapa. Él no espera que los seres humanos actúen de acuerdo a su voluntad por decreto.



El problema se suscita cuando intentamos entender el modo de actuar de Dios. En nuestra presunción, pretendemos aclarar todos los misterios divinos, sin darnos cuenta de que eso es una tarea tan titánica e imposible como meter todo el océano en un solo vaso. La mente finita es incapaz de abarcar el infinito. Al no entenderlo, el hombre opta simplemente por expulsar a Dios…

El que se decide a creer confiará en Dios, entienda o no sus designios porque sabe que lo absoluto tiene razones que la razón humana no comprende, pero eso no invalida a Dios. Es justo esa supremacía lo que lo hace Dios.

Muchos cristianos se ven acosados por las dudas sembradas por los incrédulos y de pronto dejan el mundo de la fe... Quisieran volver a los tiempos del Antiguo Testamento, pararse frente al Sinaí y escuchar la voz de Dios, clara y profunda, diciendo lo que hay que hacer y los motivos de sus acciones. Incluso tras orar, muchos quisieran oír a Dios diciéndoles nítidamente al oído qué deben o no deben hacer. El deseo es natural. No hay nada malo en desear una respuesta audible de Dios. El problema se suscita cuando este anhelo se vuelve exigencia. Es entonces cuando comenzamos a transitar la frontera del escepticismo y actuamos con Dios como si él nos debiese algo. Como si estuviera obligado a actuar de acuerdo con nuestros deseos.

Cuando se entra en el camino de las exigencias olvidamos fácilmente quién es Dios y, por contraste, quiénes somos nosotros. Olvidamos la soberanía de Dios y su poder para decidir qué es mejor para nuestras vidas.

Cuando vienen las crisis y nos molesta no recibir respuestas rápidas a nuestras demandas, todo el andamiaje teológico que hemos construido se derrumba. Eso lleva a muchos a creer que Dios simplemente no escucha y que ha olvidado a sus hijos. De ahí a la incredulidad hay un paso.

Algunos creen que la relación con Dios es una especie de contrato en el que a cambio de ser cristianos Dios tiene que responder a todas nuestras demandas.

Pretender controlar las decisiones de Dios es tan infantil como efectuar una pataleta para lograr que mi padre me dé un caramelo. Dios no se deja intimidar por nuestras actitudes. Él no permite la manipulación porque él no manipula jamás.

En lugar de exigirle, haríamos bien en pararnos a pensar en todo lo que nos ha dado. Mirándonos a nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que le debemos más a él de lo que nos parece que él nos debe.

Dios escucha cada una de nuestras oraciones, siempre. Cuando se examina la conducta de Jesús, máxima revelación de

Dios, observamos algo sorprendente que nos da luz acerca de la forma en que Dios actúa. A menudo, ante las preguntas y exigencias de sus detractores, las respuestas de Cristo dejaban perplejos a todos...

Nicodemo le pregunta "cómo nacer de nuevo" y él le habla del viento. Cuando una mujer pretende discutir de judíos y samaritanos, Jesús le habla de su marido. Un hombre inquiere “¿Quién es mi prójimo?” y Cristo le cuenta una historia que probablemente todos conocían. Cuando Pilatos lo interroga, Jesús calla. En estas respuestas y silencios hay una forma de actuación divina que deberíamos aceptar.

Dios no ve lo que ve el ser humano. La visión divina abarca mucho más. Su mirada siempre está proyectada hacia la eternidad. Dios ve los motivos ocultos, las heridas secretas, los pensamientos disimulados, las intenciones dobles, el gesto enmascarado… Dios ve lo que nadie más ve.

Él sabía que Pilatos no necesitaba respuesta. Entendía que la mujer samaritana no necesitaba teología, sino curar sus heridas. Sabía que aquel escriba arrogante precisaba una respuesta dialéctica. Sabía que lo que Nicodemo necesitaba era doblegar su mente a la influencia del Espíritu Santo. Él sabe lo que hay detrás de tu oración, incluso aunque tú mismo no lo entiendas. ¿Por qué simplemente no le dejas a él que sea Dios? De todos modos siempre te va a contestar, aunque no sea exactamente como tú lo esperas, pero sin duda su respuesta será la mejor para ti… ¡Siempre!