Los sermones constituyen el centro neurálgico de toda iglesia. Son la fuente principal de alimento espiritual de la congregación.
La iglesia la componen varones y mujeres. Sin embargo, la mayor parte de los púlpitos y durante casi todas las reuniones son ocupados por varones. En más de una oportunidad alguna dama de la iglesia predica, pero, aparece como algo excepcional y como una concesión del monopolio y siempre entregado de manera condescendiente para que las mujeres no se sientan incómodas. No es práctica habitual.
Es una regla de la naturaleza que los varones vemos el mundo desde la perspectiva de un varón y del mismo modo las mujeres. Sin embargo, aunque la mayoría de las congregaciones están compuestas en una proporción más alta por mujeres, éstas deben aceptar que las predicaciones las den varones. Eso produce, sin intención y sin una planificación ex-profeso una tendencia al androcentrismo.
Androcentrismo
El androcentrismo es una expresión que significa “el varón como centro”.
Los varones tienden a escoger como temática de sermones aquello que como varones más le impresiona. Eso no tiene nada de malo ni de sorprendente. Es natural. Sin embargo, la mayoría de las temáticas tienen como eje central la experiencia de varones de la Biblia.
La tendencia es a exaltar a los “héroes” de la Biblia. Y es lógico, los varones tienden a identificarse con otros varones.
Incluso algunas secciones de la Biblia son tratadas como si en ellas se hablase exclusivamente de varones. Por ejemplo se suele hablar de Hebreos 11 como “la galería de los héroes de la fe”, olvidando que en dicho capítulo también son presentadas mujeres, y que en general no aparecen como heroínas. Se menciona a Sara, Rahab y algunas anónimas como las “que recobraron con vida a sus muertos”. Son parte activa e importante de aquellos que se mantuvieron fieles a Dios sin importar las circunstancias. Y es interesante que de todos los personajes de la Biblia Pablo elija –al correr de la pluma- a Sara y Rahab, dos contrastes extraordinarios.
Cuando alguien se deja llevar por el androcentrismo entonces, el varón aparece como el centro de la acción. Varones son los que son fieles y varones los que ejecutan la voluntad de Dios a través de la historia. Esto es un énfasis peligroso para la salud de la iglesia y para la identidad de las mujeres.
La forma de presentar a la mujer
La mayoría de las veces que se utilizan historias bíblicas de mujeres es para exaltar virtudes, supuestamente femeninas: modestia (Ruth), ternura (Jocabed), cuidado de los niños (las madres que traen sus hijos a Jesús), obediencia a sus esposos, aunque eso no dice el texto (Sara), sacrificio personal (Ester), abnegación (Dorcas), cuidado de su casa, aunque harían bien en leer los machistas este texto porque habla de otra cosa (mujer virtuosa de Pr 31), la formación espiritual de los hijos (madre y abuela de Timoteo), buena suegra (Noemí). O para destacar actitudes reprobables la malignidad de Jezabel; la maledicencia de Miriam; la presunción de Eva; o la infidelidad de Gomer la esposa de Oseas.
El mensaje que se trasmite directa e indirectamente a la congregación es que los varones suelen destacar en su peregrinaje espiritual por sobre las mujeres. De los varones se dice que tuvieron luchas espirituales y salieron victoriosos. De ellos se predica la valentía para enfrentar las más difíciles situaciones en pro de la causa de Dios. Las mujeres normalmente aparecen como personajes secundarios detrás de los varones o como “personajes de segunda fila” por usar un término de un historiador argentino.[1]
Este mensaje repetido vez tras vez y todas las semanas por varones bien intencionados, pero, parcializados por su propia visión masculina de la realidad va produciendo un discurso que termina lesionando la imagen que la mujer cristiana desarrolla de sí misma, y lo más lamentable, es que termina presentando un mensaje distorsionado de lo que la Biblia realmente presenta.
¿Es androcéntrico el mensaje bíblico?
La perspectiva bíblica es extraña. Aunque la mayoría de los escritores bíblicos son varones (hay secciones escritas por mujeres, pero son las menos), debería imperar la perspectiva masculina. Sin embargo, no hay tal porque no se presenta dicho planteo en ninguna parte de las Sagradas Escrituras. Aquello obedece simplemente a una situación cultural donde el varón tenía la preeminencia y la mujer no era escuchada ni tratada como una igual. Derivar de allí conclusiones de exclusión desde Dios es no entender el mensaje bíblico.
Lo que llama la atención es que aún cuando la Biblia fue escrita por varones, no contiene las expresiones de desacreditación y disminución tan comunes al lenguaje extra bíblico del tiempo de los escritores de la Biblia. No hay en la Biblia la tendencia que si se observa en los escritos contemporáneos a los que escribieron el texto sagrado. Eso ya enuncia un elemento distinto. Señal de que aún cuando se deslizan ciertos énfasis propios de la masculinidad, el que inspira guía para que aquello no sirva para cargar las tintas en desmedro de la mujer.
Por otro lado, aún cuando no es la práctica habitual de los predicadores, cuando las mujeres son presentadas en la Biblia en general se las presenta en igualdad de condiciones con los varones. Lo cual es un elemento totalmente contrastante y diferencia a las Escrituras de todos los escritos de su tiempo. Esto último podrá parecer extraño a quienes no están acostumbrados a observar este fenómeno por estar acostumbrados a un discurso androcentrista.
Por otro lado, en la Biblia no se encuentra en ninguna parte el mensaje tan común a los escritores extra bíblicos de presentar a la mujer asociada normalmente al mal y a el manejo de lo oculto. Cuando la Biblia presenta el desarrollo del mal no hace discriminación de un sexo sobre otro. Hay brujas y brujos, hechiceros y hechiceras, malvados y malvadas. El mal no es privativo de un sexo en la Biblia.
Finalmente, la Biblia presenta a muchas mujeres ocupando responsabilidades con las que habitualmente se asocia al varón. Lo cual es extraño en un mundo donde las mujeres no tenían derechos personales ni estaban ligadas a ninguna forma de acreditación personal. Se habla de profetizas, juezas, mujeres que guían batallas, reinas, maestras, apóstolas, discípulas, etc.
Hacia un mensaje equilibrado
Va siendo hora de que cambiemos nuestro discurso. No se soluciona el problema de los énfasis haciendo predicar a mujeres, necesariamente. Puesto que muchas damas están tan marcadas con el discurso discriminador que probablemente repetirán el discurso masculino sin darse cuenta de que lo es. El problema se soluciona yendo a la Biblia y permitiendo que nos hable sin cargar a la Palabra con preconceptos o prejuicios.
Desde hace mucho tiempo ha habido una discusión muy grande en relación a lo que es netamente varonil y lo que es propio de la mujer. Se supone que los varones tienen características que lo hacen opuestos totalmente a las mujeres. Sin embargo, cada vez hay más estudios que desacreditan aquellas características que supuestamente son privativas de los sexos. Cada vez hay más investigaciones que prueban que lo que hay en el fondo es formaciones distintas y formas de educar que condicionan a los varones a ser de un modo y a las mujeres de otro.
Sostener que la ternura, la bondad, el servicio, la preocupación por los otros, la laboriosidad, la delicadeza, son características propias de la mujer es no sólo absurdo sino que condena a los varones a un estereotipo que termina finalmente dañando a todos. Es cierto que hay mujeres capaces de ser tiernas, pero un varón no debería ser menos. Asociar lo varonil con la rudeza y lo mujeril con delicadeza es estereotipar la conducta humana. Conozco mujeres tan rudas que harían empequeñecer al varón más duro y del mismo modo, he conocido varones capaces de mostrar rasgos de ternura y delicadeza en el trato con enfermos, niños y necesitados que en nada tienen que envidiar a la mujer. Leer la Biblia con los lentes del estereotipo es simplemente no entender el mensaje que la Biblia presenta.
Héroes y heroínas
La próxima vez que queramos predicar no busquemos a un varón que destaque sino a una persona que haya mostrado, independiente de su sexo, una fidelidad a Dios a toda prueba. Si observamos la Biblia desde esa perspectiva veremos que cuando se trata de la relación con Dios no hay superiores ni inferiores, hay personas, que independiente de su sexualidad, actuaron siendo obedientes a su conciencia y de ese modo lograron llegar a alturas insospechadas de relación con Dios.
Algunos ejemplos aleccionadores:
Rahab. Sería bueno que cambiáramos nuestro discurso. ¿Cuándo fue que escuchó un sermón sobre esta mujer? En particular nunca lo escuché salvo de mis propios labios. Cuando hablamos de ella solemos decir al paso y como fijación mental, “la prostituta de Jericó”. Lo cual constituye un exabrupto exegético y un énfasis que desconoce el sentido bíblico. ¿Cuándo escuchó que desde el púlpito se refirieran a ella como la abuela de David, la heroína de Hebreos 11, la mujer que pasó de ser una despreciada a esposa de un príncipe de Israel? O, la bisabuela de Jesucristo. Es un muy buen ejemplo para mostrar el poder transformador de la justicia de Dios.
Ruth. Solemos referirnos a esta mujer como una muestra de lo que puede hacer el poder de Dios y la obediencia. ¿Cuándo escuchamos del sacrificio de Ruth? Alguna vez le dijeron que su entrega a Noemí y a los ideales que ella representaba significó abandonar su pueblo, su cultura, y todo lo que conocía. Que haber ido en busca de Booz significó todo un acto de valentía y coraje en un mundo donde ella era doblemente despreciada –por ser mujer y por ser Edomita (hija de un pueblo maldito). Su actitud es digna de encomio e imitable no sólo por las mujeres.
Miriam. La mayoría de las veces que he escuchado a un predicador hablar de esta mujer fue en términos de exponer las consecuencias de hablar mal de alguien (como si esto fuera privativo sólo de las mujeres), al hacerlo nos olvidamos que también Aarón hizo lo mismo. Sin embargo, solemos olvidar que ella fue una profetiza respetada por el pueblo. Que cuando Dios hablaba normalmente estaban los tres hermanos presentes. Tal era el respeto que el pueblo sentía por ella que cuando recibió el castigo de la lepra el pueblo no quiso avanzar hasta que ella se reunió de nuevo a la congregación.
Priscila. Solemos hablar de “Aquila y Priscila”. Pero, no es así como los presenta la Biblia. De las cinco veces que aparecen en el relato bíblico tres veces son presentados como “Priscila y Aquila”. Esto que parecería sólo un elemento tangencial no lo es. Muestra, según la costumbre griega de escribir, que el líder es Priscila, por esa razón es mencionada en primer lugar. Ella es la que enseñaba y la que tenía una mayor madurez espiritual. No hay ninguna reprensión por eso ni siquiera una salvedad de excepción, es admitido como perfectamente válido. Señal de que el liderazgo espiritual no es privativo de varones.
María magdalena. El discurso común sobre ella es que fue adúltera y lloró. Sí lo fue, sin duda, pero, no menos que muchos varones de su tiempo. ¿Cuándo fue que escuchamos que esta mujer fue la primera persona en entender el carácter mesiánico de Jesús? Que a diferencia de todos los varones que acompañaban a Jesús fue la primera en entender plenamente que Jesús iba a morir y dar su vida como sacrificio por esa razón lo ungió en vida como testimonio de su comprensión. Que recibió –contraviniendo toda la costumbre que privaba a la mujer de dar testimonio- la orden de Jesús de ir y dar a conocer las buenas nuevas de la resurrección. Y qué recibió el elogio indirecto de Jesús cuando reprendió a quienes no le creyeron (sólo porque era mujer).
Débora. Es uno de los personajes bíblicos olvidados. Nunca he escuchado un sermón sobre ella. Pero es una jueza que gobernaba en Israel y no por imposición de familia o sucesión sino por mérito propio. Debe haber sido extraordinaria para que en su tiempo y rompiendo todas las ataduras de la cultura Barac fuera a suplicarle que le acompañara a la guerra. Entendía que el poder de Dios estaba con ella y no con él. Señal que Dios no discrimina a la hora de utilizar a las personas.
Ester. Las dos veces en toda mi vida que he escuchado un sermón sobre ella ha sido para exaltar la sagacidad e inteligencia de Mardoqueo que supo guiar a Ester. Sólo decirlo así supone ya una distorsión de la realidad. Lo verídico es que Ester se auto sacrificó de tal modo que hoy una persona haciendo algo similar sería inmortalizado como un héroe extraordinario. Se escribirían canciones y se harían poemas por su gesta heroica. El sacrificio contempló estar dispuesta a casarse con un hombre perverso y arriesgar su vida por lo que es justo. Mardoqueo sin la valentía y coraje de Ester no habría hecho nada.
María y las mujeres al pie de la cruz. Las únicas veces que he escuchado sobre este incidente ha sido para destacar el gesto de Jesús de ocuparse de su madre en el último momento. Sin embargo, ¿cuándo cayó en la cuenta que aquellas mujeres estaban al pie de la cruz mientras que los varones que habían prometido dar su vida por él estaban escondidos temerosos por su vida? ¿Cuándo le contaron que aquellas mujeres arriesgaron su vida para ir a estar delante del maestro y declararse abiertamente sus seguidoras? Una cosa es decir estuve con él cuando se está escondido temeroso y con la puerta trancada como los varones que seguían a Jesús y otra muy distinta, decir yo estuve con él y decirlo a los pies de la cruz.
Conclusión
Es hora de que cambiemos nuestro discurso. Ya va siendo hora de que entendamos que Dios no discrimina por sexo. Hacerlo sería monstruoso de parte de Dios e introduciría un sesgo de injusticia donde hablar de amor redentor sería un chiste.
Los púlpitos deben reflejar la verdad bíblica no los énfasis culturales. Debe decirse desde el púlpito que en Jesús no hay más separación de razas, clases ni sexos. En Jesús varones y mujeres recuperan los mismos derechos. Eso debe estar incorporado al mensaje oral de los sermones, de otro modo, de nada sirve que esté escrito. Es hora de traer justicia al púlpito. Es hora de que los que son la iglesia entiendan que no hay cristianos de primera ni segunda categoría. Es hora de dejar el androcentrismo de los sermones y recuperar el discurso de Jesús que nunca discriminó a nadie por ninguna razón.
Referencia
[1] Felix Luna, Segunda fila: Personajes olvidados (Buenos Aires: Planeta, 1999).
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miércoles, 28 de abril de 2010
sábado, 17 de abril de 2010
Vaso frágil
“Vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil” (1 Pedro 3:7 RV60)
Cuando un marido, compañero o novio asume una actitud de protector de su esposa, compañera o novia, se pone en una posición de poder que le da autoridad por sobre ella. Esa sola actitud rompe el equilibrio que se necesita para construir una relación de pareja sana.
En ese caso, ya no hay dos personas iguales en derechos y deberes, sino uno que asume que tiene el deber de guiar, orientar, y dictar las directrices para el otro.
En ese contexto se crean las condiciones para que los varones que asumen dicha actitud y las mujeres que lo acepten, se creen lazos de poder y codependencia que den lugar al abuso, la violencia y la manipulación psicológica.
Lamentablemente esta lectura sexista del texto está tan arraigada que algunos varones no son capaces de observar otra cosa, porque simplemente, sus mitos y conceptos culturales no le permiten ver algo diferente.
El texto puede tener otra lectura, que en general no se la hace, pero es más lógica con el contexto y el propósito del libro de Pedro.
Instrumento
En este versículo se utiliza la expresión skeuos, que podría traducirse simplemente como “instrumento”. La expresión original es traducida al español como “alhaja”;[1] “vaso”;[2] “vasija”;[3] “instrumento”;[4] “velas”;[5] “aparejos”.[6]
La palabra era utilizada para referirse a los más variados utensilios de diferentes materiales vidrio, metal, madera, tela, que eran empleados en los más variados propósitos tanto en el hogar, como en el campo, la guerra o la paz.[7]
Vaso
Sin embargo, en el Nuevo Testamento la expresión adquiere un sentido metafórico. Especialmente en la utilización del pensamiento paulino se refiere al ser humano, como una “vasija” receptora. Tiene el sentido de servicio.[8] Ese sentido se puede observar en Ro. 9:21 y 1 Tim. 2:20-21, donde el vaso es sinónimo de ser humano, en este caso, utilizado por Dios.
En 2 Cor. 4:7 queda en evidencia la fragilidad de los “vasos de barro” que son los seres humanos. Cuerpos mortales y frágiles que pueden fenecer.
Sin embargo, en el Nuevo Testamento la expresión adquiere un sentido metafórico. Especialmente en la utilización del pensamiento paulino se refiere al ser humano, como una “vasija” receptora. Tiene el sentido de servicio.[8] Ese sentido se puede observar en Ro. 9:21 y 1 Tim. 2:20-21, donde el vaso es sinónimo de ser humano, en este caso, utilizado por Dios.
En 2 Cor. 4:7 queda en evidencia la fragilidad de los “vasos de barro” que son los seres humanos. Cuerpos mortales y frágiles que pueden fenecer.
Por lo tanto, vaso es simplemente una forma metafórica para referirse al ser humano, en este caso, las esposas.
¿Por qué frágiles?
Este es el quid del asunto, cuando entendemos fragilidad por falta de fuerza, debilidad o incapacidad, entonces, Pedro le estaría faltando el respeto a la mujer y se contradeciría con la frase que sigue al llamarlas “coherederas de la gracia”. No pueden estar al mismo nivel del varón si son “frágiles”.
Este es el quid del asunto, cuando entendemos fragilidad por falta de fuerza, debilidad o incapacidad, entonces, Pedro le estaría faltando el respeto a la mujer y se contradeciría con la frase que sigue al llamarlas “coherederas de la gracia”. No pueden estar al mismo nivel del varón si son “frágiles”.
Tiene que esta hablando de otra cosa que no se entiende a primera vista.
Un aspecto que viene a dilucidar el asunto es el propósito y los destinatarios de la carta.
En el primer versículo de la epístola se menciona que Pedro le está escribiendo a judíos que están dispersos por “Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia” (1 Ped. 1:1) y que lo más probable es que antes vivieron en Roma.[9] En otras palabras, están inmersos en una cultura que no conoce al Dios verdadero.
Varios de ellos se han convertido al cristianismo y a ellos Pedro les dirige sus llamados para vivir una vida santa. Les ruega que se atengan a una vida nueva, diferente a la que conocían (1 Ped. 1: 14).
En ese contexto, Pedro está conciente que hay esposas que se han hecho cristianas pero sus esposos no. A ellas les dice que se mantengan unidas[10] a sus maridos, “sujetas”, es decir, el llamado es a lograr que con sus vidas puedan provocar cambios en sus maridos “por su conducta” casta y respetuosa que debe reflejarse en el atavío y en la forma de vivir. Esto en referencia a una cultura que había convertido el vestir en una forma de seducción y de prácticas que estaban reñidas con los valores del cristianismo.
Como es de suponer, también hay maridos que están casados con mujeres que aún no conocen el evangelio, o que están en camino de salir de su ignorancia y sus prácticas no cristianas. A ellos les dice Pedro, traten a sus esposas cuidadosamente.
Previamente les ha dicho que tienen que vivir con ellas “sabiamente”, “dándoles honor” y tratándolas con cuidado. Evidentemente, porque los maridos de ese tiempo hacen todo lo contrario con sus esposas. Pedro entiende perfectamente que ahora que son cristianos la conducta debe ser diferente.
Por lo tanto, la “fragilidad” no tiene nada que ver con concepciones machistas, sino con la no comprensión de la plenitud del evangelio.
Por eso que agrega a continuación una serie de actitudes que el marido debe tener con su esposa para que con su conducta la gane para el evangelio: “En fin, vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes. No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición. En efecto, ‘el que quiera amar la vida y pasar días felices, guarde su lengua del mal y sus labios de proferir engaños. Porque el Señor mira con buenos ojos a los justos y sus oídos están atentos a sus oraciones, pero mira con indignación a los que hacen el mal’. Apártese del mal y haga el bien; busque la paz y sígala” (1 Ped. 3:8-12).
Estos últimos consejos se entienden en el contexto de una cultura que maltrataba a las mujeres, que las obligaba a ser esclavas sexuales y que las trataba como si estuvieran al servicio del varón.[11]
Pedro está marcando una conducta que deben tener los maridos que es totalmente opuesta a la forma de ser de un no cristiano. Alguien que ha conocido el evangelio y que entiende el significado de vivir conforme a la gracia tratará a su esposa que aún no conoce a Dios con cuidado (la mujer traducción de fragilidad), con respeto y entendiendo que ella también es una coheredera de la gracia, en otras palabras, a ella también se le ha ofrecido la posibilidad de la salvación.
Esta manera de interpretar el texto, se apega más al original y al sentido que tiene la expresión bíblica en su sentido más pleno en el texto bíblico.
Entender a las esposas de 1 Ped. 3:7 como no cristianas es la forma más satisfactoria de entender el pasaje[12] y pone el equilibrio que se necesita para llegar a comprender la epístola en general.
Por lo tanto, el pasaje es un llamado a esposos cristianos para que traten correctamente a sus esposas no cristianas con el fin de que ellas lleguen a conocer al Señor. No hay sexismo ni machismo en dicho llamado, sino una petición de coherencia con la misión evangélica.
Esta forma de analizar el texto se condice más con el evangelio en general, y hace justicia a la forma revolucionaria y justa en que Jesús mismo trató a las mujeres, a las que no discriminó de ninguna forma, al contrario, las trató como seres humanos con los mismos derechos que cualquier otra persona.
Tenemos mucho que aprender, no sólo al leer la Biblia con otros ojos, sino con la forma en que nos tratamos unos a otros. El trato personal debe reflejar que somos hijos de Dios y que estamos bajo su gracia siempre.
Esto es especialmente cierto para varones que son cristianos y sus cónyuges no lo son, puesto que su responsabilidad es mayor, por una parte ser esposos que reflejen la nueva vida que están viviendo, y por otro lado, vivir de tal modo que su testimonio logre que sus esposas acepten a Jesús como su salvador personal. Pedro entendió muy bien el evangelio. Nos cuesta a nosotros, los testarudos de hoy, comprender el sentido que dichos consejos tienen en nuestra realidad contemporánea.
En el primer versículo de la epístola se menciona que Pedro le está escribiendo a judíos que están dispersos por “Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia” (1 Ped. 1:1) y que lo más probable es que antes vivieron en Roma.[9] En otras palabras, están inmersos en una cultura que no conoce al Dios verdadero.
Varios de ellos se han convertido al cristianismo y a ellos Pedro les dirige sus llamados para vivir una vida santa. Les ruega que se atengan a una vida nueva, diferente a la que conocían (1 Ped. 1: 14).
En ese contexto, Pedro está conciente que hay esposas que se han hecho cristianas pero sus esposos no. A ellas les dice que se mantengan unidas[10] a sus maridos, “sujetas”, es decir, el llamado es a lograr que con sus vidas puedan provocar cambios en sus maridos “por su conducta” casta y respetuosa que debe reflejarse en el atavío y en la forma de vivir. Esto en referencia a una cultura que había convertido el vestir en una forma de seducción y de prácticas que estaban reñidas con los valores del cristianismo.
Como es de suponer, también hay maridos que están casados con mujeres que aún no conocen el evangelio, o que están en camino de salir de su ignorancia y sus prácticas no cristianas. A ellos les dice Pedro, traten a sus esposas cuidadosamente.
Previamente les ha dicho que tienen que vivir con ellas “sabiamente”, “dándoles honor” y tratándolas con cuidado. Evidentemente, porque los maridos de ese tiempo hacen todo lo contrario con sus esposas. Pedro entiende perfectamente que ahora que son cristianos la conducta debe ser diferente.
Por lo tanto, la “fragilidad” no tiene nada que ver con concepciones machistas, sino con la no comprensión de la plenitud del evangelio.
Por eso que agrega a continuación una serie de actitudes que el marido debe tener con su esposa para que con su conducta la gane para el evangelio: “En fin, vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes. No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición. En efecto, ‘el que quiera amar la vida y pasar días felices, guarde su lengua del mal y sus labios de proferir engaños. Porque el Señor mira con buenos ojos a los justos y sus oídos están atentos a sus oraciones, pero mira con indignación a los que hacen el mal’. Apártese del mal y haga el bien; busque la paz y sígala” (1 Ped. 3:8-12).
Estos últimos consejos se entienden en el contexto de una cultura que maltrataba a las mujeres, que las obligaba a ser esclavas sexuales y que las trataba como si estuvieran al servicio del varón.[11]
Pedro está marcando una conducta que deben tener los maridos que es totalmente opuesta a la forma de ser de un no cristiano. Alguien que ha conocido el evangelio y que entiende el significado de vivir conforme a la gracia tratará a su esposa que aún no conoce a Dios con cuidado (la mujer traducción de fragilidad), con respeto y entendiendo que ella también es una coheredera de la gracia, en otras palabras, a ella también se le ha ofrecido la posibilidad de la salvación.
Esta manera de interpretar el texto, se apega más al original y al sentido que tiene la expresión bíblica en su sentido más pleno en el texto bíblico.
Entender a las esposas de 1 Ped. 3:7 como no cristianas es la forma más satisfactoria de entender el pasaje[12] y pone el equilibrio que se necesita para llegar a comprender la epístola en general.
Por lo tanto, el pasaje es un llamado a esposos cristianos para que traten correctamente a sus esposas no cristianas con el fin de que ellas lleguen a conocer al Señor. No hay sexismo ni machismo en dicho llamado, sino una petición de coherencia con la misión evangélica.
Esta forma de analizar el texto se condice más con el evangelio en general, y hace justicia a la forma revolucionaria y justa en que Jesús mismo trató a las mujeres, a las que no discriminó de ninguna forma, al contrario, las trató como seres humanos con los mismos derechos que cualquier otra persona.
Tenemos mucho que aprender, no sólo al leer la Biblia con otros ojos, sino con la forma en que nos tratamos unos a otros. El trato personal debe reflejar que somos hijos de Dios y que estamos bajo su gracia siempre.
Esto es especialmente cierto para varones que son cristianos y sus cónyuges no lo son, puesto que su responsabilidad es mayor, por una parte ser esposos que reflejen la nueva vida que están viviendo, y por otro lado, vivir de tal modo que su testimonio logre que sus esposas acepten a Jesús como su salvador personal. Pedro entendió muy bien el evangelio. Nos cuesta a nosotros, los testarudos de hoy, comprender el sentido que dichos consejos tienen en nuestra realidad contemporánea.
Referencias
[1] Mt. 12:29; Mr. 3:27; Lc. 17:31.
[2] Mr. 11:16; Jn. 19:29; Hch. 10:11, 16; 11:5; Rm. 9:21, 22, 23; 2 Co. 4:7; 1 Tes. 4:4; 2 Tim. 2:20, 21; Heb. 9:21; 1 Ped. 3:7; Ap. 2:27; 18:12.
[3] Lc. 8:16.
[4] Hch. 9:15.
[5] Hch. 27:17.
[6] Hch. 27:19.
[7] Christian Maurer, “skeuos”, en Theological Dictionary of the New Testament (Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich, Geoffrey W. Bromiley, eds.; Grand Rapids, MI.: Eerdmans, 1971), 7: 360.
[8] Ibid., 362.
[9] Karen H. Jobes, 1 Peter (Grand Rapids, MI.: Baker Academic, 2005).
[10]Lamentablemente la mayoría de las traducciones interpreta esa unión como obediencia, subordinación o sometimiento, lo cual es incorrecto porque no es el sentido del texto ni de la expresión original. En muchos sentidos, es un eco de las palabras de Pablo expresadas en 1 Cor. 7:13-14.
[11]Shondrah Tarrezz Nash y Latonya Hesterberg, “Biblical Framings of and Responses to Spousal Violence in the Narratives of Abused Christian Women”, Violence Against Women 15 (2009): 342.
[12]Carl D. Gross, “Are the Wives of 1 Peter 3.7 Christians?”, Journal for the Study of the New Testament 35 (1989): 95.
domingo, 11 de abril de 2010
Varón y mujer: ¿Quién subordinado a quién?
Talisma Nasrim es una mujer de baja estatura, morena, que viste elegantemente un sari. Nació en Bangladesh, es médica, tiene 32 años y seguiría, probablemente, en el anonimato, si no hubiera sido porque escribió un libro titulado Vergüenza, dirigido en contra de los extremismos religiosos de su país y de cualquier parte del mundo, que basados en la religión, discriminan y reprimen a la mujer. Ella sostiene que el Corán y la Biblia son libros extremistas que han convertido a la mujer en un ser inferior, menos que humano. Esa afirmación casi le ha costado la vida. Ha debido huir de su país –de religión islámica– y refugiarse en Suecia, que le ha ofrecido asilo.
He pensado que tal vez Talisma tenga razón, y sobre todo, me ha llamado la atención la comparación que hace del Corán, con toda su carga de fundamentalismo, con la Biblia. No obstante, al examinar el asunto con cuidado he debido concluir que, probablemente, Talisma Nasrim ha conocido un aspecto vergonzoso de la utilización de la Biblia por parte de algunos cristianos, es decir, afirmar conceptos que las Sagradas Escrituras no presentan.
El asunto es denso, pero hay una serie de versículos bíblicos que, aparentemente, justifican que el hombre sea el “amo” de la mujer y que el sexo femenino se mantenga en una situación de permanente discriminación. Quisiera analizar con cuidado, en lo que permite la extensión de un artículo, algunos de los textos que, supuestamente, “convierten” a la mujer en un ser subordinado al varón.
Principios hermenéuticos básicos
Iniciaré este análisis con Efesios 5: 23, que dice: "El marido es cabeza de la mujer". A partir de esta afirmación, muchos concluyen que quien debe mandar en el matrimonio es el varón y que la mujer está obligada a someterse a él. En una interpretación superficial de este texto, el hombre tendría una posición de autoridad que lo pone por encima de la mujer.
Pero, sin afirmar si esto es correcto o incorrecto, establezcamos algunos elementos, mínimos, pero muy importantes:
Contexto textual
He aquí el primer elemento: la idea de Efesios 5: 22 parte del 4: 17. El apóstol Pablo se está dirigiendo a una comunidad de creyentes nuevos en el Señor y es fundamental plantearles una serie de hechos de modo que ellos logren entender exactamente qué significa ser cristianos.
El apóstol comienza diciendo que, ahora que son hijos de Dios, deben actuar de manera distinta a aquellos que son hijos de las tinieblas, personas a las que él llama los “otros gentiles” (vers. 17), dejando en evidencia con ello que se está dirigiendo a gentiles (no judíos) convertidos.
Estos “otros gentiles” no convertidos están desviados del Señor en todos sus aspectos:
en todos los sentidos:
b) que hablen siempre con una actitud de alabanza y un espíritu de adoración (5: 19, 20);
c) que se sometan unos a otros en el Señor (5: 21), lo que Pablo llama «andar en amor» (5: 2).
En el contexto de esta última sección, el apóstol habla a casados, hijos, padres, siervos, amos o hermanos de la iglesia en general. Les está diciendo que actúen con un espíritu agradable y benigno (evidentemente porque los “otros gentiles” no lo son) y que se sometan unos a otros (también en el contexto de la conducta de los “otros gentiles”, donde solo hay sometidos y sometedores). En otras palabras les está diciendo: no procedáis como los otros gentiles, sino de manera distinta.
Para los matrimonios en particular, ilustra esta idea con Jesucristo (5: 22, 23). A los hijos se lo explica con el mandamiento expresado en el Decálogo (6: 1-3). A los padres, con la explicación de su deber de criar a sus hijos en el Señor (6: 4). A los siervos les manifiesta que deben servir a sus amos, como servirían al Señor (6: 5-8). A los amos les recuerda que Dios no hace acepción de personas (6: 9). Y ahora, a todos los hermanos –incluyendo matrimonios, hijos, padres, siervos y amos–, les dice que deben aferrarse al Señor, porque esta lucha es ardua, tienen que pelear contra fuerzas espirituales malignas, y que para vencer deben vestirse con la armadura de Dios (6: 10-20). Este es el contexto general, expresado también de una manera muy amplia.
El varón, "cabeza" de la mujer
Ahora, detengámonos en los versículos que nos interesa destacar. Pablo dice: «El hombre es cabeza de la mujer así como Cristo es cabeza de la iglesia».
Antes, en el versículo 21, ha dicho que hay que someterse unos a otros, y eso incluye a los esposos, quienes deben someterse a las esposas y viceversa, concepto que ha desarrollado en 1 Corintios 7: 4 en el contexto de la sexualidad.
La clave del versículo es la expresión “como”. El apóstol hace una comparación. En ningún caso está diciendo que los maridos deben convertirse para sus mujeres en algo así como en “Cristo”; tal cosa
sería una blasfemia. Simplemente está buscando un punto de comparación para que sus oyentes, “gentiles convertidos”, puedan entender más plenamente la idea que está queriendo expresar: “Andar en amor” y “someterse unos a otros”, son comparaciones y como tal tenemos que entenderlo.
¿Qué hizo Cristo por su iglesia?
¿Qué motiva al apóstol a decir esto?
Pues, un elemento cultural que no debemos pasar por alto. Pablo se dirige a “gentiles convertidos”; todos ellos de nacionalidad no judía, probablemente, la mayoría griegos. Para la mentalidad de esos pueblos, la mujer era poco más que un animal y, en algunos casos, los animales tenían más valor. Era un ser que no tenía derechos. Los hombres podían disponer de sus mujeres como si fueran bienes. Ningún hombre estaba obligado a amar a su mujer, por el contrario, ni siquiera estaba obligado a sustentarla. De ahí su insistencia en que el marido ame a su mujer (cosa que en Occidente aparece como natural, mientras que en algunos países orientales, la mujer siga sin contar).
Por otra parte, la expresión “cabeza”, en Occidente, ha llegado a ser símbolo de dominio y de poder. Pero, no es esto lo que está queriendo decir Pablo; él está señalando la unidad indivisible que existe entre Cristo, quien da vida a la iglesia, y esta; su énfasis no está en la autoridad, sino en la entrega mutua. La iglesia se somete a Jesucristo por el amor que despierta su acción redentora y sacrificada en pro de ella, así como
Cristo se somete a la iglesia, al grado de ofrendarle su propia vida. Sometimiento mutuo es lo que quiere expresar, no despotismo.
Conclusión
Digamos a manera de conclusión que Pablo entiende que el hombre es cabeza de la mujer; pero el parámetro para medir esta imagen literaria es Cristo. Si alguno quiere ser cabeza de la mujer, no significa que deba ser él quien dé las órdenes, quien someta, quien dicte, quien sea conciencia de su mujer; esto es, justamente, lo que Cristo no hace con su iglesia. Cristo salva, se entrega, se somete a la muerte, deja todo, sustenta y cuida. Si alguno no está en condiciones de asumir ese papel, entonces difícilmente puede llamarse cabeza de su mujer.
He pensado que tal vez Talisma tenga razón, y sobre todo, me ha llamado la atención la comparación que hace del Corán, con toda su carga de fundamentalismo, con la Biblia. No obstante, al examinar el asunto con cuidado he debido concluir que, probablemente, Talisma Nasrim ha conocido un aspecto vergonzoso de la utilización de la Biblia por parte de algunos cristianos, es decir, afirmar conceptos que las Sagradas Escrituras no presentan.
El asunto es denso, pero hay una serie de versículos bíblicos que, aparentemente, justifican que el hombre sea el “amo” de la mujer y que el sexo femenino se mantenga en una situación de permanente discriminación. Quisiera analizar con cuidado, en lo que permite la extensión de un artículo, algunos de los textos que, supuestamente, “convierten” a la mujer en un ser subordinado al varón.
Principios hermenéuticos básicos
Iniciaré este análisis con Efesios 5: 23, que dice: "El marido es cabeza de la mujer". A partir de esta afirmación, muchos concluyen que quien debe mandar en el matrimonio es el varón y que la mujer está obligada a someterse a él. En una interpretación superficial de este texto, el hombre tendría una posición de autoridad que lo pone por encima de la mujer.
Pero, sin afirmar si esto es correcto o incorrecto, establezcamos algunos elementos, mínimos, pero muy importantes:
- Todo versículo bíblico debe considerar el contexto en el que está escrito; es decir, se deben tomar en cuenta las ideas expresadas antes y después de este.
- Toda conclusión a la que se llegue debe considerar el marco cultural en que fue escrito; es decir, hay que preguntarse, por ejemplo, ¿qué motivó al escritor a plantear este asunto en particular? ¿Qué problema hacía necesaria esa explicación?
- Finalmente, cualquier idea a la que se llegue, debe concordar en fondo y forma con el contexto general de la Biblia; no es lícito elaborar una doctrina de un versículo aislado.
Contexto textual
He aquí el primer elemento: la idea de Efesios 5: 22 parte del 4: 17. El apóstol Pablo se está dirigiendo a una comunidad de creyentes nuevos en el Señor y es fundamental plantearles una serie de hechos de modo que ellos logren entender exactamente qué significa ser cristianos.
El apóstol comienza diciendo que, ahora que son hijos de Dios, deben actuar de manera distinta a aquellos que son hijos de las tinieblas, personas a las que él llama los “otros gentiles” (vers. 17), dejando en evidencia con ello que se está dirigiendo a gentiles (no judíos) convertidos.
Estos “otros gentiles” no convertidos están desviados del Señor en todos sus aspectos:
- Mental. «Actúan movidos por la vanidad de su mente»; tienen sus «entendimientos entenebrecidos», son «ignorantes» (Efe. 4: 17, 18).
- Físico. Son individuos «lascivos», «impuros» que hacen cosas innombrables (4: 19), tan vergonzosas que ni siquiera el apóstol se atreve a decirlas (5: 12).
- Espiritual. No andan en la justicia ni en la verdad (4: 24).
- Social. Están movidos por la codicia, por ello roban y además no tienen ninguna consideración por las otras personas; se enojan, gritan, maldicen, actúan con malicia (4: 28, 31).
en todos los sentidos:
- Mental. Ahora buscarán la voluntad de Dios. Es necesario que anden como sabios y no como necios (4: 23).
- Físico. Deben dejar todo lo que contamina, el sexo ilícito y el licor, por poner algunos ejemplos, que probablemente en Éfeso eran un problema y que Pablo llama la «obra de las tinieblas» (5: 2, 18).
- Espiritual. Se convertirán en imitadores de Dios y procurarán hacer la voluntad del Señor (4: 20, 21; 5: 2).
- Social. Plantea al menos tres principios generales:
b) que hablen siempre con una actitud de alabanza y un espíritu de adoración (5: 19, 20);
c) que se sometan unos a otros en el Señor (5: 21), lo que Pablo llama «andar en amor» (5: 2).
En el contexto de esta última sección, el apóstol habla a casados, hijos, padres, siervos, amos o hermanos de la iglesia en general. Les está diciendo que actúen con un espíritu agradable y benigno (evidentemente porque los “otros gentiles” no lo son) y que se sometan unos a otros (también en el contexto de la conducta de los “otros gentiles”, donde solo hay sometidos y sometedores). En otras palabras les está diciendo: no procedáis como los otros gentiles, sino de manera distinta.
Para los matrimonios en particular, ilustra esta idea con Jesucristo (5: 22, 23). A los hijos se lo explica con el mandamiento expresado en el Decálogo (6: 1-3). A los padres, con la explicación de su deber de criar a sus hijos en el Señor (6: 4). A los siervos les manifiesta que deben servir a sus amos, como servirían al Señor (6: 5-8). A los amos les recuerda que Dios no hace acepción de personas (6: 9). Y ahora, a todos los hermanos –incluyendo matrimonios, hijos, padres, siervos y amos–, les dice que deben aferrarse al Señor, porque esta lucha es ardua, tienen que pelear contra fuerzas espirituales malignas, y que para vencer deben vestirse con la armadura de Dios (6: 10-20). Este es el contexto general, expresado también de una manera muy amplia.
El varón, "cabeza" de la mujer
Ahora, detengámonos en los versículos que nos interesa destacar. Pablo dice: «El hombre es cabeza de la mujer así como Cristo es cabeza de la iglesia».
Antes, en el versículo 21, ha dicho que hay que someterse unos a otros, y eso incluye a los esposos, quienes deben someterse a las esposas y viceversa, concepto que ha desarrollado en 1 Corintios 7: 4 en el contexto de la sexualidad.
La clave del versículo es la expresión “como”. El apóstol hace una comparación. En ningún caso está diciendo que los maridos deben convertirse para sus mujeres en algo así como en “Cristo”; tal cosa
sería una blasfemia. Simplemente está buscando un punto de comparación para que sus oyentes, “gentiles convertidos”, puedan entender más plenamente la idea que está queriendo expresar: “Andar en amor” y “someterse unos a otros”, son comparaciones y como tal tenemos que entenderlo.
¿Qué hizo Cristo por su iglesia?
- Se entregó por ella al grado de dar su vida;
- su acción tuvo como fin santificar la iglesia;
- todo esto estuvo motivado por un amor incondicional;
- la amó como a sí mismo;
- después de su sacrificio de muerte, sustenta y cuida a la iglesia.
¿Qué motiva al apóstol a decir esto?
Pues, un elemento cultural que no debemos pasar por alto. Pablo se dirige a “gentiles convertidos”; todos ellos de nacionalidad no judía, probablemente, la mayoría griegos. Para la mentalidad de esos pueblos, la mujer era poco más que un animal y, en algunos casos, los animales tenían más valor. Era un ser que no tenía derechos. Los hombres podían disponer de sus mujeres como si fueran bienes. Ningún hombre estaba obligado a amar a su mujer, por el contrario, ni siquiera estaba obligado a sustentarla. De ahí su insistencia en que el marido ame a su mujer (cosa que en Occidente aparece como natural, mientras que en algunos países orientales, la mujer siga sin contar).
Por otra parte, la expresión “cabeza”, en Occidente, ha llegado a ser símbolo de dominio y de poder. Pero, no es esto lo que está queriendo decir Pablo; él está señalando la unidad indivisible que existe entre Cristo, quien da vida a la iglesia, y esta; su énfasis no está en la autoridad, sino en la entrega mutua. La iglesia se somete a Jesucristo por el amor que despierta su acción redentora y sacrificada en pro de ella, así como
Cristo se somete a la iglesia, al grado de ofrendarle su propia vida. Sometimiento mutuo es lo que quiere expresar, no despotismo.
Conclusión
Digamos a manera de conclusión que Pablo entiende que el hombre es cabeza de la mujer; pero el parámetro para medir esta imagen literaria es Cristo. Si alguno quiere ser cabeza de la mujer, no significa que deba ser él quien dé las órdenes, quien someta, quien dicte, quien sea conciencia de su mujer; esto es, justamente, lo que Cristo no hace con su iglesia. Cristo salva, se entrega, se somete a la muerte, deja todo, sustenta y cuida. Si alguno no está en condiciones de asumir ese papel, entonces difícilmente puede llamarse cabeza de su mujer.
lunes, 5 de abril de 2010
La actitud de Jesús hacia la mujer
Su estadía en la tierra fue tan sólo de 33 años y medio. Su ministerio fue aun más breve: 3 años y medio. Sin embargo, ninguna vida y enseñanza han impactado la historia de una forma tan extraordinaria como la de Jesús. Lo que él enseñó y lo que hizo, alteraron el curso de la historia. Produjo tremendos cambios y continúa transformando la vida de millones de personas alrededor del mundo. Sus enseñanzas han afectado cada aspecto de la vida, religión, educación, trabajo, ética, salud, justicia social, desarrollo económico y cada arte y ciencia de la vida humana.
Una faceta de la misión de Jesús menos conocida pero digna de una revisión, es su actitud hacia la mujer. Esto es particularmente importante a la luz de las prácticas y costumbres de la época, en relación a las mujeres. Romanos y griegos, judíos y gentiles, la ubicaban en una posición de segundo rango. Herramientas útiles en una sociedad dominada por el hombre: cocinar los alimentos, cuidar y criar niños y desempeñar un rol limitado al interior de las paredes de sus casas. Casos individuales de liderazgo y valentía ocurrieron de vez en cuando, tal como ahora, pero lo que más imperaba era estar bajo el dominio del varón. Ellas eran consideradas propiedad que era transferida desde el padre al esposo.
En un mundo como ese, Jesús vino y abrió nuevas perspectivas de igualdad y dignidad. Se opuso a las tradiciones humanas y guió a varones y mujeres de regreso al plan original de Dios para la humanidad. Este artículo revisará brevemente la actitud de Jesús hacia la mujer en su enseñanza y ministerio, en contraste con el estatus de la mujer judía del primer siglo.
Estatus de la mujer en la sociedad judía
Las sinagogas del primer siglo llevaban registros sólo de varones. Los niños y varones podían entrar a la sinagoga para adorar, pero, había una reja que separaba el lugar destinado para niñas y mujeres. La mujer no era tenida en cuenta en el quórum necesario para comenzar la adoración.
Salvación. La tradición mantenía que la mujer no tenía derecho a la salvación por sus propios méritos. Sólo había esperanza para ellas por la asociación con un judío piadoso. Las prostitutas eran desechadas por no tener el amparo de un varón y las viudas tenían que haber estado casadas con un judío virtuoso para gozar de este privilegio.
Trato en público. Estaba prohibido que un varón hablase a una mujer en público. Un rabino ignoraría a una mujer aún si ella pacientemente persistiera por algún consejo espiritual urgente.
Condena por el pecado. En una procesión funeraria, las mujeres marchaban delante del féretro. Se suponía que eran causantes del pecado, por lo tanto, iban adelante asumiendo la culpa. Los varones no sintiéndose culpables de la muerte caminaban detrás del cuerpo.
Impureza. Las mujeres eran consideradas ceremonial y socialmente impuras durante su período menstrual. Durante ese tiempo, ellas eran aisladas. Aún los miembros de la familia tenían prohibido acercársele para no quedar contaminados.
Tener hijos, una clave para ser valorada. El valor de una mujer a los ojos de la sociedad estaba ligado a su capacidad de tener hijos. La esterilidad era un estigma social. El deber de la mujer era engendrar hijos varones que perdurasen el nombre del padre.
Divorcio. La iniciativa para proceder con un divorcio era privilegio del varón, el cual podía ejercerlo basado en consideraciones que en el presente podrían parecer frívolas e irrisorias.
Estatus legal. La palabra de una mujer, en una corte, debía ser refrendada por al menos tres varones; de otro modo no tenía validez.
Educación. La mujer no podía asistir a la sinagoga para estudiar; eso era considerado una pérdida de tiempo.
Religión. En el templo, no podía estar cerca del lugar santísimo. En tiempos de Jesús, había un patio especial para las mujeres, localizado después del patio de los sacerdotes y los varones; estaba quince escalones más abajo, indicando el estatus subordinado de la mujer.1
Una actitud revolucionaria
Jesucristo no hizo una declaración explícita en contra del sistema que sometía a la mujer en un estatus subordinado. Sin embargo, fue elocuente con su vida. “En ninguno de sus hechos, ni de sus sermones, ni en sus parábolas encontramos nada denigratorio sobre las mujeres, algo que se podía encontrar fácilmente en sus contemporáneos”.2 Consideremos algunos ejemplos que muestran el trato de Jesús hacia la mujer.
Jesús invitó a mujeres a ser sus discípulas. Contrario a las expectativas de sus contemporáneos, Jesús aceptó mujeres en su círculo de discípulos (Lucas 8:1-3). Esta actitud contradice las estipulaciones rabínicas. Las mujeres que le siguen invalidan los presupuestos de su época. Ellas llegan a manejar sus propios recursos y sostienen la misión de Cristo en momentos críticos (Lucas 8:13). “El que las mujeres estuvieran eximidas del deber de aprender la Tora, y que les estuviera prohibido asociarse con un rabino, era una cosa. Pero el hecho de viajar con un rabino y asumir la responsabilidad y el control de los fondos era otra cosa muy distinta”.3Simplemente una revolución.
Jesús aceptó la hospitalidad de mujeres y les enseñó. Es famoso el ejemplo de la asociación de Jesús con María, Marta y Lázaro. El Maestro encontró descanso y camaradería en su hogar (Lucas 10: 38-42). Mientras que un rabino judío podría no mirar a una mujer, Jesús no vaciló en hablarles a Marta y María en público o enseñarles las grandes verdades acerca de la muerte y resurrección (ver Juan 11).
Para Jesús, mujeres y varones eran igualmente importantes para llegar a aprender acerca de las buenas nuevas de su reino. Para un tiempo en que se decía: “Es mejor quemar las palabras de la Tora que encomendarlas al cuidado de una mujer”,4 Jesús indicó que entre las elecciones abiertas para la mujer, María había “elegido la mejor parte” la cual no le sería quitada (Lucas 10:42), de ese modo indicó que la educación no debía ser un monopolio de varones y que las mujeres estaban preparadas para tener las mismas oportunidades educacionales.
Otro ejemplo de la actitud diferente de Jesús hacia la mujer fue la revelación de su mesianismo a una mujer. En la conversación más larga que registran los evangelios, Jesús le revela a la mujer samaritana (Juan 4:4-42) algunas de las doctrinas más profundas del reino: La naturaleza del pecado, el significado de la adoración verdadera, la universalidad del perdón para los arrepentidos, la igualdad de todos los seres humanos sean judíos o samaritanos. En una simple conversación con la mujer samaritana, junto al pozo, Jesús destruyó dos prejuicios: el género y la raza.
Jesús reconoció que en la visión de Dios la familia de Abraham incluye hijos e hijas. Sanando a una mujer inválida por dieciocho años, Jesús la llamó, puso sus manos en ella y la definió suavemente como “hija de Abraham” (Lucas 13:16). Usando esta designación, Jesús señalaba en público que una mujer tenía los mismos derechos inherentes prometidos a Abraham, y en la perspectiva de Dios esto era independiente de ser varón o mujer.
En ninguna parte de la Biblia se expresa que el varón tenga una ventaja sobre la mujer en términos de acceso a la salvación. En oposición a dicho planteo la tradición rabínica enseñaba que una mujer podría ser salva sólo en asociación con un judío piadoso; Jesús invitó tanto a varones como a mujeres a volverse a Dios y aceptar el don de la salvación.
En otro caso, la defensa y perdón de Cristo a una mujer sorprendida en adulterio revela que su definición de pecado y la provisión de salvación es igual para todos, independiente del género. Cuando algunos líderes religiosos le traen a una mujer sorprendida en adulterio, Cristo la defiende. El sabía que los líderes judíos estaban haciendo la acusación contra la mujer transgrediendo la ley de Moisés. La ley levítica estipulaba que tanto el varón como la mujer debían ser juzgados en estos casos (Levíticos 20:10), pero los críticos de Jesús trajeron sólo a la mujer y no al varón involucrado en el acto. Además, la ley requería que hubiese al menos dos testigos (Deuteronomio 19:15), pero los fariseos no traen a nadie. Cristo responde no solo dándole a la acusada el beneficio de la ley, sino también mostrando que el evangelio del perdón está abierto para todos, basado en el arrepentimiento. En este contexto señala que “el que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra” (Juan 8:7). En otras palabras, Jesús les dice a los varones: si tienen valor para acusarla, entonces, mírense primero a ustedes mismos en el espejo.
Jesús acepta que una mujer pecadora lo unja. Cuando Jesús estaba de invitado en la casa de Simón en Betania, una mujer conocida en el pueblo por su pobre reputación se acerca apresuradamente y unge los pies de Jesús. Los reunidos en el banquete, incluyendo a sus discípulos, condenaron el incidente. ¿Como podía una mujer pecadora tocar los pies del Mesías, decían ellos, y secar sus pies con sus cabellos? ¡Una ofensa absoluta a las tradiciones religiosas! Los que estaban a su alrededor no comprendían, y menos aún aceptaban, el acto de la mujer y la actitud de Jesús al permitirle esa acción. Pero Jesús dijo que la mujer al ungirlo había hecho algo hermoso, mostrando a las generaciones que vendrían, que todos los pecadores podían estar seguros de la salvación al ir al Salvador y dejar sus vidas a sus pies (Marcos 14:1-9; Lucas 7:36-50).
Jesús usó tanto a varones como a mujeres para simbolizar los actos salvíficos de Dios. En Lucas 15 usa tres parábolas para ilustrar la profundidad y eterna verdad de Dios buscando a la humanidad perdida. Mientras que las parábolas de la oveja perdida y del hijo pródigo ilustran la búsqueda de Dios mediante las figuras masculinas del pastor y del padre, la parábola de la moneda perdida muestra a Dios a través de la cuidadosa y persistente misión de una mujer que no descansa hasta que encuentra la moneda y se regocija con sus amigas (Lucas 15:8-10). Para los oídos legalistas de aquel tiempo esto debe haber sonado herético.
Jesús eleva a las mujeres como las primeras testigos del evento más grande de la historia humana: su resurrección. La tradición rabínica consideraba a las mujeres mentirosas por naturaleza; desprendían esta conclusión a partir de la reacción de Sara frente al anuncio que tendría un hijo (Génesis 18:15). El razonamiento era: ella mentía porque Dios siempre dice la verdad, por lo tanto en ella todas las mujeres descendientes eran mentirosas.5 Ninguna mujer podía dar testimonio. Pero, Jesús rechaza esta perversa tradición y elige a mujeres como sus primeras testigos (Mateo 28:9-10) “haciéndolas no sólo las primeras receptoras del mensaje más importante del cristianismo, sino también las primeras predicadoras del mismo”.6 Jesús reprende a los discípulos que no creyeron el testimonio de las mujeres (Marcos 16:11, 14), y entonces los desafía a rechazar los prejuicios del pasado y caminar en la luz de su Reino, el cual no discrimina entre varón o mujer.
Conclusión
En el relato bíblico de Cristo las mujeres “no se muestran nunca discriminadas”.7 No hay nada que apoye la perspectiva cultural y religiosa de su tiempo que mostraba a la mujer como inferior. Por el contrario “las actitudes y el mensaje de Jesús significaron una ruptura con la situación imperante”.8
Jesús “no se relacionó con las mujeres de acuerdo con las normas del sistema patriarcal propio de su tiempo, ni participó de un sistema que era, por definición, represivo para la mujer”.9 Abiertamente pero sin ostentación Jesús acabó con una tradición que negaba dignidad a la mujer. A través de su ejemplo y enseñanza, Jesús reclamó para su reino las bendiciones de su creación original, la igualdad de los dos géneros en la perspectiva de Dios.
Referencias
1. Joachim Jeremías, Jerusalén en tiempos de Jesús: Estudio económico y social del mundo del Nuevo Testamento (Madrid: Cristiandad, 1977), 97.
2. Marga Muñiz, Femenino plural: Las mujeres en la exégesis bíblica (Barcelona: Clie, 2000), 183.
3. Alción Westphal Wilson, “Los discípulos olvidados: La habilitación del amor vs. el amor al poder”, en Bienvenida a la mesa (Langley Park, MA.: TEAM Press, 1998), 185.
4. Ibid., 180.
5. Jeremías, Jerusalén en tiempos de Jesús, 386.
6. Muñiz, Femenino plural, 187.
7. Leonardo Boff, El rostro materno de Dios: Ensayo interdisciplinar sobre lo femenino y sus formas religiosas (Madrid: Paulinas, 1988), 83.
8. Ibid., 84.
9. Muñiz, Femenino plural, 187.
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