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lunes, 11 de julio de 2011

El amor que calla

Dr. Miguel Ángel Núñez


“Pecado son la altivez de ojos y el orgullo del corazón” Proverbios 21:4 .

Como una planta delicada el amor necesita un ambiente especialmente protegido para florecer.

No se echan piedras al jardín ni a la maceta. Las flores no crecen ahogadas por malezas. También es preciso regarlas y darles suficiente abono para que vivan rebosantes de vida.

En la pareja hay algunas “piedras” o “malezas” que hacen que el amor muera. Una de las más dañinas es el orgullo.

La mente orgullosa le cuesta mucho entender el verdadero sentido del amor.

El orgullo genera una serie de otras actitudes que provocan la muerte lenta y sostenida de la buena relación de una pareja.

El orgullo es hermano directo del egoísmo y la vanidad. Una persona orgullosa no acepta razones ni escucha. Cuando se es orgulloso se tiene la convicción de que se poseen todas las respuestas. Está ajeno a la reprensión y la capacidad de reaccionar.

No es una característica pasajera ni tampoco menor. Es un rasgo de personalidad elegido y que finalmente —como un virus— termina por enfermar cualquier relación interpersonal.

Para que una pareja funcione se necesita humildad que es una de las características del amor (Ga 5:23). Sin una actitud de mansedumbre no es posible amar de verdad. Una persona orgullosa no acepta mirarse a sí mismo para cambiar. En el contexto del orgullo sólo se produce dolor y sufrimiento. El amor puro y verdadero sólo florece en el contexto de la humildad. Tal como dice el sabio: “La recompensa de la humildad y el temor del Señor son la riqueza, el honor y la vida” (Pr 21:4).

La escritora francesa Philippe Gerfaut escribió: “Cuando el orgullo grita, es que el amor calla”. En otras palabras, cuando se deja fluir el orgullo, el amor se evapora, deja de estar y la relación de pareja se muere lenta e inexorable.

Cuando Dios obra por su Espíritu Santo en la vida de las personas, una de las evidencias de su presencia es la actitud que se asume frente a sí mismo y a los demás. Si se es orgulloso, altanero, soberbio, vanidoso, egoísta es señal de que Dios no está transformando a esa persona y de que el Espíritu está impedido de hacer su trabajo de restauración. El resultado final es que aquel individuo podrá sentir, pero no amar de verdad.

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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

viernes, 8 de julio de 2011

Igualdad no jerarquía

Dr. Miguel Ángel Núñez


“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” Génesis 1:27.


Se suele citar Génesis 1 y 2 a favor de la autoridad del varón y de su liderazgo sobre la mujer. Se supone que el varón fue puesto como la “cabeza” y el “líder espiritual” de la mujer. Sin embargo, al leer con cuidado estos dos capítulos lo que se presenta es claramente lo opuesto. Ambos —varón y mujer— fueron creados a la imagen de Dios (Gn 1:26-27) y ambos participan del mandato de ministrar (Gn 1:28).




La creación establece mutualidad, no jerarquía (Gn 2:24). El orden jerárquico entre el varón y la mujer es resultado de la entrada del pecado en el mundo (Gn 3:16). La subordinación de la mujer al varón no fue nunca parte del diseño original de Dios. Es resultado de la violación del orden creado por Dios en la creación.


El uso de la palabra “ayuda” refuerza la relación no jerárquica sino de complementación que existía entre el varón y la mujer antes de la caída (Gn 2:18). En el vocabulario del AT, un “ayudador” es aquel que rescata a otro en una situación de necesidad. La palabra se aplica a quien tiene la competencia y la cualidad superior para realizar una acción a favor de otro, en ningún caso tiene el sentido de subordinación o colaboración hogareña donde la mujer sería una especie de “esclava doméstica” del varón (Ex 18:4; Dt 33:26, 29; Sal 33:20, 70:5).


De acuerdo al texto, y tal como lo presenta la Biblia, la mujer fue el medio provisto por Dios para rescatar al varón de la soledad, y de este modo formar una comunidad de relacionamiento entre iguales. Como “ayudadora”, ella es una pieza fundamental para llegar a ser la comunidad que Dios intentó establecer a través de su unión.


La palabra “ayuda” es usada específicamente en el contexto de la intención de Dios de crear comunidad (Gn 2:18). Se tergiversa el texto cuando la palabra “ayuda” utilizada para referirse a la mujer es utilizada para reducir a la mujer al nivel sólo de complemento sin igualdad con el varón. Ella al servicio de él. Ella sin identidad propia.


La evidencia bíblica no permite sostener que Dios planeó una estructura de poder jerárquico donde el varón sería superior. Al contrario, la evidencia explícita señala que ambos participan cooperativamente en reflejar la imagen de Dios, y como tales son llamados ambos, para ejercer dominio sobre lo creado sin una estructura de jerarquía entre ellos. La jerarquización sólo puede justificársela en el contexto del pecado.



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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

martes, 24 de mayo de 2011

El derecho a ser feliz

Dentro de algunas semanas un amigo se va a casar. No es cualquier amigo, es un anciano, enviudó hace varios años, lo aprecio mucho, fue muy importante en un momento de mi vida. No es su primer matrimonio, de hecho, será el tercero. Después de la muerte de su esposa, se casó, pero, no le fue bien, al contrario, tuvo una gran decepción de la cual no suele hablar por el dolor que le causa.

El otro día una persona poco sabia y con una empatía del porte de una hormiga dijo a modo de protesta:

―Supongo que no pretenderá casarse con bombos y platillos ni hará una fiesta.

Otra persona respondió:

―¿Por qué no? ¿Acaso ha hecho algo malo? ¿No tiene derecho?

Esta conversación ha motivado mi reflexión de hoy. De hecho, me hace pensar en la falta de empatía frente a las vivencias de otros.

¿Qué derecho tenemos a erguirnos en jueces de otros? ¿Qué nos impulsa a juzgar los motivos y las intenciones de otros?


El derecho a ser feliz

Todas las personas tienen derecho a ser felices y plenas.  A veces, algunas personas, vaya a saber por qué oscuros conflictos interiores, tienden a negar la posibilidad de ser felices a otros. Son como perros del hortelano, no son felices, pero tampoco quieren que otros lo sean.

La felicidad es un bien tan relativo y subjetivo, que cuando se tiene al alcance es absurdo no tomar un poco de su néctar sabroso. Si además, tienes fecha fija con el cementerio y vez que los años que te quedan por delante son pocos y la vida te la oportunidad de pasar esos últimos años con alguien a tu lado que no sólo sea tu compañía sino que te ame y te aprecie, ¿quién tiene derecho a oponerse?

El derecho a ser feliz debería estar consignado como un derecho humano básico, y por lo mismo, se debería exigir que nadie interviniera en los senderos de otros que buscan desesperadamente tener una sonrisa de satisfacción en el día a día.

Esta vida ya es lo suficientemente compleja y difícil, como para además soportar la carga de personas que están allí fisgoneando en qué momentos sonreímos para darnos un palo de soberbia revanchista y no permitirnos vivir algún momento de alegría y satisfacción.

La soledad es demasiado amarga

La soledad no es una buena compañía, al contrario, suele ser amarga y dolorosa. Si alguien tiene la oportunidad de encontrar a alguien que esté dispuesto a acompañarlo y pasar las horas que restan de vida a su lado, ¿quiénes somos para ariscar la nariz o sospechar de la alegría de alguien que tiene todo el derecho del mundo a buscar la compañía de otra persona?

Estar solo no es agradable, menos aún en la vejez, cuando los hijos, nietos y otras personas construyen su vida con la ilusión de la eternidad y no tienen ni la energía ni el interés de acompañar a un anciano u anciana.

Hace algún tiempo leí el caso de un asilo de anciano cuya directora hizo un escándalo porque dos de los ancianos de su institución se enamoraron y planearon casarse. Ella exclamó a todos los medios: ¿Qué se creen? ¿Cómo es posible a esa edad?

Ya quiero ver a esa mujer amargada, vieja, llena de achaques, enferma de soledad y sin nadie con quien compartir un pedazo de pan y una taza de té. El café de la tarde tomado en la terraza a la puesta de sol, pero sin nadie al lado, sabe a carbón quemado, sin gusto y con sabor a ajenjo.

Hacer fiesta por la alegría

El amor es bello a cualquier edad. Dichosos los que aman. Dichosos los que han tocado el cielo al compás del Bolero de Ravel. La alegría del amor es como una droga que nos evade de la realidad y nos transporta a otros mundos. Nadie debería privarse del amor, aunque sea por un momento.

Los ancianos si quedan solos deberían ser animados a buscar compañía, alguien que esté a tu lado y les acompañe con los achaques y también con las grandezas que tiene el espíritu humano a toda edad.

Un paseo a la luz de la luna, tomados de la mano, con la piel surcada por los años, a la orilla del mar, es un cuadro hermoso. Dichosos quienes logran mantener la alegría del amor sin tener que dar explicaciones a nadie. De hecho, el amor no precisa de justificaciones. Al contrario, excusar el amor es un absurdo que no admite análisis.

Si de mí dependiera le haría a mi amigo anciano una fiesta descomunal. Tiraría la casa por la ventana. Invitaría a los medios. Pondría un aviso en el diario. Llamaría a algún canal de televisión e invitaría a un locutor de la hora romántica para que les hiciera una entrevista. El amor, a veces se escabulle entre el barullo de la ciudad y las preocupaciones, por eso cuando alguien, a la edad que sea ama, entonces, es hora de celebrar, no de estar ariscando la nariz como la aprendiz de amargura que dice: “Supongo que no hará una fiesta”. ¿Por qué no, digo yo? La haremos, y en grande, pero no invitaremos a esa discípula de la oscuridad, para que no ensombrezca la fiesta con su tristeza que le sale a flor de piel. Pobrecita, capaz que nunca probó de verdad el manjar dulce del amor.

Amigo mío, salud. Un brindis por tu alegría. Un brindis por el amor. Un abrazo a la distancia. Tu matrimonio a la edad que tienes es un canto a la alegría, es sacarle la lengua a la muerte y alejarte del cementerio del brazo del amor. Salud por ti, salud por la vida, salud por quienes se atreven a la edad que sea a amar. Salud por tu futura esposa, por la compañera que la vida te ofrece en el último recodo del camino. Salud porque me animas a soñar, a creer que la alegría siempre es posible.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

sábado, 17 de abril de 2010

Vaso frágil

Vivid con ellas sabiamente,  dando honor a la mujer como a vaso más frágil (1 Pedro 3:7 RV60)

Hay dos lecturas posibles para este texto, una es entender que la mujer es frágil y tenemos que tratarla con delicadeza, no vaya a ser que se rompa. Esa es la manera tradicional, de raigambre machista, con la que se ha interpretado este texto. Con dicha forma de observar el versículo, quienes tienden a mirar a la mujer como una persona que necesita ser protegida y cuidada, entonces, tienen refuerzo para su postura equivocada.



Cuando un marido, compañero o novio asume una actitud de protector de su esposa, compañera o novia, se pone en una posición de poder que le da autoridad por sobre ella. Esa sola actitud rompe el equilibrio que se necesita para construir una relación de pareja sana.

En ese caso, ya no hay dos personas iguales en derechos y deberes, sino uno que asume que tiene el deber de guiar, orientar, y dictar las directrices para el otro.

En ese contexto se crean las condiciones para que los varones que asumen dicha actitud y las mujeres que lo acepten, se creen lazos de poder y codependencia que den lugar al abuso, la violencia y la manipulación psicológica.

Lamentablemente esta lectura sexista del texto está tan arraigada que algunos varones no son capaces de observar otra cosa, porque simplemente, sus mitos y conceptos culturales no le permiten ver algo diferente.

El texto puede tener otra lectura, que en general no se la hace, pero es más lógica con el contexto y el propósito del libro de Pedro.

Instrumento

En este versículo se utiliza la expresión skeuos, que podría traducirse simplemente como “instrumento”. La expresión original es traducida al español como “alhaja”;[1] “vaso”;[2] “vasija”;[3] “instrumento”;[4] “velas”;[5] “aparejos”.[6]

La palabra era utilizada para referirse a los más variados utensilios de diferentes materiales vidrio, metal, madera, tela, que eran empleados en los más variados propósitos tanto en el hogar, como en el campo, la guerra o la paz.[7]

Vaso

Sin embargo, en el Nuevo Testamento la expresión adquiere un sentido metafórico. Especialmente en la utilización del pensamiento paulino se refiere al ser humano, como una “vasija” receptora. Tiene el sentido de servicio.[8] Ese sentido se puede observar en Ro. 9:21 y 1 Tim. 2:20-21, donde el vaso es sinónimo de ser humano, en este caso, utilizado por Dios.

En 2 Cor. 4:7 queda en evidencia la fragilidad de los “vasos de barro” que son los seres humanos. Cuerpos mortales y frágiles que pueden fenecer.
Por lo tanto, vaso es simplemente una forma metafórica para referirse al ser humano, en este caso, las esposas.

¿Por qué frágiles?

Este es el quid del asunto, cuando entendemos fragilidad por falta de fuerza, debilidad o incapacidad, entonces, Pedro le estaría faltando el respeto a la mujer y se contradeciría con la frase que sigue al llamarlas “coherederas de la gracia”. No pueden estar al mismo nivel del varón si son “frágiles”.
Tiene que esta hablando de otra cosa que no se entiende a primera vista.
Un aspecto que viene a dilucidar el asunto es el propósito y los destinatarios de la carta.

En el primer versículo de la epístola se menciona que Pedro le está escribiendo a judíos que están dispersos por “Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia” (1 Ped. 1:1) y que lo más probable es que antes vivieron en Roma.[9] En otras palabras, están inmersos en una cultura que no conoce al Dios verdadero.

Varios de ellos se han convertido al cristianismo y a ellos Pedro les dirige sus llamados para vivir una vida santa. Les ruega que se atengan a una vida nueva, diferente a la que conocían (1 Ped. 1: 14).

En ese contexto, Pedro está conciente que hay esposas que se han hecho cristianas pero sus esposos no. A ellas les dice que se mantengan unidas[10] a sus maridos, “sujetas”, es decir, el llamado es a lograr que con sus vidas puedan provocar cambios en sus maridos “por su conducta” casta y respetuosa que debe reflejarse en el atavío y en la forma de vivir. Esto en referencia a una cultura que había convertido el vestir en una forma de seducción y de prácticas que estaban reñidas con los valores del cristianismo.

Como es de suponer, también hay maridos que están casados con mujeres que aún no conocen el evangelio, o que están en camino de salir de su ignorancia y sus prácticas no cristianas. A ellos les dice Pedro, traten a sus esposas cuidadosamente.

Previamente les ha dicho que tienen que vivir con ellas “sabiamente”, “dándoles honor” y tratándolas con cuidado. Evidentemente, porque los maridos de ese tiempo hacen todo lo contrario con sus esposas. Pedro entiende perfectamente que ahora que son cristianos la conducta debe ser diferente.

Por lo tanto, la “fragilidad” no tiene nada que ver con concepciones machistas, sino con la no comprensión de la plenitud del evangelio.

Por eso que agrega a continuación una serie de actitudes que el marido debe tener con su esposa para que con su conducta la gane para el evangelio: “En fin, vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes. No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición. En efecto, ‘el que quiera amar la vida y pasar días felices, guarde su lengua del mal y sus labios de proferir engaños. Porque el Señor mira con buenos ojos a los justos y sus oídos están atentos a sus oraciones, pero mira con indignación a los que hacen el mal’. Apártese del mal y haga el bien; busque la paz y sígala” (1 Ped. 3:8-12).

Estos últimos consejos se entienden en el contexto de una cultura que maltrataba a las mujeres, que las obligaba a ser esclavas sexuales y que las trataba como si estuvieran al servicio del varón.[11]

Pedro está marcando una conducta que deben tener los maridos que es totalmente opuesta a la forma de ser de un no cristiano. Alguien que ha conocido el evangelio y que entiende el significado de vivir conforme a la gracia tratará a su esposa que aún no conoce a Dios con cuidado (la mujer traducción de fragilidad), con respeto y entendiendo que ella también es una coheredera de la gracia, en otras palabras, a ella también se le ha ofrecido la posibilidad de la salvación.

Esta manera de interpretar el texto, se apega más al original y al sentido que tiene la expresión bíblica en su sentido más pleno en el texto bíblico.

Entender a las esposas de 1 Ped. 3:7 como no cristianas es la forma más satisfactoria de entender el pasaje[12] y pone el equilibrio que se necesita para llegar a comprender la epístola en general.

Por lo tanto, el pasaje es un llamado a esposos cristianos para que traten correctamente a sus esposas no cristianas con el fin de que ellas lleguen a conocer al Señor. No hay sexismo ni machismo en dicho llamado, sino una petición de coherencia con la misión evangélica.

Esta forma de analizar el texto se condice más con el evangelio en general, y hace justicia a la forma revolucionaria y justa en que Jesús mismo trató a las mujeres, a las que no discriminó de ninguna forma, al contrario, las trató como seres humanos con los mismos derechos que cualquier otra persona.

Tenemos mucho que aprender, no sólo al leer la Biblia con otros ojos, sino con la forma en que nos tratamos unos a otros. El trato personal debe reflejar que somos hijos de Dios y que estamos bajo su gracia siempre.

Esto es especialmente cierto para varones que son cristianos y sus cónyuges no lo son, puesto que su responsabilidad es mayor, por una parte ser esposos que reflejen la nueva vida que están viviendo, y por otro lado, vivir de tal modo que su testimonio logre que sus esposas acepten a Jesús como su salvador personal. Pedro entendió muy bien el evangelio. Nos cuesta a nosotros, los testarudos de hoy, comprender el sentido que dichos consejos tienen en nuestra realidad contemporánea.

Referencias

[1]  Mt. 12:29; Mr. 3:27; Lc. 17:31.

[2]  Mr. 11:16; Jn. 19:29; Hch. 10:11, 16; 11:5; Rm. 9:21, 22, 23; 2 Co. 4:7; 1 Tes. 4:4; 2 Tim. 2:20, 21; Heb. 9:21; 1 Ped. 3:7; Ap. 2:27; 18:12.

[3]  Lc. 8:16.

[4]  Hch. 9:15.

[5]  Hch. 27:17.

[6]  Hch. 27:19.

[7]  Christian Maurer, “skeuos”, en Theological Dictionary of the New Testament (Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich, Geoffrey W. Bromiley, eds.; Grand Rapids, MI.: Eerdmans, 1971), 7: 360.

[8]  Ibid., 362.

[9]  Karen H. Jobes, 1 Peter (Grand Rapids, MI.: Baker Academic, 2005).

[10]Lamentablemente la mayoría de las traducciones interpreta esa unión como obediencia, subordinación o sometimiento, lo cual es incorrecto porque no es el sentido del texto ni de la expresión original. En muchos sentidos, es un eco de las palabras de Pablo expresadas en 1 Cor. 7:13-14.

[11]Shondrah Tarrezz Nash y Latonya Hesterberg, “Biblical Framings of and Responses to Spousal Violence in the Narratives of Abused Christian Women”, Violence Against Women 15 (2009): 342.

[12]Carl D. Gross, “Are the Wives of 1 Peter 3.7 Christians?”, Journal for the Study of the New Testament 35 (1989): 95.

domingo, 11 de abril de 2010

Varón y mujer: ¿Quién subordinado a quién?

Talisma Nasrim es una mujer de baja estatura, morena, que viste elegantemente un sari. Nació en Bangladesh, es médica, tiene 32 años y seguiría, probablemente, en el anonimato, si no hubiera sido porque escribió un libro titulado Vergüenza, dirigido en contra de los extremismos religiosos de su país y de cualquier parte del mundo, que basados en la religión, discriminan y reprimen a la mujer. Ella sostiene que el Corán y la Biblia son libros extremistas que han convertido a la mujer en un ser inferior, menos que humano. Esa afirmación casi le ha costado la vida. Ha debido huir de su país –de religión islámica– y refugiarse en Suecia, que le ha ofrecido asilo.



He pensado que tal vez Talisma tenga razón, y sobre todo, me ha llamado la atención la comparación que hace del Corán, con toda su carga de fundamentalismo, con la Biblia. No obstante, al examinar el asunto con cuidado he debido concluir que, probablemente, Talisma Nasrim ha conocido un aspecto vergonzoso de la utilización de la Biblia por parte de algunos cristianos, es decir, afirmar conceptos que las Sagradas Escrituras no presentan.

El asunto es denso, pero hay una serie de versículos bíblicos que, aparentemente, justifican que el hombre sea el “amo” de la mujer y que el sexo femenino se mantenga en una situación de permanente discriminación. Quisiera analizar con cuidado, en lo que permite la extensión de un artículo, algunos de los textos que, supuestamente, “convierten” a la mujer en un ser subordinado al varón.

Principios hermenéuticos básicos

Iniciaré este análisis con Efesios 5: 23, que dice: "El marido es cabeza de la mujer". A partir de esta afirmación, muchos concluyen que quien debe mandar en el matrimonio es el varón y que la mujer está obligada a someterse a él. En una interpretación superficial de este texto, el hombre tendría una posición de autoridad que lo pone por encima de la mujer.

Pero, sin afirmar si esto es correcto o incorrecto, establezcamos algunos elementos, mínimos, pero muy importantes:

  • Todo versículo bíblico debe considerar el contexto en el que está escrito; es decir, se deben tomar en cuenta las ideas expresadas antes y después de este.
  • Toda conclusión a la que se llegue debe considerar el marco cultural en que fue escrito; es decir, hay que preguntarse, por ejemplo, ¿qué motivó al escritor a plantear este asunto en particular? ¿Qué problema hacía necesaria esa explicación?
  • Finalmente, cualquier idea a la que se llegue, debe concordar en fondo y forma con el contexto general de la Biblia; no es lícito elaborar una doctrina de un versículo aislado.

Contexto textual


He aquí el primer elemento: la idea de Efesios 5: 22 parte del 4: 17. El apóstol Pablo se está dirigiendo a una comunidad de creyentes nuevos en el Señor y es fundamental plantearles una serie de hechos de modo que ellos logren entender exactamente qué significa ser cristianos.

El apóstol comienza diciendo que, ahora que son hijos de Dios, deben actuar de manera distinta a aquellos que son hijos de las tinieblas, personas a las que él llama los “otros gentiles” (vers. 17), dejando en evidencia con ello que se está dirigiendo a gentiles (no judíos) convertidos.

Estos “otros gentiles” no convertidos están desviados del Señor en todos sus aspectos:

  • Mental. «Actúan movidos por la vanidad de su mente»; tienen sus «entendimientos entenebrecidos», son «ignorantes» (Efe. 4: 17, 18).
  • Físico. Son individuos «lascivos», «impuros» que hacen cosas innombrables (4: 19), tan vergonzosas que ni siquiera el apóstol se atreve a decirlas (5: 12).
  • Espiritual. No andan en la justicia ni en la verdad (4: 24).
  • Social. Están movidos por la codicia, por ello roban y además no tienen ninguna consideración por las otras personas; se enojan, gritan, maldicen, actúan con malicia (4: 28, 31). 
Por el contrario, ¿cómo deben actuar los hijos de Dios? Pues, de manera distinta. Ahora son «nuevas criaturas» (4: 24) y deben despojarse de su forma antigua de vivir (4: 22), y eso incluye una restauración
en todos los sentidos:

  • Mental. Ahora buscarán la voluntad de Dios. Es necesario que anden como sabios y no como necios (4: 23).
  • Físico. Deben dejar todo lo que contamina, el sexo ilícito y el licor, por poner algunos ejemplos, que probablemente en Éfeso eran un problema y que Pablo llama la «obra de las tinieblas» (5: 2, 18).
  • Espiritual. Se convertirán en imitadores de Dios y procurarán hacer la voluntad del Señor (4: 20, 21; 5: 2).
  • Social. Plantea al menos tres principios generales: 
         a) que sean benignos unos con otros (4: 32);
         b) que hablen siempre con una actitud de alabanza y un espíritu de adoración (5: 19, 20);
         c) que se sometan unos a otros en el Señor (5: 21), lo que Pablo llama «andar en amor» (5: 2).

En el contexto de esta última sección, el apóstol habla a casados, hijos, padres, siervos, amos o hermanos de la iglesia en general. Les está diciendo que actúen con un espíritu agradable y benigno (evidentemente porque los “otros gentiles” no lo son) y que se sometan unos a otros (también en el contexto de la conducta de los “otros gentiles”, donde solo hay sometidos y sometedores). En otras palabras les está diciendo: no procedáis como los otros gentiles, sino de manera distinta.

Para los matrimonios en particular, ilustra esta idea con Jesucristo (5: 22, 23). A los hijos se lo explica con el mandamiento expresado en el Decálogo (6: 1-3). A los padres, con la explicación de su deber de criar a sus hijos en el Señor (6: 4). A los siervos les manifiesta que deben servir a sus amos, como servirían al Señor (6: 5-8). A los amos les recuerda que Dios no hace acepción de personas (6: 9). Y ahora, a todos los hermanos –incluyendo matrimonios, hijos, padres, siervos y amos–, les dice que deben aferrarse al Señor, porque esta lucha es ardua, tienen que pelear contra fuerzas espirituales malignas, y que para vencer deben vestirse con la armadura de Dios (6: 10-20). Este es el contexto general, expresado también de una manera muy amplia.

El varón, "cabeza" de la mujer

Ahora, detengámonos en los versículos que nos interesa destacar. Pablo dice: «El hombre es cabeza de la mujer así como Cristo es cabeza de la iglesia».

Antes, en el versículo 21, ha dicho que hay que someterse unos a otros, y eso incluye a los esposos, quienes deben someterse a las esposas y viceversa, concepto que ha desarrollado en 1 Corintios 7: 4 en el contexto de la sexualidad.

La clave del versículo es la expresión “como”. El apóstol hace una comparación. En ningún caso está diciendo que los maridos deben convertirse para sus mujeres en algo así como en “Cristo”; tal cosa
sería una blasfemia. Simplemente está buscando un punto de comparación para que sus oyentes, “gentiles convertidos”, puedan entender más plenamente la idea que está queriendo expresar: “Andar en amor” y “someterse unos a otros”, son comparaciones y como tal tenemos que entenderlo.

¿Qué hizo Cristo por su iglesia?

  • Se entregó por ella al grado de dar su vida;
  • su acción tuvo como fin santificar la iglesia; 
  • todo esto estuvo motivado por un amor incondicional; 
  • la amó como a sí mismo; 
  • después de su sacrificio de muerte, sustenta y cuida a la iglesia.

¿Qué motiva al apóstol a decir esto? 

Pues, un elemento cultural que no debemos pasar por alto. Pablo se dirige a “gentiles convertidos”; todos ellos de nacionalidad no judía, probablemente, la mayoría griegos. Para la mentalidad de esos pueblos, la mujer era poco más que un animal y, en algunos casos, los animales tenían más valor. Era un ser que no tenía derechos. Los hombres podían disponer de sus mujeres como si fueran bienes. Ningún hombre estaba obligado a amar a su mujer, por el contrario, ni siquiera estaba obligado a sustentarla. De ahí su insistencia en que el marido ame a su mujer (cosa que en Occidente aparece como natural, mientras que en algunos países orientales, la mujer siga sin contar).

Por otra parte, la expresión “cabeza”, en Occidente, ha llegado a ser símbolo de dominio y de poder. Pero, no es esto lo que está queriendo decir Pablo; él está señalando la unidad indivisible que existe entre Cristo, quien da vida a la iglesia, y esta; su énfasis no está en la autoridad, sino en la entrega mutua. La iglesia se somete a Jesucristo por el amor que despierta su acción redentora y sacrificada en pro de ella, así como
Cristo se somete a la iglesia, al grado de ofrendarle su propia vida. Sometimiento mutuo es lo que quiere expresar, no despotismo.

Conclusión

Digamos a manera de conclusión que Pablo entiende que el hombre es cabeza de la mujer; pero el parámetro para medir esta imagen literaria es Cristo. Si alguno quiere ser cabeza de la mujer, no significa que deba ser él quien dé las órdenes, quien someta, quien dicte, quien sea conciencia de su mujer; esto es, justamente, lo que Cristo no hace con su iglesia. Cristo salva, se entrega, se somete a la muerte, deja todo, sustenta y cuida. Si alguno no está en condiciones de asumir ese papel, entonces difícilmente puede llamarse cabeza de su mujer.

domingo, 4 de abril de 2010

Cuando dos es igual a uno: La matemática del matrimonio

Juan y María son dos personas completamente diferentes: diferentes en crianza, personalidad y antecedentes.Después de un tiempo y demucha oración y consejos, marchan hacia el altar y toman el voto de llegar a ser una carne bajo la bendición de Dios. ¿Qué significa llegar a ser uno? ¿Es posible que dos personas diferentes lleguen a ser "uno"? Algunos dirían que no. Sin embargo, la Biblia dice que sí. Pero, ¿cómo comprendemos la declaración de que los dos "serán una sola carne" (Gen. 2:24) ¿Será un misterio matemático? ¿O hay algo más en ello?


La matemática de la anulación

Algunos argumentarían que el matrimonio cristiano es un milagro que trasciende la sencilla regla matemática y que nos da la ecuación 1+1=1. Tal argumento no refleja el verdadero significado de Génesis 2:24 o el principio bíblico subyacente de la unidad en el matrimonio. Si 1+1=1 es correcto, se deduce que uno de los dos debe renunciar a sí mismo y llegar a ser 0. Tal renunciamiento propio permite una posibilidad matemática (1+0=1), pero crea una dificultad teológica.

Consideremos a Elisa. Ella era una de esas personas que parecen tener una visión muy clara de su futuro. Tenía el potencial para llegar a tener éxito profesional. Siempre alegre, siempre alerta, tenía una personalidad que la hubiera hecho avanzar hacia arriba. Sin embargo, cuando Elisa se casó, comenzó a experimentar pequeños cambios en sus actitudes. La inseguridad y dudas acerca de sí misma lentamente comenzaron a entrar en su vida. Llegó a ser una profesional, pero el alto nivel de éxito parecía eludirla. Llegó a ser muy tranquila y sonreía o reía sólo cuando su esposo no estaba cerca. Vivía una vida rutinaria, a veces dolorosamente solitaria y rara vez se expresaba aun sobre asuntos como la educación de su hijo, la decoración del hogar, o las ropas que vestía. Su esposo decidía todo.

Ustedes se han encontrado con Elisa muchas veces en todo lugar imaginable. Ella lleva la vida como una rutina, aun presentando una imagen placentera por afuera. Pero dentro de ella hay escondidos una multitud de problemas que no los detectan ni siquiera los amigos más íntimos o los miembros de su familia. Los sicólogos llaman a esto el Síndrome de la identidad anulada, que se observa más en las mujeres que en los hombres.

Dos características muy significativas identifican a este síndrome: 
  • La pérdida de la capacidad de tomar decisiones y, 
  • La lenta transferencia del control de todas las cosas a su cónyuge, incluyendo los gustos más personales. 
¿El resultado? Un gran sentido de frustración, no expresado verbalmente, pero guardado internamente hasta que un día estalla en forma de trauma emocional. Y surgen a la superficie sentimientos de temor, angustia y dolor emocional.

Elena White aconseja que la esposa "no debería sacrificar sus fuerzas y permitir que sus capacidades queden dormidas, apoyándose totalmente sobre su esposo. Su individualidad no debe ser absorbida por la de él. Ella debería sentir que es igual a su esposo, para estar a su lado, fielmente en el puesto del deber de ella, y él en el de él".[1]

También escribió: "Dios le ha dado conciencia [a la esposa], la que ella no puede violar con impunidad. Su individualidad no puede ser absorbida en la del esposo... Es un error imaginarse que con devoción ciega ella ha de hacer exactamente lo que su esposo dice en todas las cosas, cuando ella sabe que al hacerlo, su cuerpo y su espíritu sufrirían daños".[2]

En otra ocasión, hablando a una pareja de recién casados, Elena White dijo: "Pero mientras deben combinarse como uno, ninguno de ustedes ha de perder su individualidad en el otro. Dios es el dueño de la individualidad de ustedes. A él deben preguntarle: ¿Qué es lo correcto? ¿Qué está mal? ¿Cómo puedo cumplir mejor el propósito de mi creación?"[3]

De este modo, el ideal de la unidad bíblica no permite la anulación o la renuncia del uno hacia el otro. Un cónyuge no ha de controlar la conciencia del otro. En realidad, la actividad creadora de Dios que involucró una costilla es un símbolo poderoso de que Eva "no habría de controlarlo como la cabeza, ni ser pisoteada bajo sus pies como inferior, sino estar a su lado como igual".[4] "Nadie se casa para que su personalidad sea destruida o ignorada por su cónyuge".[5]

La matemática de la mutilación

Si la anulación de una persona no es la respuesta al problema de la unidad, ¿podremos pensar en la mutilación de ambos como una manera de comprender el concepto? Por mutilación quiero decir que cada persona renuncia al 50 por ciento de su yo. Esto permitiría que la fórmula se cumpliera: 0,5+0,5=1. Algunas parejas cristianas caminan por este sendero por razones sociales y financieras, por el bien de los hijos o para evitar el fracaso. En el proceso, se ven forzadas a renunciar a muchas de sus metas y de sus sueños personales.

Aquellos que siguen esta ruta, muchas veces no se dan cuenta cuándo dejaron de ser ellos mismos y llegaron a ser otros. "Ambos decidieron que su 'vida' sería una 'forma de vida'. Pero con el transcurso del tiempo, ambos deben examinar si su vida diaria es una vida real, una agonía... o una muerte".[6] En realidad, ambos están "medio muertos" porque han dejado el 50 por ciento de sus vidas fuera de la relación.

Si el porcentaje es diferente, digamos que uno renuncie al 40 por ciento y el otro al 60, el resultado podría ser aún más desastroso. No, la respuesta al problema de la unidad en el matrimonio no reside en la matemática de la mutilación, sino en el misterio del amor. Pero primero, consideremos una pregunta fundamental.

En busca de una solución 

Si sientes que cualquiera de los acertijos matemáticos descritos arriba calzan en tu caso, detente un momento. ¿Qué deberías hacer para vencer la tentación de la negación propia?
1. Pide ayuda. Es relativamente fácil no percibir que tu personalidad está sufriendo lentamente un proceso de anulación. Busca la ayuda de un profesional cristiano. Tal ayuda puede permitirte redescubrir y reforzar tu personalidad peculiar.

2. Desaprende. La conducta es aprendida, y como tal, puede ser desaprendida. Las personas tienen muchas razones para entregar sus vidas para ser administradas por otros. Cada vez que las personas permiten que otros las controlen hasta el punto de no saber quiénes son deberían tratar de encontrar la causa. Pueden ser situaciones familiares, traumas de la niñez que no se han resuelto, o alguna crisis que forzó a un miembro de la pareja a hacerse cargo de todo.

3. Expresa tus sentimientos. Si sientes que no se te está escuchando, o que tu cónyuge tiende a despreciarte y a tomar ventajas, es tiempo de hablar. Comunícate y hazte oír. Ayuda a tu cónyuge a apreciar y a afirmar el principio de mutualidad en el matrimonio.

4. Estudia el propósito del matrimonio. Dios dio al esposo y a la esposa la responsabilidad de cuidar el uno del otro. Tanto el esposo como la esposa han de complementarse mutuamente. Aunque ninguno debe ser conciencia para el otro, ambos pueden ser una fuente de fortaleza mutua.

5. Trátense el uno al otro con respeto mutuo. El esposo y la esposa deben comprender que son socios iguales en una relación ordenada por Dios. Ambos tienen responsabilidades para conservar esta relación de amor y cuidado mutuos.

El amor es la solución

El amor no es egoísta, no busca lo suyo. Nacido del libre albedrío, el amor busca dar y no recibir. Sólo los que no aman demandan sumisión y anulación.

Ninguno se une con otro en matrimonio para perder su propia individualidad. Por el contrario, nos unimos con una persona que aprecia nuestra singularidad y dignidad. La relación de una pareja es una dedicación recíproca de cooperación mutua. Ambos son felices al ver que el otro alcanza su máximo potencial.

Cada persona es única. El dicho de que "Dios quebró el molde después de haberte hecho a tí" no sólo es cierto, sino debería ser repetido más a menudo. Nunca hubo ni nunca habrá otra persona exactamente como tú o como yo. Por lo tanto, en el matrimonio, al establecer una relación de amor, lo estamos haciendo con una persona muy singular. El amor y el respeto por esa singularidad conserva la unidad de la relación.

Un proverbio dice: "No camines delante de mí, no puedo seguirte. No camines detrás de mí, no te puedo guiar. Camina a mi lado y seré tu amigo". Allí reside el secreto de un amor perdurable y unido. Dos seres diferentes, caminando lado a lado, tomados de la mano, con los corazones unidos, afirmando que ellos son uno en la misteriosa relación del matrimonio.

Notas y referencias

1. Elena G. White, El hogar cristiano (Mountain View, CA.: Pacific Press, 1979), 206.

2. Ibid. 101.

3. Elena G. de White,
Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora
Sudamericana, 1970), 3:95.

4. White,
El hogar cristiano, 27.

5. Alfredo Altamira, "En el matrimonio 1+1 no es 1 ni 2",
Vida Feliz, julio 1992, 8.

6. Ibid., 9.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Cuando no pasa nada

Se miran. No dicen nada. Es como si se les hubiera secado la vertiente del amor. Hace mucho tiempo que todo es rutina. Un día acompañando al otro, sin más motivación que terminar rápidamente ese día para comenzar otro.

Es la triste realidad de miles de parejas. Cuesta creer que algunas personas estuvieron en algún momento tan enamorados que no podían despegarse uno del lado del otro.

El amor es como una planta delicada -dijo alguien- y hay que cuidarlo, porque de otro modo se seca y termina convertido en una fría maleza amarilla que se va muriendo poco a poco.



Pasa la emoción del primer encuentro, del contacto silencioso de dos personas que comienzan a conocerse viene el verdadero desafío que consiste en comenzar a vivir. Si, eso, vivir. Porque la vida real, la que vale la pena, se vive en compañía y no de manera solitaria y silenciosa.

Sin embargo, no funciona como en las películas de Hollywood, donde pareciera que todo se soluciona con un beso. Hay que construir. Es preciso enfrentar los miedos aprendidos. Hay que darse el tiempo para construir una relación. Ladrillo a ladrillo, el edificio de la relación de pareja se hace día a día, momento a momento, con paciencia y con una gran cuota de tolerancia y la convicción de que nadie es perfecto. Sólo es un ser humano que ha decidido transitar el camino junto a nosotros. Vivir es construir una relación con otra persona que eligió compartir su soledad con la nuestra, no para fundirse y hacerse una masa indefinida, sino para estar juntos pero no atados.